LA ZONA FANTASMA. 29 de enero de 2012. El senyor Martí i el seu pare

Cuantos escribimos en prensa estamos acostumbrados a recibir cartas de protesta y reproche. A menudo son agrias, u ofensivas, en ocasiones insultantes. Debe de ser cosa de estos tiempos, en los que ha disminuido la cortesía. A veces le afean a uno haber dicho lo que no ha dicho o callado lo que no ha callado, lo cual -todavía, lo reconozco- resulta un poco desesperante: “¿Qué diablos han leído o han creído leer?”, se pregunta uno. “¿Es defecto mío (tan mal me sé explicar) o de ellos (saben leer, pero no entender un texto breve)?” Hay quienes se la tienen jurada al columnista y no quieren atender a lo expresado por éste, sino que “deciden” cuál ha sido su postura o sus palabras, para así arremeter contra él. Un tipo de corresponsal con el que todos estamos familiarizados es el que toma invariablemente la parte por el todo, el ejemplo por la norma, el caso por la generalidad. Si uno cuenta su desagradable experiencia con un funcionario, o con un taxista, o con un policía, habrá funcionarios, taxistas o policías que se den por aludidos y vean la anécdota como un ataque global a sus respectivos gremios. A estos individuos susceptibles es a quienes menos atención hay que prestar.

Pero para todo hay excepciones, y hace unos días me llegó una carta que en verdad me hizo desear no haber escrito una frase que escribí aquí hace siete semanas, aunque sólo sea por haberle causado un sinsabor a mi gentil remitente, que me hacía su reproche “sin acritud” y con extremada educación. El señor Josep Martí Barberà, de La Masò (Tarragona), se quejaba de que en mi pieza “Adolescentes como bisabuelos” hubiera dicho de aquéllos (de los actuales, y a tenor de una encuesta reciente): “… en lo relativo a su concepción de las relaciones sentimentales o de pareja, son unas antiguallas, unos simples y unos catetos de mucho cuidado, y su visión es en esencia la misma que la que podían tener los campesinos más ignorantes y arcaicos bajo la Dictadura de Primo de Rivera …” (de ahí que los asemejara a sus bisabuelos, ni siquiera a sus abuelos).

Me cuenta el señor Martí que tiene ochenta y dos años, que desde los catorce ha trabajado en el campo, que su padre fue agricultor en tiempos de Primo de Rivera, “tenía libros, un diccionario y en el pueblo de cuatrocientos habitantes se ‘divertían’ con su grupo de teatro, y como él muchos más. No era un hacendado sino un humilde agricultor”. Amablemente, me incluye la fotocopia de un cartel del 8 de marzo de 1936 en el que se anuncia una de esas funciones (“Grandiós esdeveniment teatral”, se lee arriba), en cuyo reparto figura su progenitor. El señor Martí continúa (espero que no le moleste que lo cite; si sí, mil perdones): “No creo que usted pueda imaginarse lo feliz que me sentía, por los años cincuenta y sesenta, cuando ya antes de salir el sol me encontraba labrando la vinya, con mi esposa todavía en esta cama, cuidando a mi rubita niña y mi robusto hijo, y soñando un día poder comprar aquella huerta de avellanas, yo que sabía contabilidad y escribir a máquina, no podía imaginar que alguien del lejano Madrid pudiera equipararme de ‘cateto’, ‘ignorante’ y ‘arcaico’. He leído infinidad de veces, campesinos-ignorantes, como si otros obreros de las ciudades fueran más ilustrados…”

No hace falta decir que me apresuré a contestarle. Me permitía señalarle que mi frase, por fortuna, había sido “los campesinos más ignorantes y arcaicos”, y no “los campesinos ignorantes …”, lo cual habría sido imperdonable, pues habría dado a entender que todos lo eran, y jamás he pensado tal cosa. Aun así, le escribí, comprendía que hubiera leído el párrafo en cuestión con amargura, y me disculpaba por él. Pero no me ha parecido suficiente, y de ahí esta pública rectificación o matización.

El señor Martí y su padre pertenecen sin duda a esa clase de personas dignas y admirables que cada vez se dan menos en nuestro país. Aun a riesgo de ponerme cursi (creo que no suelo serlo), conmueve la gente que, sin tenerlo fácil, ha procurado instruirse y ha considerado un tesoro cuanto conseguía en ese terreno. Me conmueve en particular que el señor Martí destaque con orgullo que su progenitor tenía “un diccionario”, eso a lo que tantos individuos restan hoy toda importancia y a lo que otros se la han dado máxima, preocupados por saber con precisión lo que las palabras significan y por escribir sin faltas de ortografía y con propiedad, precisamente lo que demasiados desdeñan ahora con soberbia (“Qué más da”). Al lado de quienes alcanzan la Universidad sin saber redactar dos frases con sentido; de quienes tienen a gala exhibir su incultura en las tertulias de las televisiones y radios; de los numerosos políticos que, con sus carreras terminadas y sus puestos de responsabilidad, hablan como perros y son incapaces de construir una sola oración coherente y correcta ante un micrófono o en el Parlamento, campesinos como este señor Martí son dignos de alabanza y del mayor respeto. Si incurrí en el común error de atribuir más ignorancia y arcaísmo a la gente de campo que a la de ciudad, la verdad es que basta pasear por estas últimas para darse cuenta de que son incontables los descerebrados y cafres que pululan por ellas, algunos con títulos superiores y lo que ustedes quieran, pero que no parecen haberse asomado en la vida a un libro ni menos aún a un diccionario. Una vez más lo lamento de veras, mi querido señor Martí.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de enero de 2012

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Javier Marías. Manual de literatura

Hubo una temporada, hace años, en que la biblioteca de Javier Marías (Madrid, 1951) aparecía con frecuencia en las revistas y suplementos de decoración.

El encargado de la empresa que instaló las estanterías a medida en el salón de su casa, cuando las vio rebosando de clásicos ingleses -el lomo de los libros alineado con los estantes; el color sutil de las encuadernaciones; Thackeray, Quincey, Dickens, en naranja, en la edición de Penguin-, le propuso utilizarlas para la publicidad de la marca manteniendo, eso sí, un discreto silencio sobre su propietario.

Así que hicieron las fotos y, durante un tiempo, una de esas bibliotecas de las revistas, improbables y anónimas, era la suya. De ahí que resulte desde el primer momento vagamente familiar. Remotamente recordada o entrevista: un estante inferior para libros grandes, diseñado por él mismo, y un cuerpo que llega prácticamente hasta el techo: Pepis, Swift, Stevenson, y mucho Burton, el capitán. Entre otros, la traducción de Las mil y una noches sobre la que escribió Borges, en edición ilustrada, sólo para suscriptores, difícil, dice, de encontrar.

