LA ZONA FANTASMA. 25 de noviembre de 2012. Tanto compartir…

Disculpen mi ignorancia si en esta columna demuestro tenerla, como es probable, pero empiezo a estar pre­ocupado por mis colegas escritores de todo el mundo y también por los cineastas, los dramaturgos, los compositores y cuantos se dedican a actividades “artísticas” que tradicionalmente han requerido concentración, esfuerzo, paciencia, continuidad, meditación y -a menudo- imprescin­dible soledad, sólo fuera para procurarse las demás cosas que acabo de mencionar. En un no muy interesante artículo del New York Times, “La presión de las multitudes”, encuentro algún dato de interés. Por ejemplo, lo ocurrido con algunos proyectos que echaron a andar gracias a lo que se llama “crowdfunding”, algo apenas distinto de las cooperativas de toda la vida. “El equipo responsable de Diaspora”, contaba esa pieza, “que esperaba crear una abierta alternativa a Face­book, recaudó 200.000 dólares entre unas 6.500 personas, pero tres años después decidió crear otra empresa” (y, supongo, librarse así de la masa agobiante que lo había financiado en origen). Uno de los responsables “dice que estaban tan ocupados respondiendo correos electrónicos y fabricando camisetas para sus donantes que les quedaba poco tiempo para di­señar el programa informático. ‘Nos empantanamos tratando de mantener relación con mucha gente’, declaró”. No me extraña, sobre todo si, además de exigir atención y que se le confeccionara una camiseta, cada donante quiso influir y que se tuviera en cuenta su opinión a la hora de dise­ñar el programa y crear la empresa. Es muy posible que así fuera, dada la tendencia al intervencionismo de la mayoría de la gente actual, más aún si ha pagado “algo” por participar.

También afirmaba ese artículo que “algunos pueden sentir­se obligados a compartir” (la cursiva es mía). “La idea del escritor solitario está desapareciendo. El literato brasileño Paulo Coelho es partidario de la comunicación en Twitter y Facebook: ‘La to­rre de marfil ya no existe’, ha dicho”. Hombre, por lo que escriba o deje de escribir Coelho no ando preocupado, la verdad. Pero sí por otros autores, cuya literatura sigo y aprecio, si se relacio­nan en demasía con las multitudes; si empiezan a “compartir” (verbo de moda, y odioso donde los haya) lo que imaginan y escriben con otros, antes de haberlo acabado. O si, como ya ha­cen algunos, abren la puerta a los lectores para que opinen sobre su nuevo proyecto y sugieran y hasta “colaboren”, y encima presentan su disponibilidad como una innovación o una auda­cia. Ya los folletinistas del XIX se guiaban en sus entregas, a ve­ces, por las querencias y las peticiones del público: daban más papel a un personaje que había caído en gracia o variaban los acontecimientos para complacer a sus seguidores. Solían pifiar­la, en estos casos: edulcoraban las historias, las hacían previsibles. Las masas son previsibles y -como es lógico- gregarias, y lo que uno admira de un autor es, entre otras virtudes, su capaci­dad para sorprendernos y salirse de lo predecible. No sé, ¿se imaginan que Hitchcock hubiera consultado a sus fans si debía cargarse a la protagonista de Psicosis, con la que el espectador se ha identificado, antes de alcanzarse la mitad del metraje? Las multitudes se habrían llevado las manos a la cabeza y le habrían exigido que la mantuviera viva, sin duda, y Psicosis sería, como mínimo, una película mucho más convencional. ¿Se figuran a Flaubert preguntando si debía hacer morir a Emma Bovary o no? Conan Doyle mató a Sherlock Holmes Y tuvo que resucitar­lo, en gran medida porque escribía sus aventuras en prensa y la muchedumbre se amotinó, y también -cosa importante- por­que su propia madre lo conminó a devolverle la vida.

Hace ya muchos años recibí una amable carta de una se­ñora. Tenía su futuro resuelto y se ofrecía a trabajar para mí como secretaria sin sueldo. Su única remuneración sería que yo le permitiera “asistir de cerca” a la creación de una novela mía. En seguida me imaginé las escenas: yo ante mi máquina, tecleando o pensando o corrigiendo a mano; ella, en una bu­taca próxima, preguntándome cada dos por tres: “¿Qué haces ahora? ¿Qué has puesto? ¿Has cambiado algo? ¿Qué estás pen­sando? ¿Alguna ocurrencia? ¿Cómo va a reaccionar este personaje?” Y con derecho a mirar, por encima de mi hombro, los borra­dores. Me habría paralizado, un infierno, me habría impedido escribir una línea. Si además le hubiera dado por opinar (“Me parece que ese adjetivo no va” o “No me gusta el cinismo de ese personaje”), creo que la ha­bría estrangulado. Así que decliné su generoso ofrecimiento. Y me pregunto qué le pasa hoy al mundo para que tantos “se sientan obligados a compartir”, a escuchar las ideas de cual­quiera y a la ridícula “interacción”, a dejarse vigilar y contro­lar, a fabricar camisetas en vez de diseñar programas. Si los escritores renuncian a ser los amos de los mundos que inventan; si se pliegan de antemano a las preferencias de sus clien­tes y ya no los pueden sobresaltar; si abandonan sus necesa­rias “torres de marfil” y se pasan media vida contestando correos y tuits, no les quepa duda: la literatura que nos intere­sa y deslumbra, a los individuos como a las masas, tendrá los días contados. En un libro uno habla y los demás escuchan -si quieren, claro está, nadie los obliga-. ¿Qué es eso tan pusilánime de que participen y hablen todos? Tiene nombre, y está reñido con la literatura: eso se llama un guirigay.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 25 de noviembre de 2012