Edición turca de ‘Veneno y sombra y adiós’

YARINKI YÜZÜN CILT 3 : ZEHIR, GÖLGE, VEDA
JAVIER MARÍAS
Çevirmen : Roza Hakmen
Metis, 2012

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LA ZONA FANTASMA. 25 de noviembre de 2012. Tanto compartir…

Disculpen mi ignorancia si en esta columna demuestro tenerla, como es probable, pero empiezo a estar pre­ocupado por mis colegas escritores de todo el mundo y también por los cineastas, los dramaturgos, los compositores y cuantos se dedican a actividades “artísticas” que tradicionalmente han requerido concentración, esfuerzo, paciencia, continuidad, meditación y -a menudo- imprescin­dible soledad, sólo fuera para procurarse las demás cosas que acabo de mencionar. En un no muy interesante artículo del New York Times, “La presión de las multitudes”, encuentro algún dato de interés. Por ejemplo, lo ocurrido con algunos proyectos que echaron a andar gracias a lo que se llama “crowdfunding”, algo apenas distinto de las cooperativas de toda la vida. “El equipo responsable de Diaspora”, contaba esa pieza, “que esperaba crear una abierta alternativa a Face­book, recaudó 200.000 dólares entre unas 6.500 personas, pero tres años después decidió crear otra empresa” (y, supongo, librarse así de la masa agobiante que lo había financiado en origen). Uno de los responsables “dice que estaban tan ocupados respondiendo correos electrónicos y fabricando camisetas para sus donantes que les quedaba poco tiempo para di­señar el programa informático. ‘Nos empantanamos tratando de mantener relación con mucha gente’, declaró”. No me extraña, sobre todo si, además de exigir atención y que se le confeccionara una camiseta, cada donante quiso influir y que se tuviera en cuenta su opinión a la hora de dise­ñar el programa y crear la empresa. Es muy posible que así fuera, dada la tendencia al intervencionismo de la mayoría de la gente actual, más aún si ha pagado “algo” por participar.

También afirmaba ese artículo que “algunos pueden sentir­se obligados a compartir” (la cursiva es mía). “La idea del escritor solitario está desapareciendo. El literato brasileño Paulo Coelho es partidario de la comunicación en Twitter y Facebook: ‘La to­rre de marfil ya no existe’, ha dicho”. Hombre, por lo que escriba o deje de escribir Coelho no ando preocupado, la verdad. Pero sí por otros autores, cuya literatura sigo y aprecio, si se relacio­nan en demasía con las multitudes; si empiezan a “compartir” (verbo de moda, y odioso donde los haya) lo que imaginan y escriben con otros, antes de haberlo acabado. O si, como ya ha­cen algunos, abren la puerta a los lectores para que opinen sobre su nuevo proyecto y sugieran y hasta “colaboren”, y encima presentan su disponibilidad como una innovación o una auda­cia. Ya los folletinistas del XIX se guiaban en sus entregas, a ve­ces, por las querencias y las peticiones del público: daban más papel a un personaje que había caído en gracia o variaban los acontecimientos para complacer a sus seguidores. Solían pifiar­la, en estos casos: edulcoraban las historias, las hacían previsibles. Las masas son previsibles y -como es lógico- gregarias, y lo que uno admira de un autor es, entre otras virtudes, su capaci­dad para sorprendernos y salirse de lo predecible. No sé, ¿se imaginan que Hitchcock hubiera consultado a sus fans si debía cargarse a la protagonista de Psicosis, con la que el espectador se ha identificado, antes de alcanzarse la mitad del metraje? Las multitudes se habrían llevado las manos a la cabeza y le habrían exigido que la mantuviera viva, sin duda, y Psicosis sería, como mínimo, una película mucho más convencional. ¿Se figuran a Flaubert preguntando si debía hacer morir a Emma Bovary o no? Conan Doyle mató a Sherlock Holmes Y tuvo que resucitar­lo, en gran medida porque escribía sus aventuras en prensa y la muchedumbre se amotinó, y también -cosa importante- por­que su propia madre lo conminó a devolverle la vida.

Hace ya muchos años recibí una amable carta de una se­ñora. Tenía su futuro resuelto y se ofrecía a trabajar para mí como secretaria sin sueldo. Su única remuneración sería que yo le permitiera “asistir de cerca” a la creación de una novela mía. En seguida me imaginé las escenas: yo ante mi máquina, tecleando o pensando o corrigiendo a mano; ella, en una bu­taca próxima, preguntándome cada dos por tres: “¿Qué haces ahora? ¿Qué has puesto? ¿Has cambiado algo? ¿Qué estás pen­sando? ¿Alguna ocurrencia? ¿Cómo va a reaccionar este personaje?” Y con derecho a mirar, por encima de mi hombro, los borra­dores. Me habría paralizado, un infierno, me habría impedido escribir una línea. Si además le hubiera dado por opinar (“Me parece que ese adjetivo no va” o “No me gusta el cinismo de ese personaje”), creo que la ha­bría estrangulado. Así que decliné su generoso ofrecimiento. Y me pregunto qué le pasa hoy al mundo para que tantos “se sientan obligados a compartir”, a escuchar las ideas de cual­quiera y a la ridícula “interacción”, a dejarse vigilar y contro­lar, a fabricar camisetas en vez de diseñar programas. Si los escritores renuncian a ser los amos de los mundos que inventan; si se pliegan de antemano a las preferencias de sus clien­tes y ya no los pueden sobresaltar; si abandonan sus necesa­rias “torres de marfil” y se pasan media vida contestando correos y tuits, no les quepa duda: la literatura que nos intere­sa y deslumbra, a los individuos como a las masas, tendrá los días contados. En un libro uno habla y los demás escuchan -si quieren, claro está, nadie los obliga-. ¿Qué es eso tan pusilánime de que participen y hablen todos? Tiene nombre, y está reñido con la literatura: eso se llama un guirigay.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 25 de noviembre de 2012

Nuevo libro de Reino de Redonda. ‘Un forastero en Lolitalandia’, de Gregor von Rezzori

UN FORASTERO EN LOLITALANDIA

GREGOR VON REZZORI

Prólogo de Zadie Smith

Epílogo de Javier Marías

Traducción de Christian Martí-Menzel

Reino de Redonda, noviembre de 2012

Distribuye ÍTACA

Este vigésimo cuarto volumen del Reino de Redonda está inevitablemente dedicado a Beatrice Monti della Corte von Rezzori, Viscountess Antaño de este Reino y guardiana y benefactora del suyo, no menos literario, de Santa Maddalena

EL EDITOR

ÍNDICE

Un forastero en Lolitalandia: las afinidades electivas entre Rezzori y Nabokov (Prólogo)
por Zadie Smith

UN FORASTERO EN LOLITALANDIA

La novela más melancólica (Lolita recontada) (Prólogo)
por Javier Marías

APÉNDICES

Appendix I/Apéndice I: M P Shiel’s and John Gawsworth’s Redonda/La Redonda de M P Shiel y John Gawsworth (updated/puesta al día 2012)

Appendix II/ Apéndice II: Jon Wynne-Tyson’s Redonda/La Redonda de Jon Wynne-Tyson (updated/puesta al día 2012)

Appendix III/Apéndice III: Javier Marías’s Redonda/ La Redonda de Xavier Marías (updated/puesta al día 2012)

 

“Aquí no se trata sólo de Lolita o de Nabokov, sino de Von Rezzori reivindicando su América de la manera firme, exhuberante y natural que era su mayor don.”

ZADIE SMITH

“La obra de Von Rezzori es uno de los proyectos literarios más atrevidos y poderosos de la segunda mitad del siglo XX.”

JAVIER MARÍAS

Javier Marías escribe sobre Eduardo Mendoza

ENTRARÁ EN LOS ANALES

La figura de Eduardo Mendoza pasará a los anales no solo de la literatura espa­ñola, sino de la entera sociedad española. Nunca se ha visto nada igual en ella: a punto de cumplir setenta años, de los cuales lleva treinta y ocho como autor publi­cado y querido; tras haber debutado con una no­vela de enorme éxito público y crítico, La verdad sobre el caso Savolta, que además ha quedado como la más decisiva renovadora de nuestras letras a la muerte de Franco; tras haber visto su larga trayec­toria acompañada de ventas masivas que se han mantenido hasta su obra más reciente, El enredo de la bolsa y la vida; tras ser elogiado de mane­ra constante por las reseñas más visibles (las de prensa) y también por los estudios universitarios de varios paí­ses, y contar sus novelas con numerosísimas traducciones a los principales idiomas así como a los más improbables (doy por hecho que están incluidos el vietnamita y el macedonio), resulta ser un escritor al que sus colegas, le­jos de tenerle la tirria que en nuestro territorio se profesa a cualquiera, pero sobre todo al que destaca y ensombrece a los demás, lo admiramos profunda y confesamente. Y no solo eso: también los periodistas, columnistas y tertulianos —gente proclive a encontrar defec­tos y a poner a caldo al transeúnte— hablan bien de él y de su obra con la mayor simpatía. Y no solo eso: en un país en el que a los individuos les suele reventar que triunfe alguien, aunque se dedique a algo que ellos nunca han tenido intención de pro­bar —recuerdo que mi padre decía que la verdadera envidia no es la de los colegas, comprensible, sino la del ama de casa a la que pone negra que un torero corte orejas, aunque ella jamás haya albergado el propósito de saltar a un ruedo—, resulta que hasta las amas de casa adoran a Mendoza y celebran sus hazañas. Conozco a centenares de ellas que darían gustosas el bolso por hacerse una foto a su lado.