Entre ambos cuerpos, una repisa en la que forman decenas de soldados de plomo, infantería y caballería, más o menos marciales. Hay postales, una carta autógrafa de Conrad enmarcada, fotos -Faulkner, Stevenson, su muy admirado Benet, John Wayne, también muy admirado, algunas familiares-, y objetos de todo tipo.

«Me gusta que las estanterías sean buenas, el metal me resulta deprimente, propio de biblioteca pública inglesa -dice, en medio del salón, con un cigarrillo entre los dedos-. Así que las elegí de madera, natural aquí, y lacada en blanco en el piso de abajo, donde tengo la literatura española. Por lo demás, soy bastante ordenado. Detesto las dobles filas, porque al final nunca acabas sabiendo lo que tienes detrás, y los libros cruzados.» Y es cierto que sólo en los estantes más bajos, los que quedan más a mano, se ve algún papel encajado entre los libros, un poco al acaso: recortes de periódicos, correspondencia y originales.

El orden y el concierto

Recuerda, claro, la casa de sus padres: pilas de libros en permanente crecimiento caótico, sofás impracticables, y aquel curioso invento, una especie de bisagra lateral que se ponía en los cuadros, en lugar de la tradicional hembrilla, para poder atornillarlos a las estanterías. Así, cada cuadro era, al tiempo, una puerta secreta, inesperada, una trampilla que ocultaba las baldas.

La biblioteca invasora, escribió en un artículo, exagerando, pelín, aquella casa tomada por los libros (y dos sótanos) en la que los niños tenían que hacerse hueco entre ellos para jugar a las chapas.

En esta biblioteca hay algo, también, de la paterna, invasora. Ocupa toda la casa, se interrumpe en cada habitación y sigue por el resto de los cuartos, en los pasillos, por los rincones, en otro piso…

Dicen los expertos que, en lo sustancial, existen dos tipos de personas: los que ordenan los libros, y los que los dejan sueltos por la casa esperando que ellos mismos encuentren acomodo. Marías pertenece, desde luego, a los primeros. Sus libros -calcula que pueden rondar los veinte mil, algunos con su nombre, fecha y lugar de compra en la página de cortesía- están colocados según un orden estricto que empieza, en el salón, con la literatura inglesa.

«Quizá sea porque es la parte más cuantiosa -comenta-. Cuando empecé a comprar libros nunca compraba literatura española porque mi padre lo tenía prácticamente todo: lo último que se me ocurría era buscar a Valle-Inclán porque estaba en casa. Luego lo he ido completando y ahora tengo mi propia obra completa de Valle y de Baroja. Pero tengo mucha literatura inglesa, y norteamericana, que ocupa todo el salón, y el estudio donde habitualmente trabajo.»

Mirar los estantes de Marías es hojear un manual, casi ilustrado, de literatura, un mapa. Los autores, colocados por orden cronológico, están al lado de sus contemporáneos, mezclados poetas y ensayistas, filósofos y narradores, como en la vida misma: Locke antes que Fielding y Quincey junto a Byron.

Para ser riguroso en esa adjudicación -accidental- de vecindades tiene desde hace años un listado alfabético, escrito a máquina con decenas de añadidos manuscritos, en el que figura junto a cada escritor el año de nacimiento y eventual deceso, y al que echa mano en caso de duda.

A partir de ahí, la biblioteca se extiende por el resto de las habitaciones, con idéntica estructura. Literatura francesa, alemana, italiana: Simenon, Diderot, Proust, Apollinaire, Larbaud, Mann, Kafka, Benjamin, Leopardi, mucho Calvino, y mucho Zeri, Federico, el polémico crítico e historiador de arte italiano en el que basó lejanamente uno de los personajes de Corazón tan blanco.

Libros dedicados

En su habitación, destaca una balda completa dedicada a Ellery Queen -una afición, la de la novela policiaca, heredada de su padre-, las obras completas de Henry James y todo Faulkner, o casi todo, de quien tiene un ejemplar firmado. «Me gustan los libros que no ocultan enteramente su pasado. Los que contienen alguna foto, algún papel, los que cuentan algo. También guardo algunos con firma o dedicatoria autógrafa: Mallarmé, Radiguet, Gombrovicz, Chesterton, Isak Dinesen, Mann… Pero no me considero bibliófilo, nunca compraría un libro que no estuviera dispuesto a leer.»

Sobre el cabecero, nada casual, nada original, Cervantes y Shakespeare, para las noches de insomnio.

Entre sus manías confesables, la de guardar la correspondencia que recibe de los escritores con los que se cartea entre las páginas de sus propios libros: Mendoza, Aleixandre, Magris, o Sebald, de quien conserva no sólo alguna carta, sino también un trozo de lápiz, el final, que le ofreció la familia a su muerte, y que guarda, también, junto a su obra.

Faltan sus propios libros. Amontonados, o casi, en el recibidor, en torres, tal cual los mandan de las editoriales. Y un ejemplar de cada uno en cuatro o cinco mueblecitos giratorios, repartidos por toda la casa, discretos, invisibles.

En el piso de abajo, el de las estanterías blancas, por orden alfabético, autores españoles e hispanoamericanos, chinos, japoneses, rusos: Nabokov, Pasternak, Pushkin. «Me encanta Pushkin», dice.

Y allí, en uno de los estantes, un libro de Neruda, Canción de gesta, que apareció, dedicado a Cabrera Infante, hace años, en el catálogo de una librería de viejo.

El propio Cabrera le encargó a Marías que averiguara de dónde había salido, pero en lugar de hacerlo, lo compró. Cabrera, que sabía el precio, no quiso aceptarlo, y acordaron que, ya que se trataba de un ejemplar robado de su biblioteca en Cuba, una nueva firma lo haría legal. Así que el libro tiene ahora una dedicatoria doble: de Neruda a Cabrera, y de Cabrera a Marías. Dice: «Para Javier… de todas las sabias letras». En medio, hay una frase que no se entiende. Vaya.

TRISTRAM SHANDY
Laurence Sterne

«Es uno de los nueve volúmenes de la primera edición, y éste en particular está firmado por el propio Sterne. Los libros del XVIII tienen una impresión muy nítida, y un tacto especial del papel».

LA CIUDAD DE LOS PRODIGIOS
Eduardo Mendoza

«Creo que es uno de los grandes libros españoles de la segunda mitad del siglo XX, y también uno de los que a mí más me han gustado. Y el que más me sigue gustando de Mendoza».

TRAVESÍA DEL HORIZONTE
Javier Marías

«Es la primera edición de mi segunda novela. Tiene la particularidad de que, en la guarda posterior, aparece un fragmento del principio del libro en inglés. La letra es de Juan Benet, fingiendo un estilo de escritor decimonónico».

