Vida y traducciones del caballero Javier Marías

Con ocasión de la reedición revisada del Tristram Shandy de Laurence Sterne -una de las obras más complejas de la literatura europea del siglo XVIII-, el prestigioso escritor y traductor al castellano reflexiona para Gentleman sobre las dificultades y los premios de su hazaña.

Su actualidad viene dictada porque Los enamoramien­tos ha sido elegido uno de los mejores libros de 2011, porque le ha sido otorgado un nuevo recono­cimiento internacional (el Premio Austriaco de Lite­ratura Europea) y porque el presidente y el entrena­dor del club de sus amores, el Real Madrid, le han “quitado del fútbol”. Pero el motivo por el que hablamos con Javier Marías es la reedición de su alabada traducción (le valió el Premio Nacional en 1979) de La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy en la nueva tirada que pone en el mercado Alfaguara, obra cumbre de Laurence Sterne y de la literatura universal. Javier Marías, que posee uno de los únicos nueve volúmenes de la primera edición (aparecidos entre 1759 y 1767) firmado por el propio autor, tradujo la complicadísima obra, que permanecía inédita en español, durante un par de años en que vivió en Barcelona, en los años setenta.

En un esfuerzo por situarnos en la época de la publicación de La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, ¿qué cree usted que fue lo que provocó que tuviera el éxito que tuvo?

Su enorme originalidad y la risa que provoca. Tristram Shandy apareció por entregas, entre 1760 y 1767, creo recordar, y la gente esperaba cada una con impaciencia e intriga, y eso que no era una novela con “argumento”, como los folletines posteriores del siglo XIX. Su éxito fue muy grande, hasta el punto de que cuando Sterne visitó París fue recibido con admiración por los más afamados intelectuales. Es sabido que Diderot le copió párrafos en su Jaques el fatalista. Sterne fue un innovador, en una época receptiva a las novedades como fue el siglo XVIII.

¿Cuál es, para usted, la singularidad del libro, lo que ha hecho que su reputación llegue hasta hoy?

Sin duda se adelantó a su tiempo, aunque en su tiempo, como acabo de decir, fuera comprendido y apreciado también. Es una obra que en muchos aspectos parece más del siglo XX que del XVIII. Influyó mucho en el Ulises de Joyce, considerada por tantos la novela más arriesgada de la historia. Tristram Shandy lo es más aún, a mi parecer, entre otras razones porque vino mucho antes. Luego, autores contemporáneos como Kundera, Cabrera Infante, Flann O’Brien y tantos otros han sido grandes entusiastas. Todos lo sentimos como un libro intemporal, o contemporáneo. Y eso es lo que suele sucederles a los verdaderos clásicos.

Laurence Sterne nació en Irlanda en 1713 y murió en Londres en 1768: todo un programa. ¿Hasta qué punto es importante en Tristram Shandy la singular vida y personalidad de su autor?

Su vida no era conocida en su tiempo, su personalidad sí, porque se trasluce en la novela y en su Viaje sentimental. Se percibe que era un espíritu risueño, lleno de ingenio y de humor, con una malicia benévola, si vale la aparente contradicción. Al leer Tristram Shandy se tiene la impresión de que quien concibió y escribió sus páginas había de ser por fuerza simpatiquísimo y encantador, alguien en cuya compañía a uno le gustaría estar. Algo semejante a lo que ocurre con Cervantes. A casi todo lector del Quijote le habría gustado conocerlo personalmente. Sus voces son persuasivas, amistosas, inteligentes y alegres, y eso es impagable.

¿A qué atribuye que esta novela no estuviera traducida en España hasta los años setenta del pasado siglo?

