LA ZONA FANTASMA. 15 de enero de 2012. Quién quiere reputación

Hablaba el pasado domingo del peligro de los finales aspaventosos, de cómo éstos -se los busquen los individuos o no- tienden a quedar como lo más verdadero de toda una vida, como lo configurador y definitorio e inamovible, a la manera en que lo hacen los desenlaces de las novelas, los cuentos, las películas y los dramas. De cómo lo que se recuerda de los seres reales se asemeja, más de lo razonable, a los destinos de los personajes de ficción que perduran en nuestra memoria. Las tempranas muertes de Kurt Cobain o Amy Winehouse los caracterizarán ya para siempre tanto como a Romeo y Julieta su tonto sino trágico, y que Elvis Presley muriera como murió -en el cuarto de baño y con vómitos, al parecer- condicionará tanto el conjunto de su figura como estará condicionada la de Madame Bovary por el veneno que ingirió y le provocó una muerte atroz, grabada en la mente de todo lector de Flaubert. En las creaciones literarias o cinematográficas -en las narrativas-, los hechos están abocados a ser los mismos durante toda la eternidad, es decir, mientras haya lectores y espectadores: Don Quijote y Macbeth murieron como murieron y no hay vuelta de hoja; no habrá nunca duda de quién fue el hombre que mató a Liberty Valance; nadie podrá alterar la última palabra del ciudadano Kane, que fue y será “Rosebud” sin remisión.

Ciudadano Kane

Solemos creer que las vidas reales no están tan atadas ni determinadas, que casi todo tiene remedio o mentís o enmienda o rectificación, fingiendo ignorar que nuestro término puede encontrarse a la vuelta de cualquier esquina y que puede ser -mala suerte- lo bastante dramático o espectacular para borrar o teñir cuanto hicimos antes, a veces con esfuerzo y dedicación. Pero, si aceptamos que el resumen de nuestras existencias será siempre breve -como corresponde a la palabra “resumen”- y destacará unos pocos elementos -los más llamativos o fáciles de recordar, no por fuerza los más dignos-, deberíamos llevar cuidado no sólo con nuestro final, que a menudo nos es imposible prever y controlar, no digamos escenificar, y detrás del cual no viene nada ni hay más oportunidades, sino con casi cualquier hecho escandaloso o chillón, porque puede acabar siendo lo único a lo que se nos asocie, mientras se guarde memoria de nosotros, claro está.

En este sentido resulta asombroso que tantos sujetos se arriesguen tanto. Nada de lo que hiciera o haga en el futuro Roldán, aquel director de la Guardia Civil, contará lo más mínimo al lado de su robo monumental, será esto lo que aparezca al instante unido a su nombre. Es probable que, con ser mucho menos grave, e independientemente de su condena o exoneración, a Camps lo persigan sus trajes hasta la tumba y más allá, como a Strauss-Kahn su camarera africana, si es que alguien se acuerda de esos dos más allá. Nixon tuvo una larguísima trayectoria política, pero su perjurio en el caso Watergate (un asunto en verdad nimio a la luz de tanto espionaje impune como ha venido después) es lo único que acude a la cabeza de la gente al oír o leer su apellido. Hay baldones y manchas que se extienden de tal manera que oscurecen, cubren, barren, aniquilan todo lo demás. Una persona puede haber realizado grandes obras y haber sido benefactor de la humanidad, que todo eso quedará tapado por una sola falta o tacha de envergadura; todo eso no contará y será como si no hubiera existido. ¿Injusto? Sin duda, con frecuencia. Pero así es como va el mundo, del que jamás se ha dicho que fuera justo.

¿Cómo es, pues, que alguien como Urdangarin, yerno del Rey -por mencionar un caso conspicuo, pero en España hay incontables más-, se haya arriesgado así, independientemente de que a la postre salga absuelto de cuanto se le imputa? A efectos de lo que hablo, poco importará que se lo declare inocente o culpable. Dado que no es un personaje “dinámico”, cuyos logros profesionales estén a la vista de todos y vayan a continuar (no es un deportista en activo, un Nadal cuyos futuros triunfos pudieran difuminar o disipar la mácula; ni un actor, o un escritor), su figura estática, mera comparsa de un símbolo, quedará, como mariposa, para siempre prendida con el alfiler del escándalo al que ahora da nombre, y en su biografía no habrá más para el común de las gentes, esto es, para la siempre despiadada y superficial memoria colectiva.

Se me ocurren sólo dos explicaciones, para correr tanto riesgo. Una es la conciencia que vamos teniendo de lo que acabo de exponer: si uno puede ser intachable a lo largo de su vida, y eso no va a contar ante el primer desliz llamativo o ante un final desdichado y espectacular del que acaso ni seamos responsables, ¿para qué tomarse molestias, para qué portarse bien si eso no nos asegura un relato póstumo satisfactorio? (Y además la calumnia acecha siempre.) La otra es la más probable, en mi opinión: a demasiada gente ha dejado de preocuparle cómo será recordada -lo que se llamaba su “buen nombre”-. Le trae sin cuidado lo que se piense o diga de ella, más aún cuando esté muerta. Eso es una bagatela en comparación con los beneficios obtenibles en vida. Cuando se habla de la falta de escrúpulos actual, o de moral, o de ética, no suele traerse a colación el siguiente factor que las propicia: estamos asistiendo al desprestigio y desaparición de algo que tuvo fuerza y frenó y disuadió de tantas conductas, al menos desde que se escribe la historia y hay registro de los hechos. Estamos asistiendo al fin de lo que acostumbraba a llamarse “la reputación”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de enero de 2012