LA ZONA FANTASMA. 20 de mayo de 2012. La dificultad de ser intachable

Ahora que Pep Guardiola ha abandonado el Barça tras cuatro temporadas de éxitos, títulos y juego incompara­bles, hay que reconocer el enorme problema al que se ha enfrentado, sobre todo en un país como este. En él hay algunas personas -siempre pocas- que intentan hacer su tra­bajo, triunfar -ambición bien lícita- y a la vez no resultar ofensi­vas para los demás. Pero esa es una tarea casi imposible. Cuando alguien destaca y no se pone prepotente ni chulo, ni se dedica a subrayar su propia excelencia; cuando trata de restar importancia a sus logros y no tomárselos muy en serio ni jalearse a sí mismo), y atribuir el mérito a la suerte y a otros -en el caso de Guardiola, a sus jugadores-; cuando no saca pecho sino que lo encoge, y procura ser respetuoso y elogioso con quienes no alcanzan tanto o son derrotados por él, y se muestra educado a ultranza, por lo general no se le permite comportarse de ese modo, como si la mera existencia de ese alguien prudente, modesto, cultivado y cortés fuera un ultraje. Tal vez lo sea, porque inmediatamente acentúa el contraste con la mayor parte del resto.

España, en su conjunto, y con excepciones, es un país con ten­dencia a la vileza, y por eso, con frecuencia, penaliza y castiga a quien no participa de ella. Recuerdo cómo muchos intelectuales que habían servido o apoyado a Franco du­rante su dictadura -varios al principio, cuando la represión era más feroz- se justi­ficaron diciendo que había que ganarse la vida, o que habían actuado así para evitar represalias contra un pariente cercano, o que -qué queríamos- habían jurado lealtad al Movimiento porque si no no habrían en­trado en la Universidad; y, sobre todo, aducían que todo el mundo había hecho lo mismo, que nadie había quedado sin pringarse en aquellos tiem­pos tan duros, sin importarles que esto último fuera una gran fal­sedad y que además permanecieran vivos algunos que no se ha­bían prestado a lo que ellos sí se prestaron: gente que malvivió por negarse a apoyar o a ensalzar a Franco, o que se fue al exilio, o que padeció larga cárcel o se sumergió en la clandestinidad. Por no hablar de los ejecutados por la misma razón. Se hizo como si estos individuos no hubieran existido y se lanzó la especie de que todo el mundo se manchó. Así se diluyen las culpas, que en cambio son imposibles de ocultar si hay ejemplos de inocencia y de intachabilidad.

Cuando hay alguien que, en el campo que sea (y por fortuna el del fútbol es leve y en absoluto trágico), se esfuerza por ser intachable, se le mete el dedo en el ojo reiteradamente a ver si reacciona de mala manera y se lo puede arrastrar a la vileza y al fango en que los españoles y españolizados se sienten tan cómo­dos. Por su afán de conducirse civilizadamente en medio de sus éxitos, a Guardiola se lo ridiculizó primero con la zafiedad también habitual aquí (“Mea colonia”, “Es un cursi y un empalago­so”, “Va de filósofo”, “Nos restriega que lee libros”, “Se hace el santo”, “Ya está bien de ir de modestito”, “Que lo elijan Presi­dente de la Generalitat”). Después se lo acusó de haber ganado lo que había ganado con trampas, favores arbitrales, de la Fede­ración, de la FIFA, de la UEFA y de Zapatero, cuando la superio­ridad de su equipo había sido tan palmaria e indiscutible que convertía en mediocres al Manchester United, el Arsenal o el Real Madrid. Tan evidente era su supremacía que los partidos del Barça empezaban a aburrir a los no culés pese al maravilloso juego desplegado: les faltaba dramatismo, incertidumbre, temor. Ahora, cuando ha decidido marcharse tras una temporada brillante en la que no ha conquistado la Liga ni la Copa de Euro­pa, han saltado voces mezquinas que lo han tildado de cobarde y de escurrir el bulto: “Cuando pintan bastos para su equipo”, han dicho, mientras ese equipo ha mantenido su fútbol admira­ble y ha machacado a la mayoría de sus rivales.

Es muy difícil ser intachable en España. Por lo general no sé consiente, como si eso fuera un pésimo ejemplo o un precedente peligrosísimo. Se intenta por todos los medios que quien as­pira a ello descienda a la arena y se líe a mamporros y navajazos, para que todos estén igualados. Se lo provoca, se lo insulta, se le hace burla, se lo difama, se arrojan sos­pechas sobre su labor. El iluso en cuestión­ aguanta estoicamente los chaparrones, los venenos, las cuchilladas y los golpes al hí­gado, sin reaccionar, sin ponerse a la altura de sus detractores. Está empeñado en ser intachable, y ya eso es otro pecado: “Pretende estar por encima, ¿qué se cree? Aquí hay que ensuciarse”. Eso es lo que normalmente se busca en España, que se ensucie todo el mundo, para que se note menos la suciedad ambiente. Las más de las veces el iluso se harta, como es natural, y sucumbe: antes o después se lo obliga a defenderse, porque si uno no repar­te algo de estopa, su educación y su contención se toman por debilidad y la tunda arrecia hasta dejarlo tendido en la lona o camino del hospital. Guardiola, al marcharse, ha felicitado a su mayor ri­val por su victoria y ha añadido una breve frase, más bien críptica (“Han pasado muchas cosas que han quedado tapadas por nuestro silencio”), que quienes lo malquieren se han apresurado a ver como un triunfo, como la claudicación de su caballerosidad. Ya son ganas. Tras cuatro años de méritos incomparables, Guardiola se va sin haberse puesto una sola medalla y sin haberse rebajado a participar en la reyerta nacional, que es lo que se le exige a todo dios. No me extrañaría que, él que puede elegir su destino, no volviera a entrenar nunca en este país.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de mayo de 2012

