LA ZONA FANTASMA. 29 de julio de 2012. ¿Hay de qué extrañarse?

Uno se empeña en extrañarse, cuando no tendría por qué. Ya fue bastante sintomático que el Gobierno de Rajoy, mientras agravaba la crisis día sí y día también, anunciara una amnistía fiscal para los grandes de­fraudadores so pretexto de hacer aflorar ingentes sumas ocul­tas y lograr con ello una ridícula recaudación: a cambio de abonar el 10% de esos bienes mayúsculos, los evasores quedarían en paz y en la legalidad, sin ni siquiera deber explicar la procedencia de sus fortunas escamoteadas a Hacienda durante años. Al mismo tiempo, algunos ciudadanos cumplido­res están tributando un gravamen de hasta el 43%. O lo que es lo mismo: “Si usted es honrado y atiende a sus obligaciones, lo vamos a brear a impuestos y le vamos a reducir sus ingresos casi a la mitad; pero si es un chorizo y se ha dedicado a enga­ñar y robar al Estado, lo vamos a premiar con una extraordi­naria rebaja impositiva y le vamos a dar toda clase de facilida­des; no sólo no lo vamos a castigar, sino que va a descubrir que su estafa le trae mucha cuenta, le aporta beneficios y nuestro parabién”. Al Ministro Montoro sólo le ha faltado cuadrar­se ante los defraudadores con un taconazo y decirles con su voce­zuela: “A sus pies, señores, estamos para lo que gusten”.

Pero he aquí que la cosa no ha acabado de complacer a los evasores. Según la información de Sérvulo González en este diario, “Algunos despachos de abogados y asesores fiscales han manifestado dudas sobre la oportunidad de acogerse al proceso de regularización fiscal. Consideran que no existen suficientes garantías jurídicas para los que decidan aflorar su patrimonio oculto… y sostienen que hay otras vías para legalizar el dinero opaco de forma más barata. De hecho, ninguna gran fortuna se ha acogido aún a este proceso desde su entrada en vigor”. (Las cursivas son mías.) En vista de lo cual, Vocezuela ofrece a los defraudadores regularizar su situación pagando menos del 10% previsto y aclara que no comprobará sus declaraciones. ¿Cuánto menos? Sérvulo González pone un ejemplo: “Así, si un individuo tenía un millón de euros en negro en 2007, y le ha sacado una rentabilidad de 30.000 anuales (en torno al 3%) en 2008, 2009 y 2010, en la amnistía fiscal le bastaría pagar el 10% de esos 90.000 (esto es, 9.000) para blan­quear 1.090.000. En vez de tributar el 10%, valdrá con que pa­gue menos del 1 % del total del capital aflorado”. Si esto es así, la recaudación que obtendrá Vocezuela -la excusa era conseguir grandes cantidades- es de una ridiculez tan extrema que hay que buscar a la indecente medida alguna otra explicación.

Lo más llamativo del asunto es que Hacienda está en con­tacto con los abogados y asesores de los evasores, y que tanto a éstos como a aquéllos la amnistía no les parece lo bastante ven­tajosa y la desprecian, no la quieren. Y Hacienda, en vez de de­jarse de componendas y decirles a esos defraudadores: “Vamos por ustedes y se les va a caer el pelo; sabemos quiénes son” (pues es obvio que lo sabe: trata con sus asesores), se pliega a las exigencias de los delincuentes mientras machaca con subi­das desaforadas de impuestos a los ciudadanos corrientes y no les tose ni a la Iglesia ni a las mayores fortunas. Salvando las distancias, es como si a los asesinos no capturados se les propusiera: “Entréguense -nos conviene dar casos por resueltos- y ya verán qué bien les va. No tendrán que cumplir penas supe­riores a dos años de prisión y podrán reincorporarse limpios a la sociedad”. Y los asesinos respondieran a través de sus defensores: “Ay, no sé, dos años es mucho. Ya sé que me he cargado a una persona, pero me sale más a cuenta seguir huido. Lo más que estoy dispuesto a pasar en la cárcel es un mes, en celda para mí solo, con móvil, televisión y ordenador”.

Todo esto es inaudito, como lo es también que el Gobierno de Rajoy amnistíe de facto a los constructores y promotores inmo­biliarios que arruinaron las costas al amparo de la Ley del Suelo de Az­nar, y les permita sacar beneficios de sus desmanes e ilegalidades. En esa Ley está el origen de la catastró­fica burbuja inmobiliaria. Zapatero no osó o no quiso pincharla, pero el origen de esta crisis se remonta a Aznar. Suya es en gran medida esa “herencia recibida” a la que apelan con cinismo a diario Rajoy, sus ministros, Aguirre y Cospedal.

Sí, a estas amnistías obscenas hay que buscarles explica­ción, tal vez sea esta: el PP trata con comprensión y delicadeza, siente respeto y aun fascinación por los corruptos y defrauda­dores de alto rango porque hay todos los indicios de que la ma­yoría le son afines y no pocos son miembros (o ex-miembros, tanto da: lo eran cuando se corrompieron) de su partido. Gürtel, las Comunidades de Valencia y Madrid, Matas, Bárcenas, Ban­kia, la CAM, Novagalicia, quienes negociaban con Urdangarin, Carlos Fabra, Canal Nou… Hay probables o seguros corruptos en el PSOE, en Unió Mallorquina, en CiU, en Esquerra, en ID. Pero no hay formación con un número de imputados y sospe­chosos que se asemeje remotamente al alcanzado por el PP, ese partido al que tantos hoy damnificados ex­tendieron un cheque en blanco (eso es una mayoría absoluta) hace sólo ocho meses. No, no hay de qué extrañarse, en realidad.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de julio de 2012

[La zona fantasma cierra en el mes de agosto, el Blog no]

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Javier Marías y las mujeres

Respuesta de Javier Marías

El pasado 6 de junio publiqué en este mismo espacio una carta dirigida al escritor Javier Marías. Después de once años de haber sido publicado su artículo ‘Todas las farsantas son iguales’ (Letras Libres, 2001), este circuló en las redes sociales y se entrecruzó con imágenes monstruosas que vi por esos días. Lo único que voy a decir a mi favor es que mi aflicción y urgencia de encontrar sentido a su artículo, desde un contexto como el nuestro, fueron muy grandes, y que hay momentos cuando rescatar la creencia en cosas como el “efecto mariposa” se hace muy válido. La carta no solo llegó al destinatario sino que regresó con una respuesta que ayuda a señalar la locura en la que estamos envueltos. Porque concierne a todos, en particular a las mujeres, ahora la comparto con ustedes.

ROSINA CAZALI

El Periódico (Guatemala), 25 de julio de 2012

Querida Rosina Cazali:

Le agradezco mucho su carta y que haya prestado atención a mis escritos, y además no esté en desacuerdo con mis observaciones sobre el lenguaje supuestamente machista. Lo que me cuenta que ocurre en su país (y de lo cual algo había leído en prensa) es de una gravedad tan tremenda que se me hace imposible imaginar que, como dice, la sociedad guatemalteca vea “como algo normal” los asesinatos y mutilaciones de mujeres.

Yo fui educado todavía en una época en la que agredir físicamente a una mujer, ni siquiera con una bofetada, era visto como la mayor cobardía y la mayor vileza. También fui educado por una madre que a mis hermanos y a mí (todos varones) nos reiteraba: “Tratad siempre bien a las mujeres, porque es muy fácil hacerles daño”.