No se trata, desde luego, de que Mendoza sea un hombre discreto y que no busque pelea, que sea modesto y no se pavonee de sus logros, porque ha habido otros que han sido así y les ha lucido el pelo: hoy, y en otro ámbito, el educado y respetuoso Pep Guardiola, cuyas educación y respeto sus enemigos han llegado a convertirlas en venablos que arrojarle al hoyuelo. Tampoco es que sea simpático y amable (que lo es): más alegre y simpático que Lorca parece que no había nadie, y ya sabemos cómo acabó, el po­bre; y nos parece, al leerlo, que no pudo existir hombre más grato, noble y risueño que Cervantes, y sin embargo se la cargó en vida, cuando Lope de Vega, sus partidarios y muchos otros no soportaron que un anciano intruso se sacara de la manga, cuando ya nadie esperaba de él nada, la mayor obra maes­tra de nuestra literatura, que además fue un éxito instantáneo e internacional entre los lectores de la época. No, aquí nadie se ha librado de los ataques y fobias, del vudú y el mal de ojo, por muy caballeroso que haya sido, o comedido en su comportamiento.

Y tampoco es que Mendoza haya sido esto últi­mo. En entrevistas, o en las columnas de prensa que escribió una temporada, suelta sus impertinencias, o proclama que la novela ha muerto para efímera indignación no tanto de quienes las escriben cuan­to de quienes desearían escribirlas y no se atreven o no les salen. Mendoza es cualquier cosa menos un pacato o un soso. No solo es gracioso en su litera­tura (a menudo), sino en persona. Si interviene en un acto, la sala está abarrotada. Si se presta a una sesión de firmas, la cola es interminable. Si pasea por la calle, los viandantes lo van parando, y nin­guno para increparlo, al contrario. ¿Puede alguien resultar más irritante? Difícil. Entonces, ¿por qué no irrita Mendoza, sobre todo en un país dispuesto a encolerizarse hasta con sus ídolos, a las primeras de cambio?

Si yo fuera él, no sabría, la verdad, si congratu­larme y bendecir mi suerte o preocuparme. En el se­gundo supuesto, la pregunta sería: “Con tanto como tengo a favor, ¿cómo es que no caigo mal y no mo­lesto, por qué no me ponen verde?” Pero no creo que se preocupe Mendoza por eso, porque salir indemne de este país-trituradora es algo que sospecho que ha buscado. No consigo olvidar que hace mucho, qui­zá tras la aparición de La ciudad de los prodigios, me dijo un día: “Estoy harto de ser, o de que se me considere, el primero de la clase”. No puedo evitar pensar que a eso, a dejar de serlo, se ha aplicado desde entonces, sin demasiado afán por otra parte. Lo que ya roza el milagro es que ha logrado no parecerlo, mientras sin embargo continuaba siéndolo. Los únicos que en realidad no se han dado cuenta de que seguía siéndolo son quienes otorgan premios oficiales o institucionales: ni el Cervantes, que merecería desde hace lustros, ni el Príncipe de Asturias, ni el llamado Premio de las Letras o sub-Cervantes, ni siquiera el Nacional de Narrativa que se concede año tras año a la supuesta mejor novela del anterior. Nunca se ha juzgado que ninguna de las suyas fuera digna de ese galardón, que ha recibido hasta el último mono. Bueno, miento: no lo obtuvieron jamás Juan Benet, ni Jaime Gil de Biedma en poesía, ni Juan García Hortelano… Prueba de que Mendoza pertenece a esa estirpe, la de los mejores. Razón de más para que se lo deteste, por tanto. No es así, sino al revés. Un insondable misterio. Un endemoniado enredo. Pasará a los anales.

JAVIER MARÍAS

Mercurio, noviembre de 2012

LA ZONA FANTASMA. 18 de noviembre de 2012. Quien tuvo retiene

No sé si se sigue inculcando en los niños y jóvenes ac­tuales, pero en mi infancia se nos enseñaba el respeto y aun la piedad o conmiseración por los ancianos, to­davía en consonancia con una idea que había existido siempre, por lo menos desde los griegos y los romanos. La lite­ratura clásica, desde la Iliada hasta el Cantar de Mío Cid, está llena de escenas de consideración hacia los viejos, o, lo que es lo mismo, de furor ante las afrentas o crueldades sufridas por ellos. Que un hombre o una mujer que “peinaban canas” fue­ran objeto de vileza o escarnio implicaba un agravante imper­donable, y a veces la senectud aparecía, per se, como digna de veneración o deferencia. Bien es verdad que también hay in­contables muestras de mofa hacia la gente de edad avanzada, en Shakespeare y Molière sin ir más lejos, pero a menudo el blanco de esas burlas era alguien que no se comportaba como le exigían sus años: el viejo verde, el viejo avaro, la vieja libidi­nosa, el viejo indócil o despótico. En Don Quijote conviven las dos posturas: otros personajes de la novela se ensañan con él por ser hombre senil inconforme y dedicado a niñerías; el lector, en cambio, se apiada de él y le profesa simpatía por las mismas razones (aparte de por ser una figura en sí misma conmovedora y graciosa, que nos gana para sus causas).

Muchos ancianos pasan hoy por grandes dificultades, y en general no reciben, me parece, el mismo respeto que antaño. Pero algo queda, y lo percibo en mí mismo, que ya voy bien encaminado hacia el otoño pero aún no me siento instalado en él del todo. Cada vez que me llega, por ejemplo, la carta de un lector de letra temblorosa y picuda o que me confiesa sus años, si éstos superan los setenta y cinco, digamos, creo que es mi deber contestar­le, aunque sean unas líneas, o enviarle un libro agradeciéndole que me lea. No importa si su carta es amistosa u hostil, si me felicita o me censura: pienso -anticuadamente, como si fuera una noción refleja- que sólo por lo cansado que quizá esté de todo, o por lo mucho que habrá vivido, o por su posible saber acumu­lado, merece una respuesta. Siento un deber parecido con los muy jóvenes, dicho sea de paso, y eso me hace sospechar que tal vez uno de los motivos de la consideración hacia los dos extre­mos sea su supuesta desprotección o indefensión: vemos a unos muy tiernos e ingenuos, a los otros desvalidos.

Lo curioso de los años que ya he cumplido es que no pocos de mis amigos y conocidos -y también de los “enemigos”, si no fuera presunción juzgar que uno los tiene-, que me aventajan en dos o tres lustros, se están convirtiendo en ancianos o en pro­yectos de tales, y uno no acaba de ver en qué momento se hacen respetables o venerables por ello. Cuando uno conoce a un viejo o a una vieja -es decir, ya lo son cuando se presentan-, es fácil acercarse a ellos no sólo con confianza injustificada, sino con especial cortesía, si no con aprecio “previo”. Y en realidad uno no sabe nada de esa persona; le presupone una bondad o una mansedumbre que acaso brillen y hayan brillado siempre por su ausencia. Hay excepciones, claro está: no hay estima ni pena cuando leemos que un antiguo nazi nonagenario ha sido por fin descubierto y detenido; tampoco las hay hacia Videla o cual­quiera de sus conmilitones, como no las hubo tampoco para con Pinochet en sus últimos días o para Franco en los suyos, ni las hay hacia el Fidel Castro achacoso que nos muestran las televisiones. Pero son casos sencillos por nítidos, e incluso en ellos se cuela a veces un leve rastro de compasión, al ver al dic­tador o al matarife decrépito y debilitado. La propia ley estable­ce en muchos países que nadie vaya a la cárcel pasadas ciertas edades. ¿Es Berlusconi ya un anciano? Él lleva tiempo jactándo­se de que no, e incurriendo en todas las actitudes “impropias” de un abuelo, pero no sería raro que de aquí a poco invocase su senectud y su indefensión para li­brarse una vez más de la justicia.

