LA ZONA FANTASMA. 4 de noviembre de 2012. Racionalizar a las autoridades

Se mire como se mire, y se ponga como se ponga la iz­quierda nominal o supuesta, 2.200 manifestaciones en Madrid, entre enero y septiembre de 2012, es un abuso y un sinsentido, y no hay ciudad que resista eso. La media es de ocho diarias, y como además casi todas hacen monótonamente el mismo recorrido (de la Cibeles a Sol, con frecuentes invasiones de la calle Mayor, la Gran Vía, Alcalá y Colón), que afecta al centro más céntrico y a varias arterias de la capital, aquí no sólo no hay quien pueda despla­zarse con un mínimo de normalidad, sino que tampoco es posible que trabajen los pocos que aún tienen trabajo y que, muy a su pesar, con él sostienen a los parados, a los pensionistas, los escasos hospitales y colegios públicos que nos van quedando tras el devastador y prolongado paso de Esperanza Atila, buena parte de Hacienda y de los sueldos de los infinitos diputados gubernamentales y autonómicos, así como de la Alcalde­sa y sus concejales. Entre la cada vez más demencial burocracia a que nos vemos sometidos para cualquier cosa, y el permanente atasco y estruendo de las calles, se diría que el interés de nuestros res­ponsables -y de una considerable porción de la ciudadanía- es que la gente pierda todo su tiem­po en papeleos y gestiones imbéciles, en tratar de transitar sin éxito y en verse incapacitada para concentrarse en su tarea. Es decir, en conseguir que nadie sea eficaz ni “cree riqueza” . Ya me contarán esos responsables qué dinero van a ingresar en ciudad tan improductiva a la fuerza.

El derecho de manifestación es desde luego irrenunciable, y estuvo suprimido durante el franquismo, salvo, claro, cuan­do era el propio Franco el que organizaba los cortes de tráfico y las avalanchas de forasteros sobornados o amenazados para que se presentaran en Madrid a bordo de centenares de auto­buses, a fin de vitorearlo a él en la Plaza de Oriente o donde se le antojara. Cualquier “modulación” o “racionalización” de ese derecho, por emplear los términos elegidos por políticos del PP, se topará, por tanto, con una reacción airada y -en oca­siones- levemente histérica. Lo deseable y cívico habría sido que algunos de los que han montado esas 2.200 manifestacio­nes (y las que nos quedan, morena) se lo hubieran pensado un poco Y tal vez -tal vez- hubieran juzgado que no compensaba exhibir su protesta a cambio de fastidiar al grueso de la pobla­ción: por muy multitudinarias que sean (y a menudo las inte­gran cuatro gatos), los que participan en ellas serán siempre menos que los que no, y a éstos se les hace la vida imposible.

Ahora bien, las autoridades “moduladoras” o “racionali­zadoras” deberían callarse hasta predicar con el ejemplo, porque el Ayuntamiento y otras instituciones son los prime­ros culpables del agobio y el caos que reinan a diario. Antes de “modular” a nadie, tendrían que “modularse” ellas mis­mas, y dejar de invadir calles y plazas como si les pertenecieran. Habrían de sacar del centro las numerosas procesiones y misas callejeras de la Iglesia Católica, los incontables “días de la bici” y maratones populares, las carreras de ovejas, las carrozas gay, los desfiles militares, las charangas isidriles y navideñas y almudenosas, las alfombras floreadas del Cor­pus, los carruajes de los embajadores que van a presentar credenciales, las recepciones de dignatarios en la calle Mayor o en la Cibeles, por mencionar unos cuantos” eventos” que interrumpen y obstaculizan la existencia de las personas nor­males que, por ejemplo, se ven impedidas de trasladarse a la estación o al aeropuerto, sobre todo si es domingo. Lejos de eso, se añaden más “eventos” incomprensibles: el último, el “Perrotón” (sí, a alguien se le ha ocurrido ese término y ha quedado impune), consistente en cortar una vez más el centro para que los dueños de perros corran por allí con ellos, todos juntos, con premio a “la pareja perro-amo más feliz” (sic). Teniendo al lado el Retiro, esas felices parejas han exi­gido trotar por donde hay transeúntes y coches. Imagino que pronto vendrán el” Gatotón”, el” Cerdotón” y el “Periquito­tón”, para no caer en discriminaciones.

Pero no son sólo las calzadas. Por las aceras no hay quien pase. Obras inútiles y andamios sigue habiéndolos como si para ellos no existiera la crisis. Se crean carriles-bici para atro­pellar a los peatones, las incontables motos aparcadas nos privan de un tercio del espacio, y el Tribunal Superior de Jus­ticia local acaba de dar permiso a las proliferantes terrazas para que ocupen la mitad (!) en muchas calles. Esas terrazas se han multiplicado sin ton ni son desde la última ley antitabaco, y el ruido y el griterío se han centuplicado, como ya advertí aquí cuando entraba en vigor dicha ley: lo que ganaran los pulmones de algunos no fumadores, lo perderían con cre­ces los oídos, el descanso y el sueño de todos. Contenedores, pivotes, chirimbolos, puestos de pon y pon, escenarios musi­cales gigantes, criminales “bancos” de granito, mesas y sillas sin control por todas partes, caminar por Madrid es regatear, tropezarse y hacerse cisco las rodillas, sortear toda clase de obstáculos colocados o consentidos por las autoridades. Que la delegada del Gobierno empiece por racionalizarlas a ellas y sus abigarramientos, y acaso entonces al­guna gente se lo piense dos veces antes de organizar la manifestación número 3.000 antes de que acabe el año.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 4 de noviembre de 2012