“Cada vez leo menos novedades, se pierde mucho tiempo en eso”

En octubre saldrá en España Mala índole. Cuentos aceptados y aceptables, volumen que reúne los relatos de Javier Marías, y que Alfaguara publicará aquí en noviembre. Mientras tanto, trabaja en una nueva novela y no se resigna a que el castellano deje de ser “un instrumento preciso y lleno de matices”

C Helie. Gallimard. Opale. Dachary

Aaliya frisa los setenta años. Trabaja en una librería de Beirut y complementa su pasión literaria con encargos de traducción. Aaliya es la voz de La mujer de papel, el libro nuevo del jordano Rabih Alameddine, y ella cita a Javier Marías entre sus autores preferidos junto a titanes como Faulkner, Magris, Calvino y Bolaño. La historia emocionante de Aaliya, que coincide en los anaqueles con un monográfico de la revista Ínsula dedicado a Marías, se antoja la prueba más reciente de la jerarquía del escritor español en la cima de la literatura actual en castellano. Autor de largo recorrido, dueño de una obra de enjundia que tuvo su primer episodio en la publicación en 1971 de la novela Los dominios del lobo, escrita durante una estadía en París, Javier Marías entregó en 2011 la novela Los enamoramientos. Una trama hilvanada con sentido de intriga en la que, ya es costumbre, las reflexiones éticas juegan un rol primordial. El libro ya ha sido traducido al alemán y, en breve, será editado en otros veintiséis países, entre ellos Estados Unidos, Reino Unido, China, Australia, Rusia, Sudáfrica e Israel.

A Javier Marías (Madrid, 1951) las letras lo encontraron en el domicilio familiar. Educado con el sistema liberal krausista impartido por la Institución Libre de Enseñanza, Marías flirteó primero con el comunismo en su etapa juvenil en la Universidad Complutense, donde cursó Filosofía y Letras, aunque luego marcó distancias ideológicas para reivindicar la libertad individual de no pertenecer a grupo político alguno. Hijo del filósofo y discípulo de Ortega y Gasset Julián Marías, creció entre viajes y domicilios distintos. En Estados Unidos su familia se alojó en la casa del poeta Jorge Guillén. En el piso de arriba residía Vladimir Nabokov, que con los años se iba a convertir en referencia obligada para aquel niño que aún no sabía que sería escritor y traductor, entre otros, del autor ruso, y de Updike, Yeats, Dinesen, Browne, Hardy, Faulkner, Stephenson, Salinger y Conrad. Ya en 1979 obtuvo el Premio Nacional de Traducción por su versión en español de The Life and Opinions of Tristram Shandy, de Laurence Sterne.

Diez años y dos novelas después (El siglo y El hombre sentimental), la carrera de Javier Marías concitó atención mayoritaria con Todas las almas, novela en la que varios estudiosos de su obra sitúan un punto de inflexión, un no retorno confirmado un trienio después por Corazón tan blanco y, en 1994, por Mañana en la batalla piensa en mí. Rara vez una novela escrita en castellano obtuvo tal unanimidad. Fue el primer español que obtuvo el Rómulo Gallegos, y también logró el premio Fastenrath, el francés Fémina y el italiano Ciudad de Palermo. Cuatro hitos que coincidieron tiempo después con el descubrimiento de Marías por la crítica y los lectores alemanes. De él, el pope Reich-Ranicki afirmó sin ambages que “es uno de los mayores autores vivos del mundo, está a la altura de García Márquez, su nivel literario no tiene comparación actualmente con otros autores contemporáneos”. En 1997, la ciudad Dortmund le concedió el premio Nelly Sachs por toda su obra “a favor de la tolerancia y la reconciliación de los pueblos”. Y en 2011 recibió en Austria el premio de la literatura europea.

Pero no todo ha venido derecho en la carrera de este escritor zurdo. Autor de una columna semanal en el diario español El País, referencia obligada para las mañanas de domingo, Marías no recurre a zarandajas al opinar sobre casi todo lo humano. No escurre el bulto al abordar asuntos de política, de economía o de religión, e incluso en el ámbito deportivo, él, quizá uno de los más críticos aficionados del Real Madrid. Tampoco ha tenido suerte con el cine. En 1996 se sintió tan defraudado por la adaptación de su novela Todas las almas que llevó el pleito a tribunales, y ganó, para que se eliminara cualquier mención a su nombre en la película El último viaje de Robert Rylands.

