La risa de Shandy, una lección de Sterne

Como una flor que tiene belleza y gracia
Y mientras con su frescura  perfuma el campo
Llega el arado y cruelmente arranca las raíces.
Ariosto 

La seriedad es un continente misterioso del cuerpo que sirve para ocultar los defectos del alma. La ironía, la risa, la burla son sus manifestaciones como objeto precioso, y sólo les es entregada a algunos, pues en manos de todos perdería su sentido. El carácter irónico que encubre todo lo desacralizado, es un abrevadero de la inteligencia que le impide perderse en la nostalgia o en la melancólica soberbia. Desde tiempos lejanos se sabía que los hombres inteligentes solían ser demasiado melancólicos, poseían el mal del alma, eran dolorosos. El rostro de los hombres serios semeja más al dolor de la pedantería. Lo grave del semblante se asocia más al temor por vivir que a la sabiduría, la voz sabia no es grave, prefiere la burla, alguna vez, el poeta John Donne dijo que a los sabios se les reconoce porque ríen mucho, aunque debió agregar, y porque sufren su mundo.Por Joseph Nollekens

Existen caracteres que definen a los pueblos, y dicen que a los ingleses, los distingue la gravedad, a los franceses, la gracia. Ello más que una verdad es una apreciación injusta que sólo demuestra que no conocen ni a unos ni a otros. O más bien que se sienten pensadores con la gracia de los antropólogos o en el peor de los casos, con la sutileza de los dianéticos.

La risa es un tanto engañosa cuando se le asocia con la felicidad. El mundo se divierte o ríe sin suponer en ese momento la vida feliz. La felicidad y la inteligencia son paralelas: no se tocan. La risa y la inteligencia habitan un mundo claro pero doloroso: la ironía.

La risa en Bergson provocó una explicación de sus fuentes, asimismo Freud buscó sus relaciones en el inconsciente y dicen que esa tradición proviene del genio de Estagira, con un supuesto tratado sobre la comedia como complemento a su Poética. Desde la edad media la asociaron a lo diabólico, aunque para los escritores con genio se convirtió en un instrumento útil para su desarrollo narrativo. Desde los pilares de las letras occidentales, Rabelais, Cervantes, Swift o Sterne, la estruendosa carcajada como medio correctivo e irónico del mundo se escucha hasta nuestros días. La sentencia “de lo sublime a lo ridículo sólo hay un paso” vive y explota los últimos rincones de la pedantería universal con don Quijote, concluye y empieza la mirada sobre las novelas de Caballerías. El portento de caballero con fiel escudero aventuran algunas de las más espectaculares escenas de la ironía, al grado que pocos se percatan que se encuentran más que frente a un escritor, frente a un verdadero héroe de la modernidad. No está loco es simplemente un espejo de la locura intelectual.

Resulta generalizado, resaltar el momento de la concepción del ser humano como uno de los momentos más sublimes de la existencia. En Laurence Sterne, no es sino causa de burla, es un dato que revela lo absurdo de la situación que sus padres viven, aunque captura la sórdida acción de dar cuerda al reloj o más aún la convención normal y universal que detenta la vida humana: ¿Qué hora es?. Francois Lyotard afirma que en ese sentido Sterne o Proust no son menos que Heisenberg o Einstein.


En La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy Laurence Sterne propone el paradigma que dará trabajo a los críticos de literatura y durante la segunda mitad del siglo XX, hará creer a algunos escritores que descubren aquello que el irlandés tomó a burla hace varios siglos: la novela y la crítica sobre los elementos constitutivos de la misma. Los grandes novelistas consagran sus obras aunque olviden acciones detalles y momentos del propio discurrir de la acción en ella. Las novelas más hermosas se realizaron en los siglos XVI y XVII, se detallaron en el XIX y se volvieron melancólicas en el XX y, algo más,  siempre estuvo un irlandés. Desde Sterne y Swift hasta Joyce o Beckett, o más aún hasta Flann O’Brian, el arte narrativo colaboró y se divirtió con las posibilidades y derroteros de la narrativa, a diferencia de los españoles que con Cervantes inicia y termina la tradición; a los franceses que siempre -y hasta olvidando a François Rabelais con Gargantúa y Pantagruel– siguen pensando en hacer un Nouveu Roman, excepto A la recherche du temps perdu, que logra lo que muchos ni  imaginan. 

