Los frenos a la pasión en la obra de Marías

En 1995 la IX edición del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos fue concedido al libro Mañana en la batalla piensa en mí, del aún joven escritor español Javier Marías. Irrumpía así una literatura, un modo de escribir y de comprender el mundo, que poco tiempo después se haría adicción y un acto de fe en nuestro medio literario. Entraba Marías por la puerta grande de la literatura en nuestro país (y en el mundo hispano), y de inmediato se anclaría en una estética de la palabra que buscaba desnudar el ser humano en sus más recónditos intersticios, y devolvérnoslo así a la medida de nuestros propios sueños y desventuras.

Recuerdo que para aquél entonces la crítica local resaltaba el párrafo con el que abriría el novelista ese portento hecho libro: “Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con una muerta entre los brazos y que ya no verá más su rostro cuyo nombre recuerda. Nadie piensa nunca que nadie vaya a morir en el momento más inadecuado a pesar de que eso sucede todo el tiempo, y creemos que nadie que no esté previsto habrá de morir junto a nosotros”. Estas palabras, supuestamente ininteligibles y enigmáticas para quienes no estábamos todavía familiarizados con su propuesta literaria, resultaban desconcertantes, tremebundas; si se quiere: desoladoras, sobre todo a la hora de traducir en nuestra propia experiencia lo que este hombre de ojos inteligentes y rostro infantil pretendía contarnos.

En la medida que fuimos “descubriendo” al autor, de la mano de su obra premiada en Venezuela (prácticamente el único referente de peso para muchos lectores; incluso para quien esto escribe), nos fuimos percatando con entusiasmo de una larga carrera literaria llena de éxitos. Ganaba Marías el Rómulo Gallegos y traía sobre sus hombros el Premio Herralde de Novela 1986 por su libro El hombre sentimental, el Premio Ciudad de Barcelona 1989 por su novela Todas las almas, y el Premio de la Crítica1993 por el libro Corazón tan blanco. Fue sin embargo 1995 para nosotros el punto de inflexión necesario para un acercamiento cauteloso -no exento de asombro- frente a la obra de Marías, que traería en lo sucesivo encuentros y desencuentros, alegrías y desencantos (más de lo primero, sin duda), pero sobre todo la espera “ansiosa” de sus nuevos libros, cuestión que se mantendría con firmeza hasta el presente.

Tu rostro mañana

En el 2007 cierra Marías su trilogía titulada Tu rostro mañana, constituida por: 1. Fiebre y lanza, 2. Baile y sueño y 3. Veneno y sombra y adiós. A decir de los estudios de la obra del novelista español, esta tríada representa su obra maestra, al hallarse densamente estructurada, escrita desde un criterio ambicioso y totalizador, a la usanza de los grandes clásicos universales. Logra el autor en este conjunto entretejer con mano experta, realidad y ficción, en el que el elemento autobiográfico toma partido, para así configurar un inmenso tapiz de posibilidades estéticas, que alcanza elevadas cimas de realización artística. No se leen con facilidad estos tres libros, ni fueron escritos para el gran público: apostó Marías nuevamente, como al comienzo de su carrera, por textos de una complejidad extrema, escritos para un público cautivo, si se quiere ya conocedor de su obra, que pudo moverse en medio de estas ingentes páginas en virtud de (y gracias a) las claves presentes y halladas en sus anteriores textos.

Los enamoramientos

En el 2011 sale al mercado editorial Los enamoramientos: la más reciente novela de Javier Marías. Con prosa (en apariencia) sencilla y lineal, vuelve de nuevo el autor con las frases enigmáticas de entrada, que de inmediato nos sumergen en un mundo de cavilaciones y empujan a la lectura (y a develar el misterio). Leemos: “La última vez que vi a Miguel Desvern o Deverne fue también la última vez que lo vio su mujer, Luisa, lo cual no dejó de ser extraño y quizá injusto, ya que ella era eso, su mujer, y yo era en cambio una desconocida y jamás había cruzado con él una palabra”. Quienes seguimos con interés su obra, de inmediato advertimos que estábamos en presencia del Marías de sus mejores textos, y no podíamos abstraernos a la tentación del cotejo con obras como la ya citada Mañana en la batalla piensa en mí. Amor, deseo, pasión, celos, intriga, crimen, seducción e impostura se mueven a sus anchas en estas páginas, que constituyen de por sí un submundo en el que “el enamoramiento” se erige en pieza clave para develar los acontecimientos narrados.

Una muerte en apariencia fortuita, de la mano -quizás- de un destino cruel y azaroso, de pronto se erige en una maraña de sucesos que nos van conduciendo a puntos extremos, en los que el deseo por poseer a la persona amada es razón suficiente para tramar las más oscuras patrañas y las más perversas situaciones, lo cual nos lleva de entrada a pensar que se trata del producto de la “normal” violencia callejera, apoderada con impunidad de nuestras vidas.

El vil asesinato del empresario Miguel Desvern en manos de un indigente, quien lo culpa (por “confusión y sin causa”) de sus desgracias, cuando se topa con él en la calle, y que en venganza lo cose a cuchilladas, echa a andar una trama urdida desde el desvarío sentimental, desde lo más abyecto del alma humana, que ha sido en parte el alimento de lo mejor de la literatura de todos los tiempos. La historia es contada desde lo colateral por María Dolz (o la Joven Prudente, como la llaman Miguel y su esposa Luisa), quien siempre se hallaba en el restaurante en el que los esposos solían desayunar. La periodicidad de tales encuentros trae consigo una fijación por parte de María, hasta el punto de llegar a involucrarse en la vida de Luisa (ya viuda) y hacerse parte de un triángulo amoroso entretejido con un tercer personaje, Javier Díaz-Varela, amigo de la familia del difunto, y que a la larga se revelará como el autor intelectual de la muerte de Miguel con el fin de quedarse con su esposa a quien amaba en silencio. María se enamora de Díaz-Varela y es entonces cuando fantasea con la muerte de Luisa para así despejar el camino con su amante. Al final, la mujer se da cuenta de lo inútil de su empresa y deja en libertad a Javier para que sea feliz con Luisa, sin revelarle a ella toda esta sórdida historia tramada a sus espaldas.

Sin duda, una enconada lucha entre el amor y el requerimiento moral se hace presente en esta novela, y no vacila Marías en darle cauce a los pérfidos enamoramientos de sus personajes, sin mirar atrás, sin dejarse llevar por lo que es dable y deseado en una sociedad civilizada, en la que todo debería ser dirimido desde lo éticamente correcto.

No obstante, la historia de la humanidad ha dado muestras fehacientes de ser lo suficientemente insensata como para ponerle frenos a la pasión, a la lujuria y al deseo, sobre todo a los íncubos y súcubos (esas especies de ángeles caídos, que según la tradición medieval tenían comercio carnal con la mujer bajo la apariencia de varón y con el varón bajo la apariencia de mujer, respectivamente), y quienes desde siempre nos han gobernado a su antojo, y han puesto en evidencia nuestra naturaleza proclive a la transgresión sexual. Entonces, nos preguntamos: ¿qué otra cosa podría representar la ficción?

RICARDO GIL OTAIZA

El Universal (Venezuela), 14 de octubre de 2012