LA ZONA FANTASMA. 24 de diciembre de 2011. ¿Gente tenebrosa, esquinada?

Si no me equivoco, hoy es el día de Navidad, en que se supone -el motivo no está muy claro- que la gente se llena de buenos sentimientos y deseos hacia los demás, brinda por su salud y fortuna y los mira, si no con simpatía, sí con benevolencia y espíritu de tregua. Como bien sabemos, todo esto es una mera convención y una falsedad en todas partes. Pero probablemente no haya país en el que la representación sea más falsa que España. Uno aprende desde pequeño su historia a menudo sombría y fratricida, y en las edades tempranas quiere creer que eso es pasado y que a lo largo de su vida asistirá a un cambio de signo o al menos a una evolución. En cierto sentido ha sido así, no se puede negar, durante los últimos treinta y seis años: no ha habido nunca un periodo tan largo de democracia y libertad y paz (a la famosa “paz de Franco” le faltaban los otros dos elementos, y en realidad sólo había paz para los que militaban en su bando o se sometían a él); hasta hace poco, también de empleo y prosperidad. En conjunto, y pese a todas las deficiencias, pese a la calamidad de nuestros políticos actuales, la corrupción ambiente, los asesinatos de ETA y los variados nacionalismos ramplones y reaccionarios -incluido el español-, no podemos quejarnos de esta época, o no mucho si la comparamos con cualquier otra anterior.

Y sin embargo parece haber algo malhadado y siniestro en el carácter de los españoles, que aflora antes o después. No en el de todos, por supuesto, pero sí en el de una considerable cantidad de ellos que además arman más ruido que los luminosos, tal vez porque su número sea mayor, tal vez porque lo que nos mueve a la palabra y a la acción es el enfado, la insatisfacción y el resentimiento, mucho más que el contento y la aprobación. Por lo poco que sé y lo bastante que me cuentan, si de algo han servido Internet, sus blogs, sus foros y las redes sociales, ha sido para hacer aflorar en su esplendor ese carácter antipático, malévolo, zahiriente y torvo que lamentablemente nos distingue. Si ustedes se fijan, cada vez que aparecen compatriotas en novelas o películas extranjeras, se los presenta -con excepciones- como gente tenebrosa, esquinada, cruel cuando no sañuda, vengativa y muy poco de fiar. Gente con muy mala leche, en todo caso. Sin duda el retrato es interesado en no pocas ocasiones, pretende dejarnos mal a propósito y alimentar la leyenda negra: antipropaganda, en suma. Pero, incluso en estos casos, da que pensar cuáles son los tópicos que se atribuyen a una nación, porque en ellos hay siempre una base de verdad que permite las posteriores caricatura y exageración.

Lo cierto es que hoy, en este mejor periodo, muchos de los españoles que más hablan lo hacen tan sólo para echar pestes y cagarse en los muertos de quien se les ponga delante. No hay individuo que destaque en algo que no sea inmediatamente vituperado por una turba furiosa que las más de las veces se ampara en el anonimato: “Ese escritor es una estafa editorial”. “Ese cantante es un soplapollas y un privilegiado”. “Tal director de cine ha triunfado porque está subvencionado, así también triunfaría yo”. “Ese futbolista que todo el mundo considera un genio es una puta mierda y un tramposo favorecido por los árbitros”. “Esa actriz con tantos premios los ha ganado porque es una vendida al dólar”. Cuando a alguien le sucede una desgracia, no es raro que los comentarios sean del tipo: “Me alegro, se lo tiene bien empleado por cabrón”. Si ha sufrido un accidente: “Ojalá se hubiera matado”. Si se le ha muerto un hijo o un hermano: “Ojalá hubiera palmado la familia entera”. Mi amigo Agustín Díaz Yanes, hijo de torero, entra a veces en webs o blogs taurinos y me cuenta su estupefacción ante el tono predominante de las aportaciones. Si a un diestro lo pilla un toro: “Lástima que no le haya reventado la femoral, así se habría quedado en el sitio de una puta vez”. Si fallece un anciano matador: “Ya era hora. Un pésimo torero y un cerdo que no merecía seguir respirando”. (Ojo, he dicho blogs taurinos, no antitaurinos.) Hace poco un grupo de tenistas jóvenes recaudó dinero para ayudar al viejo ídolo de su deporte Andrés Gimeno, con apuros económicos. Lo cual era digno de encomio o en todo caso de silencio: los jóvenes tenistas eran dueños de hacer lo que les pareciera y no se recurría a fondos públicos. Pues bien, el ciberespacio albergó, por lo visto, buen número de twits encabronados y amargos: “Por qué coño tienen que ayudar a Gimeno”. “Si ha perdido sus ahorros, que se joda. También los he perdido yo”. “Deja de dar la lata y muérete”.

De lo que les cae a los políticos ya ni hablemos, lo menos que se les desea es que los empalen a todos. Ahora, con la mala pinta de lo de su yerno, se ha abierto un poco más la veda contra el Rey y su familia: “Sexo y drogadicción”, hasta eso he leído en una revista “seria”, sin más explicaciones. Casi nadie parece acordarse de que ha sido durante el reinado de aquél cuando hemos disfrutado este mejor periodo de nuestra historia, tutto sommato. España sigue siendo un país gratuitamente iconoclasta, en el que se tiene a gala no admirar ni respetar a nadie, y en el que lo peor que le puede pasar a alguien es asomar la cabeza y destacar. Lo peor, naturalmente, después de ser también lo mejor, como en todas partes. Lo que ocurre es que en otros países el que tiene talento o fortuna no lo ha de lamentar, por lo general. Aquí sí, aquí es obligado, y más bien antes que después. Aun así, muy feliz Navidad.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24-25 de diciembre de 2011