Reseñas de ‘Mala índole’ y ‘Vidas escritas’

Mala índole entre los libros más vendidos

Mala índole

No es fácil determinar en qué libro dio Javier Marías (Madrid, 1951) con ese tono que se mueve a sus anchas en su escritos, y al que nos rendimos quienes encontramos que su prosa conforma un lugar de encuentro ineludible en la narrativa española contemporánea. Mucho menos fácil es explicar en qué se sustenta ese aliento que le ha convertido en un escritor de culto (los de voz propia, según Herralde; voz que sorprende, exige y excita al lector), capaz de figuraciones que (en palabras de uno de sus personajes) pertenecen también a la vida y contribuyen a ensancharla y a complicarla, y a hacerla más turbia y a la vez más aceptable, aunque no más explicable (o sí, de muy tarde en tarde). Por eso, no es difícil dar simple noticia de un libro que reúne todos sus relatos y pone a disposición de cualquier lector una muestra única, de historias que suceden en su universo, sin poner el énfasis en la idea de que no hay mejor manera de justificar lo dicho que entrando en materia.

Mala índole es el título que el autor ha querido para su compilación: un total de 30 relatos que dan cumplido detalle de un haber cuentístico acumulado en décadas de ejercicio narrativo, con la novela ocupando el primer lugar de su escritura, pero sin dejar, por ello, el cuento. De no ser así no tendríamos los doce relatos aquí incluidos deCuando fui mortal, ¡insuperables!,o los catorce de Mientras ellas duermen; ni cuatro más, que circulaban perdidos y eran, por ello, inencontrables. Aquí figuran como lo ha dispuesto Marías: “cuentos aceptados”, (aquellos de los que aún no se “avergüenza”), “cuentos aceptables”, (aquellos de los que “se avergüenza un poco) e “inaceptables” (los anteriores a 1968, “prehistóricos”, dice).

Mala índole es uno de ellos, el más largo y logrado -según su autor-, sólo distribuido en otras lenguas; el que, según él, justifica esta recopilación; lo que secundamos con un carácter menos restrictivo, pues donde él dice que la ocasión permite únicamente “recuperar”, añadimos nosotros que brinda la oportunidad de volver a disfrutar, a unos, y degustar por primera vez, a otros. Aunque no es vana su defensa de que el relato que sirve de título busca significar el conjunto, desde el sarcasmo de la dedicatoria (“Para quien ríe a mi oído”) al estilo demoledor, pues solo las artes de un maestro logran con elementos que consiguen de la mayor incongruencia el grado de realidad: un rodaje en Acapulco, el azar, un perseguidor, un perseguido, la urgencia del odio, la negación de la tregua y de la astucia y de la estratagema… ¡Una perla!

A otras presencias estamos habituados: voyeurs, fantasmas, médicos nocturnos y males que vuelven, amores y seres impalpables corroborando la tesis de que ellos, los fantasmas, viven presos en la maldición del recuerdo total y completo, sin pasado y sin tiempo; nosotros, los mortales, mantenidos por la espera, por el verbo “suceder”, presos del pasado, el presente y también el futuro. A sus maestros, Henry James, Chejov, Maupassant; a sus miedos y sus paradojas. A una arquitectura compleja y un estilo en consonancia: concreto y excesivo, ácido y conmovedor, trascendente y trivial; para el que algunos necesitan paciencia y devoción y esmero, y otros tranquilidad y contento, y otros simple afán de merodeo para perderse en lo sucedido en sus libros. Mentiras tan bien urdidas, tan espléndidamente narradas, que el mayor desatino, el exceso, se torna contención. Huelga decir más.

Léanlo. Porque si bien es cierto que muchos practican este arte de la fabulación y la improvisación, son pocos los facultados. Y no es menos cierto, como cuenta Marías que enseñó Borges mejor que nadie: las mismas páginas, leídas y releídas, pueden, como es el caso, no ser las mismas.