[Fragmento del libro de Jesús Marchamalo, Donde se guardan los libros. Bibliotecas de escritores, Siruela/Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 2011]

Fotos de Jesús Marchamalo

Paul Harding-Javier Marías

  Paul Harding: “El estilo es una parte tan indeleble como la forma del cerebro”

P. En su novela el mundo natural tiene mucha densidad, está lleno de detalles. Eso le lleva a algunas reflexiones metafísicas sobre la condición humana. ¿Cree que, como sugiere Javier Marías, hay algo que puede llamarse “pensar literario”?

 R. Javier Marías me gusta mucho, estoy de acuerdo con él. El arte consiste en gran parte en ser testigo de las paradojas y contradicciones del corazón humano. El filósofo tiende a verse obligado a reconciliar estas contradicciones, mientras que el escritor puede ponerlas una al lado de otra, mostrarlas al lector. Eso le produce una satisfacción estética al lector, pues está viendo descrita una experiencia que reconoce como verdadera a pesar de su aparente imposibilidad.

EDMUNDO PAZ-SOLDÁN

El País, 23 de enero de 2012

LA ZONA FANTASMA. 22 de enero de 2012. La esfinge asiria

Cuando escribo esto, hace casi dos meses que se celebraron las elecciones generales con el aplastante triunfo del PP, y desde entonces tengo la extraña sensación de que toda la vida nacional estuviera en sordina, como si sobre ella se hubiera extendido uno de esos mantos de nieve que llevan a la gente a mirar caer embobada los sigilosos copos, resguardada tras las ventanas y miradores, con un respetuoso o pasmado silencio. El griterío permanente de los últimos años ha cesado como por ensalmo, lo cual es prueba irrefutable de que la vociferación viene casi siempre de la derecha, cuando no está en el poder. Así fue en la época de la crispación, entre 1993 y 1996: en la primera de esas fechas el PP creyó que se alzaría con la victoria, y, como no fue así, sus portavoces y conspiradores se pasaron tres años maldiciendo y calumniando a diario. Así fue también tras la victoria del PSOE en 2004: toda la legislatura fue un incesante escándalo, se puso en cuestión la legitimidad del Gobierno un día tras otro y se lo acusó de las más rocambolescas maniobras imaginables en relación con los atentados del 11-M. Supongo que será prioridad del nuevo director de la Policía, Cosidó, reabrir aquella investigación, ya que se contó entre los que no creían que la matanza hubiera sido obra exclusiva de terroristas islamistas. Espero con impaciencia el resultado de sus pesquisas, desde el cargo de máxima responsabilidad que ahora ocupa.

Sí, todo se amortigua cuando gana el PP. Los que pierden frente a ellos tienen mejor perder, es innegable. Pero también ha contribuido al silencio -al manto de nieve- la magnitud de la derrota socialista y el consiguiente aturdimiento de ese partido. Que se encuentra como un púgil noqueado, lo demuestra que muchos de sus responsables estén considerando ponerlo en manos de alguien tan engreído y vacuo como Chacón -cuya mayor capacidad de expresión son sus pucheros-, para así convertirlo en una fuerza residual, sin la menor posibilidad de volver a gobernar. Y la mayoría absolutísima del PP -también en las autonomías y ayuntamientos- ha dado lugar a una especie de fatalismo entre la población, y de parálisis en consecuencia: harán lo que quieran, nadie les podrá coartar ni discutir ni poner condiciones a cambio de apoyo, porque esta vez no precisan de ningún apoyo, se bastan y se sobran con sus escaños, no han de tener en cuenta a nadie. Quizá por eso no se rechista ni se les reprocha apenas que hayan subido los impuestos a toda velocidad -más a las clases medias que a las grandes fortunas- tras jurar que eso nunca lo harían, sino si acaso bajarlos; ni que hayan congelado el salario mínimo, y el de los funcionarios, y hayan reducido las pensiones (incrementarlas un 1% es reducirlas, dado el aumento superior del coste de la vida o IPC); ni que ya no prometan la creación masiva de empleo, ni que no digan palabra sobre la situación de una de sus Comunidades emblemáticas, la Valenciana, que amenaza precipitada ruina tras lustros de control del PP y fastos ridículos y corrupción endémica y destrucción del litoral.

Pero tal vez haya algo más para explicar este extraño enmudecimiento general. Hasta cierto punto, parece una réplica del Presidente del Gobierno Rajoy. Personalmente, siempre me ha parecido un cabeza hueca, y así lo he manifestado en alguna ocasión: un hombre sin ideas y desde luego sin ímpetu, sin capacidad para entusiasmar a la gente, ni siquiera para crearle ilusión o esperanzarla. Eso no quita para que, consciente de sus limitaciones, pueda poseer cierta astucia. La astucia clásica de las personas sin ideas consiste en hacerse la esfinge: permanecen calladas mientras los demás parlotean, se muestran enigmáticas e inescrutables, consiguen que los otros se mantengan a la expectativa de sus escasos pronunciamientos, a los que se acaba por dar valor sólo por eso, por su escasez. Siento decirlo -y con ello no insinúo en modo alguno que la política de Rajoy vaya a tener nada que ver con la de un dictador-, pero la actitud que hasta ahora está adoptando me recuerda, de lo que yo he conocido, más a la de Franco que a la de ningún otro gobernante posterior. Los jóvenes lo ignoran y los maduros lo van olvidando, pero aquel aciago individuo era así: hermético, imperturbable, cazurro, frío, taimado. Sólo hablaba en discursos memorizados, rutinarios, hueros. Lanzaba a sus ministros por delante, los hacía quemarse, los nombraba o destituía sin dignarse comunicárselo (eran famosas las visitas de un motorista con la notificación del cese). Y, por supuesto, jamás se rebajaba a dar explicaciones a nadie, y menos que a nadie a la prensa y a los ciudadanos, que eran meros sojuzgados. Rajoy -quién si no- ha tomado ya unas cuantas medidas duras y ha incumplido no pocas de las promesas de su larguísima campaña electoral. Él, sin embargo, anda desaparecido, no ha dicho “esta boca es mía” y se lo ha dejado todo a sus subordinados, como si nada fuera con él. Se está haciendo la esfinge asiria (éstas eran barbadas, a diferencia de las egipcias y griegas). Por culpa de Oscar Wilde, a la palabra “esfinge” le sigue a menudo la expresión “sin secreto”, casi sin querer. Lo que es más infrecuente es que se recuerde el significado original del término griego, que carece de traducción inequívoca. Según algunos, quiere decir “agarrador” o “anudador”. Según otros, “exprimidor”, o incluso “estrangulador”. En cualquiera de los casos, mejor no recurrir a la etimología, ¿verdad?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de enero de 2012

Nuevo libro de Javier Marías. LECCIÓN PASADA DE MODA. LETRAS DE LENGUA

LECCIÓN PASADA DE MODA
LETRAS DE LENGUA

JAVIER MARÍAS

Edición y prólogo de Alexis Grohmann
 
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores
Barcelona
Primera edición: enero de 2012

El medio centenar de textos que compone el presente volumen (cuarenta y nueve, seamos exactos) fueron publicados por vez primera en periódicos, en forma de columnas semanales en todos los casos salvo cuatro. Es precisamente como se ha ido gestando y ha ido adquiriendo relieve este libro, porque a lo largo de los años se ha perfilado muy claramente la preocupación de Javier Marías por el idioma español, tanto el escrito como el hablado; y llegó el momento cuando pareció preciso reunir estos textos en un libro que permitiera no sólo dibujarse con nitidez esa inquietud por el empleo del castellano contemporáneo sino, asimismo y sobre todo, contribuir a orientar a los hablantes del español y salirles del nuevo al paso a todos quienes lo están maltratando y menoscabando.