Todo el mundo sabía esto. Todo el mundo sabía que no se puede usar la fuerza ni la violencia contra quien es más débil que uno (insisto, físicamente, y salvo raras excepciones). Algo de este saber se ha perdido, también en España, pero aún está vigente en la mayoría de la población. Un país que ha olvidado esto tiene muchas probabilidades de ser un país enfermo, y las autoridades del suyo tendrían que tomar medidas para frenar esa agresión continua de la que me habla, y para educar, y por supuesto para castigar. La lengua en sí misma no puede dar miedo, ni lo da.

No sé qué mas decirle. Le deseo suerte, y lo mejor. 

Atentamente,

Javier Marías

Estimado Javier Marías

Hace poco usted publicó un ensayo brillante, una defensa del idioma, una disección de esa forma abusiva de enunciar los géneros femenino y masculino que usan en sus discursos los demagogos. No puedo estar en mayor acuerdo con usted porque desenmascara la hipocresía que subyace en el estar diciendo niños y niñas, amigas y amigos, ciudadanos y ciudadanas y cosas por el estilo. También porque se centra en la urgencia de rescatar la lengua y cultivar su precisión. Sin embargo, quiero decirle que por una décima de segundo dudé de lo que usted defiende con vehemencia. Y porque usted se encuentra en el parnaso de las letras y yo vivo en el inframundo quisiera explicarle por qué.

La primera persona que tuvo la idea de usar el masculino y femenino, estoy segura, tuvo un destello de genuina empatía hacia las mujeres. Durante una décima de segundo descalabró el estado de autoritarismo masculino del lenguaje y por muy elemental que fuera el intento tuvo algún efecto. Es decir, no fue una ruptura como la de Galileo pero mostró el valor que tiene nuestra constante de generar duda sobre lo que se nos ha dado por hecho, un mundo reglamentado históricamente por los hombres. Pues bien, después de aclarar que rechazo tanto como usted esa cantaleta, producto de lo políticamente correcto y demás farsas, debo decir que me preocupa otro fenómeno de enunciación aún más corrupto y de alcances inhumanos. Yo vivo en Guatemala, un país donde los cuerpos de muchas mujeres están siendo utilizados como mensajes y el texto suele ser macabro. Recurre a un diccionario de laceraciones o mutilaciones, cada uno con un significado. Los mensajes suelen ser redactados con pedazos de cuerpos que son tirados en las calles como señal de advertencia. Es una práctica producto de una larga historia en la que no voy a detenerme, pero que está afectando la forma en que nos leen, desean y utilizan a diario.

Si aquí en Guatemala ya no queda ni el lenguaje para llamar la atención sobre la defensa de las mujeres, porque el lenguaje es de dominio machista, porque el estado de derecho en mi país parece ser una utopía, ¿qué otro instrumento de comunicación nos queda? Por la perentoriedad del asunto, ¿qué hacer señor Marías? 

Rosina Cazali

El Periódico (Guatemala), 6 de junio de 2012

LA ZONA FANTASMA. 22 de julio de 2012. Desmemoria y aire

He expresado a menudo mi preocupación y mi cre­ciente angustia por la manera en que se vive hoy el tiempo, o su transcurso. Lo que me resulta más descocertante es lo lejos -lo antiguo- que queda todo en seguida. Lo he dicho otras veces: en cuanto algo se hace presente, por el mero hecho de suceder o existir se convierte al instante en pasado, y además en pasado remoto. Todo se tor­na viejo nada más nacer: los libros, las películas, las revueltas, los derrocamientos, las guerras, los nuevos rostros y los nue­vos talentos, lo esperado y lo inesperado, lo sorprendente y lo consabido. Quizá el campo en el que este extraño fenómeno se hace más manifiesto es el de las competiciones deportivas, que para una gran parte de la población jalonan el año como antes el santoral y las estaciones: cuando colean la Liga y los torneos europeos, llega Roland Garros; luego hay Eurocopa o Mundial de selecciones, en los años pares; a continuación vie­ne Wimbledon, y por último el Tour de Francia (por mencio­nar las citas más populares). Y cada cuatro años, en los bisies­tos, la propina de las Olimpiadas.

El viernes siguiente al domingo en que España se proclamó cam­peona de fútbol europeo frente a Italia (4-0), un amigo al que me encontré me preguntó: “¿Qué, disfru­taste mucho el domingo?” Recono­cí que, pese a mis prevenciones, soy también víctima de esa percep­ción anómala que tenemos del tiempo, porque no sabía de qué me hablaba. “¿El domingo? ¿Disfrutar?” Y cuando me aclaró a qué se refería, mi perplejidad fue enorme, pues tenía la sensación de que aquella Final (que vi por televisión, y con la que disfruté sin duda) se había jugado hacía al menos tres semanas, si es que no la sentía ya tan lejana como las de 2008 y 2010, que España ganó asimismo contra Alemania y Holan­da. Sí, el efecto de las cosas cada vez dura un soplo más breve. Tal vez por eso una de las primeras e irritantes preguntas de los periodistas a los jugadores, nada más concluir el partido y cuando aún no habían recogido su trofeo, era esta invariable­mente: “y ahora, ¿qué será lo próximo? ¿Otro Mundial, el de Brasil en 2014?” Los futbolistas son pacientes y educados, y no vi a ninguno contestar de mala manera, como se merecían esos periodistas sádicos: “No me hable de lo próximo, imbécil, que acabo de revalidar una Eurocopa y me ha costado mucho esfuerzo. Alégrese por lo de ahora y no me maree con el futuro. ¿Es que no le basta con la actualidad más rabiosa?”

No, nunca basta hoy en día, porque el presente ha sido abolido y el pasado no importa ni nadie es capaz de recordar­lo, no digamos de apreciarlo, menos aún de agradecerlo. Quien adquiere conciencia de esta forma perversa y frenética de relacionarnos con el tiempo, no puede evitar dar el siguiente paso, y ver también lo futuro como inminente pasado y por tanto como inminente olvido. Como algo que está ya a punto de resultar irrelevante, de ser desecho, como las sobras de un festín una vez recogidas las mesas. Las Olimpiadas son entretenidas (hablo por mí), y puede uno llegar a apasionarse con algunas pruebas, sobre todo con las carreras. El número de sus competiciones va siempre en aumento, porque la gente exige que sean “disciplinas olímpicas” desde el póker hasta la rana, y las autoridades ceden, presionadas por las televisiones, que ven la posibilidad de ganar espectadores entre los tahúres y los jubilados. Creo haber leído que son 4.800 las medallas acuñadas para su entrega en estas semanas. Tengo la idea de haber contemplado bastantes pruebas de los anteriores Jue­gos en Pekín. Sin embargo, si me pusieran una pistola en la sien y mi vida dependiera de mencionar diez medallistas de entonces, me temo que la perdería: sólo estoy seguro de que Usain Bolt venció en los 100 metros. Me arriesgaría a afirmar que también en los 200 y en el relevo de 4×100 (o como se llame). Y, para salvar el pellejo, aventuraría el nombre de Phelps como ganador de unas cuantas carreras de nata­ción, sin la menor certeza de si sus sonados triunfos fueron en Pekín o en la anterior ocasión, quien re­cuerda dónde. Moriría si me exigieran saber cuántas medallas consiguió España, y eso que en su momento fueron contadas y cantadas con minuciosidad por la sonrojante y patriotera prensa de aquí, aunque se obtuvieran en deportes esotéricos que no conocía nadie y que siguen sin conocerse, pese al efímero éxito cosechado en ellos: en realidad les importan tan sólo a quienes se colgaron la dicho­sa medalla, olvidada por los demás a los tres días.

