SILLÓN DE OREJAS. Aristócrata

UFEL PL1Me lo he pasado la mar de bien leyendo en una tarde prenavideña de tranquilidad, sillón de orejas y copa de oporto (Niepoort: ay, se me acabó la botella) el breve ensayo de Gregor von Rezzori Un forastero en Lolitalandia, que acaba de publicar Reino de Redonda con prólogo de Zadie Smith. Von Rezzori (1914-1998) compartía con Nabokov (1899- 1977) algunas cosas: ambos eran aristócratas arrancados de sus raíces por la guerra y la revolución, ambos eran políglotas capaces de escribir en varias lenguas y los dos estaban dotados de especial ojo para el detalle y talante para la ironía. Rezzori, además de un estupendo escritor, fue actor (especialmente apreciado por Louis Malle, que le dio papel, entre otras, en la estupenda Vida privada (1962). El ensayo, una treintena de sugerentes páginas, rehace el viaje por América de Humbert Humbert y su nínfula (“la historia de amor más convincente del siglo”), sumergiéndose de paso en la recreación de su propia imagen de Estados Unidos, adquirida cuando aún era un niño y muchos europeos aún veían en el país transatlántico “la promesa de un futuro brillante”. El texto, que fue publicado por la revista Esquire en 1987, es una auténtica delicia. Y el (último) oporto me supo a gloria.

MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO

El País, Babelia, 29 de diciembre de 2012

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LA ZONA FANTASMA. 30 de diciembre de 2012. Los que mandan

El truco es viejo como el mundo, no se entiende cómo  aún funciona, y quizá hoy más que nunca. Hice hablar de ello a un personaje de mi novela más reciente, que se hacía una reflexión parecida a esta: no es sólo por necesidad o comodidad por lo que uno delega en otros, sobre todo para los asuntos ingratos o los trabajos sucios; el que da la orden de matar a alguien y contrata a un sicario puede llegar a convencerse de que apenas tuvo que ver en el asesinato, al fin y al cabo él no estaba allí cuando se cometió; por inverosímil que parezca, cabe la posibilidad de engañarse hasta las últimas consecuencias, se puede poner en marcha una cosa y después “desentenderse”, y por supuesto culpar al que se manchó las manos. No en balde los actores y cantantes, los escritores, los boxeadores y los toreros cuentan con representantes, agentes, managers y apoderados respectivamente. No sólo les sirven para ocuparse de la burocracia y conseguirles condiciones mejores, asesorarlos en cuestiones que los aburren o de las que poco saben, también para quitarse responsabilidades. “Eso es decisión de mi agente”, se escaquean. “Mi representante no me lo permite”, como si el delegado tuviera potestad para imponerles algo. Salvo con los actores, escritores y demás muy tontos o despistados, muy inútiles o ensimismados, eso nunca es cierto: son ellos quienes tienen la última palabra. Otro tanto ocurre con los clientes y sus abogados, los empresarios y sus asesores, los Presidentes y sus ministros. Pero, si ellos mismos son capaces de persuadirse a veces de que son “inocentes” de lo que ejecutan sus subordinados o secuaces, ¿cómo no van a convencer al resto, a la gente corriente?

El truco funciona aún tanto que hace unas semanas los jueces (que no son precisamente del montón, sino personas formadas y duchas en detectar triquiñuelas) cayeron en la ingenuidad de desestimar como interlocutor de sus protestas y reivindicaciones al Ministro de Justicia, que ha conseguido sublevar  a magistrados, fiscales, abogados y procuradores y a la población entera, independientemente de sus tendencias e ideologías. “Hay que hablar de poder a poder: con el Presidente”, dijeron. ¿De verdad creen que habría alguna diferencia si su interlocutor fuera Rajoy? ¿Que Gallardón toma decisiones injustas, hace reformas abusivas y demenciales por cuenta propia y con toda libertad? ¿Se imaginan que Rajoy sería más razonable? ¿Acaso ignoran que los actos de Gallardón los dicta su superior, o si acaso FAES, la fundación de Aznar, que le va señalando el camino y el modelo de Estado? Lo mismo sucede con el hipervitaminado torete Wert, al que desde el primer día se le subió a la testuz el cargo. Que el pobre se haya desquiciado a nivel personal y se haya “animalizado” no significa que obre espontáneamente, hasta ahí  podíamos llegar. Sus reformas, sus recortes, sus sumisión a los obispos, su lunático deseo de españolizar a los españoles (es otro que ha logrado ponerse en contra a la sociedad en su pleno: rectores, profesores de todas las enseñanzas, alumnos, padres de alumnos, artistas, empresarios culturales), no son meras ocurrencias suyas, por mucho entusiasmo que haya decidido aplicarles como buen siervo que es. Obedecen a un plan, son órdenes de los que mandan; su reclamadísima dimisión no serviría de nada. Tampoco Montoro actúa por propia iniciativa (con su vocezuela), ni Mato en Sanidad, ni Fernández Díaz en Interior; ni siquiera el subalterno-sustituto de Aguirre en la Comunidad de Madrid, aunque parezca enfrentado con el Gobierno en su aspiración a cobrarle a la gente un euro por receta médica. Todos están supeditados al Presidente, todos siguen sus consignas.

¿Cómo es posible que la población se crea –jueces incluidos- que en un partido congénitamente autoritario como el Popular los delegados van por libre? (Ese partido, no se olvide, fue fundado por Fraga, ex-ministro de Franco, y jamás ha utilizado otro método para designar candidatos que el dedo de quien está más arriba; desconocen lo que son elecciones internas o primarias.) Hace ya muchos meses, al poco de ocupar Rajoy la Presidencia, dije aquí que su estilo de gobernar y escabullirse era claramente heredero del de Franco, a buen seguro su mayor maestro. Lamento que el tiempo me haya dado la razón con creces, porque, tras tanto decreto-ley y tanta imposición de su mayoría absoluta, tanto menosprecio del Parlamento y de la oposición, tanta amenaza poco velada a los medios críticos y tanto incumplimiento de sus promesas y de su programa, tanto atropello a los derechos de los españoles arduamente adquiridos, a este Gobierno sólo le queda de democrático la manera en que fue elegido. No hay que remontarse a Hitler para recordar que a un Gobierno no le basta con eso para ser democrático: el timbre ha de ganárselo a diario, en sus formas y en sus fondos. Rápidamente, en sólo un  año, nuestro país se va pareciendo –algo o bastante– a la Venezuela de Chávez, a la Italia de Berlusconi, a la Rusia de Putin y a la Argentina de Cristina Fernández, es decir, a pseudodemocracias o regímenes más bien despóticos, aunque salidos de las urnas. Los máximos responsables no son los subordinados, por selváticos y desagradables que sean los actuales ministros. Ellos cumplen, sobre todo, lo que les exige el que manda, sea éste Rajoy o –aún más grave– el 2consejo pensante” de FAES, al que nadie nunca ha votado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de diciembre de 2012

Javier Marías, personaje del año

Thomas Laisne. Corbis

Thomas Laisne. Corbis

LOS 100 DE AÑO

Protagonistas del mundo Iberoamericano en 2012

CREADORES

JAVIER MARÍAS. El desdén anunciado

En coherencia con sus principios, el escritor ha rechazado el Premio Nacional de Narrativa

Este país se asombra porque quiere. Durante años fue anunciando Javier Marías, uno de los escritores más brillantes de la generación que tuvo como padres o hermanos mayores a Benet y a Hortelano, que rechazaría cualquier premio oficial que viniera de la Administración española. Y cuando un jurado le otorgó a Los enamoramientos, su última novela, el Premio Nacional de Narrativa, y él dijo que no lo quería, como había anunciado, corrieron ríos de tinta, algunas de ellas envueltas en reproches. Pero es que lo había dicho. Hasta el escritor, que es académico, columnista célebre, premiado en muchos países, tuvo que ofrecer una rueda de prensa para explicar el desdén tantas veces anunciado por un premio nacional. Contó que no quería ser visto como “un autor favorecido por este o aquel Gobierno”, y que además lo desdeñaba porque otros, incluido su padre, el filósofo Julián Marías, habían sido tratados con desdén por las distintas Administraciones que hubo durante y después del franquismo. Nadie tenía que premiarle, por otra parte, esa novela para que quedara entre sus mejores libros, desde Todas las almas hasta Negra espalda del tiempo, en la que por cierto están las claves de su relación con la vida. No quería que fuera un feo ni un agravio: lo había anunciado y cumplió lo que dijo que iba a hacer. ¿Por qué afearle a él la coherencia?