Cuando uno ha conocido de joven o de maduro a quien hoy co­mienza a ser o es ya un anciano, se da cuenta de cuán errónea y gratui­ta puede ser la reverencia” descontada”, otorgada a priori a cualquier viejo o vieja. Nadie cambia cabalmente, y si lo hace, ¿a partir de qué instante? Se podría intuir que uno envejece de sí mismo, esto es, que cuanto mayor es, más acentúa sus virtudes o defectos, su buena o mala fe, su carácter recto o torcido. Puede que muchos se amansen o dulcifiquen un poco con el parsimonioso transcurrir del tiempo; que se aplaquen o deseen rectificar alguna conducta. Me temo que no más que eso. Caigo en la cuenta, ahora, de que algunas de las personas que conocí ya viejas cuando yo dista­ba de serlo, y a las que traté con delicadeza sólo por eso, te­nían lenguas afiladas y venenosas, o rezumaban resentimien­to o engreimiento, o manipulaban indecentemente, o se aprovechaban de su desamparo físico para torturar y tiranizar a cuantos las rodeaban. Supongo que es sólo esto: del mismo modo que los niños son tenidos en principio por “inocentes” y “buenos”, y mientras uno es niño sabe que los hay resabia­dos y malvados, al acercarse a considerables edades comprueba igualmente que no se puede fiar de todos los que peinan canas. No se puede uno fiar ni de sí mismo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 18 de noviembre de 2012

Las lecturas de Javier Marías

Foto. Fede Serra

Su estilo sobrio y magnético le convierte en uno de las grandes de nuestra literatura contemporánea. Ahora selecciona sus mejores relatos en Mala índole (Alfaguara)


“Nada es nunca seguro, pero, dado lo poco que he frecuentado el noble arte del cuento en los últimos años, es posible que ya no escriba más y que lo que aquí se ofrece acabe siendo la totalidad aceptada y aceptable de mi contribución al género”, afirma Ma­rías. Al hilo de esta recopilación, el escritor nos habla de los libros que le han acompañado siempre


TRISTRAM SHANDY
Laurence Sterne

“Lo traduje al español a los veintitantos años. Pero es que además es una novela del siglo XVIII que parece es­crita ayer mismo, o incluso mañana. Ingeniosa, atrevida, siempre chispeante, denota que la escribió un hombre encantador, con el que uno habría querido irse a cenar”.

DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Miguel de Cervantes

“Mucha gente está harta de este libro porque cree ha­berlo leído y por lo mucho que se ha manoseado a sus personajes… fuera del libro. Cuando uno lo lee de veras y hasta el final (la segunda parte es aún mejor que la primera), descubre algo ex­traordinario, triste y divertido, profundo y, sobre to­do -eso es lo más asombroso- siempre nuevo”.


EL ESPEJO DEL MAR
Joseph Conrad

“De nuevo influye mi biogra­fía: también esta obra la tra­duje yo hace muchos años. Para disfrutarla, es mejor que a uno le guste o le interese el mar, porque se trata de una serie de ensayos sobre eso, el mar. No hay prosa más her­mosa en la historia de la lite­ratura, y lo digo a riesgo de que mi versión no estu­viera a la altura. Pero espero que si …”.


CASA DESOLADA
Charles Dickens

“Este año, en el bicentenario de su nacimiento, es espe­cialmente adecuado para leer a Dickens sin sentirse un an­ticuado. Sus novelas nunca han pasado de moda, con su enorme capacidad inventiva, sus personajes hipnotizado­res y sus tramas complejas: a punto de incurrir constantemente en la inverosimili­tud, jamás cae en ella. Si alguien desea una obra más corta, recomiendo Historia de dos ciudades “.

LOLlTA
Vladimir Nabokov

“Aunque causara escándalo en su época (y aún más ha­bría causado si se hubiera publicado en nuestros gaz­moños días por primera vez), es una de las más grandes historias de amor. Su narra­dor, Humbert Humbert, es a la vez uno de los personajes más despreciables y conmo­vedores de la literatura”.

El GATOPARDO
Giuseppe Tomasi di Lampedusa

“Se trata de la única novela que escribió el autor (y que ni siquiera llegó a ver publicada), sin pretensiones, sin querer ser original, sólo por el convencimiento de que si un primo suyo había publi­cado un libro, él podía hacer lo mismo, puesto que era “matemáticamente me­nos tonto”. De esta manera le salió una de las me­jores novelas del siglo XX, a mi parecer, lo cual de­muestra lo lejos que se puede llegar sin pretensio­nes ni ansias de originalidad”.

C. SUÁREZ

Telva, noviembre de 2012

LA ZONA FANTASMA. 11 de noviembre de 2012. ¿Nadie piensa?

No es la primera vez que pasa, y por ello es aún más sorprendente que nadie haya dado la voz de alarma, ni en el Ministerio del Interior, ni entre los mandos de la Policía, ni en los medios de comunicación. En cuanto las llamadas fuerzas del orden llevan a cabo una ope­ración meritoria o arriesgada, la satisfacción y la vanidad las invade de tal modo -bueno, supongo que cumplen órdenes de Interior, o cuentan con su visto bueno- que no tienen reparo en salir en televisión a relatar, con pelos y señales, lo astutas que han sido y cómo han logrado su hazaña. Como si fueran Poirot o Holmes. Explican que los delincuentes cometieron tal error, o que las alertó tal despiste, o que, como en el reciente desmantelamiento de la red de blanqueo del galerista chino Gao Ping, lo que las llevó a sospechar fue que este riquísimo individuo apenas tuviera saldo en sus cuentas corrientes, mientras se permitía un tremendo tren de vida. Siempre que oigo o leo estos detalles me quedo perplejo y pienso: “Vaya, con esta información engreída e innecesaria la policía acaba de advertir a los demás criminales de lo que no deben hacer si aspiran a que no los pillen y a permanecer impunes. Ya no habrá ni uno más que cometa ese error, o que tenga tal despiste, o que no procure que sus saldos bancarios se adecúen, más o menos, a las cantidades que gaste abiertamente”. Parece que Interior y la Policía estén decididos a convertirse en los mejo­res consejeros de las mafias, los terroristas, los ladrones y los asesinos. Es como si les avisaran: “Ojo, muchachos, no hagáis esto o aquello, porque ya veis lo que les ha ocurrido a estos colegas vuestros: los hemos cogido”. E invalidan sus métodos.

Mi estupefacción, sin embargo, rebasó sus límites hace unas semanas. Telediario de TVE de las tres. Información so­bre la mencionada red de blanqueo del señor Gao o el señor Ping, nunca sé si van delante o detrás, los apellidos chinos. Se ha descubierto una gran cantidad de dinero en metálico, no recuerdo si unos cinco millones de euros, en una nave indus­trial o en un garaje, bien ocultos o camuflados. Plano de las pilas de billetes, ya ordenados y con gomas. Se dice, con ad­miración, que sólo contarlos les ha llevado a los guardias ocho horas. ¿Y cómo han dado con ellos? No hay empacho en presumir: “Tenemos unos perros adiestrados, muy majos”, relata un especialista, “que, lo mismo que otros ya más cono­cidos detectan droga con su gran olfato, son capaces de seña­lar, en cuestión de segundos, dónde hay dinero en efectivo”. Se da por descontada la boca abierta de los espectadores: “Ca­ray, qué tíos; y qué perros más cojonudos, quién tuviera uno”. El policía no va a dejarnos con las ganas, ni un resquicio de misterio. No sólo nos ha revelado la existencia de esos anima­les sagazmente entrenados, sino que nos va a decir y a mos­trar lo que hay que hacer para enseñarles: “El secreto está en la tinta empleada para imprimir los billetes”, nos instruye. “Metemos tinta de esa en una bolsita y logramos que el perro se acostumbre a verla corno su juguete; el juego consiste en olfatear y buscar y encontrar la bolsita, es decir, la tinta. Una vez bien adiestrados, en cuanto la huelen, esté donde esté, se van por ella como flechas. Así, por mucho que los mafiosos disimulen el metálico y lo escondan, nuestros perros lo des­cubren”. Y aparecen unas imágenes: uno de estos investiga­dores caninos entra como un rayo en un salón y se va directo al vídeo, al que ladra encantado y en el que se empeña en me­ter el hocico. A continuación unos polis dan al botón de “eject” o introducen las manazas, y, en lugar de una cinta, salen de allí unos buenos fajos envueltos en plástico. Ni plástico ni le­ches, son infalibles. “Una vez”, nos tranquilizan, “el animal tardó algo más de la cuenta porque el dinero estaba en el depósito de gasolina de un coche, y el fuerte olor de ésta lo desconcertó durante un rato. Pero ni por esas: al final dio con su presa”.

Yo estaba pasmado, porque en seguida me figuré a todas las ban­das de delincuentes tomando apli­cada nota en un bloc mientras veían ese Telediario: “Comprar chucho; conseguir tinta de billetes; meterla en bolsita”, etc. Y dando saltos de gozo: “Nos lo han puesto a huevo, qué ama­bles”. A partir de ahora, la gente que guarde dinero en casa estará perdida. De nada le servirá esconderlo en el lugar más recóndito o inverosímil. La única ventaja para los ciudadanos será que quizá se ahorren algún golpe o paliza cuando les en­tren ladrones estando ellos en casa. En vez de zumbarle al ventrílocuo José Luis Moreno, víctima de uno de esos asaltos hace años, los matones soltarán a su perro y éste les olisquea­rá por todas partes y les irá diciendo: “Aquí hay billetes”; y después: “Por aquí más pasta, en la lavadora”; y luego: “No os dejéis lo de la chimenea: billeticos”. Y cuando los habitantes no estén en casa, se evitarán el espectáculo y las amenazas, pero los habrán desvalijado sin remedio, por muy ingeniosos y alambicados que fueran sus escondites. El Ministerio del Interior, la Policía y los medios, todos al ser­vicio de los criminales. En este estúpido país, ¿nadie para, alarmado, las piedras contra el tejado propio? ¿Nadie piensa?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 11 de noviembre de 2012

Javier Marías a favor de las becas Erasmus

Almodóvar, Marías y Rosell se unen a personalidades que exigen a líderes europeos que no recorten las becas Erasmus

El director de cine Pedro Almodóvar, el escritor Javier Marías y el presidente del FC Barcelona, Sandro Rossell, son tres de las personalidades europeas que han suscrito una carta dirigida a los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea para exigirles que no recorten los fondos destinados al programa de becas Erasmus para el intercambio de estudiantes universitarios.