ALEXIS GROHMANN
 

 

 

 

LA ZONA FANTASMA. 15 de enero de 2012. Quién quiere reputación

Hablaba el pasado domingo del peligro de los finales aspaventosos, de cómo éstos -se los busquen los individuos o no- tienden a quedar como lo más verdadero de toda una vida, como lo configurador y definitorio e inamovible, a la manera en que lo hacen los desenlaces de las novelas, los cuentos, las películas y los dramas. De cómo lo que se recuerda de los seres reales se asemeja, más de lo razonable, a los destinos de los personajes de ficción que perduran en nuestra memoria. Las tempranas muertes de Kurt Cobain o Amy Winehouse los caracterizarán ya para siempre tanto como a Romeo y Julieta su tonto sino trágico, y que Elvis Presley muriera como murió -en el cuarto de baño y con vómitos, al parecer- condicionará tanto el conjunto de su figura como estará condicionada la de Madame Bovary por el veneno que ingirió y le provocó una muerte atroz, grabada en la mente de todo lector de Flaubert. En las creaciones literarias o cinematográficas -en las narrativas-, los hechos están abocados a ser los mismos durante toda la eternidad, es decir, mientras haya lectores y espectadores: Don Quijote y Macbeth murieron como murieron y no hay vuelta de hoja; no habrá nunca duda de quién fue el hombre que mató a Liberty Valance; nadie podrá alterar la última palabra del ciudadano Kane, que fue y será “Rosebud” sin remisión.

Ciudadano Kane

Solemos creer que las vidas reales no están tan atadas ni determinadas, que casi todo tiene remedio o mentís o enmienda o rectificación, fingiendo ignorar que nuestro término puede encontrarse a la vuelta de cualquier esquina y que puede ser -mala suerte- lo bastante dramático o espectacular para borrar o teñir cuanto hicimos antes, a veces con esfuerzo y dedicación. Pero, si aceptamos que el resumen de nuestras existencias será siempre breve -como corresponde a la palabra “resumen”- y destacará unos pocos elementos -los más llamativos o fáciles de recordar, no por fuerza los más dignos-, deberíamos llevar cuidado no sólo con nuestro final, que a menudo nos es imposible prever y controlar, no digamos escenificar, y detrás del cual no viene nada ni hay más oportunidades, sino con casi cualquier hecho escandaloso o chillón, porque puede acabar siendo lo único a lo que se nos asocie, mientras se guarde memoria de nosotros, claro está.

En este sentido resulta asombroso que tantos sujetos se arriesguen tanto. Nada de lo que hiciera o haga en el futuro Roldán, aquel director de la Guardia Civil, contará lo más mínimo al lado de su robo monumental, será esto lo que aparezca al instante unido a su nombre. Es probable que, con ser mucho menos grave, e independientemente de su condena o exoneración, a Camps lo persigan sus trajes hasta la tumba y más allá, como a Strauss-Kahn su camarera africana, si es que alguien se acuerda de esos dos más allá. Nixon tuvo una larguísima trayectoria política, pero su perjurio en el caso Watergate (un asunto en verdad nimio a la luz de tanto espionaje impune como ha venido después) es lo único que acude a la cabeza de la gente al oír o leer su apellido. Hay baldones y manchas que se extienden de tal manera que oscurecen, cubren, barren, aniquilan todo lo demás. Una persona puede haber realizado grandes obras y haber sido benefactor de la humanidad, que todo eso quedará tapado por una sola falta o tacha de envergadura; todo eso no contará y será como si no hubiera existido. ¿Injusto? Sin duda, con frecuencia. Pero así es como va el mundo, del que jamás se ha dicho que fuera justo.

¿Cómo es, pues, que alguien como Urdangarin, yerno del Rey -por mencionar un caso conspicuo, pero en España hay incontables más-, se haya arriesgado así, independientemente de que a la postre salga absuelto de cuanto se le imputa? A efectos de lo que hablo, poco importará que se lo declare inocente o culpable. Dado que no es un personaje “dinámico”, cuyos logros profesionales estén a la vista de todos y vayan a continuar (no es un deportista en activo, un Nadal cuyos futuros triunfos pudieran difuminar o disipar la mácula; ni un actor, o un escritor), su figura estática, mera comparsa de un símbolo, quedará, como mariposa, para siempre prendida con el alfiler del escándalo al que ahora da nombre, y en su biografía no habrá más para el común de las gentes, esto es, para la siempre despiadada y superficial memoria colectiva.

Se me ocurren sólo dos explicaciones, para correr tanto riesgo. Una es la conciencia que vamos teniendo de lo que acabo de exponer: si uno puede ser intachable a lo largo de su vida, y eso no va a contar ante el primer desliz llamativo o ante un final desdichado y espectacular del que acaso ni seamos responsables, ¿para qué tomarse molestias, para qué portarse bien si eso no nos asegura un relato póstumo satisfactorio? (Y además la calumnia acecha siempre.) La otra es la más probable, en mi opinión: a demasiada gente ha dejado de preocuparle cómo será recordada -lo que se llamaba su “buen nombre”-. Le trae sin cuidado lo que se piense o diga de ella, más aún cuando esté muerta. Eso es una bagatela en comparación con los beneficios obtenibles en vida. Cuando se habla de la falta de escrúpulos actual, o de moral, o de ética, no suele traerse a colación el siguiente factor que las propicia: estamos asistiendo al desprestigio y desaparición de algo que tuvo fuerza y frenó y disuadió de tantas conductas, al menos desde que se escribe la historia y hay registro de los hechos. Estamos asistiendo al fin de lo que acostumbraba a llamarse “la reputación”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de enero de 2012

UNED: Tesis doctoral sobre la obra periodística de Javier Marías

Recoge más de un millar de colaboraciones del autor de Todas las almas, Corazón tan blanco o Tu rostro mañana

La UNED ha publicado una tesis doctoral que estudia el conjunto de artículos que Javier Marías publicó en prensa desde sus inicios como escritor hasta el año 2008, fecha de su ingreso en la Real Academia Española. El trabajo, titulado Las colaboraciones de Javier Marías en la prensa. Opinión y creación, reflexiona sobre las relaciones que existen entre la creación literaria y la escritura periodística.

