LA ZONA FANTASMA. 7 de octubre de 2012. El conveniente regreso de Mr Jingle

Habrá lectores que se acuerden. Más que no, y muchos más a los que esto traerá sin cuidado y no se expli­quen a qué viene. Confío en que todos lo entiendan y aprecien como lo que es: la tentativa de darles y dar­me una tregua. No que no haya motivo, pero hablar un do­mingo tras otro de la crisis y de los desafueros del Gobierno puede cansar hasta a los más aguerridos.

Bien. A los más memoriosos quizá les suenen tres colum­nas de hace casi tres años, tituladas “Cuento de Cecil Court”, “La bailarina reacia” y “Cuento de Carolina y Mendonça” (es­tán recogidos en Ni se les ocurra disparar, de 2011). Acaso recordarán cómo en una tienda de antigüedades modestas del callejón Cecil Court, de Londres, compré la figurita de bronce de un gracioso señorín, al que luego llamé Mendonça; cómo desdeñé, en cambio, otra figura con la que hacía pareja, una bailarina con tutú a la que más tarde bauticé Carolina; cómo, una vez en Madrid, me arrepentí (sentimental y puerilmente) de haberlas separado y encargué al señor Sullivan que me mandara a la abandonada; cómo ésta no llegaba y pensé si no era lo conveniente, las dos estatuillas podían estar hartas de soportarse y veían su divorcio con alivio; cómo, perdida ya la esperanza, la bailarina apareció por fin en Ma­drid y se reunió con el señorín; cómo, una vez aquí, ella me gustó bastante más que cuando la desprecié en la tienda (tiene un escote de buen gusto y de lo más sugerente). Por último, conté la re­lación de ambos con las otras estatuillas con las que conviven: Conan Doyle, un busto de Laurence Sterne, otro de Sherlock Holmes, un capitán inglés de navío. Desde entonces se les ha añadido otro pequeño busto que en realidad es un portaceri­llas de 1885: representa al General Gordon con su fez, muerto aquel año en Jartum, tras largo asedio, por las huestes del Mahdi, e interpretado en el cine por Charlton Heston. Pero su presencia no alteró la vida del grupo; cómo podía hacerla la de un héroe imperial de guerra, respetuoso y mitificado.

Ahora sí ha habido cambios. Hace unas semanas volví a Londres y a Cecil Court, y entré en Sullivan sin creer que esta vez vería nada que me hiciera gracia. Pero me la hizo una boni­ta figura de marfil, más o menos del mismo tamaño que el se­ñorín y la bailarina de bronce: era Mr Alfred Jingle, uno de los personajes más queridos de Los papeles de Pickwick, de Dickens, desde hace ya ciento setenta y cinco años. Dado que este es el del bicentenario del nacimiento del autor, y tras du­darlo un poco, me animé a llevármelo, no sólo porque la esta­tuilla (de finales del XIX) estuviera lograda, sino porque juzgué que algo de zozobra y peligro necesitaban Carolina y Men­donça. Jingle es un cómico de la legua, un bribón de lo simpático, un seductor consumado pese a carecer de apostura. Es flaco y desgarbado, viste de manera pretenciosa y levemente grotesca: sombrero de copa, levita, pantalones estrechos, con un peinado entre romano y napoleónico. Pone en situación embarazosa a los circunspectos miembros del Club Pickwick al fugarse con una solterona, por su dinero y muy cómicamente, y luego han de rescatarlo de la cárcel, acusado de estafa. De él dice Dickens que tenía “un indescriptible aire de desenvuelta desfachatez y perfecto dominio de sí mismo”. Pero es gracioso y encantador. Habla muy rápido con frases brevísimas, telegrá­ficas y acaba por caerle bien a todo el mundo. No se me esca­paba que Jingle le tiraría los tejos a la bailarina en cuanto la viera, pero más vale eso, pensé, que una existencia demasiado apacible de ella con su pareja en España.

Lo que no recordaba al comprar a Jingle es que, en la pri­merísima escena en que aparece en Pickwick, y tras repasar con la mirada a una moza que le agrada, le dice al concupis­cente, gordezuelo y tímido Mr Tupman: “Las muchachas in­glesas no tan primorosas como las españolas; nobles criatu­ras; pelo azabache; ojos negros; preciosas formas; dulces criaturas; hermosas”. Tupman le pregunta: “¿Ha estado usted en España, se­ñor?” Y Jingle: “Vivido allí; siglos”. y Tupman: “¿Muchas conquistas, señor?” Y Jingle: “¡Conquistas! Mi­llares. Don Bolaro Fizzgig; Grande de España; hija única; Doña Cristi­na; espléndida criatura; me amó hasta el aturdimiento; padre celoso; hija vehemente; inglés apuesto; Doña Cristina desesperada; ácido prúsico; bomba gástrica en mi maleta; opera­ción realizada; viejo Bolaro en éxtasis; consiente en nuestra unión; manos enlazadas y torrentes de lágrimas; historia ro­mántica; mucho”. Y Tupman: “¿Vive ahora la dama en Inglaterra, señor?” Y Jingle: “Muerta, señor; muerta. Nunca se re­cuperó bomba gástrica; le minó la constitución; sucumbió”.

Así que ya ven: a Mr Jingle le tocaba regresar a España, es­cenario de sus mayores conquistas, reales o imaginarias. Aquí está ahora en marfil, junto a Carolina, cuyo escote acecha sin cesar de reojo, para sobresalto y temor de Mendonça. Algo de agitación ha de haber en sus plácidas vidas continentales. Sterne se aliará sin duda con Jingle, son caracteres afines; pero Conan Doyle, Sherlock Holmes y el General Gordon ve­larán seguramente por que la cosa no pase a mayores, y el salaz y simpático bribón de Dickens no se fugue (o no para siempre) con la bailarina.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de octubre de 2012