JUAN CRUZ

El País Semanal, 23 de diciembre de 2012

LA ZONA FANTASMA. 23 de diciembre de 2012. Llamada a la delincuencia

 

Cada vez que un Gobierno, por lo general  del PSOE, ha tomado alguna medida humanitaria o civilizada hacia los inmigrantes ilegales; cada vez que no se ha limitado a seguir el ejemplo de Aznar y deportarlos por las bravas sedados o amordazados o maniatados (o las tres cosas, ya no recuerdo bien), el PP y la derecha más salvaje han puesto el grito en el cielo y han denunciado que, con tales medidas, se estaba produciendo un “efecto llamada” para que siguieran llegando a nuestras  costas y ciudades indocumentados de toda índole, muchos de los cuales venían tan sólo a delinquir o a vivir de gorra, a beneficiarse de nuestra sanidad pública, quitar empleos e ingresar dinero negro por el que no tributarían. Como ahora es el PP quien manda –no gobierna, sólo manda-, no dice una palabra sobre la gravísima llamada que él mismo está haciendo, no a los sin papeles africanos, sino a los delincuentes internacionales, siempre que vengan ya con dinero. Por un lado se va a otorgar la residencia inmediata a los extranjeros que compren pisos o casa, lo cual equivale, llana y sencillamente, a vender dichos permisos a quienes puedan pagárselos. Por si cupiera duda, el Gobierno ha especificado que se trata de atraer, sobre todo, a rusos y chinos, y dar así algo de salida al exceso de viviendas que, tras la demencial burbuja inmobiliaria propiciada por Aznar al declarar edificable la totalidad del suelo español en 1998, los codiciosos promotores y constructores y alcaldes se han tenido  que comer con patatas durante los últimos años. Habrá gente rusa y china muy honrada con dinero para estos caprichos, pero a nadie se le oculta que entre los más pudientes de sus países están los mafiosos, y que ya muchos de éstos –rusos, eminentemente- llevan tiempo aquí instalados, operando cómoda y tranquilamente. Ahora se les va a vender la residencia por un desembolso para ellos mínimo. Si esto no constituye un “efecto llamada” al crimen organizado, Rajoy es un solidario y un salado.

Pero aún es más desfachatada la invitación de la Comunidad de Madrid, de Esperanza Aguirre y de su sustituto-subordinado (al que nadie ha votado para el importante cargo que ocupa), con el asunto de Eurovegas. Ya saben de las concesiones inauditas que se preparan para el turbio Adelson, cuyo complejo, hace unos meses –lo dijo Aguirre-, iba a crear 164.000 empleos directos y 97.000 indirectos. Ahora se anuncian sólo 72.000 y 15.000, respectivamente, sin que Aguirre haya explicado el porqué de tan abismal diferencia, y habrá que ver en cuántos se queda cuando esté todo en marcha. A cambio de esos puestos de trabajo que menguan a gran velocidad, la tasa del juego se ha bajado del 45% al 10%, pero, merced a una serie de ayudas aprobadas por Madrid, será improbable que el tipo impositivo pagado por Eurovegas rebase nunca el 1%, según cuentan los informadores Gallo y Marcos. Además, a esa empresa se le ha perdonado el  95% del impuesto sobre transmisiones patrimoniales y actos jurídicos documentados. Y el suelo en que se levante su negocio podrá ser expropiado por la Administración a favor de un particular, lo que evitará a Adelson tener que negociar con los propietarios de los terrenos. Las modificaciones urbanísticas deberán contar con licencia municipal, pero si el Ayuntamiento no la concede en un mes, su otorgamiento dependerá del sustituto-subordinado.

Pero la llamada más escandalosa es esta: la Comunidad se ha reservado el derecho a no aplicar los castigos previstos por la ley cuando Eurovegas cometa una falta muy grave, como coaccionar a los apostantes, no pagarles su premio o utilizar ruletas o cartas no reglamentarias. También podrá pasar por alto, a discreción, los antecedentes penales que, según la normativa vigente, impedirían a un empresario regentar un casino o a sus empleados trabajar en él. Veamos la necesaria lógica de estas medidas: si se anuncia que se van a indultar los desmanes, es porque se prevé que vaya a haberlos; si se anuncia que se hará caso omiso de los antecedentes penales, es porque se da por supuesto que muchos de quienes operen en Eurovegas contarán con ellos, es decir, serán delincuentes convictos que, sin embargo, en Madrid gozarán de impunidad y alfombra roja. Supongo, por cierto, que otro tanto habrían obtenido en Cataluña, donde nadie ha recordado, en las recientes elecciones, que Mas y CiU cortejaron a Las Vegas Sands con ahínco y parecidos servilismos. Y algo más en lo que no se ha hecho hincapié: Madrid permitirá a los casinos inventarse cualquier juego de azar y ponerlo en práctica antes de recibir el aval de las autoridades. Esto significa que, al menos en la teoría, se podré jugar a la ruleta rusa o a cualquier atrocidad o humillación que se les ocurra a los responsables.

Es insólito que un Gobierno aliente descaradamente la delincuencia, las trampas, la coacción, el robo (no otra cosa es negarse a pagar las ganancias), las cartas marcadas y las ruletas trucadas; que perdone de antemano los antecedentes penales y así  incite a solicitar empleo en el macrocomplejo a los individuos menos recomendables. No se entiende que Esperanza Aguirre primero, y sus sustituto-subordinado después, no fueran destituidos fulminantemente, o denunciados por contravenir las leyes y por connivencia –preventiva- con varias faltas muy graves. ¿Nada tiene que decir Rajoy? ¿Nada los jueces? ¿Nada los madrileños?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de diciembre de 2012

Entrevistas y críticas italianas

Foto. Ferdinando Scianna[Foto. Ferdinando Scianna]

“Amore. Nome comune di cosa. Astratto, molto astratto”
MARCO CICALA
Il Venerdi. Supplemento de La Repubblica

“Io sono il contrario esatto del mio io da scrittore”
PAOLO VALENTINI
Pubblico giornale

“Amico Shakespeare, una sorgente di fertilità”
MARIO BAUDINO
TTL. Supplemento de La Stampa

le Italia

Ogni mattina in un caffè osservando la coppia perfetta
ANGELA BIANCHINI
TTL. La Stampa

Nella nebbia dell’incertezza
NORBERT VON PRELLWITZ
Alias. Supplemento de Il Manifesto

Marías: di cosa è capace l’amore

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In un caffè del centro di Madrid la giovane editor María osserva ogni mattina Luisa e Miguel che fanno colazione. Non sa nulla di loro, ma quando l’uomo viene assassinato María si trova suo malgrado proiettata nell’intrico di persone, frequentazioni e segreti legati alla coppia. Ed è proprio questa improvvisa intromissione nella vita altrui che mette in moto Gli innamoramenti di Javier Marías, appena pubblicato da Einaudi nella traduzione di Glauco Felici. Autore di alcuni importanti romanzi come Tutte le anime e Domani nella battaglia pensa a me, lo scrittore spagnolo porta in questo libro un mondo dove sentimenti e debolezze dell’uomo hanno un ruolo di primo piano. Per parlarne di persona, Javier Marías si presenta all’intervista con i suoi sessant’anni ben portati, completo blu e gentilezza molto ciarliera.

Dopo aver sempre scelto il punto di vista maschile ora la voce narrante del suo nuovo romanzo Gli innamoramenti è una donna, María Dolz. Perché?

«Sono abituato a raccontare in prima persona dal 1986 ormai, da L’uomo sentimentale, mi ci trovo mio agio. E questa storia non si poteva raccontare dal punto di vista maschile, sarebbe stata poco credibile la vicenda che accade alla protagonista María Dolz. Poi però c’è un’altra ragione per la voce narrante femminile. La donna che osserva ogni giorno una coppia sconosciuta in un bar, e poi scopre dopo settimane dalla scomparsa dell’uomo che questi è stato ucciso in modo gratuito e inesplicabile, è una donna vera, una mia amica che ha davvero vissuto quella situazione. In qualche modo ho voluto portare la sua voce nel mio romanzo. E comunque, alla fine penso che scrivere significhi osservare e raccontare. Un uomo e una donna non lo fanno in modo così diverso».

Come già nel suo romanzo più famoso, Domani nella battaglia pensa a me, e anche In un cuore così bianco, la storia di Gli Innamoramenti prende le mosse da una morte improvvisa nelle prime righe…

«Si tratta di tre morti diverse. Una è una morte accidentale, l’altra un suicidio, la terza un omicidio. In questo caso mi serviva per raccontare la storia di una donna che si innamora di un uomo che sarà causa della sua disgrazia. È questo il vero nucleo del romanzo, anche se improvviso molto nella scrittura, e alla fine spero sempre che tutte le cose che ho scritto si incastrino bene tra di loro».

In questo suo ultimo romanzo, spesso i personaggi pensano pensieri di altri personaggi, gli attribuiscono sentimenti che provano per sé stessi. Come mai ha usato questa tecnica letteraria così particolare?

«Volevo che i personaggi facessero ciò che fanno, o almeno dovrebbero fare sempre, i romanzieri: immedesimarsi nella testa di qualcun altro. È per questo che alla fine i narratori dei miei libri si assomigliano tra loro. Assomigliano a me. Sono tutti dubitativi, riflessivi, pensano sempre cosa avrebbe potuto succedere se… D’altronde, accadeva già a Flaubert, quando diceva Emma Bovary sono io ».

In Gli innamoramenti c’è tutta la sua scrittura torrenziale, ipnotica, radicalmente lontana dalla scrittura americana, molto cinematografica, che va per la maggiore oggi. Da dove nasce?

