LA ZONA FANTASMA. 14 de octubre de 2012. La imaginación, recortada

El dicho podría adaptarse así a los políticos y a los tiempos que corren: “Dime de qué recortas y te diré quién eres”. Al Gobierno del PP le ha llevado poco definirse con exactitud y -como les encanta subrayar a sus miem­bros más memos- “sin complejos”. Ya señalé en época de Az­nar cuál era la traducción fidedigna de esto: “sin escrúpulos”. Ahora, con los presupuestos de 2013, inútiles para amortiguar la crisis pero dañinos para la población, la cultura se ha queda­do a dos velas, con un tijeretazo del 30% que lo mina todo, des­de el Prado y el Reina Sofía hasta el Teatro Real, la Biblioteca Nacional y el Liceo, por mencionar instituciones principales. Sin embargo, lo que me ha resultado más hiriente, quizá por­que afecta a algo esencial y modesto y que además pertenece a mi campo, es que las cincuenta y dos bibliotecas públicas del Estado contarán el año que viene con… cero euros. Esto es, no habrá ni un penique para que compren un solo título antiguo ni nuevo, en el momento -la austeridad obliga- en que los es­pañoles han decidido acudir a ellas más que nunca. Una bi­bliotecaria de Guadalajara se lamentaba en este periódico: en 2007 había contado con 150.000 euros del Gobierno para adquirir ejemplares; en 2012 recibió 56.000. En 2013 no tendrá ni uno.

Nunca cambian las cosas. En periodos difíciles, cuando escasea hasta lo básico, los políticos tien­den a considerar -pero unos más que otros, y ahí se retratan- que la cultura en general y la literatura en particular son superfluas, un lujo del que se debe prescindir. Ni siquiera desde una pers­pectiva estrictamente monetaria esto es cierto: lo que se en­tiende por “cultura” supone un 4% del PIB de nuestro país y genera 600.000 empleos, pese a lo cual, en los últimos cuatro años, el sector ha sufrido un recorte acumulado del 70%. Y, como les digo a veces en broma a Antonio y Alberto, de la Librería Méndez, los escritores, en estos tiempos de precarie­dad, somos de los pocos que aún podemos “acuñar moneda”, hacer que surja dinero de donde no había nada -una página o pantalla en blanco-. Si un libro que cuesta 20 euros vende 150.000 ejemplares, habrá “acuñado” 3 millones de euros, que se repartirán entre el distribuidor, el librero, el editor, el autor, su agente y Hacienda, y que ayudará a que todos man­tengan sus infraestructuras y paguen los sueldos de sus empleados. ¿No se dedica este Gobierno -igual que el Tea Party- ­a ensalzar a los “emprendedores” y “creadores de riqueza”, en detrimento de los despreciables asalariados? Parece que haga distinciones según lo que se cree, y la literatura es para él ornamento y entretenimiento, a diferencia de los científi­cos y fundamentales casinos de Adelson.

Incluso se suscita esta cuestión: en época tan dura, ¿qué diablos hacen los literatos ocupándose de gente y de mundos que no existen? ¿Cómo pueden abstraerse de lo que ocurre a su alrededor? Siempre cabría responder con la cita de Burke en la que siempre me insiste una mujer muy querida: “No desesperéis jamás; y si desesperáis, seguid trabajando”. Pero no es sólo eso: cuanto más ardua la cotidianidad, más se necesita evadirse… durante un rato al día. Hora y media de una pelícu­la, una hora de lectura al final de la jornada. Si leemos de tiempos de guerra, recordamos que los hubo peores y que acaso no debamos quejarnos tanto; si de tiempos apacibles y prós­peros, nos damos cuenta de que también los hay y de que siempre han vuelto tras los aciagos. Nos metemos en vidas y circunstancias que no son las nuestras, descansamos de no­sotros mismos con otros conflictos, y sí, merced a eso nos eva­dimos un poco. La evasión estaba mal vista por los marxistas más dogmáticos en mi juventud, porque según ellos había que ser continuamente consciente de la situación dictatorial en la que nos encontrábamos. Como si uno olvidara la realidad por apartarla de los ojos brevemente. Los que escriben y hacen cine, los que interpretan y componen música, todos ellos dan consuelo al término de la jornada. Lo dan incluso a quienes no fre­cuentan sus obras, porque el arte y las ficciones acaban por permear las existencias de todos, aunque sea indirectamente. Son parte de nuestra formación como personas y, si no otras cosas, nos enseñan a pasar por la tierra con una dimensión imaginativa, a mi modo de ver necesaria para comprender lo que nos pasa, y útil para aguantarlo. Poco a poco aprendemos a vivir nuestras vidas contándonoslas. A la vez que las vivimos, las imaginamos, y así les damos el carácter de “historias”. Como tales, sabemos o creemos saber que todo puede cambiar, que puede haber un giro de la fortuna, que tal vez haya mejora. Dotar a lo que nos sucede de esa di­mensión es una ayuda enorme contra la realidad que nos apesadumbra. Por eso tantos buscamos esos mundos imagina­rios y leemos, para ejercitarnos en ello. Lo dijo Isak Dinesen, y la he citado muchas veces: “Todas las penas pueden soportar­se si se convierten en una historia”. El Gobierno de Rajoy, siguiendo una vez más el ejemplo de Franco, que siempre des­preció la cultura y trató de reducirla al mínimo, nos priva ahora de las bibliotecas vivas, lo cual equi­vale a privar, a los que las necesitan, de su descanso y su consuelo diarios, y a mermar su imprescindible dimensión imaginativa.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de octubre de 2012