Los enamoramientos, libro del año

Ilustración. Eva Vázquez

Cincuenta y siete críticos y colaboradores de Babelia han elegido los mejores libros de 2011. Un año dominado por grandes escritores, novelas en diferentes idiomas y ensayos literarios. Los enamoramientos, de Javier Marías, ocupa el primer lugar. La obra ha conseguido reunir a un tiempo el reconocimiento de la crítica y el favor de los lectores.

Los 57 críticos, colaboradores y periodistas de Babelia que han participado en la en encuesta son: Jesús Aguado, Víctor Andresco, Jacinto Antón, Javier Aparicio Maydeu, J. Ernesto Ayala-Dip, Nuria Barrios, Miguel Á. Bastenier, Fernando Castanedo, Amelia Castilla, Manuel Cruz, José Luis de Juan, Patricia de Souza, Edgardo Dobry, Cecilia Dreymüller, Jesús Ferrero, Rocío García, Carlos García Gual, Carles Geli, Luz Gómez García, Javier Goñi, Jordi Gracia, José María Guelbenzu, Elena Hernández Sandoica, Daniel Innerarity, Fietta Jarque, Iury Lech, Paloma Llaneza, José-Carlos Mainer, Alberto Manguel, Winston Manrique Sabogal, Josep Martí Font, Ricardo Menéndez Salmón, Vicente Molina Foix, Rosa Mora Pous, L. Fernando Moreno Claros, María José Obiol, Antonio Ortega, José Luis Pardo, Edmundo Paz Soldán, Luis Perdices de Blas, Rodrigo Pinto, Álvaro Pons, Benjamín Prado, Ángel L. Prieto de Paula, Josep Ramoneda, Isidoro Reguera, Manuel Rico, Ana Rodríguez Fischer, Javier Rodríguez Marcos, Sergio Rodríguez Prieto, Manuel Rodríguez Rivero, Ángel Rupérez, José Manuel Sánchez Ron, Marbel Sandoval Ordóñez, Lluís Satorras, Francisco Solano y Fernando Vallespín.

El País, Babelia, 23 de diciembre de 2011

Libros del año

Las votaciones de los críticos

Los mejores 25 libros de 2011

Terra

La Tercera

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Algo que nos perturba


Tras terminar los tres volúmenes de Tu rostro mañana, en verdad creí que no escribiría más novelas. Que me había agotado en todos los sentidos y no tenía más que decir en ese campo. Por fortuna o desdicha, siempre hay algo que nos perturba lo suficiente para volver a sentarnos ante la máquina.

Como pasa a veces, la idea que me rondaba antes de empezar a escribir Los enamoramientos se quedó fuera de ella, o sólo entró sesgadamente. Era esta: una mujer se une al hombre que le causó la desgracia mayor imaginable, a sabiendas. Es una forma de reparación extraña. Es también una venganza extraña: se obliga al causante del mal a “restituir” la felicidad robada y a convivir con una de sus principales víctimas, la mujer que va a conservar siempre el recuerdo de su marido muerto. En la novela se bordea esta situación o idea, que sin embargo no está en ella, o no con la nitidez que me movió a darle de nuevo a la tecla.

Lo que ha resultado el núcleo de Los enamoramientos empezó siendo, en cambio, algo accesorio, instrumental. ¿Cuál podía ser esa desgracia? Recordé lo ocurrido a una amiga años atrás: su complacida contemplación de una “pareja perfecta”, el posterior descubrimiento de que el hombre había sido asesinado de manera absurda, pésima suerte. Por varias razones, la historia había de contarla una mujer. Con una excepción breve, mis narradores habían sido siempre masculinos. Miré a mi alrededor e hice memoria: conozco a un montón de mujeres reflexivas e inteligentes, cuyas cabezas no se diferencian apenas de las de los varones reflexivos e inteligentes que conozco. Más de una vez me he encontrado con este reproche respecto a esa narradora, María Dolz: “Una mujer no piensa así”. Para mí no hay mayor desprecio que hablar de “las mujeres” como si fueran uniformes, perros o gatos. En todo caso, y si no la había, ahora hay al menos una mujer que piensa “así”. Pues también cuentan -contamos con ellas- las criaturas que sólo existen en la literatura. Esa es la fuerza de la ficción, que se incorpora a nuestro conocimiento y a nuestra experiencia casi tanto como lo real. E incluso, cuando la realidad es pálida, a veces nos constituye un poco más.