La investigación ha sido dirigida por la catedrática Ana María Freire López -especialista en la literatura española de los siglos XIX y XX- y realizada por Pablo Núñez Díaz, profesor de literatura y coordinador de Extensión Universitaria del Centro Asociado de la UNED en Asturias.

El primer texto de Javier Marías aparecido en prensa es el relato «La vida y la muerte de Marcelino Iturriaga», en el periódico barcelonés El Noticiero Universal el 19 de abril de 1968. En realidad lo había escrito en 1966, cuando sólo tenía catorce años. Su primer artículo periodístico lo publica en 1976 en la revista dominical del Diario de Barcelona. Se titula «El terreno sin confines», y en él reseña dos libros de historia de Steven Runciman (Historia de las Cruzadas y La caída de Constantinopla).

La mayor parte de las colaboraciones de Javier Marías en la prensa son artículos de opinión aparecidas en El Semanal, El País Semanal y el diario El País. Abordan asuntos relacionados con la política, la sociedad y cuestiones literarias. En total, hasta 2008 había publicado 1.158 colaboraciones en 86 periódicos o revistas, recogidas en su mayoría en una quincena de libros recopilatorios.

La lectura y defensa de esta tesis se llevó a cabo en la Facultad de Filología de la UNED ante un tribunal presidido por José Romera Castillo (UNED) e integrado por Francisco Gutiérrez Carbajo (UNED), Enrique Rubio Cremades (Universidad de Alicante), Ángeles Ezama Gil (Universidad de Zaragoza) y Pilar Vega Rodríguez (Universidad Complutense de Madrid). La calificación fue de sobresaliente cum laude por unanimidad.

Las colaboraciones de Javier Marías en la prensa. Opinión y creación, que supera las 400 páginas, se ha publicado como libro electrónico.

JOSÉ ANTONIO SIERRA

Xornal de Galicia, 11 de enero de 2012

 

 

Spain’s literary giants are lost in English translation

Three cheers for Javier Marías for making it into Penguin Modern Classics: the first Spanish writer to do so since Federico García Lorca. Isn’t it about time the English-speaking world woke up to the Spanish literature of the last 75 years?

An indisputable criterion of success for any novelist is when Penguin Modern Classics signs up your backlist, especially when it’s for a five-figure sum. Which is what has happened to Javier Marías. The 60-year-old Spanish writer, whose latest title, The Infatuations (Los enamoramientos), will be published in English in early 2013, joins an exclusive group of Spanish writers in Penguin’s catalogue: Cervantes, Quevedo, Jacinto Benavente, and Lorca.

Yes, that’s it. Four writers: the first two of whom died in the 17th century, the next in 1954; although he stopped writing long before that. For Penguin, and most US and UKpublishers, it seems that, until now, Spanish literature ended with the murder of Federico García Lorca in 1936.

But did literature inSpainreally cease with the outbreak of civil war and the ensuing four decades of military rule?

The impact of the Spanish Civil War on Spanish literature was devastating. When the military launched its botched coup in July of 1936, the country was enjoying a literary flowering unseen since the 17th century. Most of the main writers of the three major generations — 1898, 1914, and 1927 —were still at the height of their powers, and figures like Miguel de Unamuno, Antonio Machado, and Federico García Lorca, among others, were internationally celebrated. But within three years, by the war’s end in 1939, most writers had either gone into exile, or were dead.

The writers who emerged in the years after the destruction of the Civil War lived in a climate of fear engendered by the arrest and disappearance of tens of thousands of men and women with Republican sympathies. Fortunately many of them were brave enough to write about a society crippled by inequality and mired in petty corruption ruled over by the unholy alliance of the military, the Roman Catholic Church, the landed gentry, and the petty bourgeoisie.

Some writers from this period have made it into English: Nobel Prize winner Camilo José Cela’s The Family of Pascual Duarte, Carmen Laforet’s Nada, Rafael Sánchez Ferlosio’s El Jarama, but many, many more, have not, and notable among them Miguel Delibes.

As regular readers of Iberosphere will remember, we published an obituary of Delibes when he died in March 2010. While writing his death notice I looked for his titles available in English, and to my surprise, and disappointment, discovered that only one of his more than 50 titles, many of them best-sellers throughout the Spanish-speaking world and high-school texts, had been translated —The Heretic, his last novel.

At this point I should declare an interest. I approached Penguin last year with a proposal to translate three of Miguel Delibes’ novels for inclusion in their Modern Classics collection: his so-called rural trilogy, made up of El camino, Los santos inocentes, and Las ratas.

But the people at Penguin hadn’t heard of Miguel Delibes, as I would guess that they hadn’t heard of many other modern Spanish writers.

Would it be too much to hope that the inclusion of Marías’s backlist in the Modern Classics collection might prompt Penguin to think about including a few of his more recent predecessors, and in so doing, provide a better representation of the literary output of Spain over the last 75 years?

NICK LYNE

Iberosphere, January 11, 2012

LA ZONA FANTASMA. 8 de enero de 2012. El horror narrativo

Ahora que empieza un nuevo año, y además con un nuevo Gobierno que ni se ha estrenado, quizá no esté de más recordar la volatilidad y fragilidad de nuestras acciones y la desmesurada importancia de los finales. En mi novela Tu rostro mañana el personaje principal hablaba de eso, y lo calificaba de “horror narrativo” o de “repugnancia narrativa”, si no me equivoco, y se lo atribuía sobre todo a aquellos personajes públicos que tienen demasiada conciencia de serlo y que se preocupan por el conjunto de su historia y el acabamiento de su figura, por cómo lucirán una vez que su retrato esté completado (ninguno lo está hasta la muerte, y a veces incluso varía póstumamente, por ejemplo cuando se descubren secretos que en vida se lograron mantener a buen recaudo). Esos individuos son conscientes de que cuanto hagan y consigan a lo largo de su existencia, sus méritos, hazañas o servicios prestados, pueden quedar eclipsados e injustamente olvidados no ya por una felonía o desliz cometidos a última hora -que por supuesto-, sino por un final excesivamente espectacular, del cual acaso ellos no tengan ninguna culpa, sino sean meras víctimas. En aquella novela se hablaba también del “complejo Kennedy-Mansfield” para denominar ese temor. Poco importa lo que llevara a cabo el Presidente John F. Kennedy durante su breve mandato ni con anterioridad; poco las ilusiones y expectativas que despertó: su asesinato fue tan chillón que, por así decir, es lo primero que se asocia con su persona y tiñe o borra lo demás. A Kennedy se lo cargaron en Dallas, eso es lo único que, al cabo de tantos años (pero desde hace ya muchos), permanece en la memoria colectiva de la gente. Se podría afirmar que su biografía ha quedado reducida a su ultimísima escena a causa de lo llamativo de ésta. Sobre el caso de Jayne Mansfield (incomparablemente menos famosa y recordada ya sólo por mitómanos como yo), hay una larga explicación en esa novela, no toca repetirla aquí.

