LA ZONA FANTASMA. 2 de diciembre de 2012. Cuando sólo se sabe agravar

Hace justo un año, ¿se acuerdan?, hubo elecciones ge­nerales aquí. La gente estaba impaciente y desesperada, y directamente histéricos el entonces principal partido de la oposición y los periódicos y cadenas a su servicio, que en Madrid son legión. Los columnistas y tertulia­nos esbirros pintaban a Zapatero y a Rubalcaba con rasgos demoniacos y los consideraban los causantes únicos de la pésima situación económica, ocultando que la burbuja inmobiliaria, culpable de que la crisis haya sido en España más grave que en casi ningún país de Europa, fue alumbrada e inflada por el Go­bierno de Aznar al declarar éste edificable todo el suelo nacio­nal. Pero el pasado siempre es fácil de ocultar, aunque sea re­ciente: los ciudadanos no sólo son desmemoriados, sino que les da una invencible pereza sumar dos y dos. Cierto que eran muy pocos los que no estaban hartos de Zapatero y de sus ministros mediocres o sencillamente idiotas, de las dos clases los hubo. El paro había alcanzado cifras monstruosas, la famosa prima de riesgo se disparaba, la reforma laboral de 2010 -muy dura para los trabajadores- no parecía haber valido de nada, y se tenía la creciente sensación de que nuestros gobernantes no sabían qué hacer y de que además tenían las manos atadas por Bruselas y Ber­lín. Muchos sentimos vergüenza cuando PSOE y PP acordaron modi­ficar por primera vez la Constitu­ción para que figurara en ella -nada menos- la imposibilidad de superar los límites de déficit establecidos por la Unión Europea, abriendo así la puerta a futuros cambios que decidiera llevar a cabo unilate­ralmente un partido con mayoría absoluta en el Congreso. El panorama era tan malo, y tantas las prisas del PP por gobernar, que las elecciones, ¿se acuerdan?, fueron adelantadas bastan­tes meses. Aun así a ese partido le pareció que eran tardías.

No sé hasta qué punto la mayoría de la gente tenía espe­ranza de que mejoraran las cosas con un relevo en el poder, pero como mínimo se fingió que era así, a la vista de los resul­tados. El PP, en todo caso, basó en eso su campaña y se hinchó a jurar en falso: los problemas terminarán en cuanto Rajoy pise La Moncloa; su sola presencia allí inspirará confianza en el extranjero y prosperaremos; respetaremos todos los dere­chos adquiridos por la población; no recortaremos nada de lo que ésta juzga básico: la sanidad y la educación públicas, las ayudas a los dependientes, la cultura, los subsidios de paro; no subiremos impuestos, ni IVA ni retenciones, los pensionis­tas mantendrán su poder adquisitivo; el empleo florecerá, o disminuirá el desempleo de forma drástica; los trabajadores conservarán lo que tienen, los jóvenes verán con optimismo su porvenir. Es de suponer que, inverosímilmente, los votan­tes creyeron a Rajoy y al PP. O quizá muchos no, pero pensa­ron que tampoco podíamos continuar como hasta entonces.

Bien, ha transcurrido un año y salta a la vista que ya no estamos así, sino muchísimo peor. El PP ha faltado a todas sus promesas, siendo uno de sus más llamativos incumplimien­tos la subida de impuestos a todo cristo menos a los siervos de Cristo y a las casas de juego de la Comunidad de Madrid: gra­cias a Adelson, ese fanático odiador de Obama que ha donado más de cincuenta millones de dólares para impedir su reelección, los casinos ya no tributarán el 45% de sus ganancias, sino tan sólo el 10%, mientras el IVA del teatro y el cine -y es un ejemplo entre muchos- ha saltado del 8% al 21 %. Se han convocado dos huelgas generales en un año, algo insólito; el paro sigue aumentando, en breve llegará al 26% y será supe­rior al que padeció Alemania en los años treinta. Su partido gemelo en Cataluña, aliado suyo hasta anteayer, CiU, ha decidido disfrazar sus propios recortes brutales de banderas con estrella para reclamar una independencia rara. En el País Vas­co, los entusiastas de ETA han alcanzado mayor poder insti­tucional del que jamás habrían soñado. Los servicios sanita­rios se cierran o se merman o se privatizan, los enfermos deben pagar varias veces lo ya pagado con los impuestos de todos. Los colegios cuentan con menos profesores exhaustos y con más alumnos por aula, las tasas universitarias se disparan e impi­den el acceso de muchos a una educación superior. Los comercios no venden, numerosos echan el cierre. A las compañías eléctricas se les permite “refacturar” lo con­sumido hace un año o dos. Se pone a más gente en la calle, se rebajan los sueldos de los que se salvan, se inyectan miles de millones públicos a entidades bancarias incompetentes y do­minadas por el PP. Sigue sin condenarse a casi nadie por co­rrupción. Los accionistas de las grandes empresas no renun­cian a sus beneficios máximos, prefieren prescindir de personal. Se restaura la cadena perpetua y se vuelve a penali­zar el aborto en casi todos los supuestos. La prima de riesgo bate récords. Tenemos un Presidente semiclandestino, que rara vez aparece o da la cara, y al que en el extranjero no ven fiable, lo tienen por un embustero o por un pasmarote, según. Y unos ministros tan mediocres o idiotas como los de Zapate­ro, si no más, depende del día.

La gente está mucho más deprimida y desalentada que hace un año. Ya no tiene esperanza, ni siquiera fingida. ¿Para esto ansiaba gobernar con tanta urgencia el PP? Uno se pregunta dónde está el secreto. Cuando sólo se sabe agravar, ¿para qué dia­blos se quiere el poder?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de diciembre de 2012