«In effetti non amo la letteratura americana contemporanea, sebbene in Spagna e credo anche qui in Italia, sia oggetto di una vera e propria devozione da parte della critica. La mia scrittura nasce dalle mie letture, dagli autori che amo di più: Henry James, Conrad, Proust, Shakespeare ovviamente. È una tradizione letteraria quasi perduta, quella che potremmo chiamare del pensiero letterario , che non significa riflettere sulla letteratura o i libri, ma pensare letterariamente sulle cose del mondo. Il pensiero letterario è diverso da quello filosofico o scientifico, è una forma a sé che ha il vantaggio di non dover dimostrare le sue affermazioni. Può essere contradditoria, ma deve riuscire a impressionare il lettore con un’affermazione fulminante, che appena uno la legge pensa: sì, è davvero così».

Nel romanzo c’è un’efficace descrizione degli scrittori. «Sono gente strana, la maggior parte. Si alzano come sono andati a dormire, pensando alle loro cose immaginarie che tuttavia li tengono impegnati per così tanto tempo». È così anche lei?

«Cerco di allontanarmi dalla macchina da scrivere che ancora uso e fare una vita normale, incontrare gli amici, vedermi una partita di calcio. Ma è vero che mentre si scrive un romanzo, qualsiasi cosa si faccia, nel sottofondo della mente anche se non in modo ossessivo, c’è sempre il romanzo che pulsa. E poi, come dice in altro passo del romanzo la protagonista María, che lavora in una casa editrice, pensare che uno la mattina si alzi e si metta a scrivere senza neanche sapere che cosa verrà fuori dal suo scrivere, e nemmeno se quel romanzo sarà letto o pubblicato, è indubbiamente un po’ folle. Sotto questo punto di vista, sono consapevole di essere uno scrittore fortunato. Ho pubblicato il primo libro a vent’anni».

Perché, poco più di un mese fa, ha rifiutato il prestigioso Premio Nazionale della Narrativa Spagnola proprio per Gli innamoramenti?

«Sono contrario alle politiche culturali del mio paese, e da molti anni ho deciso di non avere nulla a che fare con le istituzioni spagnole. E non dipende dal fatto che oggi al governo ci sia il Partito Popolare di Rajoy, quanto più, ad esempio, che nel budget del Ministero della Cultura di quest’anno non ci sia neanche un euro per le acquisizioni di libri da parte delle biblioteche pubbliche».

Gli anni successivi alla dittatura di Franco hanno partorito una «nazionale» di scrittori spagnoli che può contare su di lei, Enrique Vila- Matas, Javier Cercas, più «l’oriundo» scomparso Roberto Bolaño e altri, che è probabilmente la migliore d’Europa. Pensa possa nascere un fenomeno del genere anche dalla crisi economica spagnola di questi giorni?

«Questa nazionale comprende scrittori abbastanza diversi tra loro. Ad esempio non sento vicino a me la letteratura che fa Cercas, anche se ho più di un legame con quella di Vila-Matas. E poi penso che forse le difficoltà dell’economia, gli accidenti della storia, non abbiano molto a che fare con la qualità letteraria di una generazione. Ma vedremo in futuro cosà verrà fuori da questa Spagna di oggi. Un paese triste, che nessuno negli anni 80, durante l’esplosione creativa post franchista, sarebbe riuscito a immaginare. Se l’anno scorso l’elezione di Rajoy alla guida del governo per molti era stata una mossa, magari disperata, per cambiare, combattere la ferocia della crisi economica, oggi, a distanza di un anno, in Spagna c’è solo rassegnazione».

SILVIO BERNELLI TORINO

L’Unità, 4 dicembre 2012

‘Mala índole’, mejor libro de cuentos del año 2012

Mala índole

La recopilación de cuentos Mala índole. Cuentos aceptados y aceptables ha sido reconocido como el mejor libro de relatos por los lectores de El País

Releer ahora los cuentos que Javier Marías ha ido publicando desde 1975 no únicamente depara un estimulante viaje hacia el mundo de sus primeras novelas sino también la sorpresa de descubrir algunas semillas sembradas en estos relatos y que después germinarían cobrando protagonismo en novelas que les sucedieron. En conjunto –y sin que ello se interprete con sentido de dependencia ni mucho menos le reste valor ni reconocimiento por sí mismos-, los cuentos constituyen una amplia y diversa puerta de entrada al singular mundo de Javier Marías, en temas y conflictos o motivos (incluida la presencia de varios personajes), así como en rasgos estrictamente formales como los modos narrativos y la polifonía discursiva que el autor ha ido modulando con el tiempo.

Buena muestra de tal juego es El espejo del mártir, soberbia pieza, mucho más dramatizada de lo que inicialmente parece, ya que sólo al final el lector descubre que el narrador es el interlocutor mudo y destinatario del discurso que un coronel dirige a un subalterno condenado a ser recluido en la isla de Bornos. Brilla ahí la impostación paródica y el difícil arte del pastiche que tan buenos ratos nos deparará en posteriores secuencias novelescas, especialmente cuando se aplica a personajes estrambóticos como el impar Ruibérriz de Torres, que aparece en Sangre de lanza y protagoniza Mala índole y retorna en su última novela, Los enamoramientos, que no es donde por primera vez confía la narración a una voz femenina, según se ha difundido, porque lo había hecho en el estupendo cuento Menos escrúpulos, en que una mujer estaba tan apurada de dinero que decide apuntarse a las pruebas para una película porno. Y disfrutamos tanto de la capacidad de tensar al máximo elementos de la intriga en cuentos que son casi una nouvelle como de la intensidad sugestiva de los microrrelatos Domingo de carne y Figuras inacabadas. Sin faltar otro elemento imprescindible del mundo narrativo de Marías: la metarreflexión o esa muestra de work in progress que es Lo que sé del mayordomo.

ANA RODRÍGUEZ  FISCHER

El País, 18 de diciembre de 2012

Votación

  • ‘Mala índole’. Javier Marías (Alfaguara) 36.36%
  • ‘Cuentos completos’. Antonio Pereira (Siruela) 21.12%
  • ‘Madrid, otoño, sábado’. Josefina Aldecoa (Alfaguara) 16.58%
  • ‘Habitaciones privadas’. Cristina Peri Rossi (Menoscuarto) 13.37%
  • ‘La cabeza en llamas’. Luis Mateo Díez (Galaxia Gutenberg) 12.57%

LA ZONA FANTASMA. 16 de diciembre de 2012. No me creo que seáis unos cielos

Puede que sea mi estado de ánimo el que me llama a engaño, pero me parece percibir que uno de los efectos laterales de la crisis y de este insoportable Gobierno (sí, estoy harto de que todo sea ahora “colateral”, cuando casi nunca hace maldita la falta) es el auge de la antipatía general. En ausencia de otras muchas virtudes, los españoles han solido ser simpáticos, hasta el punto de que esa característica se daba casi por descontada y por lo tanto no encerraba mérito, mientras que su defecto se convertía en demérito imperdonable. Claro que nuestra “simpatía” tradicional enmascaraba con frecuencia algunos rasgos siniestros: servía de disfraz para la mala leche (“No que es broma”, se añade tras una pulla o tras llamar “hijoputa”), o para el timo y la picaresca, o para las groserías o zafiedades a que nuestros cómicos siempre han sido tan dados (no hay apenas diferencia entre Garisa o Martínez Soria y el actual “humor inteligente”, que rara vez tiene nada de lo uno ni de lo otro, es asombroso que se lo llame así).

Sea como sea, la gente aquí tendía a mostrarse simpática, a reír bastante incluso en situaciones graves o luctuosas, a gastar bromas de buen o mal gusto, pero bromas al fin. No nos era desconocida la ironía, aunque nos sentíamos más cómodos con el sarcasmo y la sátira. Sé, por experiencia de traductor, que en casi ninguna otra lengua hay un equivalente exacto de la palabra “guasa”, quizá por ser algo tan propio de nuestro país. Hace ya  unos años que todas estas cosas están en decadencia, por la estricta vigilancia (policial en espíritu) que se ejerce sobre los chistes y las chanzas, las hipérboles y las exageraciones. Todo lo gracioso o lo que pretende serlo se halla bajo sospecha: en seguida se considera mofa, o menosprecio, o falta de respeto, cuando no directamente acoso, insulto o denigración. Quienes escribimos en prensa deberíamos –uso el condicional porque yo aún me resisto- andarnos con ojo. Cada vez son menos los lectores capaces de detectar cuándo uno no habla en serio, o exagera para resultar más gráfico, o dice irónicamente lo contrario de lo que está diciendo. Es fácil que si uno escribe: “Hay que ver lo que detestan el fútbol Robinson y Maldonado, jamás se les encontrará en un estadio”, haya gente que se tome la frase literalmente y proteste: “¿Qué dice? Si se pasan la vida retransmitiendo partidos”. Ha retrocedido mucho la capacidad de intelección.

