LA ZONA FANTASMA. 31 de diciembre de 2011. Superculpable

Aún no he leído El intelectual melancólico (Un panfleto), de Jordi Gracia. No por falta de interés, sino porque no lo veo en ningún sitio (debe de estar mal distribuido). Así que no puedo discrepar de él ni mostrar mi acuerdo. Sí he leído, sin embargo, numerosas glosas y comentarios sobre ese opúsculo, la mayoría subiéndose al carro, celebratorios. De las glosas no hay que fiarse: a menudo son erradas, tergiversadoras o interesadas, y el glosador destaca sólo lo que afianza sus propias tesis u opiniones. En lo que no mentirán es en algo comprobable: al parecer, en el panfleto de Gracia no se citan nombres, lo cual ha permitido que ninguno de los intelectuales melancólicos o catastrofistas objeto de sus críticas se haya dado por aludido. Yo, en cambio -insisto, al leer las reseñas y exégesis-, no he sido capaz de no darme. Y no sólo eso: el rapapolvo me ha hecho pensar, dudar, y preguntarme si no me he convertido en lo que se llama un cenizo.

Por lo visto, la arremetida del autor va contra quienes ven la época actual como un periodo de decadencia cercano al desastre, al menos en los campos de la educación y la cultura. Contra quienes entonan “jeremiadas” por cualquier minucia y no perciben las incontables bondades de nuestro tiempo, dan la espalda a las innovaciones tecnológicas y lamentan el arrumbamiento de saberes y costumbres del pasado. Ignoro si los acusa de pertenecer a la viejísima casta -la ha habido en todos los siglos- de quienes creen que todo tiempo pretérito fue mejor. Espero que no lo haga, porque la acusación también sería viejísima, y aún peor, anticuada.

Sea como sea, me siento desde luego culpable de ver estos años -lo he dicho y escrito un montón de veces- como especialmente imbéciles, lo cual, sin embargo, no acaba de hacer de mí un melancólico o nostálgico, no al menos de las décadas que he conocido. Cumplí mis veinte años en 1971, y a buen seguro no añoro el periodo de mi juventud, como le ocurre a mucha gente: los setenta, ya en su momento, me parecieron majaderos y plastas, y es más, en gran medida los considero responsables de mucha deriva necia contemporánea. Pero, como no quería quedarme atrás entonces, me temo que me sumergí de lleno en no pocas majaderías y contribuí a ellas, pese a mis reservas. Algo, creo yo, por lo demás comprensible en un veinteañero. Lo que no encuentro tan comprensible es el mismo empecinamiento en quienes ya son del todo adultos y no soportan no ser “modernos” permanentemente. Si hay un intelectual “melancólico”, también hay uno “cronológico”. Es el que, con sentido acrítico, abraza siempre lo último, boquiabierto y babeante, aunque eso lo lleve a contradecirse cada pocos años. Es aquel que aplaude invariablemente lo que hay y se lleva, tan sólo porque es nuevo y existe. Es aquel que con fe ciega sostiene que lo mejor es por fuerza lo más reciente, sin darse cuenta de que el orden cronológico no tiene mucho que ver ni con el progreso -salvo en lo estrictamente científico y técnico- ni con el progresismo. Ese intelectual, de haber vivido en el XIX, habría defendido que el reinado de Fernando VII en España fue más avanzado y mejor que el de Carlos III, puesto que vino después en el tiempo. O que la Revolución Francesa fue un atraso, vista desde 1825. Esa figura, dicho sea de paso, coincide a menudo con otra que jamás ha faltado y a la que alguna vez he llamado el “adulajóvenes”: el hombre o mujer maduros o ancianos, con frecuencia patéticos, que no soportan sentirse anacrónicos -cuando a la mayoría nos toca sentirnos así, antes o después- y reniegan sin cesar de sus convicciones y aprecios para no quedar “desfasados”; y elogian abyectamente lo que los jóvenes de cada decenio promocionan o adoran, con independencia de que sea un avance o un retroceso, una genialidad o algo estúpido.

Claro que esta época posee elementos estimables, quién osaría negarlo. Pero percibo muchos otros que no pueden gustarme, y eso que -repito- yo no he vivido ninguna que juzgue de esplendor o “dorada”. Pero, qué quieren, no soy capaz de celebrar la mediocridad palmaria de los políticos ni su idiotez ilimitada, y éstos acaban por influir en todo; ni que la lengua hablada y escrita sea cada vez más pobre y confusa, una sopa boba, con esporádica colaboración de la RAE a la que pertenezco; que haya más información pero también más ignorancia, y además ufana; no puedo soportar la entronización de los tópicos, y me sale urticaria cada vez que oigo o leo estas expresiones: “lo alternativo”, “lo mestizo”, “lo coral”, “era de la información”, “ideología dominante”, “capitalismo tardío”, “dictadura de los mercados”. Me cuesta interesarme por novelas fascinadas con Internet y demás, para mí es como haberse fascinado en su día con la aviación o el teléfono, seguro que hubo obras dedicadas a exaltarlos que en el acto pasaron al baúl de los olvidos. No me alegra que, como me cuentan todos los profesores que conozco, sean del país que sean, la mayoría de estudiantes lleguen a la Universidad con un nivel cercano al del analfabetismo técnico. Ni que la cortesía y la discusión razonada hayan sido casi desterradas de la faz de España, y en cambio crezcan el puritanismo y el prohibicionismo. Y desde luego me sonrojo ante las argumentaciones imbéciles e inconsecuentes que abundan en las prensas y pantallas, en las ondas y el ciberespacio. En fin, me reconozco superculpable (no sé si de “melancolía”; de lo que se tercie). Lo he dicho en más de una ocasión: me siento un anacronismo, y es justo que así sea. Rebelarse contra ello es tarea interminable, de Sísifo. Y encima la veo ridícula, las más de las veces.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 31 de diciembre de 2011