PILAR CASTRO

El Cultural, 2 de noviembre de 2012

Vidas escritas

El revuelo originado estos días por la renuncia de Javier Marías al Premio Nacional de Narrativa por su novela Los enamoramientos pone de relieve tanto la cizaña de algunos tiñosos como una extraña coherencia del autor. Su postura es pública desde hace suficiente tiempo en entrevistas y algún conocido artículo, donde se ponía la venda antes de que algunos le cortaran el revesino, parafraseando a Cervantes. En pasado remoto, sin embargo, aceptó el Rómulo Gallegos, premio aún hispano, institucional. La argumentación no resulta del todo convincente: las instituciones representan a los pueblos y, por otro lado, la ausencia de premios para ciertos escritores de su misma cuerda no invalida la validez, en algunos casos, del premio. Hablar de premios es hablar de la lluvia y ya sabemos lo que opinan los campesinos del tema. Sea como fuere, uno puede defenderse de las críticas; contra el elogio se está indefenso, afirmaba Freud.

Y, recientemente, Marías ha sido incluido en la prestigiosa colección de Clásicos Modernos de la editorial Penguin, una selecta nómina donde hay pocos escritores de lengua española: Lorca, Borges, Neruda, García Márquez y Octavio Paz. Además es el escritor español de mayor proyección internacional. En el extranjero se lee con auténtico entusiasmo sus novelas. Su última novela, Los enamoramientos, demuestra la continua ambición literaria del autor, señal inequívoca de escritura exigente durante más de 40 años. Un juicio sosegado no puede soslayar su valía. Cuando ciertas críticas caen del lado estilístico o sobre los usos lingüísticos de Marías, con frecuencia señalan más la inepcia lectora del crítico que posibles yerros del escritor. Después a los gustos, la paleta del pintor. Pero ese es otro cantar.

Estos días en que el autor está en el candelero, con nueva obra, el alboroto del Premio Nacional y su inclusión en Penguin, pudiera pasar por alto la reedición ampliada de Vidas escritas, selección de biografías de escritores redactadas como breves relatos por Marías. Obviemos la voracidad de la maquinaria editorial y su interesada reedición. Aquí topamos con las delicadas esperas de Rainer Maria Rilke en pos de la inspiración, angelical o no, el tortuoso final de la relación entre Conan Doyle y su famoso personaje Sherlock Holmes, la idea precisa de literatura que tuvo el exiliado Nabokov, el régimen sibarita a base de champagne y ostras de Isak Dinesen o la temida personalidad del taciturno James Joyce, por mencionar algunas curiosidades del libro.

A la postre, cada una de estas biografías cae sin empacho en lo “exagerado y maniático como todos los escritores”, como Lampedusa, que hablaba a cada uno de sus perros en una lengua distinta. No es condición indispensable ser maniático para ser buen escritor, que Marías ponga el acento en esta interpretación clásica y con asiento en la tradición literaria, es intencional, una clave de lectura y una forma de entender la literatura y, si nos ponemos, la vida. No en vano, el autor madrileño confiesa en el prólogo tratar a esos literatos conocidos por todos “como a personajes de ficción”. En efecto, se prescinde de la clásica y molesta hagiografía, patrón de corte de este tipo de libros. La mirada de Marías favorece al libro que sirve de auténtico recreo para la curiosidad del lector interesado en menudear la vida de sus escritores predilectos. El texto reafirmará a aquellos que señalan el exceso de influencia anglófona de Javier Marías, la mayoría yerra en este caso. La misma presencia tiene en su literatura la lectura bien aprendida de nuestros mejores clásicos, Cervantes a la cabeza, y, en cierta forma, en ese vestir y desvestir a la musa de la tradición va el juego literario de nuestro académico escritor. Vidas escritas, vidas leídas, en el espejo literario de encarar la realidad andamos.

