LA ZONA FANTASMA. 8 de enero de 2012. El horror narrativo

Ahora que empieza un nuevo año, y además con un nuevo Gobierno que ni se ha estrenado, quizá no esté de más recordar la volatilidad y fragilidad de nuestras acciones y la desmesurada importancia de los finales. En mi novela Tu rostro mañana el personaje principal hablaba de eso, y lo calificaba de “horror narrativo” o de “repugnancia narrativa”, si no me equivoco, y se lo atribuía sobre todo a aquellos personajes públicos que tienen demasiada conciencia de serlo y que se preocupan por el conjunto de su historia y el acabamiento de su figura, por cómo lucirán una vez que su retrato esté completado (ninguno lo está hasta la muerte, y a veces incluso varía póstumamente, por ejemplo cuando se descubren secretos que en vida se lograron mantener a buen recaudo). Esos individuos son conscientes de que cuanto hagan y consigan a lo largo de su existencia, sus méritos, hazañas o servicios prestados, pueden quedar eclipsados e injustamente olvidados no ya por una felonía o desliz cometidos a última hora -que por supuesto-, sino por un final excesivamente espectacular, del cual acaso ellos no tengan ninguna culpa, sino sean meras víctimas. En aquella novela se hablaba también del “complejo Kennedy-Mansfield” para denominar ese temor. Poco importa lo que llevara a cabo el Presidente John F. Kennedy durante su breve mandato ni con anterioridad; poco las ilusiones y expectativas que despertó: su asesinato fue tan chillón que, por así decir, es lo primero que se asocia con su persona y tiñe o borra lo demás. A Kennedy se lo cargaron en Dallas, eso es lo único que, al cabo de tantos años (pero desde hace ya muchos), permanece en la memoria colectiva de la gente. Se podría afirmar que su biografía ha quedado reducida a su ultimísima escena a causa de lo llamativo de ésta. Sobre el caso de Jayne Mansfield (incomparablemente menos famosa y recordada ya sólo por mitómanos como yo), hay una larga explicación en esa novela, no toca repetirla aquí.

Son incontables más, desde luego, los afectados por ese “horror”. John Lennon, por mucho Beatle que fuera y aunque sea considerado un gurú por una multitud, es vinculado al instante con su asesinato a manos de un enfermizo fan, es lo que prevalece. A quienes aún recuerdan al actor James Dean su nombre les trae a la memoria, antes que sus pocas películas, el hecho de que muriera muy joven en accidente de coche, y algo parecido sucede con Marilyn Monroe, que dispuso de más tiempo y más películas: éstas no están olvidadas en absoluto, y su historia y sus vicisitudes son rememoradas y reconstruidas sin cesar, pero todo lo preside su suicidio, que no pocos han querido convertir en asesinato, para darle aún mayores misterio, dramatismo y relieve. La cosa se remonta más lejos: para el aficionado a la poesía, es imposible que Keats, Shelley y Byron no vayan unidos al conocimiento de sus prematuras muertes (sobre todo las de los primeros), y junto al apellido Rimbaud aparece en el acto la noción de sus precoces desdén y abandono de la literatura, su desaparición, y su oscura conversión en traficante de armas y seguramente de esclavos, es decir, en personaje novelesco, con apariencia de ficticio. Y el nombre de Larra invoca como un relámpago su pistoletazo a los veintisiete años. Hasta Jesucristo es indisociable de su final aparatoso, de su ejecución en la cruz. Es más, en su caso, de no haber muerto de forma violenta y temprana e injusta, no habría adquirido la trascendencia que tiene, ni siquiera sería una deidad; por mucho que se relaten y repitan sus dichos y hechos, lo fundamental es su manera de morir, su conclusión. Y otro tanto ocurre con quienes no fueron víctimas sino verdugos. Los libros del filósofo Althusser están tiznados por el hecho de que estranguló a su mujer; “tiznados” significa difuminados, ensombrecidos por su crimen. Y del novelista Céline no cabe articular tres frases sin que salgan a relucir su odio visceral a los judíos y su colaboración con los nazis.

Quienes no son personajes públicos también van construyendo, con mayor o menor deliberación, sus vidas como un posible relato, aunque éste vaya a ser sólo de consumo doméstico o circulación familiar. Quien más quien menos obra a veces -no siempre, claro está- de una u otra manera con el siguiente pensamiento en la mente: “De mí no se podrá decir … tal o cual cosa”, lo que quiera que nos horrorice que de nosotros pudiera decirse. Y sin embargo toda esa meticulosa construcción más o menos consciente de la propia historia o de la propia figura, así como los logros y merecimientos, pueden quedar arrasados por una sola desgracia o un solo oprobio de los que no tenemos ni que ser responsables, como no lo fueron Lennon ni Kennedy de sus asesinatos espectaculares, Jayne Mansfield o James Dean de sus truculentos accidentes automovilísticos. En realidad ni siquiera hace falta que el hecho determinante de la vida de alguien tenga lugar al final, aunque sin duda lo sea más -por irreversible y definitivo- si coincide con el término de esa vida y la clausura. Ya lo señaló Ferlosio hace muchos años: en las narraciones lo último se aparece siempre como lo verdadero. Y yo aún diría más y peor: como lo configurador. Pero de por qué puede venir a cuento todo esto en la actualidad, habrá que hablar quizá en otra ocasión.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de enero de 2012