Los Veintisiete tratarán este viernes de acordar el presupuesto general de la UE para 2013 y de enmendar el de este 2012, porque la Comisión Europea ha advertido de que faltan 9.000 millones de euros para cumplir con los pagos comprometidos, incluidos 90 millones de euros para Erasmus. El contexto de crisis y los esfuerzos de austeridad que países como Reino Unido y Alemania reclaman en el gasto europeo dificultan las negociaciones.

En total, un centenar de intelectuales, deportistas y otras personalidades de la Unión Europea denuncian en una carta abierta a los líderes europeos la difícil situación que afrontar los jóvenes, segmento más afectado por el auge del paro en un contexto de crisis económica.

“No podemos permitirnos el lujo de perder toda una generación. La educación y la formación han de ser la base de la respuesta europea”, destacan los firmantes, que recuerdan la oportunidad de aprendizaje y formación que el programa Erasmus ha brindado a casi tres millones de jóvenes desde su creación. “Es una generación que ha conseguido algunas de las mejores ofertas de trabajo”, destacan.

La misiva confía en que los Veintisiete enmienden el presupuesto de 2012 para poder cumplir con los pagos comprometidos con los estudiantes europeos que han logrado una beca para el próximo año lectivo. Y emplaza a los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea a pactar unos presupuestos para el próximo ejercicio 2014-2020 que no merme el programa.

“‘Erasmus para todos’ tendrá un coste inferior al 2 por ciento del presupuesto de la UE y, en las próximas semanas, ustedes  tendrán una oportunidad única en la vida de dar su aprobación al nuevo programa y a los recursos que precisa”, piden los firmantes.

La carta tiene el apoyo de personalidades de todos los Estados miembros, entre ellos cinco españoles: el directo Pedro Almodóvar, el escritor Javier Marías, el filósofo Fernando Savater, el presidente del FC Barcelona, Sandro Rossell, y el humorista Enrique Pérez Vergara ‘Flipy’.

También firman el texto, entre otros, el chipriota Christopher Pissarides que recibió el premio Nobel de economía en 2010 y el futbolista campeón del Mundo y de Europa con Francia Lilian Thuram.

La Unión Europea acordó un presupuesto de 480 millones de euros en 2012 para el programa Erasmus y Bruselas estima que necesitará otros 490 millones de euros para 2013, lo que supone un 0,35 por ciento del presupuesto total de la UE.

Europa Press, 8 de noviembre de 2012

Nueva reseña de ‘Mala índole’

Por unos motivos u otros, Javier Marías viene siendo noticia desde hace semanas. El suceso más controvertido, lógicamente, ha sido su negativa a aceptar el Premio Nacional de Literatura por su novela Los enamoramientos. Significativamente, antes había aceptado de buena gana el premio que los lectores de Babelia le habían concedido por considerar que esa misma novela había sido la mejor de las publicadas en 2011. El premio oficial en cambio lo ha rechazado alegando que hubiese sido una “sinvergonzonería” embolsarse los honores públicos y los 20.000 euros que conllevan dichos honores. Aunque aceptar un reconocimiento “privado” como el que supone la votación de los lectores de una publicación y rechazar otro “oficial”, siempre susceptible de manipulación política, parece en principio una postura bastante coherente, no han faltado quienes han considerado que lo sinvergüenza era ponerse digno y no aceptar el premio.

Otra de las razones por las que Javier Marías está siendo noticia, esta vez por razones estrictamente literarias, es la aparición de dos volúmenes de recopilaciones, en ambos casos publicados por Alfaguara. Uno de ellos es Vidas escritas, aquel estupendo libro publicado en los años noventa y en el que se hablaba con desenfado de las manías, fobias, aficiones y rarezas de gente como Conrad, Faulkner, Nabokov, Lampedusa y demás figuras literarias de primer orden, tratadas con evidente cariño pero también en una actitud claramente desmitificadora. Quien se lo perdió entonces tiene ahora una ocasión de rectificar su error.

Por último, aunque literariamente sea lo más ambicioso, está la recopilación casi completa de los cuentos que Javier Marías ha venido escribiendo a lo largo de sus 30 o 40 años de carrera. El volumen lleva por título Mala índole, un relato que el propio Marías considera “el más largo y acaso el más logrado” de sus piezas breves. El subtítulo es engañoso: Cuentos aceptados y aceptables. En principio, podría tratarse de una nueva categorización por géneros, ya que, en palabras del autor, los primeros son aquellos relatos “de los que aún no se avergüenza”, mientras que los segundos son “aquellos de los que sí me avergüenzo un poco, pero no demasiado”. Sin embargo, no hay que dejarse ofuscar por esta terminología algo engañosa, y creo innecesario resaltar ese guiño de complicidad que es el “aún” incluido en la apreciación de la primera categorización. Aceptados o aceptables, el autor los considera “las mejores piezas cortas de ficción” que ha escrito. El primer epígrafe incluye 23 relatos y el segundo otros 7 más. La mayor parte de ellos estaban incluidos en dos volúmenes titulados “Mientras ellas duermen” y “Cuando fui mortal”. Pero los hay, como el que da título al libro aunque también otros, que eran muy difíciles de encontrar.

Por descontado que los lectores asiduos se van a encontrar con viejos conocidos y situaciones que les resultarán muy próximas. Pero sobre todo van a poder disfrutar de la habilidad de Javier Marías para crear un universo de fantasmas, asesinos, obsesos, mujeres peligrosas, situaciones equívocas o encuentros imposibles siempre a partir de la más próxima y reconocible cotidianidad. El narrador desde luego, pero también gran parte de los personajes y las situaciones descritas empiezan siendo perfectamente normales: un tipo que va al hipódromo a pasar el rato, otro que mira la calle desde la ventana de un hotel, el que se sube a un ascensor como hacen tantos millones de personas todos los días. Lo que pasa es que, tras esa primera capa de normalidad cotidiana, hay un universo que bulle de contradicciones, anhelos, deseos inconfesables y desenlaces inesperados. Por ejemplo ese tipo que está en la playa con su mujer y que por no querer sufrir una mezcla tan insoportable como es la arena y las lentillas no ve nada de cuanto le rodea y está obligado a depender de las descripciones que le hace su mujer. Hasta que, intrigado por algo que ella le dice, y siguiendo su consejo, se vale de un sombrero de paja a través de cuyas rendijas verá por si mismo aquello que llama su atención y que por descontado acabará siendo inesperado, intrigante y hasta terrorífico. Porque incluso así, aunque la relación con el mundo sea mediante un vínculo tan extravagante y poco práctico como es un sombrero de paja (un oftalmólogo lo explicaría diciendo que al forzar la vista para ver a través de las rendijas de la paja el ojo miope recupera por un instante la visión normal) el mundo te alcanza igual y te ves tan implicado en la vida como quien se siente protagonista de la misma y pretende estar siempre en primera línea o cree ser quien maneja las riendas. Pero basta con que el ascensor se detenga sin motivo para que todo cambie, quizá de forma decisiva.

JAVIER FERNÁNDEZ DE CASTRO

El Boomeran(g), 6 de noviembre de 2012

Libros más vendidos

‘Mala índole’. Entrevista y reseña

Foto. Danilo de Marco

Javier Marías: “Muchos personajes de mis novelas se cuelan en mis relatos”

Hace una semana, Javier Marías tomó su abrigo y bajó de su departamento rumbo al Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde llegó caminando tras fumar un cigarrillo.

El escritor hispano estaba decidido. Daría una conferencia de prensa tras rechazar el Premio Nacional de Narrativa dado por su novela Los enamoramientos (2011), galardón entregado por el Ministerio de Cultura de España y dotado de 20 mil euros. Marías explicó: “Nunca recibiría un premio institucional”.

Hoy, el premio Rómulo Gallegos, Herralde y José Donoso dice a La Tercera desde Madrid: “El Estado no debe darme nada por efectuar mi tarea de escritor”, y da el tema por cerrado, aunque la historia podría ser un argumento para un relato.