Las ciudades pugnan por albergar unos Juegos (Madrid sigue dando la lata, abocada de nuevo al fracaso, o eso espe­ro). Se ponen patas arriba durante un montón de años, se tornan aún más invivibles, los políticos y los constructores y los banqueros (esto es, los de siempre) hacen suculentos ne­gocios y crean entre la población una excitación ficticia en torno a unas lejanas disputas semi deportivas que veremos pasar como quien mira anuncios, y que están condenadas a no ser nada -desmemoria, aire- en cuanto se hagan presentes. Es decir, en cuanto acontezcan y sean despreciable pasado re­moto.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de julio de 2012

Arturo Pérez-Reverte habla de su amistad con Javier Marías

¿Te puedo hacer una pregunta sobre tu amigo Javier Marías?
Sí, claro.

A primera vista sois los tíos más diferentes del mundo.
Pues no te creas, tenemos muchas cosas en común. Tuvimos una infancia parecida. Llegó un momento en el cual empezamos a crecer, y él quería escribir novelas y yo quería vivirlas, y eso nos llevó a los dos, desde un punto de partida semejante, a un recorrido muy diferente, y a un punto de llegada muy distinto. Pero los dos, cuando nos hemos tratado, nos hemos reconocido. Si nos imagino en el colegio, él quizá habría sido el chico aplicado, y yo habría sido el gamberro que era, pero habríamos sido amigos y nos habríamos apoyado mutuamente. Él me habría soplado en los exámenes y yo le habría defendido cuando se metieran con él. O, al revés, es una forma de decir. Marías no tiene un pelo de blando, eh. Es bastante duro, aunque no lo parezca. Somos muy distintos, sí, pero tenemos en común que nos respetamos mucho. Y nos queremos, tenemos una relación muy honorable. Somos hombres de honor. Tenemos códigos a los que somos fieles. Esos códigos que siguen en pie cuando todo lo demás se va al carajo. Es más de lo que suele esperarse de otro ser humano en el tiempo en que vivivimos.

[De la entrevista de Enric González a Arturo Pérez-Reverte, en Jot Down, nº 1, junio de 2012]

LA ZONA FANTASMA. 15 de julio de 2012. Hojeando el periódico

Así como tenemos una capacidad asociativa, también poseemos una disociativa, y me temo que los espa­ñoles cada vez más recurrimos a ésta a fin de sopor­tar nuestro país y ver las noticias y hojear el periódi­co sin caer en la tentación de exiliarnos o meter la cabeza bajo la almohada y echar el cierre. Sólo tomando aisladamente cada noticia, sólo haciendo el inverosímil esfuerzo de creer que cada una es una excepción, es posible mantener la espe­ranza. Sólo disociando. Pero a veces no se puede. Veamos unos cuantos titulares de EL PAÍS de un día cualquiera, el 29 de junio (ayer, cuando escribo esto). “El Poder Judicial inves­tigará las presiones al juez del ‘caso Fabra”. “Marina Castaño se asoma al banquillo. Cela y su viuda absorbían las devolu­ciones del IV A”. “El Poder Judicial sólo detallará sus gastos a las Cortes y si se los piden”. “El juez cita como imputado a Bárcenas por el fraude fiscal de su esposa, que ingresó 500.000 euros en billetes de 500 en su cuenta”. “Un juez cita a Julio Iglesias por el ‘caso Ivex”. “Arranca el juicio contra Isabel Pan­toja y el ex-alcalde marbellí Muñoz por el caso de blanqueo”. “El juez Ruz cita al ex-diputado Martín Vasco y a su hermano”. “El re­cibo de la luz sube más del 70% en 6 años sin frenar el déficit tarifario”. “El jefe de Barclays, acorralado por manipular ti­pos” . “Ya nacionalizada, la UNNIM regaló viajes a Turquía a sus clientes con nómina”. “El presidente de Novacaixa dimite antes de que lo echen. Anticorrupción denunció a Gayoso, que llevaba 60 años en la entidad”. “El desfase del BFA alcan­zaba los 15.000 millones”. “Anticorrupción investigará al ex­consejero del Banco de Valencia, Parra, por presunto delito de estafa”. “Expediente a los notarios de Ceuta”. “Dimite Prat por los escándalos en la sanidad catalana”. “Cientos de miles de empleadas domésticas siguen sin estar de alta al expirar hoy el plazo”. “La SGAE debe 120 millones a los bancos; sus clientes le adeudan 115”. “Rajoy da por concluido el boicot a Ucrania para acudir a la Final de fútbol”. “La red del ‘falso jeque’ se extendía por el fútbol catalán”. Sí, todo esto en un solo día.

No se libra una sección. Hasta en Sociedad, Cultura y De­portes -por lo general, las más benignas y amables- hay noti­cias deprimentes de escándalos, estafas, imputaciones, graves sospechas, impagos, abusos, robos, blanqueo, manipulacio­nes, fraude. Políticos, jueces, banqueros, notarios, pero tam­bién gente que ha ganado mucho y que no debería verse en apuros: Julio Iglesias, Isabel Pantoja, la viuda de Cela (y sin duda éste, de estar vivo). Si a uno, en vez de por disociar, como hace diariamente para respirar, le da por asociar una mañana, llega a la rápida conclusión de que este país -y parte del mundo- tienen muy mal remedio. Pero lo más preocupante de todo es otra noticia aparecida en estas fechas: una multitudi­naria red de espionaje vendía datos de 3.000 personas al mes, tanto conocidas como desconocidas. “Un obsceno comercio de datos de todo tipo”, según Jesús Duva: “estado civil, domi­cilio, teléfono, propiedades, vida laboral, actividades empre­sariales, llamadas, correos, informaciones de la Agencia Tri­butaria y del Inem, disco duro de ordenadores, historial clínico, etc.”. Hay involucrados 150 sospechosos. Ciento cincuenta. Entre ellos, detectives privados (lo cual no sorprende), pero también, y esto es lo decisivo, funcionarios de Hacienda, de la Seguridad Social y del Inem, policías, guardias civiles, mossos d’esquadra, bancarios, abogados de importantes bufetes de Madrid y Barcelona, directivos y empleados de Movistar, Vodafone y Orange… No sólo emplea­dos, oigan, directivos. Quienes a su vez compraban toda esa informa­ción ilegal eran sobre todo bancos, aseguradoras, agencias de cobros de morosos, canales de televisión, despachos de abogados y grandes empresas. Aunque no se mencionan, es de suponer que entre los clientes no faltarían bandas de delincuentes, a las que vendría de perlas saber cuánto tiene en su cuenta o cuánto paga a Ha­cienda cualquier individuo. O quién se ha comprado reciente­mente una caja fuerte, para ir a asaltar su casa con la acertada suposición de que en ella habrá dinero en metálico.

