Acerca de Los dominios del lobo

MÍNIMA MOLESTIA. Los escritores perdidos (2)

Refiriéndose a su primera novela, Los dominios del lobo (1971), escrita cuando apenas contaba diecinueve años, Javier Marías dijo que era una reivindicación de la imaginación y el territorio del escritor frente “al daño que nos hizo el realismo social”. Lo dijo meses atrás, durante una conversación mantenida con Juan Gabriel Vásquez en el marco del último Hay Festival de Segovia; pero en ocasiones anteriores se ha pronunciado Marías en términos parecidos. Por mi parte, no terminan de salirme las cuentas.

Marías nació en septiembre de 1951. Aunque precocísimo escritor, cuesta pensar que como lector empezara a madurar antes de los catorce años. Para entonces, sin embargo, el realismo social que prosperó en España durante la década de los cincuenta ya había entrado en franco declive. En 1962, recuérdese, se publicó Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos, novela de la que suele decirse que supuso la superación de la estética social-realista. Ese mismo año de 1962 Mario Vargas Llosa obtuvo el Premio Biblioteca Breve con La ciudad y los perros, y detonaba lo que se ha dado en llamar boom de la narrativa latinoamericana, que atraería la atención de los lectores españoles -y del mundo entero- sobre una avalancha de libros y de autores deslumbrantes, que trabajaban en coordenadas muy alejadas de las del realismo.

Sin restar a Los dominios del lobo un ápice de su osadía, de su gracia, de su frescura, cabe decir que cuando se publicó la novela hacía ya unos cuantos años que en España se escribían -y no sólo se leían- libros que se desmarcaban netamente de las prácticas del realismo social, cuando no las cuestionaban abiertamente. Por ahí Gonzálo Suárez ya había hecho de las suyas, y Juan Benet había trazado muy provocadoramente su muy exigente programa literario, ejerciendo un destacado magisterio entre los más jóvenes y prometedores escritores.

Fue Benet, precisamente, quien más contribuyó a difundir la idea de la que se hace eco Marías cuando se refiere al “daño que nos hizo el realismo social”. Pero si ya resulta difícil pensar que ese daño fuera grande en un caso como el de Marías -lector bien orientado desde sus comienzos, que no parece haber perdido mucho tiempo leyendo libros de esa cuerda-, es altamente improbable que se produjera entre lectores más jóvenes, como yo mismo, crecidos en un entorno cultural -el de los años setenta- de una extraordinaria potencia creativa. Y sin embargo, en los años ochenta se consolidaría esa idea de que, poco menos que hasta la muerte de Franco, la narrativa española fue un erial para la imaginación, un campo de berzas, un terreno esquilmado por el empeño de someter la literatura a imperativos de orden ético o directamente político.

[…]

IGNACIO ECHEVARRÍA

El Cultural, 3 de febrero de 2012

Si yo escribiera así

Leo en estos momentos un libro extraordinario, de esos que ya no llegan a Venezuela (mi ejemplar lo adquirí por Internet), de esos que uno como escritor desearía poder escribir, se titula Ni se les ocurra disparar (Alfaguara, 2011), del novelista y ensayista español Javier Marías. Se trata de un grueso volumen en el que se compilan 97 textos publicados por el autor desde el 8 de febrero de 2009 hasta el 6 de febrero de 2011. Y me atrevo a escribir sobre el libro sin terminar de leerlo, porque se trata de ensayos y artículos independientes, leídos con fervor por los españoles en las páginas del suplemento dominical El País Semanal, que sale todos los domingos (los podemos leer cada domingo a través de la página web del diario español).

No necesito conocer todos los escritos insertos en este tomo para tener la certeza de estar frente a una obra sincera y llana, que toma el pulso de la realidad española (a veces de la europea y la latinoamericana), discriminada en ejes temáticos tan diversos como política, cotidianidad, fiestas religiosas, gustos literarios, personajes históricos, cine, crítica a la crítica, autores, arte, denuncia, o las crónicas de su mayor afición (después de la literatura) como lo es fútbol. Me interesa de este libro, como de los publicados en años anteriores (que atesoro desde hace años en mi biblioteca: Literatura y fantasma, Vida del fantasma, Vidas escritas, Seré amado cuando falte, A veces un caballero, Demasiada nieve a mi alrededor y Lo que no vengo a decir, entre otros), no tanto lo que cuenta este incisivo hombre de letras (que a lo mejor puede resultarle extraño al lector de este lado del océano), sino cómo lo hace.

Su estilo es desenfadado, crudo, sin subterfugios ni adornos. Dice las cosas tal y como las siente, sin importarle para nada las posibles consecuencias de sus afiladas e incisivas visiones en torno a encumbrados personajes del mundo de la política española, europea y latinoamericana, del académico, o sencillamente del hombre y de la mujer del común. Ah, eso sí, con mucho humor salpicado de gruesa ironía, con algo de sarcasmo y ciertas pinceladas de crueldad, que en lugar de causarnos horror, nos hace sentir asombrados frente a situaciones francamente inverosímiles y colindantes con lo absurdo.

Si yo escribiera en la Venezuela de hoy (tan crispada por la escisión política y con la epidermis social tan susceptible) como lo hace el colega Javier Marías en España, estaría vetado, inhabilitado, o quizá preso. Su estilo (y dentro de él, el lenguaje, descarnado y sin concesiones de ningún tipo) aquí es sencillamente inadmisible (aunque de vez en cuando nos llegan algunos de sus textos menos comprometedores, que son publicados por un periódico de circulación nacional para llenar los vacíos de algunos de sus articulistas dominicales), a menos que se aplique la autocensura y pierda su prosa lo que de maravilloso posee: la plena libertad de conciencia, la inmensa capacidad dialógica, y el no inmutarse frente a sucesos que podrían crisparnos la piel y ponernos ante la disyuntiva de expresar a ultranza lo que sentimos, o perder inexorablemente los espacios conquistados en la prensa. ¡Envidiable su posición, no caben dudas!

Algún día alcanzaremos (o conquistaremos) en Venezuela esos estándares de libertad y expresión intelectual que disfrutan los europeos. Mientras tanto, recomiendo que esperemos sentados, por si acaso nos cansamos con las largas esperas…

RICARDO GIL OTAIZA

El Universal (Caracas), 3 de febrero de 2012