Anuncios

Javier Marías como traductor. Estudio de Gareth J. Wood

JAVIER MARÍAS’S DEBT TO TRANSLATION. STERNE, BROWNE, NABOKOV
GARETH J. WOOD
Oxford University Press

El aprendizaje de Javier Marías

Los artistas, ya sean pintores, escultores, compositores o novelistas, nacen y no se hacen, aunque todos tienen un proceso de aprendizaje. En el caso de Javier Marías, su primera carrera de traductor literario jugó un papel fundamental en el desarrollo de su propio estilo y de su marco de referencia literaria.

Gareth J. Wood

El libro del profesor británico, Gareth J. Wood, Javier Marías’s Debt to Translation: Sterne, Browne, Nabokov, publicado este mes por Oxford University Press, es el primer estudio en profundidad sobre este aspecto de Marías, uno de los novelistas españoles más exitosos. Wood, ciudadano honorario de Redonda, la nación ficticia creada alrededor de la isla deshabitada del mismo nombre, una dependencia de Antigua y Barbuda, cuyo rey actual es Marías, examina algunas de las obras traducidas por Marías de una forma minuciosa y traza paralelismos con sus novelas.

“A aquel que quiera escribir … yo le recomendaría que tradujera … yo he notado en mi propia prosa flexibilidad y soltura después de traducir”, dijo Marías. “Noté mi ’instrumento’ más afinado que antes, gracias al extraordinario ejercicio literario que supone la traducción.” Marías usa palabras con la habilidad de un cirujano con un escalpelo.

Además de traducir a Laurence Sterne (1713-1768), Thomas Browne (1605-1682) y Vladimir Nabokov (1899-1977), Marías ha traducido a novelistas tan diferentes como el ingles Thomas Hardy (1840-1928), cuyo vocabulario es muy rebuscado, y el americano John Updike (1932-2009) que escribió en una prosa moderna y tan clara como el agua, y poetas como WH Auden (1907-1973). En 1979, Marías ganó el Premio Nacional de Traducción por su versión de The Life and Opinions of Tristram Shandy (La vida y opiniones del caballero Tristram Shandy).

Pero llegó un momento en el que traducir y escribir a la vez suponía el riesgo de contaminar su escritura porque, en palabras de Marías, “escribir y traducir son actividades, desde mi punto de vista, demasiado similares como para mantener las dos de una manera continuada.” Marías alcanzó este punto en 1978 cuando sintió que “había cruzado por fin la línea de sombra y alcanzado la madurez y la osadía necesarias para ser intérprete de mí mismo” y dejó de traducir tanto como antes.

El gran crítico George Steiner avisó que “los escritores han dejado de traducir, a veces demasiado tarde, porque la voz inhalada del texto extranjero llega a asfixiar la suya propia.” Éste no ha sido el caso de Marías que ha desarrollado su propia voz.

Pero aún en 1995 (después de enseñar en la Universidad de Oxford dos años durante los 80) continuaba siendo considerado por las altas esferas del mundo literario español un escritor británico que escribía en español.

Marías empezó su vida literaria traduciendo (aunque escribió su primer cuento, cuando tenía solo 14 años) no solo para forjar y madurar su propio estilo sino también como una manera de rechazar su herencia cultural. “Era la nuestra la primera generación que en verdad no había conocido otra España que la franquista, y se nos había tratado de educar en el amor a España desde una perspectiva grotescamente triunfalista. A la hora de la rebeldía contra esa educación, la consecuencia no podía ser otra que un virulento desprecio no ya hacia esta España cotidiana y mediocre, sino hacia todo lo español, pasado, presente y casi futuro.”

Algo similar ocurrió con Antonio Muñoz Molina. “Para nosotros la palabra tradición sólo podía significar oscurantismo e ignorancia, del mismo modo que las palabras patria o patriotismo significaban exclusivamente dictadura,” dijo en una conferencia en 1993.

A diferencia de Muñoz Molina, Marías venía de una familia intelectual y algo cosmopolita, siendo su padre el filósofo Julián Marías (1914-2005) quien llevó a su familia a EE UU en 1951 por razones políticas, donde fue expuesto desde una tempranísima edad al inglés, y luego recibió una educación de élite en Madrid (en el Colegio Estudio).

Los ideas de Browne sobre la circularidad en asuntos humanos, la posteridad, el tiempo y la memoria, algunos de los temas recurrentes en las novelas de Marías, fueron incorporados a su vocabulario imaginativo. Sterne le dio la confianza de, en palabras de Wood “permitir a sus narradores divagar en el tiempo, ralentizar o incluso suspender en el tiempo el ritmo narrativo en aras de llegar a reflexiones de esencia personal o filosófica.”

Debo confesar que yo leo las novelas de Marías en inglés porque las versiones de su traductora, Margaret Jull Costa, son tan brillantes que parece que ella es la autora, y hasta cierto punto lo es, una experiencia que seguramente Marías sintió cuando el estaba traduciendo.

WILLIAM CHISLETT

El Imparcial, 19 de mayo de 2012