Este entramado ya no es posible verlo como” excepciones”. Lo componen personas, aparentemente honorables, con las que todos tratamos. La gente de los bancos, de Hacienda, de la Seguridad Social, de las empresas, los diversos policías, los empleados y directivos de nuestras compañías telefónicas. Ya no son artistas ávidos de mayor fortuna, ni jueces que presio­nan para lograr el sobreseimiento de un caso contra un políti­co afín, ni ex-alcaldes y ex-diputados envueltos en asuntos de corrupción. Es el tejido social entero el que parece dispuesto a trapichear con lo que sea y a vender al vecino. Les ruego que no envíen cartas diciéndome que hay muchos funcionarios y empleados honrados. Sin duda, sólo faltaría que todos fueran chorizos vocacionales u ocasionales. Pero 150 personas “nor­males”, a las que vemos y saludamos a diario, involucradas en esa “obscena” red descubierta, son ya de­masiadas para que lo normal no sea anóma­lo, y encima no se perciban estas gigantescas anomalía y podredumbre.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de julio de 2012

BOOK IN: ‘Los enamoramientos’

Prestar atención a la gente que ves cada día, aunque no la conozcas. Secretos, memoria, traición, muerte… A quienes nos gusta escribir nos ocurre siempre: nos vamos fijando en cosas cotidianas, en la cara traviesa de aquel niño, en la forma extraña que hace el sombrero sobre la ceja de esa señora de la parada del autobús, o mil cosas más que fijamos en nuestros pensamientos de tal forma que somos capaces de asimilarlos y de crear una pequeña historia. Pero luego, cuando vamos a plasmarla en un papel, no nos sale como la habíamos planeado. Es una lucha constante entre el cerebro y el lápiz o las teclas del ordenador. En nuestro interior fluye una historia que nos encandila pero, al expresarla con palabras, no conseguimos ese efecto. Por lo que parece esto no le ocurre a Javier Marías. La capacidad de expresión de este enorme escritor está en consonancia con lo que él es capaz de ver en su cabeza en forma de imágenes. ¡Impresionante!

Esto sería válido para todos los libros de Javier Marías, pero hoy toca recomendaros sólo uno: Los enamoramientos. Y para qué hablar de los principios de sus libros –aún recuerdo algunos– como el del que hoy os cuento:

«La última vez que vi a Miguel Desvern o Deverne fue también la última que lo vio su mujer, Luisa, lo cual no dejó de ser extraño y quizá injusto, ya que ella era eso, su mujer, y yo era en cambio una desconocida…»

Sólo con esto ya merece la pena seguir leyendo para descubrir que la trama es muy escasa. Escasez que se debe a que la novela se va convirtiendo en ensayo a medida que va avanzando. Una medio novela, medio ensayo sobre la sicología humana, que llega a lo más profundo de los sentimientos ante un suceso trágico: la muerte aparentemente estúpida de un ser querido. Hasta el punto de buscar la forma de reponerse y seguir la vida, llegándose a plantear si la imposible vuelta del ser querido fallecido sería una buena noticia, al no estar seguros de si podríamos volver a admitirlo en nuestra recién reparada existencia perseguida por su ausencia.

Si lo que queréis es leer una aventura trepidante, de esas que no te permiten levantar la vista de sus páginas; si lo que queréis es leer una novela que te involucre en la historia y te haga sentirte uno de los protagonistas, este no es el libro que buscáis. Si, por el contrario, buscáis una lectura que os haga pensar, una referencia de uso magistral del lenguaje, o una inmersión en la sicología humana con diferentes puntos de vista ante un mismo suceso trágico, este sí es el libro que buscáis. Lo que sí os recomiendo sin lugar a dudas es que, quienes lo leáis, prestéis atención a la facilidad de Javier Marías para juntar las palabras como muy pocos son capaces de hacerlo, para expresar exactamente lo que quiere expresar y en el momento que quiere hacerlo. En definitiva, un libro para lectores experimentados.

RAFAEL MARTÍNEZ

Abc, Loff.it, 17 de abril de 2012

BOOK IN: ‘Travesía del horizonte’

TRAVESÍA DEL HORIZONTE
JAVIER MARÍAS
Alfaguara Juvenil
Serie roja. A partir de 14 años

¡Bien! ¡Una novela de aventuras! El argumento es un gancho de lo más acertado: Un capitán con un nombre de lo más aventurero, Kerrigan, decide organizar un viaje a la Antártida para científicos reputados y reputados hombres de letras. ¿Y ya? Pues no, este gancho no es más que un anzuelo para que tu curiosidad pueda contigo y te arrastre a una lectura con la que recordarás las grandes aventuras de los maestros del género de finales del XIX.

Sin embargo no hay más que leer las primeras páginas para adivinar que el autor no hace sino parodiar a sus “literarios antepasados”. Claro, Javier Marías, autor consagrado, puede hacerlo sin temor a que le llamen prepotente; es Javier Marías, ¿algún problema? Sólo alguien como él puede permitirse ciertos lujos. Pero, a lo que íbamos. Resulta que el viaje en si es casi lo de menos dentro de esta historia, ya que, una vez que el barco parte, comienzan a sucederse una serie de acontecimientos tales como secuestros, asesinatos, manuscritos secretos y más relatos dentro del propio relato, que no te dejan levantar los ojos de las páginas del libro. Ya es difícil tener la creatividad suficiente como para tejer una historia entre dos géneros, el de aventuras y el de misterio, encerrarlo todo en apenas doscientas páginas y terminar de leerla por completo para acabar con el libro cerrado y mirando a ninguna parte mientras te preguntas qué clase de mente es capaz de terminar esta historia de esa manera. Claro, Javier Marías, autor consagrado, puede hacerlo sin temor a que le llamen ciertas cosas que no caben en un comentario serio como este; es Javier Marías, ¿algún problema? Sigamos, pues.

Coged el libro y empezad a leer. Lo leeréis entero en tres-cuatro horas como mucho y os pasaréis todo el tiempo buscando la solución al enigma que sobrevuela durante toda la trama, o esperando a que sea desvelado. Pasaréis unas horas realmente entretenidas. Además vais a disfrutar de una arriesgada y atrevida narrativa, sin errores de ningún tipo, con personajes de ficción de lo más variopinto, inspirados en esas grandes novelas del XIX, relatos que se suceden unos a otros con un fino hilo conductor y con una velocidad de acción que choca de frente con la pausada forma de escribir. Es difícil que lo comprendáis del todo si no lo leéis. Si lo hacéis, me daréis la razón. Se trata de Javier Marías – no se si lo he comentado – pero hay algo que debéis saber y que rompe con todos los moldes. Y es que sí, se trata de Javier Marías, autor consagrado hoy en día. Hoy en día… Debéis saber que esta novela fue el primer gran éxito de Javier Marías y que la escribió cuando contaba con tan sólo 21 años dejando patente que nada se le pondría por delante para llegar a ser quien es hoy en día, el más afamado autor español vivo en Europa.

