LA ZONA FANTASMA. 30 de septiembre de 2012. “Hay que”

Hace veinte años, en mi novela Corazón tan blanco, in­venté una figura a la que llamé “intérprete-red”: sería un segundo intérprete que, en las cumbres entre líderes, controlaría que el primero estuviera traduciendo como es debido, con competencia, exactitud y buena fe, sin tergiversaciones involuntarias o malintencionadas. Eduardo Mendoza, que fue intérprete profesional en la ONU, me dijo al leer el libro: “Esa figura sería necesaria, en efecto, pero lo cierto es que no existe”. No sé si las cosas han cambiado y ahora sí existe. Mi razonamiento para inventarla en la novela no era insensato: una infidelidad flagrante, un falseamiento de lo dicho por un alto cargo a otro, podrían desembocar, en el más exage­rado de los casos, en una declaración de guerra entre dos paí­ses decidida por un traductor irresponsable o maligno.

Lo curioso es que hoy estas malas “traducciones”, estas de­formaciones son el pan nuestro de cada día y lo que en gran medida condiciona y mueve el mundo. No tienen lugar entre dirigentes políticos, sino -lo que sin duda es más grave, por imparable e incontrolable- entre la gente. Es una de las aportaciones nefastas de la globalización, de las nuevas tecnologías, de Internet, de los SMS enviados masivamente. Se produce un hecho -o ni siquiera, a veces no hay nada-, y en pocos mi­nutos su noticia alcanza, exagerada, distorsionada, adulterada, a millo­nes de individuos que por lo general no se molestan en compro­bar nada, ni la autenticidad de lo rumoreado o denunciado. Reciben una consigna: “Hay que protestar contra la blasfemia estadounidense”, o “Hay que estar a favor de la independencia, no cabe otra cosa”, o “Hay que insultar a una concejal desconocida” (o, por el contrario, “Hay que defenderla”), o “Hay que boicotear tal marca”, o “Hay que arremeter contra los taurinos”, da lo mismo. Algunas de estas consignas no tienen consecuen­cias trágicas, aunque todas acarreen molestias o agravios para quienes se decide que “hay que castigar o perseguir”. Pero otras traen muertes como las del pobre embajador estadounidense en Libia y otros funcionarios, acaso víctimas -acaso- de esa fal­ta de “red” en las comunicaciones actuales. Se difunde que hay por ahí una película que denigra a Mahoma. Nadie la ha visto, sólo existe un tráiler (tal vez apócrifo, o con doblaje apócrifo) que corre por YouTube. Lo más probable es que ni lo pincharan los millares de manifestantes que se lanzaron a asaltar embaja­das occidentales en treinta países más o menos musulmanes. Bastó con que les llegara esto: “Dicen, cuentan, al parecer, por lo visto hay tal película y la han hecho en América”. Suficiente para montar en cólera, dar la “traducción” por buena y formar turbas con intenciones asesinas. Nunca lo que se conoce como “presión social” fue tan fuerte. Es fácil que quien no suscriba la consigna de turno, o simplemente no le dé crédito inmediato, o ponga en tela de juicio su veracidad o su justicia, sea insultado salvajemente en las redes sociales, por no estar “con lo que hay que estar” en cada momento. Si las masas anónimas resuelven “linchar” a alguien, lo único que le queda a ese alguien es no asomarse a un ordenador ni a un iPhone y esperar a que escam­pe. Nunca manipular, influir, engañar, amedrentar, intimidar o convertir a la población en títeres fue tan fácil, y nunca se gozó de tanta eficacia para conseguirlo.

Y esa presión social aplastante afecta a todos los ámbitos, hasta al del gusto. Pese a considerarme bastante inmune, este pasado verano sucumbí a ella. Después de que en un absurdo torneo de series televisivas que montó este diario The Wire estuviera a punto de ganarlo como mejor producto de la historia, y de que incontables personas (algunas dignas de mi confian­za) me insistieran en sus incomparables bondades, me impuse la obligación de seguir viéndola (lo había intentado dos veces y sólo había aguantado cinco episo­dios). Noche tras noche, disciplina­damente, me puse todos los capítu­los de las dos primeras temporadas, es decir, le dediqué veinticinco ho­ras de mi vida, que no son pocas. “La segunda es mejor”, me habían asegurado, aguanté con paciencia hasta su término. Lo más probable es que esté equivocado, frente a tantas opiniones no sólo exta­siadas, sino sesudas, pero esas dos temporadas me parecieron tostoníferas, convencionales, planas, confusas y mal rodadas (cámara temblorosa en mano hasta la náusea), previsibles, con personajes insípidos y algunos actores pésimos (en particular Dominic West, uno de los principales, que ni siquiera sabe ha­cerse el borracho y sale borracho en la mitad de sus escenas). Hubo un momento en que empecé a sentir agresividad contra cuantos la califican de obra maestra. “No puede ser”, me decía. “Mienten. Hay una consigna de que esto es genial, y muchos no se atreven a desobedecerla, sino que la propagan, lo mismo que una traducción errónea o tergiversada”. Ahora bien, com­pruebo en mí mismo cuán fuerte es esa presión social, porque aún no he descartado del todo seguir tragándome pausadamente las restantes tres temporadas, no vaya a ser que la buena de verdad sea la última, y además ilumine retrospectivamente mis tantas horas desper­diciadas. Vengan los insultos, que no me enteraré de ellos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de septiembre de 2012

[Imágenes de la serie The Wire]