Pero una cosa son la seriedad y la solemnidad que llevan ya tiempo invadiéndonos, y otra la antipatía. Como en tantos ámbitos, es inexplicable la influencia de los políticos en el conjunto de la población, y hay que admitir que los del Partido Popular –los que más vemos ahora- parecen llevar la antipatía en los genes. Ya se la sufrimos en la época de Aznar: tanto él como la mayoría de sus subordinados eran bordes a más no poder. Creo que los dirigentes actuales –sí, algunos son los mismos- los igualan o superan, como si una de las consignas de este Gobierno fuera: “No sólo hay que machacar y desmoralizar a la ciudadanía a base de recortes, subidas de impuestos y bajadas de salarios, despidos masivos, indultos repugnantes, desahucios, leyes autoritarias y demás; también hay que descorazonarla y agriarla con desabrimiento y chulería, con malos modos y malas caras, con tonos despectivos y expresión de asco”. Tanto debe ser así que a quienes parecían relativamente agradables y sonrientes, como Cospedal y Gallardón, se les ha puesto faz de amargados y se han convertido en individuos cortantes y secos, cuando no de colmillo retorcido (en el caso de ella) o amenazadores (en el de él, y bien que lo lamento). Otros no han requerido transformación, sino que seguramente fueron nombrados, en parte, por su aparente antipatía congénita. He dicho “aparente” porque nunca descarto de nadie que con sus allegados pueda ser “un cielo”, según la expresión popular. Pero reconózcanme que cuesta imaginarse  como “un cielo” –en ninguna circunstancia- a las tenebrosas Pastor y Báñez, al despreciativo Montoro (con su vocezuela), al engoladísimo Guindos, a la tiesa Botella, al fúnebre Fernández Díaz, al agreste Arias Cañete, al solapado Rajoy… No se sabe si es contagio o querencia, pero al nuevo presidente de Bankia parecen haberlo buscado entre  los sepultureros de los relatos de Stevenson o los usureros de los de Dickens; los jerarcas de la Conferencia Episcopal y la mayoría de los periodistas afines al PP servirían para asustar a los niños cuando se portan mal; algunas presentadoras de las televisiones y radios esbirras tienen el inequívoco aspecto de Joan Crawford o Barbara Stanwyck  cuando interpretaban a arpías indisimuladas… Entre la falta de motivos para estar alegre y la contaminación desde las alturas, no sería de extrañar que la población en su conjunto se hiciera odiosa También. Ya hay algunos avisos. Por eso hay que estar especialmente agradecidos a quienes se resisten: a esos grupos andaluces que improvisan sus quejas flamencas en las sucursales bancarias, a esos sanitarios madrileños que protestan con coreografías y logran arrancar una sonrisa pese a lo angustioso de la situación. A toda esa gente hay que felicitarla por partida doble. Al menos nos elevan un momento el ánimo y subrayan, por contraste, el permanente avinagramiento de quienes nos gobiernan y hunden, y de quienes los jalean sin cesar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de diciembre de 2012

 

 

Territorio Marías

Winslow Homer

Winslow Homer

Hay una primera consecuencia de la decisión de publicar juntos los dos libros de cuentos que el autor había escrito, Mientras ellas duermen (1990 y 2000) y Cuando fui mortal (1996): que permite ver a Javier Marías completo. No me refiero únicamente a la idea externa de ver reunida la totalidad de sus relatos, unos aceptados sin duda por él y otros «aceptables», con alguna reserva, según anota en el prólogo. Me refiero a Marías «completo» en sentido interno, puesto que son sus cuentos los que permiten a los lectores asomarse mejor a la variedad de estilos de este escritor y saber que su paisaje literario permite ser visto desde distintas ventanas. De esa forma, los textos cumplen el designio de mostrar a un Marías humorista, socarrón hasta el límite que comparte casi solo con Eduardo Mendoza, en que lo cómico o paródico puede ser vía segura para dar en la diana de una sátira social.

Boda en Ronda

Destaca en esa vertiente su interés por los tipos o personajes como Ruibérriz de Torres, un donjuán algo patético por consabido, o MacGraw, que en «Mala índole», uno de los mejores relatos, es capaz de desarrollar ante nosotros las gracietas del ocurrente, hasta derivar en un mastuerzo desatado en bailoteos de hiriente desparpajo. O Baringo Roy, quien en una boda en Ronda suelta las confidencias con proverbial e irresponsable camaradería.

Aquel cuento, «Mala índole», que también hace un repaso satírico al mundo de las películas malas (¿hubo alguna buena?) de Elvis Presley, termina de manera sorprendentemente trágica. Cualquiera que conozca bien la obra de Marías sabe que lo cómico en sus relatos (también ocurre en sus novelas) muchas veces se halla contiguo a lo trágico y de una broma vamos pasando, casi sin solución de continuidad, a una tragedia, anidada en la sorpresa del azar o albergada en el fondo de la broma misma.

Una escena de playa

En el cuento «Mientras ellas duermen», la primera parte es cómico-satírica: una escena veraniega de playa nos presenta a un marido impertinentemente entregado a filmar una y otra vez a su bella mujer. Pues bien, esa escena morosamente descrita nada tiene que ver con el asunto clave del cuento, que percibimos a su final y que no he de desvelar, pero que contiene un gran tema de Marías: el amor y la belleza son contiguos a la muerte.

Hay otro elemento estilístico que no puede dejar de subrayarse. La evolución del género cuento entre nosotros ha ido haciendo a muchos autores alejarse de contar historias, sustituyéndolas por una estampa lírica o una gracia verbal. Lo más visible –llega a convertirse en original hoy– es que los de Javier Marías desmienten esa tendencia, ya que recuperan lo que es consustancial: contar una anécdota o historia que alberga en germen un contenido mayor.

Muchos de ellos parten de una situación jocosa, incluso forzada, como le ocurre a dos de los mejores: «Lo que dijo el mayordomo» y «Prismáticos rotos», en los que una azarosa circunstancia pone en contacto al personaje narrador con un curioso perturbado o con una acción truculenta que va a ser inevitable. Esa condición de testigo insólito, situado por azar ante una situación que se complica cada vez más, resulta muy típica en Marías, y responde a una poética implícita: detrás de aparentes nimiedades se esconden atroces posibilidades. Basta con oír y mirar. Por tal cosa, muchos de los personajes narradores de Marías son «curiosos impertinentes».

Y entre quienes pueden mirar o escuchar con privilegio mayor están los fantasmas. La situación del fantasma, que ha dado título a dos libros enteros de Marías y a su actual serie periodística, permite al autor rendir homenaje a cuentos y películas en la delicada pieza amorosa «No más amores», pero también da paso a la joya del conjunto, «Cuando fui mortal», que encierra la gran cuestión que su literatura ha visitado desde Negra espalda… a Tu rostro mañana: cómo, a diferencia del espacio, el tiempo no lo tenemos, ni podemos saberlo todo, ni nos es dado saltar el futuro.

Corazón tan blanco

Lo cual me lleva a otro estímulo para leer despacio este libro [Mala índole]: quienes sean aficionados a Javier Marías encontrarán aquí muchos de sus motivos encarnados en personajes, desde el malvado Custardoy de Veneno y sombra y adiós, presente en varios textos de diferentes época, hasta el escritor de Todas las almas, John Gawsworth, contenido en la soberbia escena ante el escaparate de una librería de viejo, en «Un epigrama de lealtad». Sin olvidar el comienzo de Corazón tan blanco, esbozado en el cuento «En el viaje de novios».

Javier Marías, por tanto, reconocible en su estilo, pero también sorprendentemente variado. La versatilidad y capacidad de dominio de distintos ritmos narrativos aquí presentes resultarán inesperados para muchos. Este magnífico libro de cuentos enseña el territorio de Marías como ningún otro libro.

J. M. POZUELO YVANCOS

Abc Cultural, 8 de diciembre de 2012

Javier Marías e la legge del desiderio

le Italia

Presentación en Italia

Le sigarette di Javier Marías stanno distese una accanto all’altra, trattenute dieci a destra e dieci a sinistra da un elastico piatto, ordinate nei due lati di un portasigarette laccato di rosso, bello, antico. Sono sigarette tedesche molto leggere fabbricate dalla ditta Reemtsma. Estrae una sigaretta dal suo letto d’argento, la fuma. Non si può fare a meno di pensare, ogni volta che ne sfila una, al gesto preliminare, forse mattutino, di certo quotidiano: quello di toglierle dal pacchetto e allinearle lì sotto l’elastico, con metodo. Al tabaccaio che deve averne una riserva solo per lui, nella rivendita sotto casa nel cuore di Madrid.

Le sue Reemtsma, don Javier, buona giornata. Lascia immaginare, il portasigarette rosso, una libreria di volumi altrettanto ordinati in una casa docile alle abitudini del suo proprietario. Niente animali domestici, niente computer. Niente telefoni cellulari, niente auto nel garage. Solo una macchina da scrivere, un fax. I volumi in inglese nella parete dei libri inglesi, la collezione dei soldatini di piombo allineata davanti. Molti di Crimea, “i più belli”. L’acqua di colonia nel bagno. La buona musica, accanto alla tv lo scaffale dei film. L’uomo che uccise Liberty Wallance tra tutti il preferito.

