LA ZONA FANTASMA. 27 de mayo de 2012. Cuidado con el tiempo pueril

Uno de los más claros indicios de la infantilización de nuestra época es la percepción distorsionada que he­mos adquirido del tiempo. Como sabe todo el mundo con buena memoria o con críos cerca, los niños no con­ciben, o muy a duras penas, el futuro y el pasado. La inmediatez los domina, sienten una urgencia enfermiza por satisfacer sus necesidades y deseos, disipar sus miedos, poner fin instantáneo a cualquier angustia. Si tienen hambre o sed han de comer o beber ya, el menor retraso les parece una eternidad y una catástrofe; lo mismo si deben hacer pis o les acomete el sueño, o si se aburren, o si se enfadan o se ponen tristes. Se desesperan con facilidad ante las contrariedades, y precisan que se las remedie sin tardanza. En parte es debido a que aún carecen de conciencia de que las cosas pasan, es decir, se interrumpen y evolucionan, son sustituidas y jamás persisten. Al no tener visión de futuro, ni apenas recuer­do de lo dejado atrás, creen que cada momento presente es para siempre, no comprenden la transitoriedad de las circunstancias y por eso no saben esperar para cambiarlas. Cada minuto que viven les parece que deter­mina todos los venideros: si tienen hambre, piensan que la tendrán indefinidamente; si su madre se va al trabajo, están convencidos de que no volverá nunca, experimentan su temporal ausencia como definitiva; si su padre los regaña enojado, sienten que eso es permanente y que jamás volverá a quererlos, a sonreír y a jugar con ellos. Es una existencia un poco animalesca, sin duda, y por lo tanto plagada de alarmas y sobresaltos. Lentamente se va corrigiendo, se va aprendiendo la duración, se entiende que casi todo es provisional y se empieza a vislumbrar la inquietud por el futuro en los periodos alegres y prósperos, pero también la esperanza en medio de las adversidades.

En nuestra época, en buena medida, se ha desandado con ra­pidez lo andado a lo largo de los siglos, hasta el punto de que de­masiados adultos se han instalado en esa percepción pueril del tiempo (hablo sólo de nuestras sociedades occidentales u occi­dentalizadas). Se ha desaprendido que no todo se puede conse­guir y que no a todo se tiene derecho por el mero azar de existir. Al contrario: durante años se ha creído que se nos debía todo, y además gratis, siendo el ejemplo más conspicuo de esto la convicción de que la “cultura”, en concreto (es decir, películas y series de televisión, música y libros), había de estar disponible, sin soltar un céntimo, para cualquiera con un ratón de ordenador a mano.

De pronto, con la crisis, se ha producido un vuelco para el que la gente no está preparada. Primero en Grecia, pero también desde hace un año o dos en Italia, hay una epidemia silenciosa de suicidios, principalmente de pequeños y medianos empresarios. Sólo en la región del Véneto, una de las más ricas, se han matado una treintena de empresarios en lo que va de año. Sus muertes no siem­pre aparecen en los periódicos, o a lo sumo en los locales. El drama de uno de ellos era que no podía satisfacer con el fisco una deuda de 15.000 euros. Dado que probablemente en Italia, como en Espa­ña que yo sepa, no se va a la cárcel por deudas como se iba a la Marshalsea de Dickens hasta 1842, el apuro no parecía tan grave como para quitarse la vida. Las cuitas de otros suicidas, por lo visto, no eran tampoco tan trágicas, objetivamente, como para adoptar solución tan irreversible. Quizá intervenga en ello la incapacidad para esperar, que se ha trasladado o contagiado de los niños a los adultos, la sensación insoportable de que lo que es en cada presen­te seguirá siendo igual para siempre, y de que por tanto no hay vuel­ta de hoja para un presente aciago. Pero también otra incapacidad: la de llevar una vida peor de la que se ha conocido, la de rebajar el nivel económico a que se ha estado acostumbrado, la de verse como un perdedor, o un fue, o un venido a menos. La piel se nos ha hecho muy fina y delicada en el transcurso de unos pocos de­cenios, cualquier sinsabor nos la hiere y des­garra, cualquier revés se nos convierte en calamidad inaguantable. La gente de cin­cuenta o más años llegó a padecer las penu­rias de la postguerra y la situación actual no la pilla tan de sorpresa, no le produce el estu­por -la incomprensión, de hecho- que asalta a las generaciones más jóvenes. Esta situa­ción de deterioro del nivel de vida es proba­ble, además, que vaya para bastante largo. Uno se pregunta si lo que mi amigo Agustín Díaz Yanes ha contado en su inquietante novela de política-ficción Simpatía por el diablo (la primera que escribe, visto lo difícil que se ha puesto hacer cine) puede tener mu­cho menos de ficción de lo que aparenta, si detrás de la crisis no hay una operación concebida para hacer que la gente retroceda a la precariedad como norma, a tiempos con menor bienestar y menos derechos, y lo acepte y se resigne. De momento, y por lo que sucede en Grecia e Italia -y puede empezar a ocurrir pronto en España-, esto último está costando, Y tal vez por eso haya tantos suicidios digamos- exagerados. Si la cosa va para largo y obedece a un plan trazado contra el que será arduo resistirse, más vale que recupere­mos a toda prisa la percepción del tiempo propia de la edad adulta y no de la infancia, la que nos permite saber que siempre escampa y que sólo hay que aguantar y aguardar para ver pasar el cadáver del enemigo, que hoy suele llevar careta de político, alcalde, banquero, especulador, tertuliano, constructor, economista o juez; con mis disculpas para los que no son enemigos, que también haylos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de mayo de 2012