LA ZONA FANTASMA. 20 de noviembre de 2011. Un pequeño esfuerzo de imaginación

Sin duda porque viví cierto tiempo en Italia y tengo amistades en ese país, hace años que tiendo a compadecerme y a sentir lástima por el conjunto de sus habitantes y por su situación, emparedados entre la omnímoda corrupción de Berlusconi y el apenas disimulado fascismo de Bossi. Quizá porque una vez estuve en Caracas, donde conocí a personas estimables y se me trató bien, tiendo a ver a los venezolanos, desde hace mucho, como víctimas de una semidictadura que cada vez es menos “semi”. Desde siempre me apena la situación de los argentinos, que van de peronismo en peronismo (sería como si en España fuéramos de franquismo en franquismo, y se hubiera inventado el más flagrante oxímoron, un “franquismo de izquierdas”) con breves interrupciones, alguna peor que la norma, como la sangrienta junta militar de los años setenta y ochenta. Y así podríamos seguir con no pocos países. Tendemos, en primera instancia, a ver a los pueblos como víctimas de sus malos o pésimos gobernantes, y así ha de ser a buen seguro en los regímenes dictatoriales producto de un golpe de Estado o de la victoria en una guerra, con su imposición de leyes y prohibiciones, su continuo uso de la fuerza, su persecución de los disidentes y de la libertad de expresión y de prensa, su encarcelamiento de “desafectos” y críticos: China, Birmania, Irán, Cuba, la Libia de Gadafi o la Siria de El Asad, la Arabia Saudí de los vetustos príncipes o la Guinea de Obiang, sitios todos en los que nadie se atreve a levantar la cabeza, so pena de que se la corten.

Reconozco que, en ese primer impulso, asimilo a Italia, Venezuela, la Argentina o Rusia con los últimos países mencionados. “Pobres gentes”, piensa uno de todos. “Qué mala suerte, lo que tienen que soportar”. Es sólo más tarde cuando se ve impelido a corregir el sentimiento de lástima: cuando cae en la cuenta de que en realidad el grueso de los italianos, venezolanos y argentinos (por seguir con estos tres ejemplos, habría más) no merecen ninguna conmiseración, porque llevan años eligiendo, en votaciones vagamente democráticas, a esos espantosos gobernantes sin apenas sentido de la democracia y que provocan vergüenza, amén de incontables males para sus países. En el caso de Italia me cuesta más retirarles la compasión, y se la mantengo a esas amistades desesperadas que -me consta- nunca han tenido arte ni parte en la perpetuación de Berlusconi ni de Bossi. Pero, con la razón, no puedo mantenérsela al conjunto de la población, responsable directo de lustros de desastroso gobierno, cuasi totalitario y grotesco. “La salvación ha estado en su mano, a diferencia de las naciones en que no hay posibilidad de elegir; y, a sabiendas, han escogido la calamidad”.

Hoy votamos aquí, y como dije hace semanas, se trata más bien de inclinarnos por quienes nos dan cien patadas o por quienes nos dan noventa y nueve y media. Así es, al menos, para una porción notable del electorado. Los dos partidos que pueden gobernar ya lo han hecho, luego no podemos llamarnos a engaño ni podremos escudarnos en que no sabíamos, en que confiamos en alguien nuevo que después nos defraudó. Los candidatos a Presidente no son los mismos que desempeñaron el cargo, es verdad. Pero uno ha sido ministro y Vicepresidente de Zapatero, el otro fue ministro y Vicepresidente de Aznar y además fue designado por éste, a dedo, como su sucesor. En el improbable gabinete de Rubalcaba es casi seguro que nos encontraríamos con caras bien conocidas de los últimos ocho años. En el muy probable de Rajoy apenas cabe duda de que veríamos a gente de la vieja guardia de Aznar, como Trillo, Arenas, Montoro, Arias Cañete o Ana Pastor (engorroso que esa ex-ministra lleve el mismo nombre que la valiosa periodista de TVE); también a individuos que llevan dos legislaturas soltando falacias y exabruptos sin cesar, como Sáenz de Santamaría, González Pons o Cospedal. En el otro bando, a individuos que llevan el mismo tiempo soltando mentiras e imbecilidades sin cuento, incumpliendo promesas y renunciando a sus principios. Mal está el asunto, eso no se le escapa a nadie. Los llamados partidos minoritarios no ofrecen, a mi parecer, mayor inteligencia ni ecuanimidad. Ninguno. En cuanto al voto en blanco, el nulo o la abstención, considero que quienes optan por ellos son quienes menos derecho tendrán a lamentarse y menos merecedores serán de compasión, llegado el caso de que toque eso antes o después: sentirnos tentados a compadecernos. La situación económica no va a sufrir grandes cambios bajo ningún Gobierno, a corto plazo. Las medidas del PP ya las conocemos, por cómo privatiza, recorta y “gürtelea” en las comunidades bajo su control. Las del PSOE, a la vista están. Ambos obedecerán a Alemania y al FMI en lo fundamental. Pero ¿qué Gobierno nos dará más vergüenza, cuál juzgaremos mayor catástrofe? Aunque los candidatos sean distintos, hay que recordar los anteriores, los de Zapatero con sus Bibianas y los de Aznar con sus obispos mandones. Hagan memoria. Piensen cuál nos inspiró más bochorno y mayor aversión, cuál nos ha irritado y exasperado más, con cuál de los dos nos ocurría más lo que al parecer les sucede ahora a los franceses con Sarkozy y a los italianos con Berlusconi: cada vez que se les aparecen en televisión, sienten la necesidad imperiosa de cambiar de canal. Recuerden que en ningún caso seremos dignos de lástima, porque habremos elegido. ¿Quién nos sacará más de quicio, Rubalcaba o Rajoy? Hagan un pequeño esfuerzo de imaginación.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de noviembre de 2011