Algunos novelistas estudiosos de la novela y capaces de encontrar la errata a la obra maestra son incapaces de realizar algo como sus regañados maestros (Cfr. Fuentes, Eco o Kundera), Cervantes pierde al Rucio, Sterne va más lejos pierde un capítulo completo y demuestra que ello es cierto. Según el autor de Viaje a Italia, la conversación al interior de la novela, estructurado como crítica, comentario o incluso discusión son elementales y parte de la convivencia natural entre autor y lector, que como se evidencia en la historia de la novela Milorad Pavić es uno de los pocos que entendió la lección. Sin embargo, la lucidez del divertimento planteado por Sterne junto a la convivencia, es algo que hasta la fecha no se ha alcanzado sino por fragmentos.

Tristam, nuestro héroe, lejos de pretender lo que, de por sí le corresponde, comparte con su padre y con su tío Toby, la reflexión que entre broma y broma es capaz de volver sospechosa su técnica. Su obra impactó al impresionante Ben Jonhson quien predijo que lo extravagante no sobreviviría y lo extravagante en Sterne es imprescindible, su obra se acerca en la literatura lo que Bach representó a su época con su música. La combinación que logra entre la literatura y  el sistema filosófico de su adorado Locke, no sólo es un triunfo de las letras sino de su época.  

Sin embargo, aparece como lugar común la conexión entre el sistema filosófico que propone John Locke en su Ensayo sobre el entendimiento humano, y las ideas y estructura de la novela del Sterne, pues si bien es cierto que parte de esa concepción, no lo es menos que es en un plano irónico, el que le da vida a Tristam Shandy, no podemos obviar que el filósofo no estaba de acuerdo con algo que para Sterne era elemental como la asociación de ideas y de ellas Locke, siempre previno contra ella como una exacerbación negativa, y la consideraba incluso como enfermedad irracional. Ello no es ningún descubrimiento, pues Javier Marías, su traductor, lo desvela con claridad en su ensayo sobre el autor de su novela preferida. 

Sterne no era un filósofo tenía el atributo de la gracia y la sagacidad que faltaba a los que practicaban esa profesión. No era un escritor tradicional a la manera de Pope o Thackeray, éste último, autor de una de las novelas más socorridas hasta principios del siglo XX, La feria de las vanidades,  incluso lo censuró. La verdad es que casi todos sus contemporáneos (Goldsmith, Richardson, Walpole, Dr. Johnson, Grey e incluso el actor Garrick) criticaron con severidad la obra de Sterne.  Mientras que Sterne caminaba por las encrucijadas de Burton, el crítico, y traductor de una de las más bellas obras de la literatura universal,  Las mil y una noches (Arabian nights); el máximo exponente de la literatura burlesca Rabelais y su alma gemela de la ironía Johnatan Swift.

Sterne desde que concibe a su personaje lo asocia etimológicamente a lo triste aunque no descarta la polisemia que le ofrece y ello lo reposa en la alegría, lo chiflado o lo voluble de sus personajes, este rasgo sorprende pues el autor nace en 1713, más en la era victoriana que en la de “nosotros, los otros victorianos” como diría Foucault en su Historia de la sexualidad. La mediocridad de su vida como párroco, la transfiere a sus personajes. Con ellos no sólo reformula planteamientos lockianos sino que los pretexta, los interrumpe y se interrumpe, juega con las palabras y con los lectores, como político o, mejor dicho, como sacerdote, promete explicaciones y salvamentos. Escucha, observa, piensa y de pronto descubre que está ahí. 

Vuelvo al principio. La seriedad es un misterioso continente que en Laurence Sterne parecía inevitable, su nacimiento es una Irlanda que pocas veces ha tenido la oportunidad de ser un pueblo feliz con la pretensión inmediata de la pérfida Albión. Su formación en humanidades y filosofía, y como sacerdote desde el Jesus College, Cambridge, fue un tanto parca y sin mayores dividendos que algunos sermones que le otorgan cierta distinción local, al igual que algunas intrigas políticas y religiosas. Después de un matrimonio fallido del que tiene una hija. Cercano al medio siglo de vida decide publicar un Romance político que es una sátira contra un religioso y un año más tarde publica el primer libro de Tristam Shandy (1760), obra que siete años después concluirá.

Su breve vida como escritor le permitió, además crear su inmortal obra Viaje sentimental a Francia e Italia  (A sentimental Journey througth France and Italy). En 1762 enferma de tuberculosis, por lo que viajará  hacia aquellos lugares donde pueda remediar su enfermedad que, como acontece en toda su vida, también de ella extrajo frutos. Morirá en de 1768. Su risa permanece inmaculada.

ALDO BAEZ

Sexenio (México), 13 de marzo de 2012