“Tradicionalmente, la derecha en España solo dice estupideces”

Caricatura por Sciammarella

Saeta unos domingos, garrapata otros, el artículo de Javier Marías (Madrid, 1951, “60 años ya, qué raro suena”) en la penúltima de El País Semanal se cuela entre el café y el croissantpara provocar reacciones tan sanas ellas como la risa o la ira y la identificación o el rechazo. O esa cosa tan celtibérica que consiste en pensar y hasta en soltar: “¡coño, si esto es lo que yo decía!”, aun sin haberlo dicho nunca, claro. Y es que, a lo mejor, convertir en evidencias asuntos que no lo eran es el secreto del Marías articulista. Para aquellos que, por lo que sea -el berreo de los niños, la visita de los suegros o tal y cuál compromiso dolorosamente dominical- no gocen de tiempo y condición para el salvífico marías de cada siete días (o para quienes sientan irrefrenable afición por las compilaciones) el volumen Ni se les ocurra disparar (Alfaguara) reúne ahora parte de su producción de los dos últimos años.

Pregunta. Da la sensación de que sus artículos tratan del sentido común, o más bien de su pérdida. Claro que, si abundara ese sentido común, a lo peor se quedaba usted sin muchos temas…

Respuesta. Es que estamos en una época en la cual los que escribimos artículos de prensa perdemos demasiado tiempo en decir cosas que nos parecen obvias, de cajón. Y eso te da una sensación de pérdida de tiempo. Qué época más mala, una en la que sucede eso. Claro que a muchos les parecerá lo contrario, que la época está muy bien y que el imbécil soy yo. Además, claro, yo a veces me repito.

P. ¿Teme eso, repetirse, o la repetición puede acabar siendo un recurso?

R. Cuando tengo conciencia de que ya he hablado de un tema, pido disculpas. Prefiero no repetirme pero a veces es inevitable. Yo procuro no cansar. Aunque creo que a estas alturas todo el mundo debería estar cansado de leer a alguien todas las semanas desde hace ocho años. Pero bueno, parece que hay gente a la que no le importa. También intento que algunos artículos sean de un tono distinto al predominante, no todo puede ser indignación; así que hay artículos más irónicos, anecdóticos, que atañen más a la gente… y me he dado cuenta de que esos artículos hacen gracia.

P. No se puede estar siempre cabreado.

R. Intento que hasta en los artículos en los que estoy más indignado haya alguna broma, exageración o disparate. Si uno no exagera, no se divierte.

P. Pues no parece éste de ahora el país más idóneo para entender la ironía, la boutade o la exageración.

R. No, y cada vez menos. Lo cual es una cosa rara y preocupante y es un síntoma más de cierta decadencia general. Hace 30 años uno no tenía que tener cuidado cuando hablaba con ironía, porque se daba por descontado que la gente la entendía. Decir una cosa queriendo decir la contraria es una manera propia de la lengua española. Esto, ahora, no siempre se pilla.

P. ¿A qué achaca esa regresión?

R. No me atrevería a hacer un diagnóstico, pero cada vez hay más gente seria, gente que ve mal casi cualquier cosa. Esto tiene mucho que ver con el lenguaje políticamente correcto. La relación entre el lenguaje y el pensamiento es tan directa, que si uno intenta controlar lo que se dice y estipular una serie de normas de lo que se debe decir, de lo que se puede decir, en el fondo está controlando también la manera de pensar. El lenguaje políticamente correcto ha hecho que la gente piense de una forma más solemne, que no aguante ni una broma.

P. También abunda hoy un tipo de gente que, siendo tecnológicamente capaz de todo, no sabe de casi nada.

R. Bueno, mi padre dijo una vez que el hombre contemporáneo se estaba convirtiendo en un primitivo repleto de información, y yo en esa frase cada vez le voy dando más la razón. Por supuesto, ya casi nadie se preocupa de saber por qué funciona algo. A nadie le importa el porqué.

P. O sea, sí los cómos, no los porqués…

R. Da la sensación de que se ha perdido de vista no solo el por qué, sino el para qué. Me acuerdo de una frase que escribí en una novela mía hace ya más de 20 años, fue en Todas las almas. El narrador dice: “Hasta el siglo XVIII y parte del XIX, a los niños se les trataba como futuros adultos”. Y esto se ha perdido. Al revés, da la sensación de que los adultos tienden a perpetuarse en el infantilismo.

P. ¿Le cuesta verbalizar ciertas cosas o no se pone límites? Es que, en el del domingo pasado, donde decía que estamos alumbrando una sociedad de chivatos, escribía: “O, dicho peor pero más a las claras, es crear una sociedad de hijos de puta”.

R. No soy muy dado a utilizar este tipo de expresiones pero tampoco me escandalizo con ellas. Y es que lo creo: el peligro de la globalización y de la rapidez con que nos llegan las noticias de todas partes es que cualquier idea es susceptible de ser copiada. Y ahí hablaba de Corea del Sur, donde la delación está remunerada y el ciudadano ejerce de policía cuando ve que alguien se salta un semáforo o deja la basura donde no es debido. Si a alguien le dan dinero por chivarse de alguien, esa es una sociedad de hijos de puta. De gentuza.

P. Lo que ocurre con las reglas de la sociedad es que…

R. Tenemos que tener un cierto margen para saltarnos las reglas, en una época en la que todo tiende a estar regulado. Si no existe ese margen, vivimos en una sociedad imposible. Hay demasiada gente recta, demasiada gente con conciencia y vocación de ser recta. Son el equivalente a los acusicas del colegio.

P. Pues eso no tiene pinta de ir a menos, sino a mucho más…

R. Yo siempre tiendo a ser optimista porque pienso que la Historia es cíclica y que hay ciclos de una cosa y luego los hay de la contraria, pero empiezo a perder la esperanza porque llevamos un ciclo demasiado largo de… de entontecimiento generalizado.

P. En la introducción a este volumen, se dice: “El Marías escritor de columnas se ha convertido para muchas personas de toda clase y condición en la voz del ciudadano común”. Y no tengo yo claro si esa condición le encaja a usted, y si le agrada a usted…

R. Mmm, ya…

P. Vamos, que no parece tan claro que usted dirija sus escritos al ciudadano común, así, en general. Dicho de otra forma, y parafraseando a Ortega, entre el hombre-masa y las minorías selectas, ¿dónde quedan sus artículos?

R. Yo, ni en los artículos ni en las novelas me dirijo a nadie concreto… creo no ser ese tipo de articulista que tiene ya muy claro cuál es su cliente y se dirige a él a sabiendas de lo que ese cliente espera que se le diga. Mira, me llegó este libro, que ha escrito un americano, y dice de mí: “Sus propias creencias políticas parecen señalar al mismo tiempo a un izquierdista, un conservador y un libertario” (risas). Lo menciono porque creo que una de mis posibles virtudes es que, a diferencia de muchos articulistas, no siempre se me da por descontado.

P. Una opinión distinta para cada asunto distinto…

R. Simplemente digo lo que me parece en cada ocasión. Y si una cosa determinada que está defendiendo la izquierda -por decirlo de alguna manera- me parece una gran estupidez, pues lo digo y me da igual. Y si lo dice la derecha… hombre, tradicionalmente la derecha en España solo dice estupideces. Pero bueno, si alguna vez dicen algo acertado, no tendré inconveniente en reconocerlo. Rara vez será.

BORJA HERMOSO

El País, 12 de noviembre de 2011