RAFAEL MARTÍNEZ

Abc, Loff.it, 10 de julio de 2012

Javier Marías homenajea a William Faulkner

Claves para descifrar el universo de Faulkner

Seis escritores en busca de William Faulkner: Matute, Moix, Giralt Torrente, Landero, Vásquez y Marías se adentran en la obra

Ese hombre con el pelo blanco y bigote entrecano vestido con camisa blanca de algodón un poco arrugada y corbata a rayas que teclea una máquina de escribir en su estudio rodeado de libros, es el mismo hombre que está sentado en una terraza bajo la luz de California con gafas de sol, exhibiendo su piel bronceada sin camisa, bermudas blancas y zapatos con calcetines, inclinado frente a otra máquina de escribir. Dos imágenes distintas de un mismo autor que escribió por placer y por dinero pero con la misma entrega caudalosa de palabras al servicio de historias insólitas que iluminan sombras de la naturaleza humana. Se llama William Faulkner y es uno de los escritores a quien más deben los autores de la segunda mitad del siglo XX.

Los ecos de su torrente literario, aunque han pasado por diferentes decibelios en estas décadas, estos días suenan con fuerza con motivo del cincuentenario de su muerte, 6 de julio de 1962, a la edad de 64 años. Fue el creador de un calculado universo caótico reflejado en su nombre laberíntico: Yoknapatawpha. Un territorio ficticio inspirado en el condado de Lafayette (Mississipi) y el sur de Estados Unidos, en su época de derrota y abandono y donde el Tiempo tiene vida propia para que Faulkner lo muestre no solo oxidado o lento, a veces, sino también con un movimiento de electrón. Allí suelen transcurrir la mayoría de sus historias innovadoras en forma y fondo a la que tanto deben escritores de todas partes del mundo, especialmente, latinoamericanos que van desde Alejo Carpentier y Juan Rulfo, hasta Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa pasando por Juan Carlos Onetti y Guillermo Cabrera Infante quienes siempre reconocieron su influencia por obras como El ruido y la furia, Mientras agonizo, Santuario, Luz de agosto, ¡Absalón, Absalón!, Las palmeras salvajes…

…Historias faulknerianas que zigzaguean y penetran en las zonas de penumbra y oscuras de las emociones y los sentimientos y la razón y los instintos del ser humano en una maraña perfecta donde el tiempo, el espacio y la acción están concebidas solo para ese mundo y no para otro.

En un homenaje a la mirada poliédrica de Faulkner (premio Nobel de 1949), seis escritores se adentran en sus predios para tratar de descifrar la riqueza de su universo en expansión que se presta a tantas interpretaciones:

[…]

EL ESTILO

Javier Marías

La fuerza extraordinaria de Faulkner está en su estilo, afirma Javier Marías. Un estilo que, agrega, lo emparenta con Proust, que ha sido una de sus influencias, y con Henry James. Lo que lo distingue de ambos “son sus párrafos largos, como si surgiera a borbotones hasta el punto de que es menos respetuoso con la sintaxis que ellos; como si a veces dijera: ‘la sintaxis no me importa’. Incluso lo llegó a decir: ‘Si meto tanto en un solo párrafo es porque no sé si voy a llegar vivir al siguiente’. Esa exuberancia borbotónica da a su estilo una fuerza que atrapa y convierte cada página en una suerte de oleada que atrapa al lector y que nadie jamás, ni antes ni después de él, se aproxima a esa prosa”. Para Marías, se trata de un autor más rupturista que el propio Joyce, “que es más deliberadamente rupturista, en Faulkner todo parece más natural”. ¿Una obra? Las palmeras salvajes.

Seis voces como cerillas sobre el universo faulkneriano. Y una más: la del propio Faulkner que, cual demiurgo, entreabre la puerta de su creación en una frase de El ruido y la furia: “Jason escupió al fuego. El fuego silbó, se desenroscó, se volvió negro. Luego se puso gris. Luego se fue”.

WINSTON MANRIQUE SABOGAL

El País, 10 de julio de 2012

‘Mil bosques en una bellota’, el nuevo canon de la novela en lengua española

Veintiocho escritores de lengua española eligen la que consideran su mejor obra en Mil bosques en una bellota (Duomo). Un canon de la novela con sus luces y sus sombras

El maestro Claudio Guillén gustaba relacionar los conceptos de antología y canon, porque en toda antología hay una selección canonizadora, por más que quien la hace, como le ocurre a Valerie Miles en Mil bosques en una bellota, subraye que no viene animado por tal propósito. Obviamente, ninguna antología por sí sola basta para formular un canon, pero sin los parnasos que crean las antologías no se entendería la Historia literaria de la lírica y el cuento.

Entre la conversación y la entrevista

Otro es, por supuesto, el caso de la novela, según se ve en este libro, que trata de narradores. Tiene un precedente inspirador en otro de Whit Burnett, de expresivo título: This is My Best. Over 150 self-chosen and complete masterpieces, and the reasons for their selection (1942). Lo que ese volumen hizo en su día para la literatura anglonorteamericana lo ha planteado ahora la editora Valerie Miles para la novela escrita en español.

Realizada a lo largo de varios años (ya que dice que uno de los requeridos había sido Cabrera Infante), se trata de una encuesta formulada a menudo en forma de conversación o de entrevista, dirigida a un número mayor de los veintiocho escritores que finalmente están. Algunos, como el mencionado escritor cubano, murieron; otros declinaron participar. Como quiera que no conocemos cuál fue la totalidad de los encuestados, no es posible saber si los varios autores a los que se echa de menos pueden justificar un reproche en cuanto a la selección. Es lo que me lleva a callar el nombre de los cinco o seis novelistas españoles que considero inevitables para que el libro fuese completo. Pero no tiene objeto decir a quiénes habría puesto yo (y mucho menos la descortesía de a quién habría quitado).

La tortura del doctor Johnson

Ciertamente, la obra de los veintiocho incluidos tiene relieve, si bien en el caso de la literatura latinoamericana el pivote argentino resulta algo desproporcionado para con el conjunto, y considero que podrían haber figurado algunos otros, como las mexicanas Margo Glantz o Elena Poniatowska. Hay que decir a favor de la selección que se ha quedado en un fecha que permite a los seleccionados hablar desde una producción bastante hecha ya, puesto que los autores más jóvenes aquí incluidos son Antonio Muñoz Molina y Evelio Rosero, nacidos en 1956-1957. Los seniors son Aurora Venturini y Ramiro Pinilla.

El primer requerimiento era doble: que seleccionaran de entre su obra algunos fragmentos que entendieran representativos, y que dijeran el motivo de la selección. Esa sección lleva el expresivo título de «La tortura del doctor Johnson», por unas palabras del famoso padre de la crítica inglesa sobre lo difícil que es para un autor elegir unas pocas páginas. El concepto de representatividad viene glosado por otra famosa sentencia, la debida a Ralph Waldo Emerson, que ha dado título al libro, al formular que en toda creación individual (una bellota) pueden estar condensados mil bosques.

Fragmentos laterales

Obviamente, en las respuestas hay de todo, puesto que algunos escritores se han comprometido más que otros en precisar los motivos de la selección. Desde quienes, como Carlos Fuentes o Rafael Chirbes, fueron muy lacónicos y se limitaron a señalar un fragmento, sin mayores justificaciones, hasta quienes en las razones de su selección han formulado todo un ensayo muy ilustrativo de su poética. La utilidad mayor del libro la veo por supuesto en este último caso, aunque no deja de tener interés conocer la predilección del recientemente fallecido narrador mexicano por Terra Nostra, una novela de gran empeño que no figuró entre las de mayor éxito de su autor.

