LA ZONA FANTASMA. 1 de julio de 2012. Historia de M

Como casi todo el mundo, he tenido amigos calamito­sos. Quizá el mayor de todos fue M (prefiero no dar su nombre, ya que no fue enteramente desconocido y ha muerto), porque añadía a sus desastres el don de irritar y poner a prueba la paciencia de quienes lo ayudaban sin condi­ciones y sin esperar nada a cambio, ni siquiera su agradecimiento. De hecho M era incapaz de esto último, no tenía arreglo posible, y si varias de sus amistades siguieron echándole una mano hasta el final, pese al mal trato que de él recibían, fue porque había sido simpático y gracioso en su juventud -es decir, por mor de los vie­jos tiempos- y porque les daba lástima en su insolente penuria. A veces, cuando mayor era su apuro, pedía sin disimulo favores, procuraba dar pena (y lo conseguía con las almas más bondado­sas), se presentaba a sí mismo como alguien a punto de quedarse en la calle pese al irrisorio alquiler de renta antigua que le tocaba pagar mensualmente. Entonces se le daba dinero para que con­tinuara pagándolo y no perdiera el piso en el que había habitado gran parte de su vida, desde la infancia, además de una “asigna­ción” que reuníamos entre unos cuantos, para su sustento. A las pocas fechas ese di­nero se había esfumado sin que el piso hubiera sido pagado. Lejos de administrárselo hasta la siguiente “asignación”, M salía a la calle sintiéndose momentáneamente rico, se compraba un foulard caro y otros antojos y se ponía ciego de ostras, de modo que a la semana volvía a estar en la situación extrema que se había intentado paliarle.

No hubo manera, al final lo desahuciaron de su vivienda que tan fácil le habría resultado conservar (con el dinero ajeno). En­tonces pidió que se le pagara un aparthotel o como se llamen, y así se hizo (bueno, lo hicieron un par de ex-novias suyas de gran co­razón e infinito aguante). Protestó porque había otros mejores que aquel en el que se le había metido, y nos tildó de tacaños a cuantos aportábamos algo al “fondo de mantenimiento de M” (fondo perdido, desde luego). No sé por qué extraño mecanismo psicológico que se da a menudo entre españoles, consideraba que todo le era debido y que no tenía ni que dar las gracias. Lejos de eso, no era raro que pusiera verdes a quienes lo ayudaban, o que les fuera con exigencias. Y, por supuesto, contaba la historia a su manera, que en resumen venía a ser “A Fulano, a Mengana y a Zutana les he permitido, les he hecho el favor de dejar que me mantengan, aunque son una partida de roñosos que no me dan suficiente para mis gastos”. La irritación de los amigos iba siempre en aumento, como es natural, y si seguimos haciendo el primo fue por deliberada caridad y a sabiendas. Eso sí, a partir de un cierto punto yo no quise saber más de él, tramité mi leve apoyo econó­mico a través de sus abnegadas ex-novias y les rogué que le ocul­taran a M mi contribución a la “colecta”. No deseaba que se muriera de hambre ni que hubiera de pedir limosna, pero tampoco tener con él el más mínimo trato. No hace falta decir que M era un enorme idiota, como lo es siempre quien está necesitado y va en contra de sus intereses y se chulea ante quienes lo salvan.

Hace tres domingos Rajoy me recordó sobremanera a M, cuando anunció como un triunfo que a España la hubieran resca­tado con hasta cien mil millones de euros, cifra inconcebible para cualquier ciudadano. Lo que todo Gobierno trata de evitar al máximo, y el de Zapatero logró evitar pese a sus numerosas torpezas, el suyo ha sido incapaz de esquivarlo tras tan sólo seis meses de ejercer un poder absoluto, y cuando él había anunciado que todo mejoraría nada más posar su lindo pie en La Moncloa. Desde que Rajoy ocupa ese palacio, todo ha ido a peor vertiginosamente, y ni siquiera ese rescate brutal parece haber servido de nada -como si Rajoy, su partido y los bancos se hubieran gastado la ayuda en comprarse foulards ca­ros y ponerse ciegos de ostras, y volviéra­mos a estar en las mismas, necesitados de otra “asignación” urgente para no ser desahuciados-. Pero en lo que más me ha recordado a M ha sido en su actitud hacia quienes le han salvado el pellejo. ¿Presio­narme ellos a mí? Quiá, soy yo quien les ha apretado bien a ellos. ¿Echarle un capote a España? Qué dicen, soy yo quien se lo ha echado a Europa. ¿Condiciones para el préstamo de esa bagatela de euros? Qué va, se los he sacado a cambio de nada, listo que soy, y astuto. ¿ Grava­men para la población? Nada, serán los bancos los que devuelvan la pasta (como si los españoles no estuviéramos ya manteniendo a flote a más de un banco y varias cajas). Esto está tan resuelto que me largo a ver un partido en Polonia. Y allí lo vimos: el día en que España fue rescatada, con la preocupación, onerosidad y hasta humillación que eso supone (el Rey le dio incomprensiblemente la “enhorabuena”), Rajoy, en vez de ofrecer explicaciones solem­nes y apesadumbradas y de buscar la compañía de los demás partidos, se mostró exultante, ufano, chulesco, abofeteó e irritó a toda Europa con sus embustes y se lo pasó de miedo en el fútbol. Mi amigo M era un enorme idiota, abofeteaba e irritaba a los que lo ayudábamos. Pero al menos era simpático y gracioso, lo conocía­mos de la juventud y nadie más dependía de su comportamiento, se perjudicaba sólo a sí mismo. Rajoy no: arrastra a un país entero y no puede exponerse a la burla y el cabreo de quienes pueden ahogarnos a todos. M acabó malmuriendo, pese a los esfuerzos de sus apaleados amigos. Rajoy ni siquiera es amigo de nadie, tan sólo un recién llegado que causa estupor y vergüenza entre sus pares. Ni tampoco simpático o gra­cioso. ¿O ustedes le ven alguna gracia?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de julio de 2012