Marías, cosmopolita

Foto. E. Vasconcellos

Aunque Javier Marías no fuera [simplemente] un prosista de exquisitas y elaboradas hechuras, aunque no estuviéramos frente a uno de los consumados diestros de la trama y del desenlace, aunque sus párrafos no se presentaran tan frondosos y esponjosos, aunque no requirieran desbroces, desmoches y podas de cuando en cuando.

Aunque Marías no fuera tan obsesivo con la literatura como para trabajar a mano, a punta de pluma o en una anacrónica máquina de escribir de duras teclas en plena era de la cultura digital, como para revisar, corregir y repensar lo que traza, una vez tras otra.

Aunque el madrileño no estuviera en capacidad de calzarse los tacones de una mujer –y de hacerlo de forma verosímil, fielmente, sin perder el equilibrio- para contar de pasada y por coincidencia un asesinato absurdo, o aunque no se solazara delineando y machacando personajes golfos y calaveras (como el entrañable Ruibérriz de Torres).

Aunque en cada novela no nos presentara uno o más dilemas éticos (se me ocurre aquel del amante frustrado, al que se le muere la amante frustrada y semidesnuda entre los brazos, y que duda sobre si llamar o no a un médico o contactar, quién sabe, al marido de la occisa en un hotel de Londres), o el amigo al que su mejor amigo le pide que –por piedad y en vista de una enfermedad infamante y deformante- lo mande a acuchillar.

Aunque Javier Marías no sea de esos escritores que, casi en exactamente sus propias palabras, no escriba con mapa sino con brújula, que cambie de rumbo más de una vez en cada libro, que se perturba con sus propios laberintos, que busca y rebusca el norte, que no sabe de antemano la historia de sus historias, que no se sorprende a sí mismo a cada vuelta de tuerca y ajuste de tornillo. Aunque diga, dientes para fuera, que se pone inseguro cada vez que se sienta frente al papel y que conserva altas dosis de titubeo a sus sesenta y pico de años y cuarenta de haber publicado por primera vez. Aunque sus a menudo interminables y perpetuas oraciones se parezcan a las de su mentor, Juan Benet.

Igual Javier Marías seguiría siendo el paciente y escrupuloso joyero [nota para el editor: acá la palabra más justa es “artífice”] que cuenta historias deslumbrantes en capas, relatos circulares que parecen no conducir a ningún destino cierto, que concibe y aboceta el idioma con el paso de cada página, con la edificación a fuego lento de cada texto. Igual, de todos modos, seguiría latente el Marías de “El error, el esfuerzo, el escrúpulo, la negra espalda del tiempo”. El Marías de “La hora de la noche en que todo guarda silencio de mutuo acuerdo”. El Marías a un tiempo cosmopolita y castizo.

DIEGO PÉREZ ORDÓÑEZ

El Comercio (Ecuador), 3 de junio de 2012