Hay otro interés, visible en casos como el de Juan Goytisolo y el de Enrique Vila-Matas: ambos han seleccionado un fragmento aparentemente lateral, mucho menos conocido o no perteneciente a sus obras canónicas, sino a obras de menor difusión, pero donde han querido señalar la presencia de alguna idea muy representativa de su mundo. En momentos como esos es cuando alcanza mayor sentido la idea germinal de la bellota que contiene los mil bosques. Quizá por derivar de alguna larga conversación, algunos autores han ofrecido a la compiladora (y al lector) una buena introducción, con calidad de ensayo en germen, de los distintos estratos de su mundo narrativo. Así sucede, entre otros, con Javier Marías y Alberto Ruy Sánchez.

Con los difuntos

Un segundo requerimiento de Valerie Miles versaba sobre los libros de autores preferidos o que han influido en cada autor concreto. A la luz de las respuestas pienso que, por muy notable que sea el motivo quevediano de los libros que permiten entrar en «conversación con los difuntos» (según el conocido soneto «Retirado en la paz de estos desiertos»), ese pie de entrada no ha sido muy afortunado o quizá no bien explicado para la buena cuestión de la influencia. Lo señalo por las diversas interpretaciones que ha motivado, ya que no todos los encuestados lo han entendido del mismo modo.

En este asunto de la influencia hay gran dispersión, pero también líneas de fuerza destacables. Vuelve a reinar William Faulkner, quien aparece por doquier. El más original es Sánchez Ferlosio, pues habla de Karl Bühler, Adorno y Weber (reivindicando una vez más que la ficción le ha abandonado), aunque señale a Kafka sobre todos ellos.

Y otro aspecto que me parece muy notable: hay mayor énfasis en la vindicación de los clásicos comunes entre los autores americanos que en los propios españoles. Es Pitol quien reclama a Galdós primeramente, o es José de la Colina quien habla nada menos que de Fray Antonio de Guevara. Esa unión literaria en los clásicos comunes resulta emocionante y una de las flores mejores de esta interesante floresta.

JOSÉ Mª POZUELO YVANCOS

Abc, 5 de julio de 2012

LA ZONA FANTASMA. 8 de julio de 2012. Maravillas de la crisis

Si queremos combatir un poco la depresión diaria que producen las noticias, la actitud entre despreciativa, acobardada e inepta de Rajoy y las tonterías infinitas de sus ministros sin excepción, no cabe sino empezar a mirar las posibles ventajas, y aun maravillas, que la crisis y la recesión pueden traer. Son escasas, no nos engañemos, y en modo alguno compensarán las penurias, tribulaciones y padecimientos de los más desfavorecidos, que cada día serán más, ni el meticuloso desmantelamien­to de la sanidad y la educación públicas. No me tomen por frívolo. Es sólo que el panorama se ve tan lúgubre que con algo hay que animarse, por tenues que sean los ánimos. Así que pongámonos en lo peor, en el momento en que la gente tenga lo justo -como mucho- y no pueda gastar más que en lo funda­mental Con ser eso un desastre personal y colectivo, alguna bendición acarreará consigo.

Por ejemplo, ¿se imaginan un país en el que, en vez de haber más de un móvil por habitante, sean poquísimos los que se lo puedan permitir? Uno no tendría que via­jar en tren o en autobús en medio de un guirigay de conversaciones cretinas a voz en cuello (casi todo el mundo chilla a sus móviles, como si éstos fueran extranjeros o sordos); ni que enterarse de las supuestas hazañas de nego­cios llevadas a cabo por los adictos, quizá hayan observado la frecuencia con que la gente llama para presumir de sus logros o de sus viajes o de sus coches o de sus hijos o de cómo se la ha jugado a algún pardillo, es decir, de cómo se ha aprovecha­do o ha engañado, el gran mérito nacional. Los individuos no irían por las calles ensimismados y abducidos por sus iPho­nes, y contaríamos con una población más alerta, más vivaz, más al tanto de lo que sucede a su alrededor y por tanto más considerada con los demás. Ah, qué delicia no escuchar más sandeces impuestas, ni verse interrumpido por musiquillas y rugidos imbéciles en los restaurantes ni en los cines, todos sin dinero para pagar las facturas.

¿Se imaginan también un país en el que la corrupción y el robo no estuvieran ya bien vistos? Hasta hace cuatro días, lo único que gran parte de la ciudadanía lamentaba al respecto era no estar en posición de corromper ni de ser corrompida, de robar directamente o al menos sacar tajada de los latroci­nios ajenos. Las incontables operaciones fraudulentas le me­recían mucha más admiración que condena, y los estafadores, en consecuencia, pretendían no someterse a la acción de la justicia merced a los reiterados votos con que los obsequia­ban los electores: ¿cuántas veces hemos oído, sobre todo en boca de políticos del PP, “Las urnas me absolverán” o incluso “… me han absuelto”? Es triste que sólo ahora, por las precarie­dades particulares de los votantes, éstos empiecen a rebelarse contra los abusos, los despilfarros, las comisiones sin cuento, las financiaciones ilegales y los gastos privados cargados al erario público. Pero cualquier tipo de reprobación -aunque provenga de los más bajos instintos- es mejor que la compla­cencia con los bribones y la aspiración a engrosar sus filas. ¿Se imaginan un país en el que se pidieran cuentas de las obras y construcciones arbitrarias y superfluas, en el que se forzara a explicar a un alcalde -a los tres últimos de Madrid, por ejem­plo- por qué tapiza su ciudad de un espantoso, árido, sucio y caluroso granito, si no es por favorecer a empresas, tal vez de amigos, especializadas en él? Y así mil casos más.

¿Se imaginan un mundo en el que los niños no fueran pijos casi desde su nacimiento? Indepen­dientemente del medio del que procedan y de la fortuna de sus progenitores, casi todos son hoy “pijos de espíritu”. Sin dinero ni créditos, dejarían de ser mimados a toda costa, caprichosos y queji­cas, presumidos por mandato, no se “frustrarían” tan fácilmente porque tendrían la piel más curtida, no exigirían como si fuera un derecho el último modelo de PlayStation o de Nintendo o de lo que sea con lo que jueguen (lo ignoro), ni las zapatillas deportivas tal o cual, ni las siete zamarras de colores distintos que lucen de vez en cuando Messi o Cristiano. ¿Se imaginan un lugar en el que los niños, además de niños, fueran también proyectos de adultos y como a tales se los tratara, aunque fuera a ratos?

¿Y una prensa sin periodistas envenenadores y sobornados, a los que ya no podría comprarse? ¿Unas televisiones sin len­guas estúpidas y viperinas porque no habría con qué pagarles y además la gente, afanada en llegar a fin de mes y de semana y de día, carecería de tiempo para ver cómo unos gañanes despellejan a otros que casi nadie conoce y que de hecho a nadie le importan? ¿Un país en el que las personas desearan apren­der porque eso redundaría en su beneficio económico o las ayudaría a hallar empleo, o simplemente las haría sentirse me­nos burras? Sentirse menos burro equivale a sentirse menos indefenso ante las adversidades, y el que aún no se haya dado cuenta de eso es porque es burro con deliberación. No me digan que un país así no tendría sus ventajas. Es más, yo creo que acabaría por prosperar. Claro que entonces volvería el peligro de la abundancia y la necedad…

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de julio de 2012

ÍDOLOS DE LA CUEVA. ‘Gótico sureño’

En el verano de 1996, y tras varios meses de minuciosa preparación, emprendí con mi mujer un viaje inolvidable. La meta era Oxford (Mississippi), pero nuestro objetivo era recorrer, lo más minuciosamente posible, la geografía física y espiritual de las novelas de Faulkner. Siempre he sido un poco mitómano con los escritores que me gustan, sobre todo con los muertos (con la mayoría de los vivos, cuyos méritos literarios no siempre consigo disociar de su comportamiento como personas, me he llevado abundantes chascos). En cuanto a mi pasión literaria por Faulkner, supongo que se debe a que, después de DeFoe y Cervantes, a quienes leí (por ese orden) en mi adolescencia, ha sido el escritor a quien más he identificado con la gloria de la novela como género mestizo, proteico e inclasificable.

