Malas lenguas

LPDM PortadaNo es raro pero tampoco usual que un escritor, a lo largo del uso de su oficio, reflexione sobre el instrumento principal del que se vale: el lenguaje. La preocupación por dar un buen uso del mismo no es nueva, ni siquiera tiene que ver con los inicios de la Ilustración, ni siquiera del Renacimiento aunque fuera entonces cuando se perfilaron los principios en que se establecieron los argumentos de los puristas, los que defienden el uso normativo del lenguaje sin fisuras, enfrentados a los relativistas, es decir, aquellos que piensan que puesto que el lenguaje cambia de continuo no es necesario preocuparse mucho por la norma, y muchos datan estas discusiones en nuestra tradición en los tiempos de Luciano de Samosata y Herodes Ático, gramáticos preocupados por la corrupción del idioma griego en los años de la Koiné, del idioma común, cuando el lenguaje que Alejandro ayudó a extenderse desde Egipto hasta la India se adulteró por el uso indiscriminado de palabras bárbaras, incluido aquí el latín, de tal manera que había que devolver al idioma el esplendor de sus momentos clásicos, del dialecto ático. Y esta actitud prendió de tal manera que, luego, lo cuenta Manuel Seco en el Diccionario de dudas y dificultades, un gramático romano se propuso que el vulgo retornase a la pureza del latín original, habida cuenta de que en el Imperio el modo de hablar se estaba descomponiendo poco a poco hasta llegar a formar lo que más tarde se llamarían lenguas romances. Estas anécdotas históricas son recogidas con pertinencia por Alexis Grohmann en el prólogo que ha realizado a Lección pasada de moda, un libro que recoge cuarenta y nueve columnas que Javier Marías escribió en su mayor parte en El Semanal durante estos últimos años con un tema común: el lenguaje y el uso que de éste se está haciendo en la España actual. Como una continuación de Aquella mitad de mi tiempo, libro con el que guarda muchas similitudes, esta Lección pasada de moda se alinea sin duda alguna con la posición que adoptó Pedro Salinas en Aprecio y defensa del lenguaje, donde, en contra de los argumentos de los relativistas, aunque tampoco a favor de de los que abogan por un prescriptivismo a ultranza, abogaba por una actitud vigilante ante la lengua para que siguiera siendo un vehículo de comunicación idóneo aunque, eso sí, siendo consciente de que el lenguaje es un instrumento vivo al que no se le pueden poner cortapisas. Esa actitud crítica, nada ciega, refleja en cierta forma la manera en que la Academia afronta en los últimos tiempos el cambio constante del lenguaje, adoptando a veces criterios, respecto al uso ortográfico, sin ir más lejos, que son controvertidos, hay dos artículos en este libro bastante divertidos, Discusiones ortográficas I y Discusiones ortográficas II, donde Javier Marías, en contra de los criterios de la institución de la que forma parte, pone en chanza palabras de ortografía corregida como Catar por Qatar, Ceta por Zeta, por dar lugar a confusiones semánticas, o pirsin por meramente irreconocible con el original inglés, piercing, como hace años pasó con güisqui.

Las columnas han sido divididas en siete apartados por Alexis Grohmann, encargado de la recopilación de estos artículos escritos  a lo largo de los últimos veinticuatro años, y se refieren aspectos temáticos muy diferenciados en la crítica al mal uso del lenguaje. En la primera sección, la titulada, Lección de lengua, por ejemplo, se recogen las columnas dedicadas a las incorrecciones que el autor ha detectado en el español escrito o hablado; en otra, se da cuenta de la mala dicción y el lenguaje grosero; en la titulada Improperios, se nos da cuenta, en un ensayo y un artículo muy pertinentes y escritos con una gran amenidad, del ya obsoleto lenguaje del insulto; Más asuntos translaticios, se ocupa de las malas traducciones al español, materia de la que Marías escribe con gran soltura, gracia y saber por su magnífica labor como traductor del inglés, y que resulta ser una de las secciones que poseen más esprit del libro, derrochando el autor bastante ingenio como cuando cita un Padre Nuestro traducido recientemente en una novela en la que se lee: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Santo Fantasma (por Holy Ghost), Amén”; Nombrar o negar se ocupa del lenguaje políticamente correcto; que da lugar también a anécdotas sabrosas; La lengua manida, como su nombre indica, se ocupa de los artículos que tienen que ver con la cursilería, aquí entran en flaubertiana preocupación los lugares comunes; En desuso por abuso, finalmente, da razón, en dos artículos, de palabras cuyo uso arcaizante les ha dejado obsoletas a pesar de que denominan con veracidad, y estando todavía vigente, aquello que nombran.

Llama la atención el lenguaje exento de galicismos y anglicismos de que hace gala Javier Marías en estos artículos y la incidencia en hallar cualquier atisbo extraño en nuestro lenguaje demostrando así que domina con bastante soltura el uso elegante del idioma. Esta aclaración es importante porque contrasta con muchos reproches que se han dirigido a sus novelas, respecto a la utilización de un estilo que fuerza a veces de forma inverosímil el significado claro de las frases y que está plagado de anglicismos varios. Reproches ciertos, pero a los que el autor replica que ese uso es consciente, y alega en su defensa la enorme cantidad de neologismos de que está plagada la obra de Cervantes. En cualquier caso, estos artículos pretenden fijar una postura respecto a unos usos en que el lenguaje, como reflejo de la sociedad de la que forma parte imprescindible, se mueve en un cambio constante hasta el punto de que a veces puede hablarse incluso de torbellino. Marías es muy consciente de esos cambios, también de esos palos de ida y vuelta, por emplear términos musicales, que tiene lugar en el lenguaje empleado en la América de habla hispana y nuestro país, y la influencia mutua y enriquecedora que de todo ello se deriva, y de esto hace lección y aprendizaje. Por otro lado, la vigencia de estos artículos a lo largo del tiempo viene determinada desde luego por su pertinencia pero también por su talante. Hay en Marías una actitud profundamente liberal, con cierta pose de de media distancia anglosajona, que juega a favor del tiempo. El lector encontrará en estos artículos una actitud crítica, a veces exigente, muchas indignada, siempre atemperada por el humor, pero nunca hallará dogmatismos, recursos falsos o espurios razonamientos, ni siquiera cuando la situación a la que se refiere pueda ser motivo de irritación intensa. El último artículo que cierra el libro, por ejemplo, es buena muestra de ello. Se titula Sablistas eclesiásticos y sablazos gubernamentales, y, mediante el ejemplo de la obsolescencia del vocablo sablear, se plantea si esa obsolescencia no estará motivada por el uso generalizado de la actitud. Cuando todo el mundo es sablista, el vocablo deja de tener sentido porque ya no discrimina. Esto da pie a Marías a criticar ciertas actitudes de la Iglesia respecto a algunas leyes gubernamentales y, de paso, poner en solfa la subida de impuestos decretada por el Gobierno a propósito del tabaco. El artículo, inteligente, ameno, cumple con aquello que debe poseer el género: remueve el ingenio, ayuda al lector a plantearse ciertas actitudes que se suponen inamovibles, pero siempre desde el respeto que otorga el no saberse en posesión de ninguna verdad absoluta. Frente a la doxa, la paradoxa. En este gesto ve Alexis Grohmann a Marías como al hombre solo que afronta a la multitud. Sin compartir esa figura a lo drama ibseniano, lo cierto es que este libro es una muestra cabal de la independencia de criterio de que siempre ha hecho gala Javier Marías.

JUAN ÁNGEL JURISTO

Cuadernos Hispanoaméricanos, n. 748, octubre de 2012