FRANCISCO ESTÉVEZ

El Imparcial, 28 de octubre de 2012

Los cuentos pendientes de Marías

Javier Marías no es un escritor pródigo en su producción. Sin duda la creación literaria, al menos la que distingue a Marías, necesita largos procesos de gestación y maduración. Marías publicó su última gran novela el año pasado, por ello sorprende que apenas un año después lleguen al mercado literario dos nuevos libros suyos, y de golpe. Ambos editados por Alfaguara. Sorprende menos si al acercar nuestro interés vemos que se trata de un libro de relatos compilados, por tanto ya editados anteriormente y de un libro menor, sin duda, titulado Vidas escritas que es una suerte de acercamiento de Marías a curiosidades y perfiles biográficos de una lista de escritores que han conformado su educación literaria.

Mala índole es el título que da nombre al repertorio de cuentos que Javier Marías nos obsequia y también el título de uno de ellos, el más travieso quizás en su redacción, el que contiene mayores dosis de aventura y un aire folletinesco de alto nivel.

Mala índole contiene treinta relatos, escritos a lo largo de casi 30 años. De ellos, 23 son cuentos «aceptados», según los califica el propio Marías y otros 7 «aceptables». Unos y otros suponen una puerta abierta al rico universo literario de Marías, un adentrarse en todos los engranajes mentales que ha ido encajando en su escenario narrativo y que aquí se exponen en esta treintena de cuentos entre los que hay algunos que están «entre lo mejor que he escrito», ha dicho el propio autor. Especialmente los titulados “Mientras ellas duermen” o “Cuando fui mortal” podrían configurar ese exquisito club de cuentos imborrables.

Completan el repertorio otros cuatro cuentos que habían aparecido en periódicos, por encargo, pero nunca editados en libro, como es el caso de “Mala índole” que se publicó en varias entregas, y que despliega toda una divertida historia sobre las hilarantes andanzas de Ruibérriz de Torres, uno de los personajes típicos de Javier Marías, que hace aparecer de manera más o menos fugaz en diversos relatos, pero que aquí protagoniza toda una comedia de enredos durante el rodaje en México de una película con Elvis Presley.

Con una capacidad genuina para cautivar y activar la imaginación de los lectores, con ese estilo mundano, elegante y enormemente seductor por su desenvoltura, Javier Marías pone al servicio del lector unos cuentos realmente atrayentes, con una madre convertida en actriz porno por necesidad, un asesinato con raíces homosexuales, un asesino a sueldo que prefiere no serlo. Hay mucho de sorna y humor negro mezclados con la ironía británica, un cóctel que Marías agita a la perfección para ofrece una obra de sabrosas genialidades.

A la par que Mala índole, Alfaguara nos trae Vidas escritas, que con ese estilo desenvuelto de Marías nos acerca aspectos menos conocidos y en muchos casos jocosos o vulgares de la vida de veinte genios de la literatura, todos ellos emparentados con Marías en cuanto que conforman y alimentan su equipaje literario. Son sus padres intelectuales. Aún así, Marías nos divierte con historias como la enorme irritabilidad de Joseph Conrad; o como James Joyce no probaba nunca el vino blanco pues una oftalmóloga le dijo en una ocasión que era muy perjudicial para la vista, que en su caso ya era escasa; nos descubre como Ivan Turgeniev le prestó dinero a Tolstoi y Dostoievski que lo habían perdido todo en el juego; y si Conrad era irritable Rudyard Kipling era un tipo huraño, que apenas tuvo amigos en su vida y sin embargo gozaba de una popularidad propia de un artistas de cine actual; o este último caso: Nabokov, que nunca tuvo casa propia tras su exilio y que tenía en las mariposas su gran pasión, fue un consumado portero de fútbol, primero en su Rusia natal y luego en Cambridge.

JAVIER GARCÍA RECIO

La Opinión de Málaga, 20 de octubre de 2012

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Sobre la decisión de Javier Marías (2)

Foto. Beatriz Velardiez

La noticia en The Telegraph

RIMA INTERNA

Javier Marías: La independencia se elige

Me cuesta mucho pensar que exista un país más solidario que España; nos encanta ponernos en el lugar del otro. De una forma, eso sí, bastante peculiar. No nos ponemos en su lugar para intentar entenderle, no indagamos en sus motivaciones y en sus circunstancias para después, una vez comprendida la situación, hacer un comentario de provecho o dar un consejo que pueda estar más o menos acertado.