Monarca regente del ficticio Reino de Redonda, ubicado en la isla homónima que Colón descubrió en su segundo viaje y cuyo trono, según el propio Marías, se hereda por “ironía y por letra y nunca por solemnidad y sangre” en defensa de la nobleza y la dignidad intelectuales, el escritor español ya lleva vendidos más de seis millones de libros (sólo en Alemania, Corazón tan blanco alcanzó 1,3 millones), entre ellos más de 175.000 ejemplares de Los enamoramientos en países de América Latina. Para calibrar el calado de su obra basta con recordar que durante un homenaje que le hicieron recientemente en Madrid, críticos españoles y extranjeros especializados en su obra -traducida a más de 40 idiomas- lo consideraron uno de los novelistas europeos más renovadores y que sus propios pares, en más de una oportunidad, han pedido para él el Premio Nobel.

-Eduard Punset rebatía el otro día la afirmación de que “cualquier tiempo pasado fue mejor” y lo hacía para poner en solfa la esencia de esta crisis. ¿Está usted de acuerdo?

-No sé qué dijo exactamente el señor que usted menciona, pero es mi creencia (en este campo sólo se pueden tener creencias e intuiciones) que ningún tiempo pasado fue mejor, ni peor. Yo me imagino que en todas las épocas los seres humanos han sentido parecidos grados de temor y esperanza, de sensación de plenitud y de decadencia, de amenaza y de ilusión. Parecidos, ya digo, con algunas excepciones. Yo trato de pensar, ahora que la gente está muy angustiada, que más angustiada y sin horizonte se hubo de sentir entre 1939 y 1945, por no irnos demasiado lejos. Y quizá la gente de entonces se quejó menos y tuvo más entereza. En lo único en lo que estoy casi seguro de que nuestra época es peor que otras anteriores es en el nivel de infantilización de las personas y en el nivel de tontería. O quizá sea sólo que a los idiotas se les prestaba menos atención y se los podía tachar de idiotas sin que eso supusiera un cataclismo social.

-¿Qué puede, o qué debe, hacer un escritor en estos tiempos de miedo y furia?

-Deber no debe hacer nada. Poder, lo que pueda para ayudar. Pero, en fin, hay una frase de Edmund Burke que no recuerdo con exactitud pero que viene a decir algo así como “en tiempos de desesperación, seguid trabajando”. Intento recordármela a menudo, y creo que todo el mundo debería aplicársela, se dedique a lo que se dedique.

-¿Y un escritor que, además, es el hijo de un filósofo?

-No veo que eso cambie en nada la cosa. Da lo mismo de quién sea uno hijo, ¿no cree? Hay hijos de filósofos que son unos verdaderos zotes, e hijos de albañiles que son lumbreras.

-Sus columnas semanales reflejan, con frecuencia, no poco hartazgo por cómo la mediocridad campea a sus anchas, aun más en tiempos difíciles. ¿Cómo hace para compartimentar su obra literaria de la labor como columnista de opinión?

-Bueno, he explicado muchas veces que las columnas de prensa las escribe sobre todo el ciudadano, el cual ni entra ni sale en las novelas que escribo, que, por así decir, son más salvajes e irresponsables. Si uno escribe en prensa, con su propio nombre, se siente responsable de lo que opina, y también intenta no ser tan pesimista como pueda uno serlo en una ficción, en la que uno se enfrenta con lo que le parece verdadero sin responsabilidad ninguna y a través de voces ficticias, sean la del narrador o las de los otros personajes. No me cuesta separar al ciudadano del novelista: el día es largo y hay horas para los dos.

-¿No ha sentido el riesgo de que una labor crítica contamine su veta creativa?

-No. Si hay tal riesgo (que puede ser), yo no lo he sentido nunca.

-¿Puede un escritor reputado y de éxito llegar a un punto en el que no tema por las consecuencias tras ofrecer su opinión sobre un determinado asunto?