JAVIER MARÍAS

El País, Babelia, 23 de diciembre de 2011

La ruta del doble éxito

No es insólito pero tampoco muy común el que una novela reciba una buena acogida por parte de la crítica y también del público lector. Los enamoramientos es uno de estos casos y, una vez manifestada mi alegría, trataré de desglosar las razones de este doble éxito.

Nacido en 1951, con una dilatada (por temprana, su primera novela apareció en 1971, Los dominios del lobo) carrera literaria a sus espaldas, un sólido prestigio nacional e internacional e incontables premios en su haber, Javier Marías acomete la escritura de Los enamoramientos después de haber concluido la trilogía de Tu rostro mañana, una obra titánica que seguramente tiene que haberle producido la sensación de haber saldado de una vez por todas cualquier debate sobre su capacidad y sus méritos, de no tener que demostrar nada ni a los demás ni a sí mismo; quizá también la sensación de haber agotado el capital productivo y las expectativas, de que todo cuanto pudiera hacer en el futuro no contribuiría en nada a su prestigio. Ignoro si fueron éstas las circunstancias que acompañaron la escritura de la novela, pero tanto si lo fueron como si no, el resultado es que Los enamoramientos parece una novela escrita sin presión externa ni interna, con absoluta libertad, una de las más claras y redondas de su autor, tal vez, por usar un término coloquial, la más suelta. Sólo así se explica que haya podido adoptar sin aparente esfuerzo ni artificio una voz femenina y la haya mantenido sin fisuras a lo largo de cuatrocientas páginas. Y lo mismo ocurre con la trama de esta singular historia, a la que me referiré enseguida.

Antes, sin embargo, quisiera detenerme en el título, que, a mi modo de ver, y de una forma muy típica de su autor, aclara y despista por partes iguales. Porque la novela no habla del amor, sino del enamoramiento. Y aunque nada se dice taxativamente al respecto, cabe la posibilidad de que el enamoramiento del título no se refiera a la turbulenta historia pasional que ocupa la parte central de la novela, sino a la atracción inicial, la que la protagonista contrae, casi como una infección, respecto de la pareja todavía anónima que coincide con ella por motivos triviales o, al menos, fáciles de imaginar en un mundo de hábitos triviales. Y es este enamoramiento el que lleva a María Dolz, apodada no sin ironía La Joven Prudente, a inmiscuirse en un asunto que en circunstancias normales sólo le habría afectado de un modo tangencial y pasajero y cuyo carácter oscuro, por no decir siniestro, resulta evidente desde el principio para el lector y también para ella.

Nada es convencional en la novela. El suceso desencadenante es un hecho violento de una gratuidad que roza lo inverosímil, un homicidio tan brutal como absurdo que choca con las convenciones no ya del género de la novela policial, sino de cualquier novela, un crimen sin móvil cuyo autor es conocido en todo momento y cuya culpabilidad nunca es puesta en duda. Y es precisamente esta dislocación de la lógica literaria y también de la lógica real la que mueve al escritor y a la protagonista del escrito a no dejar pasar el suceso como uno más de los hechos terribles pero ajenos que ocurren en la periferia de lo cotidiano. Un desconocido muere, otro aparece por causas razonables. “Fue entonces cuando decidí acercarme a ella”, dice la protagonista como si con esta frase justificara abrir la puerta a un mundo de misterios y peligros.