Sobre aquel viaje publiqué en la Revista de Occidente un pequeño travelogue que, más tarde, Javier Marías decidió generosamente incluir en Si yo amaneciera otra vez (Alfaguara, 1997), su libro-homenaje al autor de Mississippi. He vuelto a leer aquel relato y recordado lo mucho que me sorprendió entonces el llamativo olvido en que sus conciudadanos adoptivos (había nacido en la vecina New Albany) mantenían al que sin duda es su hijo más ilustre (Premio Nobel en 1949). En 1996, un año antes de que el mundo conmemorara su centenario, Faulkner era allí casi un desconocido, una especie de nebuloso icono local cuya casa (Rowan Oak) era visitada únicamente por algunos admiradores y profesores extranjeros. Recuerdo que, salvo un pequeño callejón que llevaba su nombre, no encontré placas ni monumentos conmemorativos. Y que, cuando averigüé (gracias al señor Parks, el peluquero local) que estaba enterrado en el cementerio de St. Peter, me costó dar con su tumba, desprovista de toda especial indicación o referencia.
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MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO

El País, 4 de julio de 2012

Antes de la final de la Eurocopa 2012

Marías: questa sfida ha una giustizia poetica

‘Benedetto calcio, balsamo e oppio ma l’ allegria dei poveri non dura’

Non c’ è la storia a dividerci. Non ci sono ricordi di guerra e nazionalismi protervi. Non ci sono nonni che ancora oggi non possono sentir parlare quella lingua. Se non giocassero una contro l’ altra stasera Italia e Spagna tiferebbero l’ una per l’ altra. Il campionato veroè finito giovedì notte fra Varsavia e Bruxelles. Abbiamo già vinto lì, su tutti e due i tavoli. Il derby latino è un derby dolce. «Simpatico, di quelli che chiunque perda non sarà gravissimo», dice con un sorriso nella voce Javier Marìas, il più grande degli scrittori spagnoli, il suo cuore così bianco. Tifoso del Real, «e della Spagna certo, ma anche un poco dell’ Italia. Non dimentico la notte in cui scendemmo in strada a festeggiare la vittoria dell’ 82 contro la Germania. Eravamo davvero felici».

Nel suo Selvaggi e sentimentali racconta il calcio con sguardo adulto e anima di bambino. Con indulgenza e passione, senza mai perdere il disincanto che lo distingue. Anche oggi comincia così. «Benvenuto oppio», ride. «Un comunista d’ altri tempi si scandalizzerebbe a sentirlo ma la distrazione che ci offre oggi il campionato europeo è inoffensiva: meritiamo un po’ di riposo, le uniche pagine dei giornali che si possono leggere senza brividi sono quelle dello sport, neppure quelle della cultura, ormai…».

Un oppio che dura un mese. «Appunto. Non è grave. Vincere in campo fa bene, nessuno dimentica che c’ è un’ altra partita, molto più grande. Non siamo più innocenti, e sappiamo tutti – o quasi tutti – che una partita non cambia nulla. È un balsamo momentaneo per l’ anima, poi la gente che non ha un impiego continuerà a non averlo, chi soffre la povertà continuerà a soffrirla. Solo, per 90 minuti, c’ è un po’ di respiro».

Non trova interessante che a vincere siano le squadre dei Paesi in più grave difficoltà economica? Come se dalla sofferenza nascesse una capacità di reagire, una ragione di riscatto. «No, non ci vedo riscatto. Mi sembra piuttosto interessante che le nostre squadre vincano malgrado i nostri Paesi siano in crisi. Nonostante. Come se il piano della vita e quello del gioco non si toccassero mai. Abbiamo grandi giocatori, questo è un fatto. Poi certo c’ è dell’ ironia nella circostanza che i Paesi più forti non siano in finale. Una specie di giustizia poetica. Ma l’ allegria in casa del povero, si sa, non dura molto».

Napolitano ha scritto una lettera a Prandelli in cui accosta la squadra al Paese. Anche in Spagna si sente questa identificazione? «Io do al calcio molta importanza ma mi pare un po’ esagerato. Avvertirei il pericolo di ingannarmi: la passioneè grandee il risultato di alto valore simbolico, ma poco durevole. In ogni caso è una buona intenzione».

Nel derby latino vede più somiglianze o differenze fra le squadre e fra i popoli? «Gli spagnoli si percepiscono nel confronto come più seri, meno divertenti. L’ Italia in generale e anche il suo calcio hanno la reputazione – vera o no – di furberia, grande gioco e piccoli inganni. Gli spagnoli si sentono un po’ più nobili e superbi, orgogliosi in un senso che a me dispiace. Mi piace la leggerezza degli italiani, quando non è un tranello. L’ atteggiamento di queste ore, in Spagna, è: vediamo se noi più nobili battiamo i più furbi. Abbiamo avuto un certo complesso di inferiorità, in passato. Abbiamo battuto l’ Italia solo ai rigori, mai con un risultato chiaro. C’ è molto rispetto per la squadra azzurra. Fa un po’ paura. Saremmo stati più tranquilli con la Germania».

C’ è forse un po’ di rammarico per aver lasciato, nella partita con la Croazia, che l’ Italia passasse il turno? «Ma assolutamente no, al contrario. Proprio per quest’ idea che gli spagnoli hanno di essere squadra nobile e onesta – è l’ idea che agli spagnoli piace avere di se stessi, sempre più ingiustificatamente. Non si sente come un credito, quello. Sarebbe stato gioco sporco. L’ Italia non ci deve niente, era quello che si doveva fare».

Non trova che un poco, nel tratto sobrio e in una certa eleganza, Prandelli e Del Bosque si somiglino? «Sì, in qualcosa. Prandelli sembra così tranquillo, davvero elegante. Ha fatto giocare l’ Italia in un modo più attraente che in passato. Un gioco d’ attacco, bello. In un certo senso più spagnolo.A me piaceva anche il catenaccio, ma questo calcio è migliore. Del Bosque è un vero spagnolo antico, serio, generoso con l’ avversario, davvero un gentiluomo. È difficile trovargli difetti, è rispettoso e molto rispettato. Un bello specchio per gli spagnoli. Mi piacerebbe che fossero così, purtroppo non lo sono. Non così diverso da Guardiola. Solo più vecchio, e castigliano».

Cosa pensa di Balotelli? «Mi sembra molto ansioso, a ragione, di riscattare un passato difficile. Un giocatore capace di belle cose ma anche pessime. Ci vedo del risentimento, certo giustificato per il razzismo odioso di cui è stato oggetto. Ma il bisogno di riconoscimento dopo la fase del decollo può diventare un peso per chiunque. Comunque è giovane».

