Arte del detalle

Tengo por cierto que Javier Marías es uno de los grandes escritores de cuentos de las últimas décadas, y sin embargo esta faceta de su literatura ha permanecido semioculta, quizá por la in­tensa sombra que proyectan sus novelas. A los que creemos en la buena salud del cuento español actual, el que escriben los nuevos nombres, tendría que sorprendernos lo poco que aparece Marías entre las preferencias de los jóvenes cultivado­res del relato. Así las cosas, ahora se pre­senta una excelente oportunidad para re­correr el conjunto de su obra y poder descubrirla.

Se recoge en este libro [Mala índole] su obra completa en el género, los denominados cuentos aceptados y los aceptables, que reúne dos volúmenes de relatos: Mien­tras ellas duermen (1990, ampliado en 2000) y Cuando fui mortal (1996), más cuatro piezas sueltas. Ninguno fue conce­bido como libro unitario, sino recopila­torio, pero en ambos hallamos cuentos memorables: ‘La canción de Lord Ren­dall’, ‘Mientras ellas duermen’, ‘Lo que dijo el mayordomo’, ‘Cuando fui mortal’ y ‘No más amores’, a los que habría que añadir Mala índole (1998). Son temas habituales el deseo de descifrar un enigma o de alcanzar la verdad; el paso del tiempo y sus efectos, junto con la venganza o el amor como pasión que nos aboca a la muerte.

Asimismo, tres características de diver­sa entidad los singularizan: muchos de estos relatos, publicados primero en dia­rios y revistas, son el resultado de un en­cargo; varios han sido retocados en diver­sas reimpresiones; y en ellos es común el trasvase de géneros, del artículo al cuen­to y del relato a la novela, o la adapta­ción, como la sufrida por ‘Serán nostal­gias’ respecto a ‘No más amores’, prueba de que el mismo relato puede contarse varias veces con distintas palabras.

De las cuatro piezas nuevas en el volu­men, destacaría ‘Mala índole’; en castizo: malas pulgas, mala baba o mala leche. En ella se nos cuenta un episodio de la existencia de Ruibérriz de Torres, quien en 24 horas pasa de trabajar como profesor de dicción e intérprete de español de Elvis Presley, en el rodaje de una anodina película de Hollywood, a ser abandona­do por el cantante y su partida en un garito cutre del DF, entre matones, a ries­go de ser asesinado. Aun así, acaba con­virtiéndose en verdugo. Sorprende que estos peligrosos avatares ocurran sin ra­zón alguna, envuelto el narrador en un absurdo embrollo de machotes vanidosos. Se trata, por tanto, de un cuento sobre la servidumbre de la fama, la mane­ra caprichosa en que gira la débil rueda del mundo y acerca de lo gratuita que parece haberse vuelto la existencia, des­de el momento en que casi todos nues­tros actos se han vaciado de sentido.

Para Marías escribir es siempre un camino para averiguar algo, un modo de conocer los resortes que activan la conducta humana. De forma semejan­te a como ocurre en sus novelas, en la narrativa breve convive la especula­ción y la trama, el discurso y la historia. Los mismos personajes reaparecen en otros re­latos, o en sus novelas, en un viaje de ida y vuelta. Pe­ro, sobre todo, lla­man la atención los diversos narra­dores, a menudo observadores de he­chos sorprenden­tes que nos rela­tan lo que les dije­ron, hasta el pun­to de que varias historias podrían haberse titulado, a la manera del cuento sobre el mayordomo: ‘Lo que dijo el escol­ta; el fantasma, el actor porno…’; o que han vivido al­go que solo logran comprender tiem­po después, más allá de lo espera­do o previsto.

En el caso de que existiera un re­lato tipo de Javier Marías, el narra­dor sería siempre alguien ansioso por transmitir la peripecia que ha oído, a veces por puro azar, o que le han contado previamente. En ellos predomi­na, por tanto, la historia, que transcurre entre lo acaecido y lo posible. El estilo no resulta menos errabundo que en sus novelas, ni tampoco faltan los retratos precisos de personajes, los llamados mi­ramientos. Los comienzos y finales tien­den a ser singulares, y a veces se conec­tan, aunque en los relatos de misterio el enigma solo se desvela a medias, o se duplica en el desenlace. En suma, po­dría decirse que sus cuentos son hijos de sus novelas, tal como comentaba Cortázar de los de Henry James.

Lo indudable es que su interés por el género, ya sea en calidad de prolo­guista, mero lector, traductor o articu­lista, ha sido constante. No en vano, se ha ocupado de la narrativa breve de Thomas Hardy, Isak Dinesen (su prefe­rida), Nabokov o Salinger, mostrando siempre devoción por los cuentos de terror o de fantasmas, y en la actuali­dad por las piezas de Alice Munro. A pesar de que su cuento más reciente date de 2005 y en el prólogo comente que quizá no vuelva más al género, a quienes hemos disfrutado con sus rela­tos nos queda esperar que incumpla su palabra.

FERNANDO VALLS

El País, Babelia, 20 de octubre de 2012

En el bosque de libros