A inicios de octubre, Marías ya había dado que hablar por la publicación de Mala índole (Alfaguara). Libro que reúne 30 cuentos salidos de sus dos únicos títulos de narraciones breves: Mientras ellas duermen (2000) y Cuando fui mortal (1996). “Es posible que no escriba más relatos”, dice a los 61 años, y cuenta que la mayoría de ellos fueron escritos por encargo para publicarse en la prensa. El volumen aún no tiene fecha de llegada a Chile.

Además, por esos agitados días se unía otra noticia. La editorial británica Penguin lo incluía en Modern Classics, la serie donde están publicados autores como Marcel Proust, James Joyce, Nabokov y Borges, entre otros clásicos.

El sello editó sus novelas Mañana en la batalla piensa en mí, El hombre sentimental, Corazón tan blanco (con prólogo de Jonathan Coe) y Todas las almas, con introducción de John Banville. El autor irlandés anota: “Es una obra, a la vez, afectuosa y vengativa, profunda, conmovedora, deliciosamente extraña y maravillosamente graciosa”.

Javier Marías dice de Coe y Banville: “Son dos autores que admiro, y ya me pareció un honor que se prestaran a escribir esos prólogos sin que yo los conociera de nada. Ambos textos me parecen muy inteligentes y perspicaces, y los agradezco mucho”.

Cortázar sin Rayuela

¿Qué lugar ocupa el cuento dentro de su producción?

Durante mucho tiempo estuve de acuerdo con lo que decía Isak Dinesen, una de las más grandes maestras del cuento: “Uno puede contar Alí Babá y los cuarenta ladrones, pero no Ana Karenina”. O dicho de otro modo: un cuento casi siempre aguanta la pérdida de las palabras con que fue escrito, y aun así puede volver a contarse; una novela no, necesita todas sus palabras para seguir siendo lo que es.

¿Hay historias de sus relatos que dialogan con sus novelas?

Sin ir más lejos, hay uno que “coincide” con un fragmento de mi novela Corazón tan blanco. Si ese fragmento se interrumpe y se le pone un final abierto, se convierte en el cuento ‘En el viaje de novios’. Otro, ‘Lo que dijo el mayordomo’, que está entre los que prefiero, tuvo su origen en un artículo de prensa, parte del cual es reproducido. Muchos personajes de mis novelas se cuelan en mis relatos.

¿Le interesa el cuento latinoamericano?

Borges es sus relatos sobre todo. Julio Cortázar era mucho mejor cuentista que novelista. Rayuela me pareció siempre un crucigrama sobrevalorado, mientras que algunas de sus historias son excelentes, como muchas de García Márquez. No es una tradición tan rica como la anglosajona, pero sí mucho más que la española.

¿Trabaja en una nueva novela?

Sí, en la medida en que en mis novelas las “ideas” están antes que la propia escritura del texto. He empezado lo que podría acabar siendo una nueva novela, pero aún no he llegado al punto en que sé que, buena o mala, va a existir en todo caso. Trabajo con muchas interrupciones, sobre todo por los viajes para acompañar la salida de Los enamoramientos en diferentes países. Es curioso, cada novela anterior tiene una estela tan larga que casi le impide a uno acometer la siguiente. Al fin y al cabo, todas mis últimas novelas han sido escritas con las mismas dificultades de concentración y de tiempo. Y llegaron a ser terminadas.

La Tercera, 1 de noviembre de 2012

UN LIBRO CADA SEMANA. Mala índole

Javier Marías fue noticia hace unos días por su rechazo al premio Nacional de Narrativa que el jurado le concedió por Los enamoramientos, su última novela. Lo curioso es que han coincidido casi exactamente en el tiempo el premio y su rechazo con la publicación, reedición más bien, de sus cuentos en un solo volumen y con algunos añadidos. Del rechazo al premio ya se ha hablado mucho. Solo puedo añadir que me parece plenamente coherente con lo que él llevaba años diciendo, de manera que hay que alabar la fidelidad a su palabra. No entiendo a quienes dicen que la suya es una actitud altiva. Creo que conocen poco a Marías. Y entiendo poco también a quienes dicen que no escribe bien. Por supuesto, comprendo que haya gente a quien no le gusta, pero su literatura está extraordinariamente trabajada y su lenguaje, forzando los límites de la ortodoxia, tiene un verdadero efecto hipnotizador sobre el lector. Algo que muy pocos consiguen.

Mala índole recoge, básicamente, cuentos procedentes de dos libros ya publicados con anterioridad: Cuando fui mortal y Mientras ellas duermen. A ellos, ha añadido un puñado más, entre los que destaca ‘Mala índole’, el más largo y que da título al volumen, que estaba desaparecido en el mercado editorial español. Por cierto, es una colección muy heterogénea en sus dimensiones (fruto de que, como dice el autor, muchos han sido escritos por encargo y eso introducía algún tipo de limitación), tanto que algunos son de una extraordinaria brevedad y otros parecen novelas cortas o lo que los franceses llaman nouvelles. Encontramos aquí argumentos, situaciones y desarrollos que son familiares a los lectores de Marías. Ese narrador reflexivo, las largas parrafadas de los personajes, las situaciones llevadas al límite con el afán de situar al narrador ante un dilema moral… Y aparecen también personajes que salieron o saldrían más tarde en sus novelas. Con seguridad no es el mejor, pero hay un texto de este libro que es mi favorito, ‘Un inmenso favor’, en el que, por un malentendido, o quizá no, un amigo del narrador sabe que éste tiene un problema con una tercera persona, y le presenta, así por las buenas, a un asesino a sueldo para que le resuelva la dificultad. Y el asesino es un tipo curioso que, pese a su oficio, trata de convencer a sus clientes de que deben buscar otra forma de resolver sus problemas.

CÉSAR COCA

El Correo.com, 6 de noviembre de 2012

Marías, elogio dello scrittore su commmissione
PAOLA DEL VECCHIO
Il Mattino, 4 novembre 2012

Javier Marías apoya a los trabajadores de EL PAÍS

Foto. Santi Burgos

Vargas Llosa y Javier Marías denuncian “censura” en ‘El País’ sobre el ERE

Una veintena de colaboradores y articulistas del periódico El País han hecho llegar al comité de redacción, que representa al conjunto de los periodistas, una carta en la que manifiestan su “inquietud y malestar por los casos de censura que ha denunciado” el citado comité profesional.

Entre los firmantes, de ideología dispar, figuran el premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa; colaboradores del diario que habían denunciado desde sus artículos el plan de despidos o alguna de sus justificaciones, como Maruja Torres y Elvira Lindo, y otros que hasta ahora habían guardado silencio como Javier Marías, Jorge Edwards, Manuel Rivas, Diego Galán, Rosa Montero, Fernando Savater o David Trueba.

La carta denuncia que la censura es “un paso más en el deterioro de los valores fundacionales de un diario crucial para las libertades y la democracia española”. Subraya también la “referencia básica” de “profesionalidad y calidad” que ha representado la redacción del diario en sus 35 años de existencia, así como el hecho de que en ese plazo “ha adquirido una experiencia imprescindible”. Los firmantes expresan “preocupación por los acontecimientos que está viviendo El País“, en referencia a la crisis abierta por la empresa y la dirección con su plan para despedir a un tercio de la plantilla, y hacen patente su “reconocimiento a la redacción”.

El texto íntegro de la carta es el siguiente:

“Estimados miembros del Comité de Redacción,

Os hacemos llegar esta carta que refleja nuestra preocupación por los acontecimientos que está viviendo El País y nuestro reconocimiento a la Redacción.

Nosotros, colaboradores del diario El País, queremos manifestar nuestra inquietud y malestar por los casos de censura que ha denunciado el comité profesional en los últimos días, vinculados al ERE que afectaría a un tercio de la plantilla.

Creemos que estos episodios suponen un paso más en el deterioro de los valores fundacionales de un diario crucial para las libertades y la democracia española, que hoy es más necesario que nunca ante la profunda crisis económica, política e institucional que viven España y Europa.

Pensamos que en esta tarea ha sido una referencia básica la profesionalidad y calidad de una Redacción que a lo largo de los 36 años de vida de El País ha adquirido una experiencia imprescindible y obtenido un merecido prestigio nacional e internacional.

Nos parece que este modelo de periodismo no debe verse amenazado y que es necesario agotar todas las fórmulas posibles para hacer frente a la difícil situación que vive El País?.

Julián Casanova; Jorge Edwards; Diego Galán; Antonio García Maldonado; Marcos Giralt Torrente; Jordi Gracia; Almudena Grandes; Elvira Lindo; Diego Manrique; Javier Marías; Rosa Montero; Reyes Mate; Josep Ramoneda; José María Ridao; Manuel Rivas; Maruja Torres; Fernando Savater; David Trueba; Mario Vargas Llosa; Ángel Viñas.

Posteriormente, a lo largo de la mañana llegaron las adhesiones de Antonio Muñoz Molina y Manuel Vicent a este escrito. Más tarde lo hicieron Vicente Verdú, Bernabé López, María Rosa de Madariaga y Fernando Reinares.