Lo que nos va es dar un empujón al otro, ponernos entonces en su lugar, y decidir por él en función no de su circunstancia, sino de la nuestra, para luego ya ponerlo a caldo, que es lo que de verdad nos gusta. Si a eso añadimos que vivimos en un país eminentemente futbolístico (en el que apenas hay un par de opciones para casi todo, y el matiz resulta invisible; da igual lo que uno razone, que siempre acabarán poniéndole del lado del Real Tal o del Fútbol Club Cual), el resultado es que nuestras polémicas periodísticas son a menudo banales, chuscas y, eso sí, bastante dicharacheras.

Viene todo esto, claro, al caso de la renuncia de Javier Marías al premio nacional de narrativa. Las razones de Marías para renunciar a dicho premio son incontestables. Cree que los escritores deben ser ajenos a los favores del poder, que son escritores porque quieren y que por eso no deben esperar merecer premio alguno. Cree, en definitiva, en la independencia del intelectual. Y claro, eso, en el país de las subvenciones, del amiguismo y del invítame a lo tuyo que yo te llevo a lo mío, cae mal. Ha evitado la demagogia y ha agradecido su gesto a los miembros del jurado, que no tienen por qué pensar lo mismo que él. Nos ha dado una lección.

Claro que lo hace porque puede, dicen algunos, porque no necesita el dinero, jugando a otro de los pasatiempos españoles favoritos: si alguien hace algo decente, por algo será, por algo oscuro, seguramente. Pero este tipo de comentarios pertenecen al mismo género de los de la especie “Seguro que si le dieran el Nobel lo aceptaba” y entran de lleno en otra de nuestras grandes aficiones: psicoanalizar al vecino. Eso no lo sabemos, y además, no debería importarnos. En cualquier caso, sus aclaraciones sobre el Cervantes me parecen bastante elocuentes y el distingo que hace entre premios españoles y extranjeros, pertinente y necesario. Incluso sus razones sentimentales son de peso: que Julián Marías (a quien hice una de sus últimas entrevistas) nunca lo tuviera dice bien poco en favor de estos premios. Pero incluso eso lo citó como argumento secundario y cuidándose mucho de caer en lo demagógico. Para mí, Marías estuvo de chapeau. La independencia suele darse por hecha en un intelectual, pero ni mucho menos. Hay que optar por ella cuando se tiene ocasión, y Marías lo ha hecho.

He leído a algún escritor que dice que lo bueno de los premios nacionales es que son ajenos a los intereses editoriales. Bueno, digamos que tal cosa habría que demostrarla y, en cualquier caso, son unos premios paternalistas, manejados se quiera o no por el ministerio de turno, e innecesarios. Que tales dineros de nuestros impuestos vayan a parar a alguien que ha hecho un trabajo por el que ya ha cobrado me parece escandaloso.Que vayan a bibliotecas, por ejemplo, sí, pero eso es el ministerio quien tiene que hacerlo. También hemos oído decir que Marías debería haber aceptado el dinero para donarlo a quien le pareciera. Menuda soplapollez, con perdón: ¿entonces el Premio Nacional equivaldría a ser ministro durante diez minutos y poder decidir el destino de una partida? Es absurdo.

En el trasfondo de todo esto, de la existencia de los premios y de su defensa de unas maneras u otras, está la cultura de la subvención de la que vive buena parte de la mal llamada “industria cultural” española. En vez de sostener una cantidad de editoriales absurda en comparación con el número de lectores, de subvencionar películas mediocres y collages más o menos embadurnados, lo que este país debería hacer de una vez es una apuesta seria por la educación, por conseguir que las próximas generaciones puedan tener una experiencia de la cultura sana, formada y compartida, con el gusto educado en la diversidad y no en el inevitable autodidactismo al que nos hemos visto abocados todos los que hemos nacido en esta variada, pequeña, esposada España.