Son incontables más, desde luego, los afectados por ese “horror”. John Lennon, por mucho Beatle que fuera y aunque sea considerado un gurú por una multitud, es vinculado al instante con su asesinato a manos de un enfermizo fan, es lo que prevalece. A quienes aún recuerdan al actor James Dean su nombre les trae a la memoria, antes que sus pocas películas, el hecho de que muriera muy joven en accidente de coche, y algo parecido sucede con Marilyn Monroe, que dispuso de más tiempo y más películas: éstas no están olvidadas en absoluto, y su historia y sus vicisitudes son rememoradas y reconstruidas sin cesar, pero todo lo preside su suicidio, que no pocos han querido convertir en asesinato, para darle aún mayores misterio, dramatismo y relieve. La cosa se remonta más lejos: para el aficionado a la poesía, es imposible que Keats, Shelley y Byron no vayan unidos al conocimiento de sus prematuras muertes (sobre todo las de los primeros), y junto al apellido Rimbaud aparece en el acto la noción de sus precoces desdén y abandono de la literatura, su desaparición, y su oscura conversión en traficante de armas y seguramente de esclavos, es decir, en personaje novelesco, con apariencia de ficticio. Y el nombre de Larra invoca como un relámpago su pistoletazo a los veintisiete años. Hasta Jesucristo es indisociable de su final aparatoso, de su ejecución en la cruz. Es más, en su caso, de no haber muerto de forma violenta y temprana e injusta, no habría adquirido la trascendencia que tiene, ni siquiera sería una deidad; por mucho que se relaten y repitan sus dichos y hechos, lo fundamental es su manera de morir, su conclusión. Y otro tanto ocurre con quienes no fueron víctimas sino verdugos. Los libros del filósofo Althusser están tiznados por el hecho de que estranguló a su mujer; “tiznados” significa difuminados, ensombrecidos por su crimen. Y del novelista Céline no cabe articular tres frases sin que salgan a relucir su odio visceral a los judíos y su colaboración con los nazis.

Quienes no son personajes públicos también van construyendo, con mayor o menor deliberación, sus vidas como un posible relato, aunque éste vaya a ser sólo de consumo doméstico o circulación familiar. Quien más quien menos obra a veces -no siempre, claro está- de una u otra manera con el siguiente pensamiento en la mente: “De mí no se podrá decir … tal o cual cosa”, lo que quiera que nos horrorice que de nosotros pudiera decirse. Y sin embargo toda esa meticulosa construcción más o menos consciente de la propia historia o de la propia figura, así como los logros y merecimientos, pueden quedar arrasados por una sola desgracia o un solo oprobio de los que no tenemos ni que ser responsables, como no lo fueron Lennon ni Kennedy de sus asesinatos espectaculares, Jayne Mansfield o James Dean de sus truculentos accidentes automovilísticos. En realidad ni siquiera hace falta que el hecho determinante de la vida de alguien tenga lugar al final, aunque sin duda lo sea más -por irreversible y definitivo- si coincide con el término de esa vida y la clausura. Ya lo señaló Ferlosio hace muchos años: en las narraciones lo último se aparece siempre como lo verdadero. Y yo aún diría más y peor: como lo configurador. Pero de por qué puede venir a cuento todo esto en la actualidad, habrá que hablar quizá en otra ocasión.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de enero de 2012

El invisible amigo del sable

Desde que hace once años heredé el legendario y semiimaginario Reino de Redonda no son pocas las personas que han pasado a formar parte de mi vida sin presencia física alguna, o, dicho de otra manera, sin aportar un solo recuerdo material o real. Algunas de ellas, además, serán así ya para siempre, porque han muerto sin que nunca llegáramos a estar frente a frente, a vernos el rostro. Nos cruzamos tan sólo unas cuantas cartas, y por supuesto leí lo que habían escrito para ser publicado, y he visto —aún veo— sus fotografías.

Fue el caso del magnífico historiador del arte Francis Haskell, quien al poco de ser nombrado “Duke of Sommariva” del Reino, me escribió disculpándose con inverosímil delicadeza por haber aceptado el título sin saber que iba a disfrutarlo durante muy escaso tiempo: acababan de diagnosticarle una enfermedad incurable, lo cual, sin embargo, no hacía menguar su contento por pertenecer a una “aristocracia intelectual” ideada hacia 1945 por dos escritores extravagantes y oscuros, que dejaron a la posteridad más vidas singulares y dificultosas que una obra en verdad memorable. Fue también el caso del gran W. G. Sebald, quien en seguida me pidió que me olvidara del significado de sus iniciales y que lo llamara Max, y a quien en seguida atrajo la leyenda redondina. Estaba dispuesto, me escribió en una carta, a ocupar cualquier cargo “humilde”, por ejemplo el de “guardián de los dominios menores”, pero sus extraordinarios libros lo hicieron acreedor al título de “Duke of Vértigo”. Cuando murió inesperadamente, me enteré por un fax enviado por un librero de Londres, John de Falbe, que es el Real Librero de Redonda en el Reino Unido, y que por tanto se refirió a él por su “ducado”: “Stop-press”, rezaba: “Vértigo killed in car crash”, o, lo que es lo mismo: “De última hora: Vértigo muerto en accidente de coche”. Un íntimo amigo suyo desde la infancia, el pintor Jan Peter Tripp, me hizo llegar más tarde lo que podríamos llamar la “colilla” de uno de los lápices (al parecer los gastaba hasta casi consumirlos), que ahora guardo junto a sus libros: lo único material del hombre que nunca se materializó ante mi vista. Cada vez que veo en casa esa “colilla” de lápiz que sostendrían tantas veces sus dedos vivos, me viene indefectiblemente a la memoria —una asociación caprichosa— la empuñadura de sable que salió de la tumba de la que habló Claudio Magris en una de sus primeras obras, por la que siempre he tenido especial debilidad, Conjeturas sobre un sable. Fue cuando tres oficiales alemanes se presentaron en Villa Santina, en la región friulana de Carnia, en los años cincuenta, y exhumaron el cadáver de un soldado cosaco para llevárselo a otro cementerio: tal vez el del General Krasnov, que hacia el final de la Segunda Guerra Mundial había luchado en la zona, empleado y manipulado por los nazis, en la confianza de ver nacer allí, en esa fronteriza y montañosa parte del noreste extremo de Italia, una improbable y anacrónica Kosakenland o patria cosaca, esto es, un territorio no menos imaginario que el de Redonda, aunque se corresponda con éste una isla deshabitada de las Antillas. “Una empuñadura”, escribe Magris, “… que parece sugerir soledad, promesa de gloria y sello de vanidad, breve ilusión de seguridad y apoyo para la mano que la aferra y cree sentirse menos sola en el fluctuar de la cosas”. Acaso también mi mano se sienta así, menos sola, cuando empuño la “colilla” del lápiz de Sebald.