Nessun intruso. Nessuna donna. E però è con un lampo di ironia che dice “è stato per caso che non mi sono mai propriamente sposato”. Propriamente nel senso che non c’è stata la certificazione, un accidente del destino: “Una volta una mia morosa era già sposata e a quel tempo non c’era il divorzio, in Spagna. Un’altra volta lei era americana e c’era la distanza, anzi due: le americane sono state due. Una volta era italiana, ed era lei ad essere incerta sul mio conto”. Gli occhi già lunghi si allungano nel sorriso. E’ un elenco che parla di treni troppo lenti, di disincontri e contrattempi. Nel suo italiano perfetto e letterario il termine “morosa” dice qualcosa del suo amore italiano, è stata certo lei a consegnargli il vocabolo perché  -dice infatti- “l’unico modo per imparare una lingua senza studiarla è avere un amore”. L’italiano l’ha imparato così.

Gli innamoramenti (Einaudi), s’intitola il suo ultimo romanzo. Un uso vertiginoso della lingua, un’ipnosi ad andamento lento. Un’anatomia del sentimento amoroso implacabile: come vedere un film al rallenty, con un fotogramma che si insinua nell’altro. È una donna che guarda. Dalla finestra sul cortile, osserva e racconta.

“Ma davvero dunque vuole parlare d’amore, di me e dell’amore?”, domanda e sfila un’altra sigaretta dal suo letto.

Davvero. Potrebbe mettere in ordine gerarchico gli amori della sua vita? Amori di ogni genere: persone e cose.
“Persone più di ogni cosa, senza dubbio. Persone, e certo donne al primo posto. Poi le persone in generale. Mio padre, mio fratello. Le persone che abbiamo amato, quelle rispetto alle quali abbiamo avuto la sensazione di non poter vivere senza. Poi si vive senza, certo. Ma dopo. Al secondo posto un tempo avrei messo la lettura, oggi non più. Ricordo di aver sentito mio padre dire: più divento vecchio meno leggo. Allora non capivo, ora sì. Leggo meno anche io, dopo aver letto così tanto. Poi il cinema, certamente. Ci sono film che non smetterei mai di rivedere. Liberty Wallance, Sentieri selvaggi. Poi il calcio, anche se sempre di meno a causa di questo Mourinho: una figura detestabile, se ne andrà presto spero. Poi l’amicizia, che come diceva Oscar Wilde è più tragica dell’amore perché dura più tempo. Certo è che la ricompensa che ti dà l’amore è più forte”.

L’amore, o l’innamoramento? Quest’ultimo, lei scrive, produce debolezza: ho un debole, si dice. Rende vulnerabili.
“L’innamoramento è una condizione che non tutte le lingue certificano. In italiano e in spagnolo sì, c’è una parola per dirlo, ma in altri idiomi servono perifrasi. Cadere, essere in. Come fosse un transito o un accidente. E’ certo molto faticoso, quanto inevitabile, innamorarsi. Prevede un grado di audacia e di insensatezza che con l’età, direi più con l’esperienza, si tende ad evitare. Questo perché ci si impigrisce. Si scansa la fatica. Tuttavia io stesso vedo con certezza che le uniche stagioni della vita che abbiano qualche interesse, a posteriori, sono quelle: le storie d’amore molto appassionate, complicate, intense, quelle che portano con sé grandi sofferenze e momenti stupendi. Quello è l’apice dell’esistenza, senza dubbio”.

Perché dice “a posteriori”? C’è un’età per innamorarsi?
“No, non direi. E’ più o meno sempre lo stesso, dai 7 anni in poi. Solo che purtroppo col tempo si diventa più prudenti e, credendo di preservarsi, si evita la pena. Con la fatica e con la pena anche la meraviglia, va da sé”.

A lei quante volte è successo?
“Quante volte sono stato innamorato? Difficile dirlo, capita di credere di esserlo, durante, e poi non lo si era o al contrario capita di ostinarsi a pensare che no, non lo si è, e invece bisogna infine arrendersi. Diciamo quattro comunque: quattro volte, almeno. Sono state e sono tuttora sempre relazioni a distanza, senza vera convivenza. Per cause di forza maggiore, dico a me stesso, però poi in verità chissà se volendo non avrei potuto… E’ probabile che mi trovi meglio così. Che la chiave del desiderio sia la distanza. In questo senso la raccomando. Con le donne che ho amato ho conservato quasi sempre una grandissima amicizia, anche questo non è consueto. Alcune sono diventate amiche tra loro”.

E questo non la spaventa?
“No  – ride –  no, no. Non temo possano farmi del male, neppure se in coalizione. Le donne che ho amato hanno avuto tutte tre caratteristiche: ridevano molto, erano buone persone ed erano molto intelligenti. Non necessariamente in quest’ordine, ma sempre tutte e tre le cose. Persone molto interessanti, persone che restano”.

È la prima volta, in questo romanzo, che assume un punto di vista femminile.
“Sì, sono abituato a scrivere in prima persona e qui lo sguardo doveva essere quello di una donna: solo una donna può osservare in quel modo la felicità di una coppia. È così che inizia la storia, una donna che guarda una coppia. Le prime trenta pagine sono il racconto di una vicenda reale. Volevo raccontare di una donna che resta con un uomo che le ha causato una grande disgrazia. Una donna che infligge a quell’uomo la punizione di restargli accanto. Poi, invece, il racconto è andato altrove”.

Sembra più interessato al tema della morte che a quello dell’amore, il racconto.
“È possibile. O comunque ugualmente interessato. L’idea che si possa fare a meno di qualcuno che ci appare indispensabile, e amare oltre, andare oltre. Prendo in prestito un romanzo di Balzac, per dirlo. Ma anche I tre moschettieri, il titolo viene da lì. Mi incanta Dumas. Certo Shakespeare. Certo Cervantes. La letteratura, vede, è fatta da individui. La letteratura sono uomini. Cervantes è spagnolo, eppure è il meno spagnolo degli scrittori: è Cervantes. Rileggendo, che è quello che ormai faccio, trovo nei grandi scrittori di ogni tempo e di ogni luogo i medesimi cardini. Proust lo dice con ferocia: capita che a uno non importi più niente della persona per la quale viveva. Balzac con serietà, Shakespeare con il consueto mistero. Cos’è il tempo. Hereafter, cos’è. In definitiva, penso adesso a quest’altezza della vita, si tratta di presenza e di assenza. Di amore e di morte, solo questo. Con l’ironia che serve a dire quel che non si può davvero indicare. Noi spagnoli abbiamo qualche difficoltà, ci manca la vostra grazia italiana. La risata che incanta e che innamora. La risata che ci rende deboli e ci appassiona, che capisce e che dimentica senza negare. Innamorarsi è questo. Una magnifica vulnerabilità del corpo, una speciale capienza dell’anima. Ricordo di una volta in cui presi un aereo dall’America per venire proprio in Italia, insensatamente, sapientemente, per passare una notte a convincere una donna del mio amore per lei, e lei del suo per me. Ricordo che mi trovai alle sei di mattina per strada, c’era un altro che arrivava e non potevo occupare quel posto. Ricordo me stesso con la valigia, per strada, all’alba. Non è possibile descrivere quella pienezza, quella assoluta inevitabile assurdità. Eppure, ancora oggi, la memoria di quel momento non mi abbandona”.

CONCITA DE GREGORIO

La Repubblica,10 dicembre 2012

Los fantasmas de Marías

MI LibroMala índole es un cuento y es una recopilación de cuentos, un libro que recoge buena parte de los relatos de Javier Marías, “aceptados y aceptables”. Algunos son de mucho talento y de excelentes resultados; otros son de menor entidad, prometedores. Pero no interesa aquí hacer una jerarquía. Interesa captar la índole, precisamente la índole, de esas historias. En un cuento de Javier Marías no hay tiempos muertos; hay muertos, gentes a las que se evoca y nombra, incluso fantasmas evanescentes que se hacen ver. En una historia breve de Marías no hay hombres de acción, terminantes, que protagonicen la pieza; hay, por el contrario, observadores que ven mal o que simplemente ignoran, individuos que han de sobrevivir, que han de conjeturar qué ocurre, que han de aventurarse sin saber gran cosa. En sus cuentos suele haber personajes melindrosos, con refinamientos y con miramientos, y suele haber tipos que se les oponen: rudos, pendencieros, despóticos.

En los relatos de Marías, la muerte es habitualmente el motivo explícito: qué hacer, cómo seguir cuando hemos perdido a quienes nos acompañaban. Los fallecidos son recordados en un mundo que continúa, como continúan las pertenencias que fueron suyas y que aún los hacen presentes. Pero los muertos son frecuentemente fantasmas, entes que condicionan la existencia de los vivos, que se materializan.

Es por eso por lo que en Marías la verosimilitud es el objetivo narrativo principal. Hacer creíble lo que es una fantasía o un malentendido. La vida está llena de ellos: de fantasías y malentendidos, de cosas que vemos mal o que creemos ver y de cosas que apenas entendemos o que creemos entender. Por eso, sus relatos están narrados generalmente en primera persona. Hay un yo que observa, que protagoniza malamente unos hechos y que luego, habiendo sobrevivido, nos lo cuenta.

Por ejemplo, la historia que da título a la recopilación: “Mala índole” (1996). Aquello que se narra es la confesión de un traductor y preceptor de español ocasionalmente contratado para asesorar en fonética castellana a Elvis Presley durante el rodaje de Fun in Acapulco (1963). Increíble. Por si lo anterior fuera poco, ese profesor acaba matando a un gángster mexicano con un pico, exactamente con un pico. Sorprende la localización y sorprende que cosas así pasen. Pero pasan y luego se cuentan.