MARTÍN LÓPEZ-VEGA

El Cultural.es, 29 de octubre de 2012

Comentario:

Javier Marías , 04/11/2012

Querido Martín López-Vega: Aunque ni siquiera uso ordenador, una amiga me hace llegar su amable escrito. Uno no toma sus decisiones calculando el efecto que harán, y por tanto encaja con deportividad -y, en general, silencio- todas las opiniones. Pero no quería dejar de agradecerle la suya, tan razonada y benévola.

Un saludo cordial, Javier Marías

Premio bien concedido

Aquel refrán cenizo que asegura que nadie es profeta en su tierra se cumplió para Javier Marías durante casi 40 años. Eso repiten algunos de sus valedores extranjeros, quejosos de que la cicatería española le haya negado un reconocimiento que, sin embargo, recibe extramuros en grandes dosis: el último en forma de Premio Austriaco de Literatura Europea en el 2011, aunque el auténtico premio gordo haya sido su ingreso en los Penguin Modern Classics. Ahora ya no es verdad. El más rotundo desmentido del pretendido desafecto lo vienen dando los índices de ventas, asombrosamente altos para una literatura como la suya, tan exigente como remunerativa con el lector. A la recompensa (la que importa) que suponen sus miles de lectores, se añadió ayer el Premio Nacional a Los enamoramientos, tras el que podría vislumbrarse algo así como un homenaje al escritor. Que Marías,en plena coherencia con su actitud hecha pública muchas veces, lo haya rechazado es harina de otro costal.

La aceptación o rechazo de un premio es un derecho, pero la concesión, si se realiza fundada en el mérito literario -como, a mi juicio, ha sido el caso-, es una forma de constatación formal del talento, de modo que admitir o rehusar esa distinción no desbarata las razones en que se basó el fallo del jurado. Puede opinarse sobre el grado de acierto de Marías, pero sería necio contaminar de duda la altura estética de su obra. Su ejecutoria lo avala no ya para un Premio Nacional, sino para el Premio Cervantes. El Nacional, que se concede a un libro, ha perdido demasiadas ocasiones de dar en el blanco destacando una de sus excelentes novelas (deja estupefacto que Tu rostro mañana. Baile y sueño cayera en el 2004 ante Juan Manuel de Prada…). Aun así, la negativa del escritor no se justifica en el rango del premio sino en el carácter institucional del mismo y ahí es de respetar la lealtad de Marías a sus principios. Aun así, creo que haría bien en reconsiderar de cara al futuro lo inquebrantable de esa actitud, porque los tiempos en que su obra era subestimada o él mismo tuvo que soportar, rebasados los 50 años, el remoquete de «joven Marías», ya pasaron y estoy convencido de que la inmensa cantidad de sus lectores, aquí y en el resto del mundo, se sentirían complacidos con la aceptación de un premio -y no me refiero al Nacional- que reconociera la construcción de uno de los universos literarios más cautivadores de la literatura europea del último medio siglo.

Se trata de un universo dramático y cómico en cuyo centro gira la desconcertante conciencia humana, con sus extraños distritos en sombra donde se alojan los miedos y los deseos, las normas que rigen el comportamiento y las que este vulnera, las pulsiones más primarias y las barreras de la voluntad o la civilidad. Es el suyo un universo urdido con frases largas, llenas de sinuosidades y de conexiones inesperadas.

ALEGRÍA NO EMPAÑADA

Su escritura, contando y reflexionando a la par, ha configurado un estilo que es a la vez una música verbal y una herramienta para escudriñar en nuestra experiencia moral. Quienes creemos que la justicia es hermosa ayer tuvimos una alegría. Y el rechazo del premio no la empañó.

DOMINGO RÓDENAS

El Periódico, 26 de octubre de 2012

DRAGOLANDIA: Con flores a Marías (2)

Cartas al director