Cada vez que se otorga el Premio Reino de Redonda y a mí me toca escribir al ganador, explicarle la historia y preguntarle si tiene a bien aceptarlo, me recorre un temor a que el galardonado anual me tome por loco. No resulta fácil condensar en pocas palabras la leyenda de Redonda y de sus más bien malogrados reyes, la creación de su “nobleza literaria” y su actual pervivencia. Siempre tengo miedo de que el distinguido escritor o cineasta al que me dirijo arroje mi carta o mi fax a la papelera con un pensamiento displicente y breve: “Panda de lunáticos” o algo por el estilo. Es sin duda deseable —quizá necesario— que el premiado tenga sentido del humor y cierto gusto por los juegos estrafalarios. Cuando, en 2003, los “Dukes” del Reino decidieron otorgar el Premio que yo me limito a organizar y financiar a Claudio Magris, le escribí con el habitual temor y el debido respeto. Por lo que había leído de él, pensaba que una historia así no le parecería desdeñable, tantas son la comprensión y la simpatía que ha mostrado en su obra por personajes reales —convertidos por él en literarios— que se han desenvuelto mal en la vida, o que no han sabido medir sus capacidades o sus ambiciones, o en los que se ha cebado la desgracia, o que han salido perdiendo en las empresas que han acometido, o que han albergado la ilusión de ser más grandes de lo que eran: personajes, sin ir más lejos, como el propio Atamán Krasnov, el cosaco que pasó el penúltimo tramo de su ajetreada vida recorriendo y asolando el Friuli, bien lejos de sus orígenes. Pero, al mismo tiempo, Claudio Magris transmite una imagen de gran rectitud moral, la cual va acompañada demasiadas veces de una excesiva seriedad, por lo que asimismo temía que esa dinastía excéntrica de reyes nunca reinantes y literarios le pareciese una frivolidad excesiva.

Magris, sin embargo, no sólo aceptó de buen grado y divertido el Premio, sino que eligió, probablemente, el título más humorístico de la historia entera de Redonda, “Duke of Segunda Mano”. Desde entonces ha pasado a ser otra más de esas presencias exclusivamente epistolares*, aunque yo conozca bien su rostro aún juvenil y algo ingenuo, por las numerosas fotografías, y desde luego su obra admirable. Es la persona más atenta y amable que se pueda imaginar, porque jamás deja de contestar a ninguna nota o envío de libro, incluso cuando contestar no hace falta. Lo hace además a mano, aunque, eso sí, con una letra tan difícil de desentrañar que cada tarjeta suya es para mí como —de nuevo— la aparición de una misteriosa empuñadura de sable a la que, al faltarle la hoja, le falta también su historia. Como nos escribimos en italiano, y es esa una lengua en la que me manejo con osadía pero que jamás he estudiado —la aprendí “por deducción” durante unos años en los que parte de mi vida transcurrió en Venecia, no lejos del Trieste en que habita Magris—, a veces le he pedido a una amiga veneciana que me “transcriba” lo escrito por el autor del Danubio, porque lo que no soportaría es quedarme sin saber lo que en cada ocasión me dice, o que no apareciera la hoja del sable. En esas cartas, por fortuna, está a la altura del autor que se adivina en sus libros: generoso, agudo, pausado, sereno, curioso, con un sentido del humor muy fino. Lleno de comprensión y de afecto, y sin eso que es casi imposible no encontrar en los escritores españoles (y me incluyo): malicia, por no decir algo peor.


Todavía no nos hemos conocido personalmente, pero tengo la sensación, muy grata, de que eso poco importa. Hoy en día, con tantos viajes, con tantos “encuentros” entre escritores y “festivales literarios” a los que casi nunca acudo, parece extraño que pueda darse una amistad sin que los amigos se hayan visto la cara ni hayan compartido una conversación. No siempre fue así: antiguamente las personas solían estarse en su sitio, y se carteaban. Y era mucho más frecuente la existencia de “amigos invisibles”, que no por no verse eran amigos de una calidad inferior. Es más, esas amistades lejanas y lentas no están expuestas a vaivenes ni desgastes ni roces, y por ellas pasa el tiempo como debe pasar para los individuos, según las propias palabras de Magris: “… mientras que para un individuo doce años pasan como la espera bajo una marquesina, cuando se ha perdido un enlace de trenes y se aguarda allí sentado al siguiente sin perder de vista las maletas, para la historia una docena de años es una época, llena de grandes avatares y mutaciones decisivas…” Si un día por fin nos encontramos, para mí será un honor y un placer seguro. Pero no es necesario. No, por supuesto, para mi admiración literaria. Para mi estima personal, tampoco. Y al fin y al cabo, si se me apura, quizá esto sea lo más adecuado en el territorio que nos ha acercado: una isla que ni él ni yo hemos visto nunca, habitada sólo por alcatraces y cabras y serpientes y ratas, y por los fantasmas de los contrabandistas que en los siglos XVII y XVIII se refugiaban en ella aprovechando que era de difícil acceso para los barcos. Su fama en las Antillas, se cuenta, es equivalente a la que en Europa tiene Tansilvania: el de un lugar algo espectral, acaso poblado por monstruos y seres fantásticos. Tan fantásticos como un Atamán cosaco de frondoso bigote blanco, con sable, que cabalgó hasta consumirse y yacer durante doce años en una tumba sin lápida, quizá sólo en la imaginación de los hombres, muy cerca de donde vive Magris. Que él siga viviendo ahí largos años individuales, o hasta las eternidades de Redonda y de Trieste, mejor dicho.

