Javier Marías: “No creo ser un referente, los escritores sólo citan a Bolaño”

Antes de que Javier Marías (1951) escribiera 13 novelas, de ser reconocido con premios como el Rómulo Gallegos y el José Donoso. Antes de ser elogiado por su traducción de Tristram Shandy, de Laurence Sterne, el escritor español leía con fervor los ejemplares de la editorial Penguin. “Me pasaba la vida comprando libros de Penguin Modern Classics”, recuerda el narrador y traductor sobre la prestigiosa editorial inglesa, que en octubre pasado decidió incluirlo en su catálogo. El fichaje se realizó en la Feria del Libro de Frankfurt.

Hasta ahora, Penguin sólo había publicado a cinco autores hispanoamericanos: Jorge Luis Borges, Federico García Lorca, Pablo Neruda, Octavio Paz y Gabriel García Márquez. “En 1971 tenía 20 años, y era un estudiante de Filología Inglesa. La colección tenía el lomo gris, y entre sus autores figuraban Henry James, Faulkner, Virginia Woolf y James Joyce”, dice Marías, quien publicó su primera novela, Los dominios del lobo, hace 40 años. Para el aniversario, el sello Alfaguara reeditó el volumen, con un prólogo de Marías sobre la historia delibro.

Mientras, el sello Penguin anuncia para agosto de 2012 la publicación de cinco de sus novelas, entre ellas, Corazón tan blanco (1992) y Negra espalda del tiempo (1998), además de los ensayos Vidas escritas (1992) y el libro de cuentos Cuando fui mortal (1996).

Pero hay más sobre la consagración internacional de Marías. El próximo año, la editorial norteamericana Knopf publicará su última novela, Los enamoramientos (2011), en EE.UU. y Canadá. Un salto tras finalizar la trilogía Tu rostro mañana, iniciada el 2002 y cerrada el 2007.

¿Qué le parece compartir colección con Marcel Proust y Vladimir Nabokov?

Ellos han pasado a ser “Classics” a secas, como es natural. Pensar que en el futuro alguien pueda confundirme con autores así no puede sino parecerme un malentendido monumental.

Pero usted ya es un referente para la literatura en español, ¿no?

No creo ser un referente en modo alguno. Tengo la impresión de que los escritores hispanoamericanos casi sólo citan a Roberto Bolaño. Sobre todo a raíz de su muerte prematura y triste. La verdad, ni siquiera estoy muy seguro de ser leído con regularidad en Latinoamérica.

Luego de Tu rostro mañana afirmó que le fue muy difícil volver a escribir. Este año publicó Los enamoramientos. ¿Hay un antes y un después con esta novela?

Me temo que el antes-después lo marcó Tu rostro mañana. Tras terminar esa larguísima novela pensé que no escribiría ninguna más, y que si lo hacía serían “propinas” o “notas a pie de página”. Al parecer, Los enamoramientos no ha sido recibida así, ni por la crítica ni por los lectores. En seis meses, en España lleva vendido más de 100.000 ejemplares. Lo cual me alegra, pero yo escribí ese libro con mucha inseguridad, pensando que era una “propina”. Y me temo que seguiré pensando lo mismo de cuanto escriba en el futuro, si hay algo más.

¿Y hay algo más? ¿Haría una novela histórica por ejemplo?

De momento no escribo aún ninguna novela nueva. En todo caso, si empiezo algo, seguro que no pertenecerá a ese género, que nunca me ha interesado, a diferencia de lo que le ocurre a la población lectora actual. Me cuesta creerme las novelas históricas. En cuanto hay diálogos, me chirrían casi siempre. Y la documentación que suele acompañarlas me resulta tediosa. Esas novelas están llenas de pasajes que son los que, de niños, nos saltábamos cuando leíamos a Walter Scott, Salgari o incluso a Julio Verne. En eso me sigo comportando como el niño que fui.

JAVIER GARCÍA

La Tercera (Chile), 20 de noviembre de 2011

La República (Perú)

Un país podrido y desaparecido

Uwe Tellkamp es un escritor de largo recorrido, que encauza la acción de forma parsimoniosa, recreando la mortecina danza del funcionario que vacila entre la prepotencia y el miedo, entre la arrogancia y el pánico, básicamente a través de la descripción del paisaje, de la disección del detalle. Es un escritor visual. Lo admite y lo justifica. “Deberíamos ir a la cuestión básica: ¿qué es un novelista? Para mí un novelista es un contador de historias, que pueden contener más o menos partes de ensayo. Yo, personalmente, trato de excluir los ensayos de las novelas. A veces no hay más remedio que introducir esa parte de ensayo, cierto, pero es una práctica que considero una enfermedad alemana”. Y cuando se le pregunta si puede destacar algún escritor que tenga la talla de Grass o de Böhl, da un quiebro y responde: “Estoy orgulloso de poder decirlo: Javier Marías. Es un gran escritor”.