Cuando un hecho sorprendente ocurre —y la realidad nos aturde con acontecimientos asombrosos—, el escritor ha de creérselo con el fin de desplegar todas sus habilidades literarias. Para ello se vale de narradores fantasiosos, de mucho alarde. En 1963, Ruibérriz de Torres —el relator del cuento “Mala índole”— es joven: tiene 22 años. Es patoso y es atolondrado. Años después, cuando el personaje reaparezca en Mañana en la batalla piensa en mí y en Los enamoramientos será un individuo egocéntrico y relamido. Un conquistador. Sospechamos que se quita años. Y sospechamos que es un tipo nada fiable: un fantasma, un presuntuoso, un guasón.

La guasa es un elemento principal en los relatos de Marías: siempre hay algo de zumba en lo que se narra, aunque el episodio sea dramático o el fantasma pulule; y eso hace que sus cuentos carezcan de grandilocuencia o énfasis innecesarios. Uno tiene siempre la impresión de levedad. Por eso a Marías se le lee y se le relee para captar la ligereza, la velocidad de la vida, tan fantasmagórica: esa que se difumina y cuenta.

JUSTO SERNA

Mercurio, n. 146, diciembre de 2012

El siglo de ‘Lolita’

UFEL PORTADAGeorge Steiner canonizó a tres autores en su famoso ensayo Extraterritorial, autores errantes por la geografía y por el idioma. Beckett o el irlandés de París que escribía en francés -como el rumano Cioran, filósofo afrancesado-. Nabokov o el ruso de París y Nueva Inglaterra que escribía en inglés. Y por último, Borges, el argentino de Ginebra que escribía en español. Ahora podríamos añadir algún autor más. Sebald, un alemán fascinado por el paisaje inglés, o por la decadencia europea, y Bernhard, austriaco de Mallorca e inventor del sarcásmo cómico en idioma alemán. Me atrevería a añadir a Javier Marías, traductor madrileño de Sterne, que se inventó un Oxford con río de Nueva Delhi y parque del Retiro. Por cierto, Marías vivió en su infancia en Yale, donde su padre fue profesor, en la misma casa que habitó Vladimir Nabokov, el autor de Lolita.

Ahora Redonda publica un libro de viaje de Gregor Von Rezzori, Un forastero en Lolitalandia, texto breve que indaga en el paisaje americano de la novela de Nabokov, persiguiendo al fantasma del secuestrador de la nínfula, por carreteras polvorientas y moteles baratos, que hemos visto un millón de veces en el cine. Ni siquiera Kubrik fue capaz de captar la magia del libro. El ruso es autor de dos joyas más, Pnin y Risa en la oscuridad. El ensayo de Rezzori va precedido de un prólogo de Zadie Smith y lleva como colofón un estupendo texto de Javier Marías, Lolita recontada, que sintetiza lo mejor de la novela del ruso de Nueva Inglaterra que murió en Suiza.

CÉSAR PEREZ GRACIA

Heraldo, diciembre de 2012

De El Alamein a Zem Zem

De el Alamein a Zem Zem

Un poeta siempre se eleva por encima del estruendo de la guerra y Keith Douglas, al igual que sus antecesores de la Gran Guerra Hulme, Brooke y Sassoon, a los que cita en esa especie de cuaderno de bitácora que es el libro sobre su participación en la guerra del desierto con el Octavo Ejército británico, tiene la sencillez y profundidad de la buena literatura. Su compromiso va parejo a un particular individualismo que lo aleja del guerrero, aunque cumpla con tesón su deber de soldado al mando de una sección de tanques Crusader. Los detalles del servicio, las incomodidades y pequeñas injusticias del mando, describen una vida supeditada a las circunstancias más peregrinas para, de repente, trasladar la acción a la cruel violencia del combate. Los personajes de su entorno son retratados con magnífica naturalidad, y ofrecen una visión muy gráfica de una guerra librada por supuestos caballeros entre ridículas consignas. El desierto, protagonista neutral del enfrentamiento, ofrece una geografía extraña a un conflicto feroz que, pese al sufrimiento de todos, mantiene unas reglas de juego limpio entre los combatientes. Gasolina y pólvora entre poemas de Paul Verlaine y Arthur Rimbaud se mezclan, con buen pulso narrativo, frente a la muerte y las heridas de los hombres, en ese trayecto que recorre, con el fatalismo entusiasta de los puros, un joven poeta a lomos de su moderna cabalgadura de acero. ¡Magnífica!

PACO LUIS DEL PINO

Qué Leer, diciembre de 2012

LA ZONA FANTASMA. 9 de diciembre de 2012. El fin de todo secreto

Una de las cosas que están a punto de desaparecer es el secreto, lo cual es para mí una de las peores desgracias que podían acontecerle a la humanidad. Y no me refiero sólo a aquellos dichos y hechos privados que nadie debe saber, cada vez más difíciles de ocultar con las sofisticadísimas técnicas de espionaje puestas hoy al servicio de cualquiera: no sólo de los estados, convertidos en gigantescas maquinarias de intromisión e intrusión, sino de la prensa, de los internautas, de los hackers y hasta del mayor inepto en posesión de un teléfono móvil con prestaciones extraordinarias. Lo que tampoco es apenas posible es -cómo decir- tener “favoritos secretos”. Un escritor, un cineasta, un compositor, un cantante, un pianista, un pintor. Cuantos somos aficionados a las artes y contamos ya con cierta edad conocemos bien ese placer, porque disfrutamos de él en el pasado, sin duda con egoísmo y con cierto sentimiento elitista, incluso con un injustificado sentido de “propiedad”. Nos ufanábamos casi en silencio de conocer y apreciar la obra de alguien poco visible, que no pertenecía a las masas ni tan siquiera a los críticos a menudo ignorantes. Compartíamos nuestro entusiasmo con otros pocos, frecuentemente amigos, y eso nos permitía vernos como “iniciados”, como poseedores de un gusto que era sólo nuestro, desdeñado por las mayorías.

Cuando esos “favoritos secretos” dejan de ser lo segundo, nuestra reacción es mezquina y ridícula, lo reconozco. Lejos de alegrarnos de que por fin el mundo celebre a quien desde nuestro punto de vista lo merecía hace ya tiempo, nos sentimos traicionados, y no es raro que, al ver cómo se populariza y vulgariza la figura admirada, nos alejemos injustamente de ella y aun cesemos en nuestra devoción. Un caso paradigmático en estos años es el de Manuel Chaves Nogales. Recuerdo haber puesto, hacia 1977, su Juan Belmonte, matador de toros en una lista de los mejores libros españoles del siglo XX, y hace dos décadas devoré su Obra narrativa completa en unos tomazos de la Diputación de Sevilla. Ahora se reeditan sus obras por doquier, y está en boca o en pluma de mucha gente. Lo cual es una excelente noticia, lo sé bien, y además hace justicia a un hombre denostado o incomprendido por sus contemporáneos, que murió aún joven y solo en su exilio inglés y que además ha permanecido olvidado de casi todos durante más de medio siglo. Y sin embargo uno siente una extraña punzada -como si le hubieran robado un secreto- cada vez que lee el enésimo artículo “advenedizo” -el adjetivo es pura subjetividad, claro está, y más bien ruin- sobre él. “A buenas horas se apuntan”, piensa, más o menos; “ahora nos lo vienen a descubrir”. Obviamente no nos lo están descubriendo a sus admiradores antiguos -Agustín Díaz Yanes uno de los pioneros-, sino al conjunto de la población, y deberíamos congratularnos sin reservas de que sea así.

Ya no hay nada ni nadie “secreto” con Internet. Hasta hace unos años, pocos habían leído en España al americano Richard Yates, y en mi opinión no nos habíamos perdido gran cosa. Pero Sam Mendes dirigió una insoportable película basada en una novela suya, Revolutionary Road, y al día siguiente España estaba llena de expertos en el negligido Yates. El cine tuvo también la “culpa” de que otra favorita “semisecreta”, Isak Dinesen, pasara a ser “Karen Blixen” para el grueso de los espectadores mundiales, que empezaron a hablar de su granja en África y de su amante Finch-Hatton con tanta familiaridad como de Estefanía de Mónaco y sus guardaespaldas, algo así. Insisto: que a la excelente Isak Dinesen se la leyera masivamente era motivo de contento, y aun así no pude evitar del todo una reacción miserable que me llevó a lamentarlo también.