Ecoteuve.es, 5 de noviembre de 2012

Javier Marías gana el Premio de la Crítica de Madrid por ‘Los enamoramientos’

Javier Marías y Manuel Lacarta, ganadores de los Premios de la Crítica de Madrid de novela y poesía

Los escritores madrileños Javier Marías y Manuel Lacarta han resultado ganadores de los Premios de la Crítica de Madrid de novela y poesía respectivamente que otorga la Asociación de escritores y críticos madrileños, ha informado este domingo la organización en una nota de prensa.

Los enamoramientos, de Javier Marías es considerada “una obra maestra por la rigurosidad de su prosa, su modernidad, su sencillez y una elegante claridad que envuelve al lector en un apasionante contexto”, según Pablo Méndez. Esta obra tiene lo mejor de la prosa de Marías y toda la enorme originalidad de sus mejores argumentos.

Marías nació en Madrid en 1951 y desde la publicación de su primera novela, Los dominios del lobo, no ha dejado de construir una obra que ha ido ganando sin cesar lectores por todo el mundo. Avalado por un enorme prestigio internacional, es el escritor español más valorado fuera de las fronteras españolas y todo un referente en el que busca una literatura que mezcla de forma magistral modernidad y clasicismo.

Javier Pérez-Ayala ha señalado que Los enamoramientos será uno de los pocos libros que “resistan el paso del tiempo” y tiene todos los elementos para ser “un clásico en el futuro”.

Otoño en el jardín de Pancho Villa recoge toda la producción poética de Manuel Lacarta y dos obras inéditas. Por tanto, la concesión del Premio de la Critica de Madrid viene a respaldar a un poeta que desde sus primeros libros, pasando por su celebrado 34 posiciones para amar a Bambi ha demostrado su elegancia y su certera lucidez en el tratamiento del mundo urbano y su influencia en el hombre.

Para el presidente de la Asociación madrileña de escritores y críticos literarios, José Elgarresta, Manuel Lacarta y Javier Marías son “dos escritores únicos, indispensables en el panorama actual”.

Europa Press, 4 de noviembre de 2012

LA ZONA FANTASMA. 4 de noviembre de 2012. Racionalizar a las autoridades

Se mire como se mire, y se ponga como se ponga la iz­quierda nominal o supuesta, 2.200 manifestaciones en Madrid, entre enero y septiembre de 2012, es un abuso y un sinsentido, y no hay ciudad que resista eso. La media es de ocho diarias, y como además casi todas hacen monótonamente el mismo recorrido (de la Cibeles a Sol, con frecuentes invasiones de la calle Mayor, la Gran Vía, Alcalá y Colón), que afecta al centro más céntrico y a varias arterias de la capital, aquí no sólo no hay quien pueda despla­zarse con un mínimo de normalidad, sino que tampoco es posible que trabajen los pocos que aún tienen trabajo y que, muy a su pesar, con él sostienen a los parados, a los pensionistas, los escasos hospitales y colegios públicos que nos van quedando tras el devastador y prolongado paso de Esperanza Atila, buena parte de Hacienda y de los sueldos de los infinitos diputados gubernamentales y autonómicos, así como de la Alcalde­sa y sus concejales. Entre la cada vez más demencial burocracia a que nos vemos sometidos para cualquier cosa, y el permanente atasco y estruendo de las calles, se diría que el interés de nuestros res­ponsables -y de una considerable porción de la ciudadanía- es que la gente pierda todo su tiem­po en papeleos y gestiones imbéciles, en tratar de transitar sin éxito y en verse incapacitada para concentrarse en su tarea. Es decir, en conseguir que nadie sea eficaz ni “cree riqueza” . Ya me contarán esos responsables qué dinero van a ingresar en ciudad tan improductiva a la fuerza.

El derecho de manifestación es desde luego irrenunciable, y estuvo suprimido durante el franquismo, salvo, claro, cuan­do era el propio Franco el que organizaba los cortes de tráfico y las avalanchas de forasteros sobornados o amenazados para que se presentaran en Madrid a bordo de centenares de auto­buses, a fin de vitorearlo a él en la Plaza de Oriente o donde se le antojara. Cualquier “modulación” o “racionalización” de ese derecho, por emplear los términos elegidos por políticos del PP, se topará, por tanto, con una reacción airada y -en oca­siones- levemente histérica. Lo deseable y cívico habría sido que algunos de los que han montado esas 2.200 manifestacio­nes (y las que nos quedan, morena) se lo hubieran pensado un poco Y tal vez -tal vez- hubieran juzgado que no compensaba exhibir su protesta a cambio de fastidiar al grueso de la pobla­ción: por muy multitudinarias que sean (y a menudo las inte­gran cuatro gatos), los que participan en ellas serán siempre menos que los que no, y a éstos se les hace la vida imposible.

Ahora bien, las autoridades “moduladoras” o “racionali­zadoras” deberían callarse hasta predicar con el ejemplo, porque el Ayuntamiento y otras instituciones son los prime­ros culpables del agobio y el caos que reinan a diario. Antes de “modular” a nadie, tendrían que “modularse” ellas mis­mas, y dejar de invadir calles y plazas como si les pertenecieran. Habrían de sacar del centro las numerosas procesiones y misas callejeras de la Iglesia Católica, los incontables “días de la bici” y maratones populares, las carreras de ovejas, las carrozas gay, los desfiles militares, las charangas isidriles y navideñas y almudenosas, las alfombras floreadas del Cor­pus, los carruajes de los embajadores que van a presentar credenciales, las recepciones de dignatarios en la calle Mayor o en la Cibeles, por mencionar unos cuantos” eventos” que interrumpen y obstaculizan la existencia de las personas nor­males que, por ejemplo, se ven impedidas de trasladarse a la estación o al aeropuerto, sobre todo si es domingo. Lejos de eso, se añaden más “eventos” incomprensibles: el último, el “Perrotón” (sí, a alguien se le ha ocurrido ese término y ha quedado impune), consistente en cortar una vez más el centro para que los dueños de perros corran por allí con ellos, todos juntos, con premio a “la pareja perro-amo más feliz” (sic). Teniendo al lado el Retiro, esas felices parejas han exi­gido trotar por donde hay transeúntes y coches. Imagino que pronto vendrán el” Gatotón”, el” Cerdotón” y el “Periquito­tón”, para no caer en discriminaciones.

Pero no son sólo las calzadas. Por las aceras no hay quien pase. Obras inútiles y andamios sigue habiéndolos como si para ellos no existiera la crisis. Se crean carriles-bici para atro­pellar a los peatones, las incontables motos aparcadas nos privan de un tercio del espacio, y el Tribunal Superior de Jus­ticia local acaba de dar permiso a las proliferantes terrazas para que ocupen la mitad (!) en muchas calles. Esas terrazas se han multiplicado sin ton ni son desde la última ley antitabaco, y el ruido y el griterío se han centuplicado, como ya advertí aquí cuando entraba en vigor dicha ley: lo que ganaran los pulmones de algunos no fumadores, lo perderían con cre­ces los oídos, el descanso y el sueño de todos. Contenedores, pivotes, chirimbolos, puestos de pon y pon, escenarios musi­cales gigantes, criminales “bancos” de granito, mesas y sillas sin control por todas partes, caminar por Madrid es regatear, tropezarse y hacerse cisco las rodillas, sortear toda clase de obstáculos colocados o consentidos por las autoridades. Que la delegada del Gobierno empiece por racionalizarlas a ellas y sus abigarramientos, y acaso entonces al­guna gente se lo piense dos veces antes de organizar la manifestación número 3.000 antes de que acabe el año.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 4 de noviembre de 2012

Reseñas de ‘Mala índole’ y ‘Vidas escritas’

Mala índole entre los libros más vendidos

Mala índole

No es fácil determinar en qué libro dio Javier Marías (Madrid, 1951) con ese tono que se mueve a sus anchas en su escritos, y al que nos rendimos quienes encontramos que su prosa conforma un lugar de encuentro ineludible en la narrativa española contemporánea. Mucho menos fácil es explicar en qué se sustenta ese aliento que le ha convertido en un escritor de culto (los de voz propia, según Herralde; voz que sorprende, exige y excita al lector), capaz de figuraciones que (en palabras de uno de sus personajes) pertenecen también a la vida y contribuyen a ensancharla y a complicarla, y a hacerla más turbia y a la vez más aceptable, aunque no más explicable (o sí, de muy tarde en tarde). Por eso, no es difícil dar simple noticia de un libro que reúne todos sus relatos y pone a disposición de cualquier lector una muestra única, de historias que suceden en su universo, sin poner el énfasis en la idea de que no hay mejor manera de justificar lo dicho que entrando en materia.

Mala índole es el título que el autor ha querido para su compilación: un total de 30 relatos que dan cumplido detalle de un haber cuentístico acumulado en décadas de ejercicio narrativo, con la novela ocupando el primer lugar de su escritura, pero sin dejar, por ello, el cuento. De no ser así no tendríamos los doce relatos aquí incluidos deCuando fui mortal, ¡insuperables!,o los catorce de Mientras ellas duermen; ni cuatro más, que circulaban perdidos y eran, por ello, inencontrables. Aquí figuran como lo ha dispuesto Marías: “cuentos aceptados”, (aquellos de los que aún no se “avergüenza”), “cuentos aceptables”, (aquellos de los que “se avergüenza un poco) e “inaceptables” (los anteriores a 1968, “prehistóricos”, dice).