I suoi preferiti in campo? «Amo Casillas, che siccome è il portiere non sembra così importante ma lo è come capitano e come uomo. Nell’ Italia Pirlo, in questo Europeo, alla sua età, un grandissimo».

Dove vede di solito la partita? «A casa, da solo. Eccezionalmente stasera forse ospiterò un’ amica molto ansiosa».

Dunque non è scaramantico, non rispetta il rituale… Un pronostico? «La mia speranza è che se l’ Italia non è stata capace di fare un gol all’ Inghilterra mediocre in 120 minuti allora, dato che la difesa della Spagnaè molto forte, non sarà facile che ci faccia gol. Spero e penso. Dico: 52 per cento Spagna, 48 Italia. Ma se dovesse vincere l’ Italia non sarebbe triste. Noi spagnoli abbiamo tifato Italia per molti anni, tutti quegli anni in cui la Spagna giocava malissimo. Nell’ 82 era un po’ come se avessimo vinto anche noi».

Potrebbe finire ai rigori. «Ecco, no. Se c’ è una cosa che non posso sopportare è il pensiero dei rigori. C’ è qualcosa al mondo di più folle, assurdo, irragionevole dei rigori?»

CONCITA DE GREGORIO

La Reppublica, 01 luglio 2012

LA ZONA FANTASMA. 1 de julio de 2012. Historia de M

Como casi todo el mundo, he tenido amigos calamito­sos. Quizá el mayor de todos fue M (prefiero no dar su nombre, ya que no fue enteramente desconocido y ha muerto), porque añadía a sus desastres el don de irritar y poner a prueba la paciencia de quienes lo ayudaban sin condi­ciones y sin esperar nada a cambio, ni siquiera su agradecimiento. De hecho M era incapaz de esto último, no tenía arreglo posible, y si varias de sus amistades siguieron echándole una mano hasta el final, pese al mal trato que de él recibían, fue porque había sido simpático y gracioso en su juventud -es decir, por mor de los vie­jos tiempos- y porque les daba lástima en su insolente penuria. A veces, cuando mayor era su apuro, pedía sin disimulo favores, procuraba dar pena (y lo conseguía con las almas más bondado­sas), se presentaba a sí mismo como alguien a punto de quedarse en la calle pese al irrisorio alquiler de renta antigua que le tocaba pagar mensualmente. Entonces se le daba dinero para que con­tinuara pagándolo y no perdiera el piso en el que había habitado gran parte de su vida, desde la infancia, además de una “asigna­ción” que reuníamos entre unos cuantos, para su sustento. A las pocas fechas ese di­nero se había esfumado sin que el piso hubiera sido pagado. Lejos de administrárselo hasta la siguiente “asignación”, M salía a la calle sintiéndose momentáneamente rico, se compraba un foulard caro y otros antojos y se ponía ciego de ostras, de modo que a la semana volvía a estar en la situación extrema que se había intentado paliarle.

No hubo manera, al final lo desahuciaron de su vivienda que tan fácil le habría resultado conservar (con el dinero ajeno). En­tonces pidió que se le pagara un aparthotel o como se llamen, y así se hizo (bueno, lo hicieron un par de ex-novias suyas de gran co­razón e infinito aguante). Protestó porque había otros mejores que aquel en el que se le había metido, y nos tildó de tacaños a cuantos aportábamos algo al “fondo de mantenimiento de M” (fondo perdido, desde luego). No sé por qué extraño mecanismo psicológico que se da a menudo entre españoles, consideraba que todo le era debido y que no tenía ni que dar las gracias. Lejos de eso, no era raro que pusiera verdes a quienes lo ayudaban, o que les fuera con exigencias. Y, por supuesto, contaba la historia a su manera, que en resumen venía a ser “A Fulano, a Mengana y a Zutana les he permitido, les he hecho el favor de dejar que me mantengan, aunque son una partida de roñosos que no me dan suficiente para mis gastos”. La irritación de los amigos iba siempre en aumento, como es natural, y si seguimos haciendo el primo fue por deliberada caridad y a sabiendas. Eso sí, a partir de un cierto punto yo no quise saber más de él, tramité mi leve apoyo econó­mico a través de sus abnegadas ex-novias y les rogué que le ocul­taran a M mi contribución a la “colecta”. No deseaba que se muriera de hambre ni que hubiera de pedir limosna, pero tampoco tener con él el más mínimo trato. No hace falta decir que M era un enorme idiota, como lo es siempre quien está necesitado y va en contra de sus intereses y se chulea ante quienes lo salvan.

Hace tres domingos Rajoy me recordó sobremanera a M, cuando anunció como un triunfo que a España la hubieran resca­tado con hasta cien mil millones de euros, cifra inconcebible para cualquier ciudadano. Lo que todo Gobierno trata de evitar al máximo, y el de Zapatero logró evitar pese a sus numerosas torpezas, el suyo ha sido incapaz de esquivarlo tras tan sólo seis meses de ejercer un poder absoluto, y cuando él había anunciado que todo mejoraría nada más posar su lindo pie en La Moncloa. Desde que Rajoy ocupa ese palacio, todo ha ido a peor vertiginosamente, y ni siquiera ese rescate brutal parece haber servido de nada -como si Rajoy, su partido y los bancos se hubieran gastado la ayuda en comprarse foulards ca­ros y ponerse ciegos de ostras, y volviéra­mos a estar en las mismas, necesitados de otra “asignación” urgente para no ser desahuciados-. Pero en lo que más me ha recordado a M ha sido en su actitud hacia quienes le han salvado el pellejo. ¿Presio­narme ellos a mí? Quiá, soy yo quien les ha apretado bien a ellos. ¿Echarle un capote a España? Qué dicen, soy yo quien se lo ha echado a Europa. ¿Condiciones para el préstamo de esa bagatela de euros? Qué va, se los he sacado a cambio de nada, listo que soy, y astuto. ¿ Grava­men para la población? Nada, serán los bancos los que devuelvan la pasta (como si los españoles no estuviéramos ya manteniendo a flote a más de un banco y varias cajas). Esto está tan resuelto que me largo a ver un partido en Polonia. Y allí lo vimos: el día en que España fue rescatada, con la preocupación, onerosidad y hasta humillación que eso supone (el Rey le dio incomprensiblemente la “enhorabuena”), Rajoy, en vez de ofrecer explicaciones solem­nes y apesadumbradas y de buscar la compañía de los demás partidos, se mostró exultante, ufano, chulesco, abofeteó e irritó a toda Europa con sus embustes y se lo pasó de miedo en el fútbol. Mi amigo M era un enorme idiota, abofeteaba e irritaba a los que lo ayudábamos. Pero al menos era simpático y gracioso, lo conocía­mos de la juventud y nadie más dependía de su comportamiento, se perjudicaba sólo a sí mismo. Rajoy no: arrastra a un país entero y no puede exponerse a la burla y el cabreo de quienes pueden ahogarnos a todos. M acabó malmuriendo, pese a los esfuerzos de sus apaleados amigos. Rajoy ni siquiera es amigo de nadie, tan sólo un recién llegado que causa estupor y vergüenza entre sus pares. Ni tampoco simpático o gra­cioso. ¿O ustedes le ven alguna gracia?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de julio de 2012