Mayor delito tiene apartarse de aquellos ídolos que de pronto se convierten en favoritos de un autor detestable o pésimo, no digamos de un político o de un dictador. Wagner aún sufre las consecuencias de haber sido idolatrado por Hitler, lo mismo que Nietzche y que el pobre Karl May, cuyo pecado fue escribir unas novelas del Oeste para las que el Führer tenía un estante especial. Mahler estuvo a punto de sucumbir al fervor de Alfonso Guerra en los ochenta, como Machado. Por suerte para los artistas, Franco era radicalmente inculto y no se sabe de sus preferencia, si es que alguna tuvo. Desde que El Acantilado empezó a reeditar su obra, el estupendo Chesterton se ha visto contaminado por la veneración incontinente de un escritor cursi y beato, que sobre todo subraya el ingenioso y tolerante catolicismo de quien escribió El hombre que fue jueves, y que nada tiene en común con el que predica él. Una desdicha de la que a Chesterton le va a costar salir en nuestro país. El entusiasmo de Umbral por Quevedo estuvo a punto de haceme antipático a este último, y no descarto la posibilidad de haberles hecho yo flaco favor a algunos de mis preferidos: a Sterne, a Conrad, a James, a Nabokov, a Faulkner, a Bernhard: habrá quienes los vean contaminados por mis elogios y que acaso, por persona viva interpuesta, los detestarán. Así que es mejor que renunciemos para siempre a aquel viejo placer de los “favoritos secretos”, y admitamos que nadie es culpable de sus fans, de su éxito ni de su popularidad. Sobre todo si son póstumos: desde la tumba no se puede protestar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de diciembre de 2012

Presentación de ‘Beleszerelmesedések’ en Budapest

Le Hungría

El pasado 4 de diciembre, en la sede del Instituto Cervantes en Budapest, se presentó la edición búlgara de Los enamoramientos.

Javier Marías escribió este texto para la ocasión:

No son muchos mis libros traducidos a esa más misteriosa de las lenguas, el húngaro. Si mal no recuerdo, sólo tres hasta ahora: Corazón tan blanco (que ahora recupera la editorial Libri), quizás la más conocida de mis novelas; Mañana en la batalla piensa en mí, una de mis preferidas; y, extrañamente, la primera que publiqué, a los diecinueve años, Los dominios del lobo, que no ha solido llamar la atención de mis editores extranjeros. Aunque sólo sea por deferencia hacia aquella obra tan juvenil, de la que no me avergüenzo y a la que tengo especial afecto, me siento muy agradecido a Hungría y a mis hasta ahora escasos lectores.

Nunca he visitado su país, pero se da la circunstancia de que unos grandes amigos míos ingleses, Nicholas Clapton y Eric Southworth, y otros grandes amigos españoles, Ángel Romero, Sol Moreno y su hija Alejandra Romero, pasan parte del año, desde hace bastantes, en Budapest. A través de sus relatos y de su entusiasmo por esa capital, me resulta más familiar que otras que sí he pisado alguna vez. Y no hace falta decir que siento enorme admiración por algunos músicos, escritores… y futbolistas húngaros. Uno de los ídolos de mi infancia fue Puskas, que jugó maravillosamente en mi equipo de siempre, el Real Madrid. Pero también otros que jugaban en equipos rivales: Kubala, Kocsis, Czibor… Forman parte de mis recuerdos más antiguos, y recuerdo bien sus rostros en las colecciones de cromos.

Es por tanto para mí un gran placer y un honor ver publicada mi más reciente novela, Los enamoramientos, en Hungría. Se trata de una novela sobre eso, sobre el proceso y el estado de enamoramiento, que a menudo se tiene por algo positivo y deseable, pero que también puede llevar a lo peor. Hay personas que mejoran y se tornan más generosas bajo ese estado, pero también las he visto que se convierten en mezquinas y maquinadoras, que pierden toda nobleza y generosidad precisamente porque se han enamorado, o así lo han creído durante un tiempo. Pero Los enamoramientos habla también de otras cosas: de los muertos y de nuestra relación con ellos; de cómo nos permitimos añorar a los que queríamos, en la seguridad de que no van a volver, y de cómo, si volvieran, tal vez su regreso sería una gran catástrofe para nosotros; habla de la impunidad, que es una de las características de nuestra época, y de cómo la mayoría de nosotros consideramos que la justicia no es asunto nuestro, o sólo en el caso de que nos sintamos perjudicados personalmente. También de la imposibilidad de saber nunca nada a ciencia cierta, ni siquiera de lo que hemos vivido. Nos encontramos siempre con zonas de sombra, que son las que la literatura intenta iluminar. Con esto quiero decir algo muy modesto, y tomo una cita de Faulkner que recuerdo vagamente y que no he sido capaz de reencontrar: vino a decir que lo único que la literatura consigue es lo mismo que una cerilla que se enciende en mitad de la noche, en el campo. Sólo nos sirve para ver mejor cuánta oscuridad hay alrededor.

Espero que Los enamoramientos pueda mostrar eso una vez más, y suscitar entre los lectores húngaros algún interés. Muchas gracias a todos los participantes en esta velada y saludos cordiales,

Javier Marías

Malas lenguas

LPDM PortadaNo es raro pero tampoco usual que un escritor, a lo largo del uso de su oficio, reflexione sobre el instrumento principal del que se vale: el lenguaje. La preocupación por dar un buen uso del mismo no es nueva, ni siquiera tiene que ver con los inicios de la Ilustración, ni siquiera del Renacimiento aunque fuera entonces cuando se perfilaron los principios en que se establecieron los argumentos de los puristas, los que defienden el uso normativo del lenguaje sin fisuras, enfrentados a los relativistas, es decir, aquellos que piensan que puesto que el lenguaje cambia de continuo no es necesario preocuparse mucho por la norma, y muchos datan estas discusiones en nuestra tradición en los tiempos de Luciano de Samosata y Herodes Ático, gramáticos preocupados por la corrupción del idioma griego en los años de la Koiné, del idioma común, cuando el lenguaje que Alejandro ayudó a extenderse desde Egipto hasta la India se adulteró por el uso indiscriminado de palabras bárbaras, incluido aquí el latín, de tal manera que había que devolver al idioma el esplendor de sus momentos clásicos, del dialecto ático. Y esta actitud prendió de tal manera que, luego, lo cuenta Manuel Seco en el Diccionario de dudas y dificultades, un gramático romano se propuso que el vulgo retornase a la pureza del latín original, habida cuenta de que en el Imperio el modo de hablar se estaba descomponiendo poco a poco hasta llegar a formar lo que más tarde se llamarían lenguas romances. Estas anécdotas históricas son recogidas con pertinencia por Alexis Grohmann en el prólogo que ha realizado a Lección pasada de moda, un libro que recoge cuarenta y nueve columnas que Javier Marías escribió en su mayor parte en El Semanal durante estos últimos años con un tema común: el lenguaje y el uso que de éste se está haciendo en la España actual. Como una continuación de Aquella mitad de mi tiempo, libro con el que guarda muchas similitudes, esta Lección pasada de moda se alinea sin duda alguna con la posición que adoptó Pedro Salinas en Aprecio y defensa del lenguaje, donde, en contra de los argumentos de los relativistas, aunque tampoco a favor de de los que abogan por un prescriptivismo a ultranza, abogaba por una actitud vigilante ante la lengua para que siguiera siendo un vehículo de comunicación idóneo aunque, eso sí, siendo consciente de que el lenguaje es un instrumento vivo al que no se le pueden poner cortapisas. Esa actitud crítica, nada ciega, refleja en cierta forma la manera en que la Academia afronta en los últimos tiempos el cambio constante del lenguaje, adoptando a veces criterios, respecto al uso ortográfico, sin ir más lejos, que son controvertidos, hay dos artículos en este libro bastante divertidos, Discusiones ortográficas I y Discusiones ortográficas II, donde Javier Marías, en contra de los criterios de la institución de la que forma parte, pone en chanza palabras de ortografía corregida como Catar por Qatar, Ceta por Zeta, por dar lugar a confusiones semánticas, o pirsin por meramente irreconocible con el original inglés, piercing, como hace años pasó con güisqui.

Las columnas han sido divididas en siete apartados por Alexis Grohmann, encargado de la recopilación de estos artículos escritos  a lo largo de los últimos veinticuatro años, y se refieren aspectos temáticos muy diferenciados en la crítica al mal uso del lenguaje. En la primera sección, la titulada, Lección de lengua, por ejemplo, se recogen las columnas dedicadas a las incorrecciones que el autor ha detectado en el español escrito o hablado; en otra, se da cuenta de la mala dicción y el lenguaje grosero; en la titulada Improperios, se nos da cuenta, en un ensayo y un artículo muy pertinentes y escritos con una gran amenidad, del ya obsoleto lenguaje del insulto; Más asuntos translaticios, se ocupa de las malas traducciones al español, materia de la que Marías escribe con gran soltura, gracia y saber por su magnífica labor como traductor del inglés, y que resulta ser una de las secciones que poseen más esprit del libro, derrochando el autor bastante ingenio como cuando cita un Padre Nuestro traducido recientemente en una novela en la que se lee: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Santo Fantasma (por Holy Ghost), Amén”; Nombrar o negar se ocupa del lenguaje políticamente correcto; que da lugar también a anécdotas sabrosas; La lengua manida, como su nombre indica, se ocupa de los artículos que tienen que ver con la cursilería, aquí entran en flaubertiana preocupación los lugares comunes; En desuso por abuso, finalmente, da razón, en dos artículos, de palabras cuyo uso arcaizante les ha dejado obsoletas a pesar de que denominan con veracidad, y estando todavía vigente, aquello que nombran.

