LA ZONA FANTASMA. 16 de diciembre de 2012. No me creo que seáis unos cielos

Puede que sea mi estado de ánimo el que me llama a engaño, pero me parece percibir que uno de los efectos laterales de la crisis y de este insoportable Gobierno (sí, estoy harto de que todo sea ahora “colateral”, cuando casi nunca hace maldita la falta) es el auge de la antipatía general. En ausencia de otras muchas virtudes, los españoles han solido ser simpáticos, hasta el punto de que esa característica se daba casi por descontada y por lo tanto no encerraba mérito, mientras que su defecto se convertía en demérito imperdonable. Claro que nuestra “simpatía” tradicional enmascaraba con frecuencia algunos rasgos siniestros: servía de disfraz para la mala leche (“No que es broma”, se añade tras una pulla o tras llamar “hijoputa”), o para el timo y la picaresca, o para las groserías o zafiedades a que nuestros cómicos siempre han sido tan dados (no hay apenas diferencia entre Garisa o Martínez Soria y el actual “humor inteligente”, que rara vez tiene nada de lo uno ni de lo otro, es asombroso que se lo llame así).

Sea como sea, la gente aquí tendía a mostrarse simpática, a reír bastante incluso en situaciones graves o luctuosas, a gastar bromas de buen o mal gusto, pero bromas al fin. No nos era desconocida la ironía, aunque nos sentíamos más cómodos con el sarcasmo y la sátira. Sé, por experiencia de traductor, que en casi ninguna otra lengua hay un equivalente exacto de la palabra “guasa”, quizá por ser algo tan propio de nuestro país. Hace ya  unos años que todas estas cosas están en decadencia, por la estricta vigilancia (policial en espíritu) que se ejerce sobre los chistes y las chanzas, las hipérboles y las exageraciones. Todo lo gracioso o lo que pretende serlo se halla bajo sospecha: en seguida se considera mofa, o menosprecio, o falta de respeto, cuando no directamente acoso, insulto o denigración. Quienes escribimos en prensa deberíamos –uso el condicional porque yo aún me resisto- andarnos con ojo. Cada vez son menos los lectores capaces de detectar cuándo uno no habla en serio, o exagera para resultar más gráfico, o dice irónicamente lo contrario de lo que está diciendo. Es fácil que si uno escribe: “Hay que ver lo que detestan el fútbol Robinson y Maldonado, jamás se les encontrará en un estadio”, haya gente que se tome la frase literalmente y proteste: “¿Qué dice? Si se pasan la vida retransmitiendo partidos”. Ha retrocedido mucho la capacidad de intelección.

Pero una cosa son la seriedad y la solemnidad que llevan ya tiempo invadiéndonos, y otra la antipatía. Como en tantos ámbitos, es inexplicable la influencia de los políticos en el conjunto de la población, y hay que admitir que los del Partido Popular –los que más vemos ahora- parecen llevar la antipatía en los genes. Ya se la sufrimos en la época de Aznar: tanto él como la mayoría de sus subordinados eran bordes a más no poder. Creo que los dirigentes actuales –sí, algunos son los mismos- los igualan o superan, como si una de las consignas de este Gobierno fuera: “No sólo hay que machacar y desmoralizar a la ciudadanía a base de recortes, subidas de impuestos y bajadas de salarios, despidos masivos, indultos repugnantes, desahucios, leyes autoritarias y demás; también hay que descorazonarla y agriarla con desabrimiento y chulería, con malos modos y malas caras, con tonos despectivos y expresión de asco”. Tanto debe ser así que a quienes parecían relativamente agradables y sonrientes, como Cospedal y Gallardón, se les ha puesto faz de amargados y se han convertido en individuos cortantes y secos, cuando no de colmillo retorcido (en el caso de ella) o amenazadores (en el de él, y bien que lo lamento). Otros no han requerido transformación, sino que seguramente fueron nombrados, en parte, por su aparente antipatía congénita. He dicho “aparente” porque nunca descarto de nadie que con sus allegados pueda ser “un cielo”, según la expresión popular. Pero reconózcanme que cuesta imaginarse  como “un cielo” –en ninguna circunstancia- a las tenebrosas Pastor y Báñez, al despreciativo Montoro (con su vocezuela), al engoladísimo Guindos, a la tiesa Botella, al fúnebre Fernández Díaz, al agreste Arias Cañete, al solapado Rajoy… No se sabe si es contagio o querencia, pero al nuevo presidente de Bankia parecen haberlo buscado entre  los sepultureros de los relatos de Stevenson o los usureros de los de Dickens; los jerarcas de la Conferencia Episcopal y la mayoría de los periodistas afines al PP servirían para asustar a los niños cuando se portan mal; algunas presentadoras de las televisiones y radios esbirras tienen el inequívoco aspecto de Joan Crawford o Barbara Stanwyck  cuando interpretaban a arpías indisimuladas… Entre la falta de motivos para estar alegre y la contaminación desde las alturas, no sería de extrañar que la población en su conjunto se hiciera odiosa También. Ya hay algunos avisos. Por eso hay que estar especialmente agradecidos a quienes se resisten: a esos grupos andaluces que improvisan sus quejas flamencas en las sucursales bancarias, a esos sanitarios madrileños que protestan con coreografías y logran arrancar una sonrisa pese a lo angustioso de la situación. A toda esa gente hay que felicitarla por partida doble. Al menos nos elevan un momento el ánimo y subrayan, por contraste, el permanente avinagramiento de quienes nos gobiernan y hunden, y de quienes los jalean sin cesar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de diciembre de 2012