Nada más típico de la temática de Javier Marías a lo largo de toda su obra: no el azar, sino una elección, sólo a medias voluntaria, hecha a partir del azar. Algo que sintetiza a la perfección el célebre principio de Corazón tan blanco: “No he querido saber pero he sabido”. Esta elección azarosa lleva a la protagonista de Los enamoramientos a un estado de ánimo obsesivo, que le ciega pero al mismo tiempo le impulsa a indagar y penetrar en la verdad más opaca. De esta indagación surge el descubrimiento de algo que no es tanto engaño como doblez. No hay engaño por parte de las personas, sino de las apariencias tras las que se ocultan. Y si hay engaño, este engaño no va destinado a quien indaga, aunque en definitiva su descubrimiento le afecte de un modo profundo. Tal es el caso de María Dolz, La Joven Prudente, que, en contra de lo que parecerían indicar sus largas reflexiones, actúa de un modo absolutamente irreflexivo y a quien sólo la acción va relevando su sentido y sus consecuencias.

A este tema, que recorre toda la obra narrativa de Javier Marías, se une otro no menos recurrente: la obstinada persistencia de los muertos en la vida de los vivos; no sólo en el recuerdo, donde tienen reservado un alojamiento hecho de afecto y de pesadumbre pero circunscrito al territorio de la memoria, sino en todos los aspectos de la realidad cotidiana de los vivos, donde ejercen un influjo decisivo sobre la conducta y las emociones de éstos.

Como en un juego de espejos, se insertan en la novela dos referencias literarias: el asombroso y bárbaro episodio de la fallida ejecución en Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas, y la maravillosa novela corta de Balzac El coronel Chabert. Las dos historias refieren casos de amor desmedido y en ambas uno de los protagonistas de la pareja amorosa regresa de un más allá falso desde el punto de vista clínico, pero no por ello menos real para el que permaneció en el mundo de los vivos.

Todo lo que acabo de decir es, por supuesto, una interpretación personal, no una clave para la lectura de Los enamoramientos. Las novelas de Javier Marías, como sus personajes, tienen varios rostros y admiten varias lecturas, en todos los sentidos del término. ¿Qué ha sucedido exactamente? ¿Qué hay de verdad en lo que los personajes han acabado revelando? ¿Qué saben cuando dicen saber y qué ignoran cuando pretenden no saber? Para obtener este efecto, Marías recurre a su habitual estilo. En esta ocasión, la contención es mayor que en otras novelas, quizá porque el tema es más patético y más doloroso. Dosifica el sentido del humor y lo utiliza con sordina, incluso en el habitual y esperado cameo del profesor Rico. En cambio no faltan las digresiones y el análisis minucioso y matizado de las emociones que lleva el relato más allá de la simple peripecia argumental. Como es habitual en él, Marías no escribe de un modo lineal ni ortodoxo: desparrama el texto, de tal modo que la narración no circula por canales bien trazados, sino por un cauce natural, accidentado, a lo largo del cual se producen meandros, remolinos y desbordamientos, sin perder nunca el rumbo ni el control último del discurso. Esta mezcla de caos y rigor requiere un envidiable dominio de la técnica narrativa, como demuestra el recurso al medido anacoluto como recurso literario, que tanto escandaliza a maestrillos e inspectores, pero que tan bien refleja la percepción de la realidad sobre la marcha, una percepción precipitada, a la vez sagaz y contradictoria, en la que intervienen la inteligencia, las emociones, los prejuicios y las limitaciones de un modo complementario y antagónico. Todo pertenece, en palabras del autor al “vagoroso universo de las narraciones, con sus puntos ciegos y contradicciones y sombras y fallos, circundadas y envueltas toda en la penumbra o en la oscuridad, sin que importe lo exhaustivas y diáfanas que pretendan ser, pues nada de eso está a su alcance, la diafanidad ni la exhaustividad”.

EDUARDO MENDOZA

El País, Babelia, 23 de diciembre de 2011