LA ZONA FANTASMA. 6 de mayo de 2012. Tiempos ridículos

La mejor definición escueta que he leído sobre nuestra época la encontré en un modesto artículo sobre el ocaso de los neuróticos aparecido en el suplemento del New York Times que este diario incluye los jueves. No la daba el autor, sino alguien a quien éste citaba, la catedrática de Psiquiatría del Weill Cornell Medical College, Barbara Milrod, quien dictaminaba: “Vivimos tiempos ridículos, y si a uno le parece que todo tiene sentido, lo más probable es que no esté bien” (de la cabeza, se sobreentendía). Tampoco estaba mal la observación de otro experto, Peter Stearns: “Creo que algunas de las cualidades que solíamos atribuir a los neuróticos simplemente se han normalizado. Nos hemos acostumbrado tanto a que la gente tenga preocupaciones y miedos constantes que la categoría ha quedado obsoleta”. O, si entendí bien y en otras palabras: si todo el mundo está neurótico o histérico (ya sé que son cosas distintas, ahora empleo esos términos en sentido coloquial y figurado), nadie es ya percibido como lo uno ni como lo otro, del mismo modo que si todos estuvieran locos –lo cual ya no descarto–, nadie sería tenido por tal, o si acaso sólo los cuerdos, que serían los que se desviarían de la norma; o que si todo el mundo mintiera –lo cual tampoco descarto–, el vocablo “mentiroso” dejaría de tener sentido, puesto que la mentira continua sería nuestra forma natural de comunicarnos, y no ceñirse a ella una anomalía. Quien dijera la verdad sería el reprobable, el antisocial y el subversivo.

A mi parecer no estamos muy lejos de todo eso, y en lo referente a los neuróticos e histéricos, creo que en efecto han desaparecido… por la superabundancia de ellos. En nuestro país el fenómeno resulta palmario, y además, la progresiva invisibilidad de esas figuras implica también la de la iracundia y los insultos, que entre nosotros suelen acompañarlas. Estas dos últimas cosas se perciben ya poco, por ser tan habituales, o es más, por constituir nuestra principal manera de opinar y de expresarnos. Da la impresión de que los españoles tengan permanentemente cargada la escopeta de la desmesura y los improperios, a la espera de que alguien haga algo “indebido”, u opine lo que los fastidia, o meta la pata, para vaciársela en plena cara. El antiguo neurótico se caracterizaba, entre otras cosas, por dar tremenda importancia a lo que carecía de ella o tenía poca, y era alguien, por tanto, que vivía sin cesar en ascuas, atacado por cualquier incidente. Con motivo del viaje del Rey a Botsuana hemos visto proliferar a neuróticos e histéricos de esos antiguos, sólo que ahora sus reacciones pasan por normales, en consonancia con los diagnósticos de Stearns y Milrod.

Al cerciorarse de que el Rey se había ido a África a cazar elefantes, y que no era la primera vez, varias de mis colegas columnistas de este diario (si lo pongo en femenino es porque la mayoría han sido mujeres, aunque no haya faltado algún varón) se han lanzado como Erinias a exigir que el Rey se largue, o que se acabe la monarquía, o que se jubile sin más tardanza, y lo mismo han reclamado tertulianos, comentaristas, dirigentes políticos, analistas y redactores de Cartas al Director. Jamás he cazado ni me resulta agradable la gente que va de cacería, creo que podrían ahorrárselas. Aún menos simpáticos me son quienes se desplazan hasta muy lejos, y se gastan grandes sumas, por darse el gusto de abatir una pieza mayor, de las que no tenemos por estos pagos. Pero no considero que mi opinión personal deba prevalecer hasta el punto de que esas prácticas se prohíban, o de que quienes se entregan a ellas hayan de ser castigados o despedidos o expulsados. Hay muchas actividades que preferiría que no existieran, y entre ellas está la caza, pero procuro no ponerme hecho una furia porque no estén abolidas. Mucho más grave que cargarse un búfalo o un elefante (que probablemente han sido criados para safaris tan sólo, como el toro de lidia para las corridas) me parece la pena de muerte que se aplica en demasiados países, y no veo que mis soliviantadas colegas exijan que Obama dimita como Presidente de una nación en gran parte de cuyo territorio se ajusticia a seres humanos, incluidos algunos que cometieron su crimen siendo menores de edad: se aguarda a que se hagan adultos, con la mayor hipocresía, y entonces se los apiola por lo que hicieron cuando aún no lo eran.

Ante tamaña canallada del Rey (irse a pegar tiros a animales grandes), todas las demás consideraciones se han ido a paseo. De pronto, este Rey ya no nos vale, o no queremos más monarquía (no soy ni he sido nunca monárquico, pero no me haría ninguna gracia que nuestro Jefe de Estado fuera Aznar, o Aguirre, o Bono, individuos que podrían salir elegidos). Sí, el viaje del Rey resulta antipático en casi todos los sentidos. Pero es desproporcionado, propio de neuróticos o histéricos, juzgar que eso ya lo invalida, o a la institución que representa y con la que mal no nos ha ido. Para exigir un cambio así tiene que haber más motivos, más serios, más de peso, más meditados y racionales, más ponderados y argumentados. Pero aquí no hay quien no esté dispuesto a salir de cacería, en cuanto se ojea una pieza (ahora hablo metafóricamente: hoy todo debe aclararse, por lo que señalaban Stearns y Milrod), y por eso las escopetas están bien cargadas, a ver quién se pone a tiro. Sí, vivimos tiempos ridículos. Lo peor es que en España la mayoría de la gente se siente en ellos como pez en el agua.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 6 de mayo de 2012