LA ZONA FANTASMA. 22 de enero de 2012. La esfinge asiria

Cuando escribo esto, hace casi dos meses que se celebraron las elecciones generales con el aplastante triunfo del PP, y desde entonces tengo la extraña sensación de que toda la vida nacional estuviera en sordina, como si sobre ella se hubiera extendido uno de esos mantos de nieve que llevan a la gente a mirar caer embobada los sigilosos copos, resguardada tras las ventanas y miradores, con un respetuoso o pasmado silencio. El griterío permanente de los últimos años ha cesado como por ensalmo, lo cual es prueba irrefutable de que la vociferación viene casi siempre de la derecha, cuando no está en el poder. Así fue en la época de la crispación, entre 1993 y 1996: en la primera de esas fechas el PP creyó que se alzaría con la victoria, y, como no fue así, sus portavoces y conspiradores se pasaron tres años maldiciendo y calumniando a diario. Así fue también tras la victoria del PSOE en 2004: toda la legislatura fue un incesante escándalo, se puso en cuestión la legitimidad del Gobierno un día tras otro y se lo acusó de las más rocambolescas maniobras imaginables en relación con los atentados del 11-M. Supongo que será prioridad del nuevo director de la Policía, Cosidó, reabrir aquella investigación, ya que se contó entre los que no creían que la matanza hubiera sido obra exclusiva de terroristas islamistas. Espero con impaciencia el resultado de sus pesquisas, desde el cargo de máxima responsabilidad que ahora ocupa.

Sí, todo se amortigua cuando gana el PP. Los que pierden frente a ellos tienen mejor perder, es innegable. Pero también ha contribuido al silencio -al manto de nieve- la magnitud de la derrota socialista y el consiguiente aturdimiento de ese partido. Que se encuentra como un púgil noqueado, lo demuestra que muchos de sus responsables estén considerando ponerlo en manos de alguien tan engreído y vacuo como Chacón -cuya mayor capacidad de expresión son sus pucheros-, para así convertirlo en una fuerza residual, sin la menor posibilidad de volver a gobernar. Y la mayoría absolutísima del PP -también en las autonomías y ayuntamientos- ha dado lugar a una especie de fatalismo entre la población, y de parálisis en consecuencia: harán lo que quieran, nadie les podrá coartar ni discutir ni poner condiciones a cambio de apoyo, porque esta vez no precisan de ningún apoyo, se bastan y se sobran con sus escaños, no han de tener en cuenta a nadie. Quizá por eso no se rechista ni se les reprocha apenas que hayan subido los impuestos a toda velocidad -más a las clases medias que a las grandes fortunas- tras jurar que eso nunca lo harían, sino si acaso bajarlos; ni que hayan congelado el salario mínimo, y el de los funcionarios, y hayan reducido las pensiones (incrementarlas un 1% es reducirlas, dado el aumento superior del coste de la vida o IPC); ni que ya no prometan la creación masiva de empleo, ni que no digan palabra sobre la situación de una de sus Comunidades emblemáticas, la Valenciana, que amenaza precipitada ruina tras lustros de control del PP y fastos ridículos y corrupción endémica y destrucción del litoral.

Pero tal vez haya algo más para explicar este extraño enmudecimiento general. Hasta cierto punto, parece una réplica del Presidente del Gobierno Rajoy. Personalmente, siempre me ha parecido un cabeza hueca, y así lo he manifestado en alguna ocasión: un hombre sin ideas y desde luego sin ímpetu, sin capacidad para entusiasmar a la gente, ni siquiera para crearle ilusión o esperanzarla. Eso no quita para que, consciente de sus limitaciones, pueda poseer cierta astucia. La astucia clásica de las personas sin ideas consiste en hacerse la esfinge: permanecen calladas mientras los demás parlotean, se muestran enigmáticas e inescrutables, consiguen que los otros se mantengan a la expectativa de sus escasos pronunciamientos, a los que se acaba por dar valor sólo por eso, por su escasez. Siento decirlo -y con ello no insinúo en modo alguno que la política de Rajoy vaya a tener nada que ver con la de un dictador-, pero la actitud que hasta ahora está adoptando me recuerda, de lo que yo he conocido, más a la de Franco que a la de ningún otro gobernante posterior. Los jóvenes lo ignoran y los maduros lo van olvidando, pero aquel aciago individuo era así: hermético, imperturbable, cazurro, frío, taimado. Sólo hablaba en discursos memorizados, rutinarios, hueros. Lanzaba a sus ministros por delante, los hacía quemarse, los nombraba o destituía sin dignarse comunicárselo (eran famosas las visitas de un motorista con la notificación del cese). Y, por supuesto, jamás se rebajaba a dar explicaciones a nadie, y menos que a nadie a la prensa y a los ciudadanos, que eran meros sojuzgados. Rajoy -quién si no- ha tomado ya unas cuantas medidas duras y ha incumplido no pocas de las promesas de su larguísima campaña electoral. Él, sin embargo, anda desaparecido, no ha dicho “esta boca es mía” y se lo ha dejado todo a sus subordinados, como si nada fuera con él. Se está haciendo la esfinge asiria (éstas eran barbadas, a diferencia de las egipcias y griegas). Por culpa de Oscar Wilde, a la palabra “esfinge” le sigue a menudo la expresión “sin secreto”, casi sin querer. Lo que es más infrecuente es que se recuerde el significado original del término griego, que carece de traducción inequívoca. Según algunos, quiere decir “agarrador” o “anudador”. Según otros, “exprimidor”, o incluso “estrangulador”. En cualquiera de los casos, mejor no recurrir a la etimología, ¿verdad?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de enero de 2012