-No he temido nunca las consecuencias de decir lo que opino de verdad, porque si las temiera no tendría sentido que escribiera en prensa y expresara opiniones. Ni siquiera cuando no era “escritor reputado y de éxito”, como dice usted. Me he creado muchos enemigos, claro que sí, en particular en mi país. Pero si uno no quiere creárselos en modo alguno, mejor que se limite a sus novelas, y aun así podría creárselos igualmente, en España a uno le salen sólo por el mero hecho de existir. Por otra parte, las “consecuencias” en mi caso no sé cuáles pueden ser, aparte de antipatías e inquinas. No me trato con políticos, no acepto invitaciones ni premios de ministerios, Institutos Cervantes, embajadas. No tengo nada que ver con instituciones oficiales de mi país. Eso me da libertad mayor que a otros autores, supongo.

-¿Aun a riesgo de lo que llamen agorero, pesimista o pedante?

-Si uno publica, se expone a ser llamado cualquier cosa. Y debe aceptarlo, son gajes del oficio. Me parece un riesgo mínimo. Y además, los pedantes son a menudo graciosos, si es que se me llama eso con frecuencia, que no lo sé.

-Hablemos de literatura. ¿Cuántos escritores hay en Marías escritor?

-No soy quién para responder esa pregunta. Yo me veo como el mismo en toda ocasión, pero seguramente no lo seré.

-Pregunto esto porque, en su obra, muchos sitúan un ecuador definitivo a partir de la publicación en 1989 de Todas las almas . ¿Existe esa línea divisoria o es más una convención de la escena literaria?

-Insisto, no soy yo a quien debe preguntar al respecto. Lo último a lo que me dedicaría sería a auscultarme y examinarme, mi obra menos aún. Nada hay tan aburrido como la introspección o la autoobservación. A muchos autores les encanta mirar lo que han hecho, y hasta se releen. A mí me aburriría infinitamente. Sé que algunos de mis libros aún se leen (porque se reeditan) pese a ser ya antiguos. Lo cual me alegra infinitamente. Pero yo los leí al escribirlos, y tengo muchas otras cosas de las que ocuparme, y que leer o releer.

-¿Y ha cambiado también el hombre?

-Sin duda habrá cambiado, o sería un caso clínico, teniendo en cuenta que mi primera novela la publiqué a los diecinueve años. Así que más me vale haber cambiado, como cualquier hijo de vecino, por lo demás. Si ha habido algo en lo que he intentado no cambiar, o lo menos posible, es en conservar cierto grado de ingenuidad y de confianza en las personas que uno trata, porque sin eso no se puede vivir, en mi opinión. Uno se lleva muchos desengaños y sufre traiciones, claro está, pero eso no sería motivo para retirarle la confianza al mundo entero, ¿no le parece?

-¿Cuándo se percata de que ha dado con la voz adecuada para narrar una historia?

-No me percato. ¿Cómo puedo yo saber si una voz es “la adecuada”? Es como si me preguntara: ¿cuándo se percata de que ha escrito una buena novela? No me toca a mí decirlo ni saberlo. Uno avanza, cruza los dedos confiando en que le esté saliendo algo aceptable o digno, y nunca tiene la seguridad de haberlo conseguido. Ni siquiera si el libro en cuestión es celebrado y elogiado por muchos. Lo que uno nunca pierde es la inseguridad: antes de empezar, durante la escritura y tras concluir. Es una lata.

-¿Y qué ha ocurrido para que sea María quien narre Los enamoramientos?

-Era una historia que sólo podía contar una mujer. Pruebe a cambiar el sexo de los principales personajes, verá que sería inverosímil todo. Ésa es la razón, no hay otra, no es un “experimento” ni un “reto” ni nada de eso. Es sólo que lo que ocurre en la novela lo tenía que contar una mujer.

-¿Por qué muchos de los protagonistas de sus novelas son personas que, en cierto modo, han abdicado de su voz propia para decir lo que muchos no se atreven a decir o a escribir?