Mala índole es uno de ellos, el más largo y logrado -según su autor-, sólo distribuido en otras lenguas; el que, según él, justifica esta recopilación; lo que secundamos con un carácter menos restrictivo, pues donde él dice que la ocasión permite únicamente “recuperar”, añadimos nosotros que brinda la oportunidad de volver a disfrutar, a unos, y degustar por primera vez, a otros. Aunque no es vana su defensa de que el relato que sirve de título busca significar el conjunto, desde el sarcasmo de la dedicatoria (“Para quien ríe a mi oído”) al estilo demoledor, pues solo las artes de un maestro logran con elementos que consiguen de la mayor incongruencia el grado de realidad: un rodaje en Acapulco, el azar, un perseguidor, un perseguido, la urgencia del odio, la negación de la tregua y de la astucia y de la estratagema… ¡Una perla!

A otras presencias estamos habituados: voyeurs, fantasmas, médicos nocturnos y males que vuelven, amores y seres impalpables corroborando la tesis de que ellos, los fantasmas, viven presos en la maldición del recuerdo total y completo, sin pasado y sin tiempo; nosotros, los mortales, mantenidos por la espera, por el verbo “suceder”, presos del pasado, el presente y también el futuro. A sus maestros, Henry James, Chejov, Maupassant; a sus miedos y sus paradojas. A una arquitectura compleja y un estilo en consonancia: concreto y excesivo, ácido y conmovedor, trascendente y trivial; para el que algunos necesitan paciencia y devoción y esmero, y otros tranquilidad y contento, y otros simple afán de merodeo para perderse en lo sucedido en sus libros. Mentiras tan bien urdidas, tan espléndidamente narradas, que el mayor desatino, el exceso, se torna contención. Huelga decir más.

Léanlo. Porque si bien es cierto que muchos practican este arte de la fabulación y la improvisación, son pocos los facultados. Y no es menos cierto, como cuenta Marías que enseñó Borges mejor que nadie: las mismas páginas, leídas y releídas, pueden, como es el caso, no ser las mismas.

PILAR CASTRO

El Cultural, 2 de noviembre de 2012

Vidas escritas

El revuelo originado estos días por la renuncia de Javier Marías al Premio Nacional de Narrativa por su novela Los enamoramientos pone de relieve tanto la cizaña de algunos tiñosos como una extraña coherencia del autor. Su postura es pública desde hace suficiente tiempo en entrevistas y algún conocido artículo, donde se ponía la venda antes de que algunos le cortaran el revesino, parafraseando a Cervantes. En pasado remoto, sin embargo, aceptó el Rómulo Gallegos, premio aún hispano, institucional. La argumentación no resulta del todo convincente: las instituciones representan a los pueblos y, por otro lado, la ausencia de premios para ciertos escritores de su misma cuerda no invalida la validez, en algunos casos, del premio. Hablar de premios es hablar de la lluvia y ya sabemos lo que opinan los campesinos del tema. Sea como fuere, uno puede defenderse de las críticas; contra el elogio se está indefenso, afirmaba Freud.

Y, recientemente, Marías ha sido incluido en la prestigiosa colección de Clásicos Modernos de la editorial Penguin, una selecta nómina donde hay pocos escritores de lengua española: Lorca, Borges, Neruda, García Márquez y Octavio Paz. Además es el escritor español de mayor proyección internacional. En el extranjero se lee con auténtico entusiasmo sus novelas. Su última novela, Los enamoramientos, demuestra la continua ambición literaria del autor, señal inequívoca de escritura exigente durante más de 40 años. Un juicio sosegado no puede soslayar su valía. Cuando ciertas críticas caen del lado estilístico o sobre los usos lingüísticos de Marías, con frecuencia señalan más la inepcia lectora del crítico que posibles yerros del escritor. Después a los gustos, la paleta del pintor. Pero ese es otro cantar.

Estos días en que el autor está en el candelero, con nueva obra, el alboroto del Premio Nacional y su inclusión en Penguin, pudiera pasar por alto la reedición ampliada de Vidas escritas, selección de biografías de escritores redactadas como breves relatos por Marías. Obviemos la voracidad de la maquinaria editorial y su interesada reedición. Aquí topamos con las delicadas esperas de Rainer Maria Rilke en pos de la inspiración, angelical o no, el tortuoso final de la relación entre Conan Doyle y su famoso personaje Sherlock Holmes, la idea precisa de literatura que tuvo el exiliado Nabokov, el régimen sibarita a base de champagne y ostras de Isak Dinesen o la temida personalidad del taciturno James Joyce, por mencionar algunas curiosidades del libro.

A la postre, cada una de estas biografías cae sin empacho en lo “exagerado y maniático como todos los escritores”, como Lampedusa, que hablaba a cada uno de sus perros en una lengua distinta. No es condición indispensable ser maniático para ser buen escritor, que Marías ponga el acento en esta interpretación clásica y con asiento en la tradición literaria, es intencional, una clave de lectura y una forma de entender la literatura y, si nos ponemos, la vida. No en vano, el autor madrileño confiesa en el prólogo tratar a esos literatos conocidos por todos “como a personajes de ficción”. En efecto, se prescinde de la clásica y molesta hagiografía, patrón de corte de este tipo de libros. La mirada de Marías favorece al libro que sirve de auténtico recreo para la curiosidad del lector interesado en menudear la vida de sus escritores predilectos. El texto reafirmará a aquellos que señalan el exceso de influencia anglófona de Javier Marías, la mayoría yerra en este caso. La misma presencia tiene en su literatura la lectura bien aprendida de nuestros mejores clásicos, Cervantes a la cabeza, y, en cierta forma, en ese vestir y desvestir a la musa de la tradición va el juego literario de nuestro académico escritor. Vidas escritas, vidas leídas, en el espejo literario de encarar la realidad andamos.

FRANCISCO ESTÉVEZ

El Imparcial, 28 de octubre de 2012

Los cuentos pendientes de Marías

Javier Marías no es un escritor pródigo en su producción. Sin duda la creación literaria, al menos la que distingue a Marías, necesita largos procesos de gestación y maduración. Marías publicó su última gran novela el año pasado, por ello sorprende que apenas un año después lleguen al mercado literario dos nuevos libros suyos, y de golpe. Ambos editados por Alfaguara. Sorprende menos si al acercar nuestro interés vemos que se trata de un libro de relatos compilados, por tanto ya editados anteriormente y de un libro menor, sin duda, titulado Vidas escritas que es una suerte de acercamiento de Marías a curiosidades y perfiles biográficos de una lista de escritores que han conformado su educación literaria.

Mala índole es el título que da nombre al repertorio de cuentos que Javier Marías nos obsequia y también el título de uno de ellos, el más travieso quizás en su redacción, el que contiene mayores dosis de aventura y un aire folletinesco de alto nivel.

Mala índole contiene treinta relatos, escritos a lo largo de casi 30 años. De ellos, 23 son cuentos «aceptados», según los califica el propio Marías y otros 7 «aceptables». Unos y otros suponen una puerta abierta al rico universo literario de Marías, un adentrarse en todos los engranajes mentales que ha ido encajando en su escenario narrativo y que aquí se exponen en esta treintena de cuentos entre los que hay algunos que están «entre lo mejor que he escrito», ha dicho el propio autor. Especialmente los titulados “Mientras ellas duermen” o “Cuando fui mortal” podrían configurar ese exquisito club de cuentos imborrables.

Completan el repertorio otros cuatro cuentos que habían aparecido en periódicos, por encargo, pero nunca editados en libro, como es el caso de “Mala índole” que se publicó en varias entregas, y que despliega toda una divertida historia sobre las hilarantes andanzas de Ruibérriz de Torres, uno de los personajes típicos de Javier Marías, que hace aparecer de manera más o menos fugaz en diversos relatos, pero que aquí protagoniza toda una comedia de enredos durante el rodaje en México de una película con Elvis Presley.

Con una capacidad genuina para cautivar y activar la imaginación de los lectores, con ese estilo mundano, elegante y enormemente seductor por su desenvoltura, Javier Marías pone al servicio del lector unos cuentos realmente atrayentes, con una madre convertida en actriz porno por necesidad, un asesinato con raíces homosexuales, un asesino a sueldo que prefiere no serlo. Hay mucho de sorna y humor negro mezclados con la ironía británica, un cóctel que Marías agita a la perfección para ofrece una obra de sabrosas genialidades.

