LA ZONA FANTASMA. 11 de noviembre de 2012. ¿Nadie piensa?

No es la primera vez que pasa, y por ello es aún más sorprendente que nadie haya dado la voz de alarma, ni en el Ministerio del Interior, ni entre los mandos de la Policía, ni en los medios de comunicación. En cuanto las llamadas fuerzas del orden llevan a cabo una ope­ración meritoria o arriesgada, la satisfacción y la vanidad las invade de tal modo -bueno, supongo que cumplen órdenes de Interior, o cuentan con su visto bueno- que no tienen reparo en salir en televisión a relatar, con pelos y señales, lo astutas que han sido y cómo han logrado su hazaña. Como si fueran Poirot o Holmes. Explican que los delincuentes cometieron tal error, o que las alertó tal despiste, o que, como en el reciente desmantelamiento de la red de blanqueo del galerista chino Gao Ping, lo que las llevó a sospechar fue que este riquísimo individuo apenas tuviera saldo en sus cuentas corrientes, mientras se permitía un tremendo tren de vida. Siempre que oigo o leo estos detalles me quedo perplejo y pienso: “Vaya, con esta información engreída e innecesaria la policía acaba de advertir a los demás criminales de lo que no deben hacer si aspiran a que no los pillen y a permanecer impunes. Ya no habrá ni uno más que cometa ese error, o que tenga tal despiste, o que no procure que sus saldos bancarios se adecúen, más o menos, a las cantidades que gaste abiertamente”. Parece que Interior y la Policía estén decididos a convertirse en los mejo­res consejeros de las mafias, los terroristas, los ladrones y los asesinos. Es como si les avisaran: “Ojo, muchachos, no hagáis esto o aquello, porque ya veis lo que les ha ocurrido a estos colegas vuestros: los hemos cogido”. E invalidan sus métodos.

Mi estupefacción, sin embargo, rebasó sus límites hace unas semanas. Telediario de TVE de las tres. Información so­bre la mencionada red de blanqueo del señor Gao o el señor Ping, nunca sé si van delante o detrás, los apellidos chinos. Se ha descubierto una gran cantidad de dinero en metálico, no recuerdo si unos cinco millones de euros, en una nave indus­trial o en un garaje, bien ocultos o camuflados. Plano de las pilas de billetes, ya ordenados y con gomas. Se dice, con ad­miración, que sólo contarlos les ha llevado a los guardias ocho horas. ¿Y cómo han dado con ellos? No hay empacho en presumir: “Tenemos unos perros adiestrados, muy majos”, relata un especialista, “que, lo mismo que otros ya más cono­cidos detectan droga con su gran olfato, son capaces de seña­lar, en cuestión de segundos, dónde hay dinero en efectivo”. Se da por descontada la boca abierta de los espectadores: “Ca­ray, qué tíos; y qué perros más cojonudos, quién tuviera uno”. El policía no va a dejarnos con las ganas, ni un resquicio de misterio. No sólo nos ha revelado la existencia de esos anima­les sagazmente entrenados, sino que nos va a decir y a mos­trar lo que hay que hacer para enseñarles: “El secreto está en la tinta empleada para imprimir los billetes”, nos instruye. “Metemos tinta de esa en una bolsita y logramos que el perro se acostumbre a verla corno su juguete; el juego consiste en olfatear y buscar y encontrar la bolsita, es decir, la tinta. Una vez bien adiestrados, en cuanto la huelen, esté donde esté, se van por ella como flechas. Así, por mucho que los mafiosos disimulen el metálico y lo escondan, nuestros perros lo des­cubren”. Y aparecen unas imágenes: uno de estos investiga­dores caninos entra como un rayo en un salón y se va directo al vídeo, al que ladra encantado y en el que se empeña en me­ter el hocico. A continuación unos polis dan al botón de “eject” o introducen las manazas, y, en lugar de una cinta, salen de allí unos buenos fajos envueltos en plástico. Ni plástico ni le­ches, son infalibles. “Una vez”, nos tranquilizan, “el animal tardó algo más de la cuenta porque el dinero estaba en el depósito de gasolina de un coche, y el fuerte olor de ésta lo desconcertó durante un rato. Pero ni por esas: al final dio con su presa”.

Yo estaba pasmado, porque en seguida me figuré a todas las ban­das de delincuentes tomando apli­cada nota en un bloc mientras veían ese Telediario: “Comprar chucho; conseguir tinta de billetes; meterla en bolsita”, etc. Y dando saltos de gozo: “Nos lo han puesto a huevo, qué ama­bles”. A partir de ahora, la gente que guarde dinero en casa estará perdida. De nada le servirá esconderlo en el lugar más recóndito o inverosímil. La única ventaja para los ciudadanos será que quizá se ahorren algún golpe o paliza cuando les en­tren ladrones estando ellos en casa. En vez de zumbarle al ventrílocuo José Luis Moreno, víctima de uno de esos asaltos hace años, los matones soltarán a su perro y éste les olisquea­rá por todas partes y les irá diciendo: “Aquí hay billetes”; y después: “Por aquí más pasta, en la lavadora”; y luego: “No os dejéis lo de la chimenea: billeticos”. Y cuando los habitantes no estén en casa, se evitarán el espectáculo y las amenazas, pero los habrán desvalijado sin remedio, por muy ingeniosos y alambicados que fueran sus escondites. El Ministerio del Interior, la Policía y los medios, todos al ser­vicio de los criminales. En este estúpido país, ¿nadie para, alarmado, las piedras contra el tejado propio? ¿Nadie piensa?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 11 de noviembre de 2012