-La mayoría de mis narradores son intérpretes en un sentido amplio del término. No intervienen ni actúan mucho; ven, observan, son testigos a menudo pasivos. Y tienen profesiones en las que transmiten saberes (un profesor) o sirven a la voz de otros (un “negro”, un intérprete en el sentido de traductor, un intérprete de vidas como en Tu rostro mañana). En cierto sentido son fantasmas, y he dicho en muchas ocasiones que el punto de vista de un fantasma me parece un excelente punto de vista para narrar: uno ya no está, ya nada puede pasarle, pero a la vez no es indiferente a los hechos (por eso los fantasmas vuelven y rondan).

-Sin embargo, hay quienes reprochan su, y permítame el término, “buenismo” al desarrollar los personajes femeninos en sus novelas. ¿Se equivocan?

-Es la primera vez que lo oigo. Me han reprochado que sean con frecuencia víctimas, si es eso a lo que se refiere. Bueno, aunque hay mujeres espantosas y despreciables, creo que ellas, como sexo, y en conjunto, siguen llevando la peor parte en la vida. Así que sólo reflejaría un poco lo que sucede en la realidad. Mire, lo pensaré.

-Ya que hablamos de sexos, y quizá de amores, ¿es mejor, más productivo, escribir en tiempos de zozobra emocional? Dicho en plata: ¿son la tristeza y el desasosiego íntimos dos buenos combustibles para la creación literaria?

-No lo creo, como tampoco lo son la euforia o la felicidad exultante. Hablo de mí, claro está. Cuando mejor escribo es cuando la realidad no me sacude con demasiada fuerza, en un sentido o en otro. Cuando, digamos, estoy razonablemente contento y tranquilo. Si está uno muy alterado por lo que sea, puede llegar a ocurrir, para empezar, que sentarse ante la máquina le parezca ya una frivolidad y un engorro, ¿no?

-Háblenos, por favor, de los duques del Reino de Redonda, de Coetzee y Eco, de Cabrera Infante y Lobo Antunes, de Magris y Max Sebald?, ¿por qué ellos?

-Bueno, algunos de ellos son “Duques” porque ganaron el Premio Reino de Redonda que se convoca anualmente y en el que yo no voto, sin embargo, sólo lo organizo y financio. Es el caso de Eco, Coetzee o Magris. Autores a los que admiro mucho, por lo demás (el jurado de “Duques” suele elegir bien). Los que yo nombré (Cabrera, Sebald y otros), bueno, eran autores con los que yo tenía algo de trato (aunque fuera sólo epistolar como en el caso de Sebald) y que admiraba mucho. Todos entraron en el juego divertidos, y yo me limité a continuar una tradición redondina, iniciada por los anteriores reyes locos y borrachos, sobre todo John Gawsworth, el segundo “monarca”. La idea de una “aristocracia intelectual” no es mía, sino de él, que tuvo entre sus “Duques” a Dylan Thomas, Durrell, Henry Miller o Arthur Machen. También a Vincent Price.

-¿Podría pedirle unas recomendaciones de lectura de, digamos, los últimos tres o cuatro años? ¿Qué destacaría en letras y autores en esa última temporada?

-No mucho. Cada vez leo menos novedades, se pierde mucho tiempo en eso, ya lo hice durante demasiados años con resultados poco satisfactorios en general. Claro que cuando se insiste mucho en lo maravilloso que es algún contemporáneo, acaba uno asomándose a su obra, por si acaso, para llevarse frecuentes decepciones. Hay que desconfiar de los ditirambos del presente. Desde luego, si no me viera obligado (ya que los escribo), no iría a leer los libros míos. ¿Quién es ese Javier Marías para quitarles horas a Dickens o a Tucídides, a Montaigne o a Conrad? Pero en fin, me han gustado las últimas novelas de John Banville y alguna de Colm Tóibín, que recuerde ahora. En español, El ruido de las cosas al caer de Juan Gabriel Vásquez y Un día de cólera de [Arturo] Pérez-Reverte. Pero no me haga caso por las ausencias: he leído poco contemporáneo en años recientes.

-Disculpe la impertinencia y la curiosidad, ¿en qué está trabajando ahora? ¿Tiene fecha de publicación prevista para nueva obra?