A la par que Mala índole, Alfaguara nos trae Vidas escritas, que con ese estilo desenvuelto de Marías nos acerca aspectos menos conocidos y en muchos casos jocosos o vulgares de la vida de veinte genios de la literatura, todos ellos emparentados con Marías en cuanto que conforman y alimentan su equipaje literario. Son sus padres intelectuales. Aún así, Marías nos divierte con historias como la enorme irritabilidad de Joseph Conrad; o como James Joyce no probaba nunca el vino blanco pues una oftalmóloga le dijo en una ocasión que era muy perjudicial para la vista, que en su caso ya era escasa; nos descubre como Ivan Turgeniev le prestó dinero a Tolstoi y Dostoievski que lo habían perdido todo en el juego; y si Conrad era irritable Rudyard Kipling era un tipo huraño, que apenas tuvo amigos en su vida y sin embargo gozaba de una popularidad propia de un artistas de cine actual; o este último caso: Nabokov, que nunca tuvo casa propia tras su exilio y que tenía en las mariposas su gran pasión, fue un consumado portero de fútbol, primero en su Rusia natal y luego en Cambridge.

JAVIER GARCÍA RECIO

La Opinión de Málaga, 20 de octubre de 2012

Sobre la decisión de Javier Marías (2)

Foto. Beatriz Velardiez

La noticia en The Telegraph

RIMA INTERNA

Javier Marías: La independencia se elige

Me cuesta mucho pensar que exista un país más solidario que España; nos encanta ponernos en el lugar del otro. De una forma, eso sí, bastante peculiar. No nos ponemos en su lugar para intentar entenderle, no indagamos en sus motivaciones y en sus circunstancias para después, una vez comprendida la situación, hacer un comentario de provecho o dar un consejo que pueda estar más o menos acertado.

Lo que nos va es dar un empujón al otro, ponernos entonces en su lugar, y decidir por él en función no de su circunstancia, sino de la nuestra, para luego ya ponerlo a caldo, que es lo que de verdad nos gusta. Si a eso añadimos que vivimos en un país eminentemente futbolístico (en el que apenas hay un par de opciones para casi todo, y el matiz resulta invisible; da igual lo que uno razone, que siempre acabarán poniéndole del lado del Real Tal o del Fútbol Club Cual), el resultado es que nuestras polémicas periodísticas son a menudo banales, chuscas y, eso sí, bastante dicharacheras.

Viene todo esto, claro, al caso de la renuncia de Javier Marías al premio nacional de narrativa. Las razones de Marías para renunciar a dicho premio son incontestables. Cree que los escritores deben ser ajenos a los favores del poder, que son escritores porque quieren y que por eso no deben esperar merecer premio alguno. Cree, en definitiva, en la independencia del intelectual. Y claro, eso, en el país de las subvenciones, del amiguismo y del invítame a lo tuyo que yo te llevo a lo mío, cae mal. Ha evitado la demagogia y ha agradecido su gesto a los miembros del jurado, que no tienen por qué pensar lo mismo que él. Nos ha dado una lección.

Claro que lo hace porque puede, dicen algunos, porque no necesita el dinero, jugando a otro de los pasatiempos españoles favoritos: si alguien hace algo decente, por algo será, por algo oscuro, seguramente. Pero este tipo de comentarios pertenecen al mismo género de los de la especie “Seguro que si le dieran el Nobel lo aceptaba” y entran de lleno en otra de nuestras grandes aficiones: psicoanalizar al vecino. Eso no lo sabemos, y además, no debería importarnos. En cualquier caso, sus aclaraciones sobre el Cervantes me parecen bastante elocuentes y el distingo que hace entre premios españoles y extranjeros, pertinente y necesario. Incluso sus razones sentimentales son de peso: que Julián Marías (a quien hice una de sus últimas entrevistas) nunca lo tuviera dice bien poco en favor de estos premios. Pero incluso eso lo citó como argumento secundario y cuidándose mucho de caer en lo demagógico. Para mí, Marías estuvo de chapeau. La independencia suele darse por hecha en un intelectual, pero ni mucho menos. Hay que optar por ella cuando se tiene ocasión, y Marías lo ha hecho.

He leído a algún escritor que dice que lo bueno de los premios nacionales es que son ajenos a los intereses editoriales. Bueno, digamos que tal cosa habría que demostrarla y, en cualquier caso, son unos premios paternalistas, manejados se quiera o no por el ministerio de turno, e innecesarios. Que tales dineros de nuestros impuestos vayan a parar a alguien que ha hecho un trabajo por el que ya ha cobrado me parece escandaloso.Que vayan a bibliotecas, por ejemplo, sí, pero eso es el ministerio quien tiene que hacerlo. También hemos oído decir que Marías debería haber aceptado el dinero para donarlo a quien le pareciera. Menuda soplapollez, con perdón: ¿entonces el Premio Nacional equivaldría a ser ministro durante diez minutos y poder decidir el destino de una partida? Es absurdo.

En el trasfondo de todo esto, de la existencia de los premios y de su defensa de unas maneras u otras, está la cultura de la subvención de la que vive buena parte de la mal llamada “industria cultural” española. En vez de sostener una cantidad de editoriales absurda en comparación con el número de lectores, de subvencionar películas mediocres y collages más o menos embadurnados, lo que este país debería hacer de una vez es una apuesta seria por la educación, por conseguir que las próximas generaciones puedan tener una experiencia de la cultura sana, formada y compartida, con el gusto educado en la diversidad y no en el inevitable autodidactismo al que nos hemos visto abocados todos los que hemos nacido en esta variada, pequeña, esposada España.

MARTÍN LÓPEZ-VEGA

El Cultural.es, 29 de octubre de 2012

Comentario:

Javier Marías , 04/11/2012

Querido Martín López-Vega: Aunque ni siquiera uso ordenador, una amiga me hace llegar su amable escrito. Uno no toma sus decisiones calculando el efecto que harán, y por tanto encaja con deportividad -y, en general, silencio- todas las opiniones. Pero no quería dejar de agradecerle la suya, tan razonada y benévola.

Un saludo cordial, Javier Marías

Premio bien concedido

Aquel refrán cenizo que asegura que nadie es profeta en su tierra se cumplió para Javier Marías durante casi 40 años. Eso repiten algunos de sus valedores extranjeros, quejosos de que la cicatería española le haya negado un reconocimiento que, sin embargo, recibe extramuros en grandes dosis: el último en forma de Premio Austriaco de Literatura Europea en el 2011, aunque el auténtico premio gordo haya sido su ingreso en los Penguin Modern Classics. Ahora ya no es verdad. El más rotundo desmentido del pretendido desafecto lo vienen dando los índices de ventas, asombrosamente altos para una literatura como la suya, tan exigente como remunerativa con el lector. A la recompensa (la que importa) que suponen sus miles de lectores, se añadió ayer el Premio Nacional a Los enamoramientos, tras el que podría vislumbrarse algo así como un homenaje al escritor. Que Marías,en plena coherencia con su actitud hecha pública muchas veces, lo haya rechazado es harina de otro costal.

La aceptación o rechazo de un premio es un derecho, pero la concesión, si se realiza fundada en el mérito literario -como, a mi juicio, ha sido el caso-, es una forma de constatación formal del talento, de modo que admitir o rehusar esa distinción no desbarata las razones en que se basó el fallo del jurado. Puede opinarse sobre el grado de acierto de Marías, pero sería necio contaminar de duda la altura estética de su obra. Su ejecutoria lo avala no ya para un Premio Nacional, sino para el Premio Cervantes. El Nacional, que se concede a un libro, ha perdido demasiadas ocasiones de dar en el blanco destacando una de sus excelentes novelas (deja estupefacto que Tu rostro mañana. Baile y sueño cayera en el 2004 ante Juan Manuel de Prada…). Aun así, la negativa del escritor no se justifica en el rango del premio sino en el carácter institucional del mismo y ahí es de respetar la lealtad de Marías a sus principios. Aun así, creo que haría bien en reconsiderar de cara al futuro lo inquebrantable de esa actitud, porque los tiempos en que su obra era subestimada o él mismo tuvo que soportar, rebasados los 50 años, el remoquete de «joven Marías», ya pasaron y estoy convencido de que la inmensa cantidad de sus lectores, aquí y en el resto del mundo, se sentirían complacidos con la aceptación de un premio -y no me refiero al Nacional- que reconociera la construcción de uno de los universos literarios más cautivadores de la literatura europea del último medio siglo.

Se trata de un universo dramático y cómico en cuyo centro gira la desconcertante conciencia humana, con sus extraños distritos en sombra donde se alojan los miedos y los deseos, las normas que rigen el comportamiento y las que este vulnera, las pulsiones más primarias y las barreras de la voluntad o la civilidad. Es el suyo un universo urdido con frases largas, llenas de sinuosidades y de conexiones inesperadas.

ALEGRÍA NO EMPAÑADA

Su escritura, contando y reflexionando a la par, ha configurado un estilo que es a la vez una música verbal y una herramienta para escudriñar en nuestra experiencia moral. Quienes creemos que la justicia es hermosa ayer tuvimos una alegría. Y el rechazo del premio no la empañó.

DOMINGO RÓDENAS

El Periódico, 26 de octubre de 2012

DRAGOLANDIA: Con flores a Marías (2)

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