Llama la atención el lenguaje exento de galicismos y anglicismos de que hace gala Javier Marías en estos artículos y la incidencia en hallar cualquier atisbo extraño en nuestro lenguaje demostrando así que domina con bastante soltura el uso elegante del idioma. Esta aclaración es importante porque contrasta con muchos reproches que se han dirigido a sus novelas, respecto a la utilización de un estilo que fuerza a veces de forma inverosímil el significado claro de las frases y que está plagado de anglicismos varios. Reproches ciertos, pero a los que el autor replica que ese uso es consciente, y alega en su defensa la enorme cantidad de neologismos de que está plagada la obra de Cervantes. En cualquier caso, estos artículos pretenden fijar una postura respecto a unos usos en que el lenguaje, como reflejo de la sociedad de la que forma parte imprescindible, se mueve en un cambio constante hasta el punto de que a veces puede hablarse incluso de torbellino. Marías es muy consciente de esos cambios, también de esos palos de ida y vuelta, por emplear términos musicales, que tiene lugar en el lenguaje empleado en la América de habla hispana y nuestro país, y la influencia mutua y enriquecedora que de todo ello se deriva, y de esto hace lección y aprendizaje. Por otro lado, la vigencia de estos artículos a lo largo del tiempo viene determinada desde luego por su pertinencia pero también por su talante. Hay en Marías una actitud profundamente liberal, con cierta pose de de media distancia anglosajona, que juega a favor del tiempo. El lector encontrará en estos artículos una actitud crítica, a veces exigente, muchas indignada, siempre atemperada por el humor, pero nunca hallará dogmatismos, recursos falsos o espurios razonamientos, ni siquiera cuando la situación a la que se refiere pueda ser motivo de irritación intensa. El último artículo que cierra el libro, por ejemplo, es buena muestra de ello. Se titula Sablistas eclesiásticos y sablazos gubernamentales, y, mediante el ejemplo de la obsolescencia del vocablo sablear, se plantea si esa obsolescencia no estará motivada por el uso generalizado de la actitud. Cuando todo el mundo es sablista, el vocablo deja de tener sentido porque ya no discrimina. Esto da pie a Marías a criticar ciertas actitudes de la Iglesia respecto a algunas leyes gubernamentales y, de paso, poner en solfa la subida de impuestos decretada por el Gobierno a propósito del tabaco. El artículo, inteligente, ameno, cumple con aquello que debe poseer el género: remueve el ingenio, ayuda al lector a plantearse ciertas actitudes que se suponen inamovibles, pero siempre desde el respeto que otorga el no saberse en posesión de ninguna verdad absoluta. Frente a la doxa, la paradoxa. En este gesto ve Alexis Grohmann a Marías como al hombre solo que afronta a la multitud. Sin compartir esa figura a lo drama ibseniano, lo cierto es que este libro es una muestra cabal de la independencia de criterio de que siempre ha hecho gala Javier Marías.

JUAN ÁNGEL JURISTO

Cuadernos Hispanoaméricanos, n. 748, octubre de 2012

LA ZONA FANTASMA. 2 de diciembre de 2012. Cuando sólo se sabe agravar

Hace justo un año, ¿se acuerdan?, hubo elecciones ge­nerales aquí. La gente estaba impaciente y desesperada, y directamente histéricos el entonces principal partido de la oposición y los periódicos y cadenas a su servicio, que en Madrid son legión. Los columnistas y tertulia­nos esbirros pintaban a Zapatero y a Rubalcaba con rasgos demoniacos y los consideraban los causantes únicos de la pésima situación económica, ocultando que la burbuja inmobiliaria, culpable de que la crisis haya sido en España más grave que en casi ningún país de Europa, fue alumbrada e inflada por el Go­bierno de Aznar al declarar éste edificable todo el suelo nacio­nal. Pero el pasado siempre es fácil de ocultar, aunque sea re­ciente: los ciudadanos no sólo son desmemoriados, sino que les da una invencible pereza sumar dos y dos. Cierto que eran muy pocos los que no estaban hartos de Zapatero y de sus ministros mediocres o sencillamente idiotas, de las dos clases los hubo. El paro había alcanzado cifras monstruosas, la famosa prima de riesgo se disparaba, la reforma laboral de 2010 -muy dura para los trabajadores- no parecía haber valido de nada, y se tenía la creciente sensación de que nuestros gobernantes no sabían qué hacer y de que además tenían las manos atadas por Bruselas y Ber­lín. Muchos sentimos vergüenza cuando PSOE y PP acordaron modi­ficar por primera vez la Constitu­ción para que figurara en ella -nada menos- la imposibilidad de superar los límites de déficit establecidos por la Unión Europea, abriendo así la puerta a futuros cambios que decidiera llevar a cabo unilate­ralmente un partido con mayoría absoluta en el Congreso. El panorama era tan malo, y tantas las prisas del PP por gobernar, que las elecciones, ¿se acuerdan?, fueron adelantadas bastan­tes meses. Aun así a ese partido le pareció que eran tardías.

No sé hasta qué punto la mayoría de la gente tenía espe­ranza de que mejoraran las cosas con un relevo en el poder, pero como mínimo se fingió que era así, a la vista de los resul­tados. El PP, en todo caso, basó en eso su campaña y se hinchó a jurar en falso: los problemas terminarán en cuanto Rajoy pise La Moncloa; su sola presencia allí inspirará confianza en el extranjero y prosperaremos; respetaremos todos los dere­chos adquiridos por la población; no recortaremos nada de lo que ésta juzga básico: la sanidad y la educación públicas, las ayudas a los dependientes, la cultura, los subsidios de paro; no subiremos impuestos, ni IVA ni retenciones, los pensionis­tas mantendrán su poder adquisitivo; el empleo florecerá, o disminuirá el desempleo de forma drástica; los trabajadores conservarán lo que tienen, los jóvenes verán con optimismo su porvenir. Es de suponer que, inverosímilmente, los votan­tes creyeron a Rajoy y al PP. O quizá muchos no, pero pensa­ron que tampoco podíamos continuar como hasta entonces.

Bien, ha transcurrido un año y salta a la vista que ya no estamos así, sino muchísimo peor. El PP ha faltado a todas sus promesas, siendo uno de sus más llamativos incumplimien­tos la subida de impuestos a todo cristo menos a los siervos de Cristo y a las casas de juego de la Comunidad de Madrid: gra­cias a Adelson, ese fanático odiador de Obama que ha donado más de cincuenta millones de dólares para impedir su reelección, los casinos ya no tributarán el 45% de sus ganancias, sino tan sólo el 10%, mientras el IVA del teatro y el cine -y es un ejemplo entre muchos- ha saltado del 8% al 21 %. Se han convocado dos huelgas generales en un año, algo insólito; el paro sigue aumentando, en breve llegará al 26% y será supe­rior al que padeció Alemania en los años treinta. Su partido gemelo en Cataluña, aliado suyo hasta anteayer, CiU, ha decidido disfrazar sus propios recortes brutales de banderas con estrella para reclamar una independencia rara. En el País Vas­co, los entusiastas de ETA han alcanzado mayor poder insti­tucional del que jamás habrían soñado. Los servicios sanita­rios se cierran o se merman o se privatizan, los enfermos deben pagar varias veces lo ya pagado con los impuestos de todos. Los colegios cuentan con menos profesores exhaustos y con más alumnos por aula, las tasas universitarias se disparan e impi­den el acceso de muchos a una educación superior. Los comercios no venden, numerosos echan el cierre. A las compañías eléctricas se les permite “refacturar” lo con­sumido hace un año o dos. Se pone a más gente en la calle, se rebajan los sueldos de los que se salvan, se inyectan miles de millones públicos a entidades bancarias incompetentes y do­minadas por el PP. Sigue sin condenarse a casi nadie por co­rrupción. Los accionistas de las grandes empresas no renun­cian a sus beneficios máximos, prefieren prescindir de personal. Se restaura la cadena perpetua y se vuelve a penali­zar el aborto en casi todos los supuestos. La prima de riesgo bate récords. Tenemos un Presidente semiclandestino, que rara vez aparece o da la cara, y al que en el extranjero no ven fiable, lo tienen por un embustero o por un pasmarote, según. Y unos ministros tan mediocres o idiotas como los de Zapate­ro, si no más, depende del día.

La gente está mucho más deprimida y desalentada que hace un año. Ya no tiene esperanza, ni siquiera fingida. ¿Para esto ansiaba gobernar con tanta urgencia el PP? Uno se pregunta dónde está el secreto. Cuando sólo se sabe agravar, ¿para qué dia­blos se quiere el poder?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de diciembre de 2012

Edición italiana de ‘Los enamoramientos’

LE it grande

GLI INNAMORAMENTI
JAVIER MARÍAS
Traducción de Glauco Felici
Einaudi, 2012

INCONTRO

Javier Marías presentará su novela en Italia:

En Turín, el 3 de diciembre, a las 21horas, en Circolo dei lettori (via Bogino, 99).
Conversará con Michela Murgia, y la actriz Isabella Ragonese leerá fragmentos de Gli innamoramenti.
El evento será transmitido en directo por Circolo dei lettori.

En Roma, el 4 de diciembre, a las 21 horas, en la Sala Risonanze del Auditorium Parco della Musica (viale Pietro de Coubertin, 30).
Será entrevistado por Concita De Gregorio e Michele De Mieri.