-No, nunca tengo fechas previstas. Bueno, en octubre saldrá un volumen que reunirá mis cuentos, los aceptados y los aceptables (dejaré fuera los inaceptables), pero en él no habrá nada estrictamente inédito, aunque sí algunos relatos nunca antes recogidos en libro. Intento empezar a escribir una nueva novela posible. Intento empezar a…, los dos verbos son exactos. Ni siquiera sé aún si el proyecto cuajará o no.

-Cambio de tercio. ¿Qué estado de salud atraviesa la lengua española?

-Malo, ya lo sabe usted. Hace poco se han reunido en un volumen todos los artículos que a lo largo de años he escrito sobre ese asunto, Lección pasada de moda se titula. Me temo que, lo abra por donde lo abra, la respuesta a su pregunta será: malo.

-¿Existen diferencias en la evolución de la lengua entre España y los países americanos? En España siempre se tuvo la impresión de que son los latinoamericanos quienes mejor utilizan nuestra lengua común?

-Eso tal vez era antes, hace unos años. Ahora tengo la impresión de que la utilizamos igual de mal. Me temo que los países americanos están aún más colonizados que nosotros por los anglicismos absurdos e innecesarios. Quizá nos llevan ventaja en cierta capacidad para iniciar y completar frases con sentido, algo que los españoles -con excepciones- son cada vez más incapaces de conseguir. Pero me temo que tenemos la lengua igual de “invadida”, si no los países americanos más.

-¿Cuáles son los retos pendientes para la promoción del español en el exterior?

-Ni idea. Nada me preocupa menos que la promoción de la lengua, o incluso de la literatura, para el caso. Todo eso es un asunto de marketing, a lo que no me dedico.

-Se suele creer que los jóvenes son los primeros agresores del idioma, pero también esos jóvenes siempre han sido los que han liderado la evolución de cualquier lengua. ¿Quién lleva razón en este pleito?

-Yo creo que las lenguas son maltratadas por igual por gentes de todas las edades. A mí me hieren los oídos (o la vista) muchas barbaridades y expresiones, muchos términos ridículos y superfluos, pero entiendo que nací en 1951 y que además soy escritor, y los escritores somos muy maniáticos con las palabras, tenemos fobias y filias, etc. Mire, si un día el castellano o español es sustituido por otra cosa, qué se le va a hacer, más grave fue lo del latín. Ahora bien, mientras yo viva, no renunciaré a la mayor riqueza posible para la lengua en que me expreso. Lo contrario me parecería una claudicación. Y sería una lástima que un instrumento que ha llegado a ser preciso y lleno de matices se volviese primitivo.

-¿Cuáles son los riesgos de la expansión de ese lenguaje metatecnológico que ahora reina en Internet, en teléfonos móviles, sobre todo en las redes sociales?

-No sé si eso es un verdadero riesgo. Una cosa es cómo la gente escribe cuando lo hace rápida y escuetamente, otra cómo lo hace en general. Más peligro veo en las televisiones, donde en general se dicen cosas disparatadas y ridículas y erradas, y que contaminan a los hablantes a gran velocidad.

-Porque usted, por lo que sé, carece de teléfono móvil y no utiliza el correo electrónico. ¿Le puedo preguntar por qué?

-Escribo a máquina porque me gusta hacerlo sobre papel. Sacar luego el papel y corregirlo a mano, con mis tachaduras, mis flechas, mis rectificaciones. Luego lo paso a limpio a máquina otra vez, y así cuantas veces juzgue conveniente. Cada vez que tecleo la página me acostumbro a ella, la asumo, la hago más mía. En el ordenador ese proceso no sería posible, a menos que imprimiera cada borrador, y la verdad… En cuanto al móvil, es un instrumento de control, y aun de esclavización de quienes trabajan. Casi nada es nunca tan urgente que no pueda esperar a que uno regrese a casa y oiga sus mensajes, como sucedía antes del móvil. No deseo recibir llamadas mientras paseo, o voy en tren, o estoy en un restaurante, o en el cine. Estar ilocalizable me parece una bendición. Estar siempre localizable, por tanto, la mayor maldición

CARLOS FUENTES

La Nación, ADN Cultura, 3 de agosto de 2012