JAVIER MARÍAS

Turia, n.100, noviembre de 2011-febrero de 2012

[*Este artículo se escribió en 2008 cuando JM y CM no se conocían personalmente, acontecimiento que tuvo lugar en enero de 2011, en la entrega del Premio Nonino a JM y a la que pertenecen estas fotos]

Todo haz tiene su envés

En un escritor de tan acusada personalidad literaria, forjada en una amplia y dilatada trayectoria, como es el caso de Javier Marías, en cualquier nueva obra afloran de inmediato algunos de los rasgos -axiales o no- que constitu­yen su singular mundo narrativo. Y así sucede en su última novela, Los enamoramientos, donde ya en las primeras líneas conocemos el hecho que desencadenará la intriga -el ase­sinato del empresario Miguel Des­vern o Deverne-, reaparecen perso­najes de anteriores novelas -en la escena cómica protagonizada por el profesor Rico o en el papel que jue­ga el impar Ruibérriz de Torres-, se ausculta y examina críticamente ciertos modos y conductas que reve­lan una mentalidad social, a veces contrastando pasado y presente -y en correlación con las crónicas sema­nales del Javier Marías articulista-, se introducen elementos autobiográ­ficos -básicamente trasladados al personaje de Javier Díaz-Varela- y digresiones de sesgo metaficcional que, sobre todo las referidas al acto de contar, propician reflexiones de sumo interés, además de hallarse también ironías y pullas en torno a ciertas maneras o modalidades de escritura y el retrato caricaturesco de un par de escritores que viene a ser contrahechura de modelos rea­les. Y desde luego, se reconoce el lenguaje del autor, aunque la novela esté narrada por una mujer, María Dolz, perceptible igualmente en otros personajes, como Luisa, «con no escaso vocabulario y con verbos que en el habla general son infre­cuentes» y Javier Díaz-Varela «y su sintaxis de encadenamientos a me­nudo arbitrarios». Y está asimismo el tema medular de la obra de Javier Marías, la indagación sobre el Tiem­po: el modo de sentirlo y su pasar e incidencia en nuestras vidas -en qué es capaz de convertirnos-, sus infini­tas ramificaciones o sus formas -la espera, el azar-, su carácter poliédri­co y su porosidad, los vínculos/alian­zas que establece con la vida y con la muerte y también con el amor, y que en su conjunto pautan la profunda dimensión existencial de la novela.

«Inverosímilmente logramos con­vencemos de nuestros azarosos enamoramientos», le dice Javier a María, pero «sólo somos lo que está disponi­ble, los restos, las sobras, los supervi­vientes, lo que va quedando, los saldos, y es con eso poco noble con lo que se erigen los más grandes amores y se fundan las mejores familias, de eso provenimos todos, producto de la casualidad y el conformismo, de los descartes y las timideces y los fracasos ajenos…». Estas líneas apuntan el te­ma central de una novela que indaga en el estado de enamoramiento y su naturaleza, en los factores que concu­rren en él y las estrategias que a él conducen o pueden forzarlo -el azar, un golpe de fortuna, una extraña transformación en la persona desea­da, la tarea del tiempo-. Pero tam­bién, al hilo de los sucesos, se agavi­llan otros temas no menos relevantes: la inconveniencia de que los muertos vuelvan, la impunidad de ciertos he­chos o la imposibilidad de saber nun­ca la verdad. Y en este punto es don­de Los enamoramientos, como novela, marca un punto de inflexión en la trayectoria del autor (y no tanto en tener a una mujer en el papel de na­rradora, que no tiene repercusión li­teraria alguna). Javier Marías confie­re ahora a la intriga un peso capital, no tanto para tenernos en vilo (que también, pues hay momentos de ex­trema tensión, cuando se revisan los hechos sucedidos y se analizan los po­sibles móviles atendiendo a los facto­res psicológicos y emocionales que entraron en juego) y sí para mostrar que todo haz tiene su envés, que la explicación de un acto puede contar con dos versiones, ambas impecables en su «verosimilitud». Al final de ese largo proceso -un verdadero y estre­mecedor asedio, modelo de pugilis­mo dialéctico- que ocupa la segunda mitad de una novela dividida al modo clásico en tres partes -equivalentes al planteamiento, nudo y ¿desenlace?- y un epílogo, tiene lugar una meditación de índole moral, cuando María Dolz, pasado cierto tiempo, ya había entra­do en un «proceso de atenuación» -indiferencia, olvido- y se reencuen­tra con Javier Díaz-Varela y la viuda de Miguel y se olvida de sus antiguas sos­pechas y propósitos y renuncia a dela­tar, convencida de que «No está de más que algunos hechos civiles, si es que no la mayoría, se queden sin re­gistrar, ignorados, como es la norma».

ANA RODRÍGUEZ FISCHER

Turia, n. 100, noviembre de 2011-febrero de 2012

Los enamoramientos, nuestro libro de 2011

Nuestros libros de 2011. Ficción

1. Solar (Anagrama/Empúries) de Ian McEwan.
2. El mapa y el territorio (Anagrama/Empúries) de Michel Houellebecq.
3. Libertad (Salamandra/Columna) de Jonathan Franzen.
4. Los enamoramientos (Alfaguara) de Javier Marías.
5. Némesis (Mondadori/La Magrana) de Philip Roth.
6. Ejército enemigo (Mondadori) de Alberto Olmos.
7. En busca de April (Alfaguara/Bromera) de Benjamin Black.
8. X (Blackie Books) de Percival Everett.
9. Caligrafía de los sueños (Lumen) de Juan Marsé.
10. Un momento de descanso (Tusquets) de Antonio Orejudo.

(En esta votación han participado, por orden alfabético, Jorge de Cominges, Antonio G. Iturbe, Milo J. Krmpotic’, Antonio Lozano y Begoña Piña)

Qué leer, enero de 2012

Lo mejor de 2011. Ficción

4. Los enamoramientos. Javier Marías

Sin llegar a convertirse en una obsesión, pero casi, cada mañana María Dolz iba a desayunar a una cafetería y contemplaba, en la distancia, a una pareja feliz. Como en el poema, “se querían”. Necesitaba verlos para empezar su trabajo en una editorial, para enfrentarse bienhumorada a la vanidad de sus autores y su director. Pero el hombre es asesinado, ella traba amistad con la viuda, y “lo que comienza como un crimen más va transformándose gradualmente”. Tras años de vacilaciones, “una novela excelente, digna de figurar entre las mejores de su autor”, según Ángel Basanta.

Las votaciones de los críticos

El Cultural, 30 de diciembre de 2011

Los enamoramientos, mejor libro del año en literatura castellana

1. Los enamoramientos, de Javier Marías

2. Caligrafía de los sueños, de Juan Marsé

3. El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez

El Periódico

1. Jo confesso, de Jaume Cabré

2. Libertad , de Jonathan Franzen

3. Los enamoramientos, de Javier Marías

[Han sido encuestados: 10 críticos literarios, 5 miembros de la redacción del diario, 22 columnistas y articulistas relacionados con el mundo de la cultura y 17 libreros que colaboran cada semana en la elaboración del ránking de libros… A cada uno de los encuestados se les pidió que seleccionasen hasta 10 títulos, a los que se les asignaban puntuaciones decrecientes de 10 a 1 puntos. Cabré ha obtenido 257 puntos, procedentes de 34 de los consultados; Franzen, 168 y Marías, 132.]

 La Vanguardia

Heraldo

Ara

The Millions