A su extremada dificultad, en parte. Y en parte a que durante largo tiempo España desconoció mucho de la mejor tradición literaria en lengua inglesa, más volcada en la francesa casi siempre. Pero yo creo que se tuvo por una novela casi intraducible, por sus numerosos juegos de palabras y originalidades sin fin. Pese a que sí se hubiera traducido a otras lenguas (al italiano por el famoso escritor Ugo Foscolo, por ejemplo). Aún no sé ni cómo me atreví: empecé mi traducción a los veintitrés años. Sería osadía de juventud.

¿En qué cambió la traducción la percepción que tenía del libro como lector?

En todo. Cuando uno traduce un libro, aunque lo haya leído antes con atención, se da cuenta de mil detalles más. Al traducirlo me pareció una obra mucho más compleja y ambiciosa. Y percibí en mayor medida el extraordinario ritmo de la prosa, así como la caracterización de los personajes principales, bastante más profunda de lo que parece a primera vista. El tío Toby y el cabo Trim, salvando las distancias, son casi tan entrañables como Don Quijote y Sancho.

¿Qué fue lo que más aprendió, como escritor, de la traducción de este libro?

Es difícil señalar algo concreto de sobresaliente. Si uno ha sido capaz de reescribir aceptablemente una obra monumental como esa, es indudable que su instrumento -la lengua, su dominio- se verá enormemente afinado. Es como si uno hubiera escrito varias novelas, sólo que además ha de comprobar que su versión no desmerece mucho de la original. Supongo que, como escritor, gané en flexibilidad, en seguridad, en léxico, en atrevimiento. En todo, en suma.

Un lema de Sterne es I progress as I digress, “Progreso con las digresiones”. La sensación que uno tiene, como lector de sus novelas, es que terminó por adoptar ese lema, pero quizá a raíz de Todas las almas y, sobre todo, en Tu rostro mañana, donde la digresión alcanza el mayor nivel en su obra (pienso en la suspensión del tiempo en la escena de Tupra y la espada en el lavabo de la discoteca). ¿Es la mayor herencia que recibió de Sterne? Y si está de acuerdo con mi afirmación previa, ¿fue algo que caló en usted con el tiempo, no de manera inmediata?

Sí, no fue de manera inmediata, seguramente. En Tristram Shandy aprendí que el tiempo de la novela es justamente el tiempo que en la vida real no puede existir. Que en la novela se puede jugar con la duración, que se puede detener la acción e incluso el tiempo mismo, sin por ello perder el interés del lector. Que una digresión aparente es a veces parte del argumento o historia, o eso se descubre más tarde. Yo he aplicado ese aprendizaje en mis novelas, sí, de manera distinta, claro está. No olvide, por otra parte, que Cervantes ya había hecho algo similar en ocasiones, y que, por supuesto, Proust también lo hizo, mucho más tarde. Es algo arriesgado, sin duda, porque hay lectores muy impacientes que sólo quieren saber qué va a pasar al leer una novela. La magia de Cervantes, Sterne o Proust es que consiguen interesar al lector en las “interrupciones” tanto como en las llamadas “peripecias”. Los tres eran enormemente elegantes, además, tanto en su espíritu como en sus respectivos estilos.

¿Está de acuerdo con la afirmación de Nietzsche de que se trata de la novela más libre de todos los tiempos? ¿Por qué?

Bueno, cuando Nietzsche lo dijo seguramente era así. Sterne hace lo que le da la gana, no se atiene a las convenciones ni a las reglas de la novela, no ya de su tiempo, sino incluso de la posterior. Se para a hablar con el lector, le anuncia que deberá esperar para saber tal o cual cosa, lo interpela, lo lleva de la nariz, le pide que colabore (incluso que rellene un capítulo que aparece en blanco), y consigue que ese lector lo acompañe dócil y encantado de la vida. Tantas de las cosas que luego se han presentado como “novedades” están ya en Tristram Shandy. Todo escritor debería leerlo, aunque sólo fuera para saber que existe y no repetir lo que él ya hizo hace dos siglos y medio.

JOSU LAPRESA

Gentleman, marzo de 2012