El País, Babelia, 19 de noviembre de 2011

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LA ZONA FANTASMA. 20 de noviembre de 2011. Un pequeño esfuerzo de imaginación

Sin duda porque viví cierto tiempo en Italia y tengo amistades en ese país, hace años que tiendo a compadecerme y a sentir lástima por el conjunto de sus habitantes y por su situación, emparedados entre la omnímoda corrupción de Berlusconi y el apenas disimulado fascismo de Bossi. Quizá porque una vez estuve en Caracas, donde conocí a personas estimables y se me trató bien, tiendo a ver a los venezolanos, desde hace mucho, como víctimas de una semidictadura que cada vez es menos “semi”. Desde siempre me apena la situación de los argentinos, que van de peronismo en peronismo (sería como si en España fuéramos de franquismo en franquismo, y se hubiera inventado el más flagrante oxímoron, un “franquismo de izquierdas”) con breves interrupciones, alguna peor que la norma, como la sangrienta junta militar de los años setenta y ochenta. Y así podríamos seguir con no pocos países. Tendemos, en primera instancia, a ver a los pueblos como víctimas de sus malos o pésimos gobernantes, y así ha de ser a buen seguro en los regímenes dictatoriales producto de un golpe de Estado o de la victoria en una guerra, con su imposición de leyes y prohibiciones, su continuo uso de la fuerza, su persecución de los disidentes y de la libertad de expresión y de prensa, su encarcelamiento de “desafectos” y críticos: China, Birmania, Irán, Cuba, la Libia de Gadafi o la Siria de El Asad, la Arabia Saudí de los vetustos príncipes o la Guinea de Obiang, sitios todos en los que nadie se atreve a levantar la cabeza, so pena de que se la corten.

Reconozco que, en ese primer impulso, asimilo a Italia, Venezuela, la Argentina o Rusia con los últimos países mencionados. “Pobres gentes”, piensa uno de todos. “Qué mala suerte, lo que tienen que soportar”. Es sólo más tarde cuando se ve impelido a corregir el sentimiento de lástima: cuando cae en la cuenta de que en realidad el grueso de los italianos, venezolanos y argentinos (por seguir con estos tres ejemplos, habría más) no merecen ninguna conmiseración, porque llevan años eligiendo, en votaciones vagamente democráticas, a esos espantosos gobernantes sin apenas sentido de la democracia y que provocan vergüenza, amén de incontables males para sus países. En el caso de Italia me cuesta más retirarles la compasión, y se la mantengo a esas amistades desesperadas que -me consta- nunca han tenido arte ni parte en la perpetuación de Berlusconi ni de Bossi. Pero, con la razón, no puedo mantenérsela al conjunto de la población, responsable directo de lustros de desastroso gobierno, cuasi totalitario y grotesco. “La salvación ha estado en su mano, a diferencia de las naciones en que no hay posibilidad de elegir; y, a sabiendas, han escogido la calamidad”.

Hoy votamos aquí, y como dije hace semanas, se trata más bien de inclinarnos por quienes nos dan cien patadas o por quienes nos dan noventa y nueve y media. Así es, al menos, para una porción notable del electorado. Los dos partidos que pueden gobernar ya lo han hecho, luego no podemos llamarnos a engaño ni podremos escudarnos en que no sabíamos, en que confiamos en alguien nuevo que después nos defraudó. Los candidatos a Presidente no son los mismos que desempeñaron el cargo, es verdad. Pero uno ha sido ministro y Vicepresidente de Zapatero, el otro fue ministro y Vicepresidente de Aznar y además fue designado por éste, a dedo, como su sucesor. En el improbable gabinete de Rubalcaba es casi seguro que nos encontraríamos con caras bien conocidas de los últimos ocho años. En el muy probable de Rajoy apenas cabe duda de que veríamos a gente de la vieja guardia de Aznar, como Trillo, Arenas, Montoro, Arias Cañete o Ana Pastor (engorroso que esa ex-ministra lleve el mismo nombre que la valiosa periodista de TVE); también a individuos que llevan dos legislaturas soltando falacias y exabruptos sin cesar, como Sáenz de Santamaría, González Pons o Cospedal. En el otro bando, a individuos que llevan el mismo tiempo soltando mentiras e imbecilidades sin cuento, incumpliendo promesas y renunciando a sus principios. Mal está el asunto, eso no se le escapa a nadie. Los llamados partidos minoritarios no ofrecen, a mi parecer, mayor inteligencia ni ecuanimidad. Ninguno. En cuanto al voto en blanco, el nulo o la abstención, considero que quienes optan por ellos son quienes menos derecho tendrán a lamentarse y menos merecedores serán de compasión, llegado el caso de que toque eso antes o después: sentirnos tentados a compadecernos. La situación económica no va a sufrir grandes cambios bajo ningún Gobierno, a corto plazo. Las medidas del PP ya las conocemos, por cómo privatiza, recorta y “gürtelea” en las comunidades bajo su control. Las del PSOE, a la vista están. Ambos obedecerán a Alemania y al FMI en lo fundamental. Pero ¿qué Gobierno nos dará más vergüenza, cuál juzgaremos mayor catástrofe? Aunque los candidatos sean distintos, hay que recordar los anteriores, los de Zapatero con sus Bibianas y los de Aznar con sus obispos mandones. Hagan memoria. Piensen cuál nos inspiró más bochorno y mayor aversión, cuál nos ha irritado y exasperado más, con cuál de los dos nos ocurría más lo que al parecer les sucede ahora a los franceses con Sarkozy y a los italianos con Berlusconi: cada vez que se les aparecen en televisión, sienten la necesidad imperiosa de cambiar de canal. Recuerden que en ningún caso seremos dignos de lástima, porque habremos elegido. ¿Quién nos sacará más de quicio, Rubalcaba o Rajoy? Hagan un pequeño esfuerzo de imaginación.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de noviembre de 2011