LA ZONA FANTASMA. 13 de noviembre de 2011. En busca de la infelicidad permanente

Hace muchos años coincidí en un cocktail con un famoso poeta español muy admirado y querido por sus colegas (cosa extraña), al que apenas conocía. Le pregunté qué tal estaba, pues me habían dicho que había tenido la salud quebrantada. Con gesto enormemente serio y doliente (ante el que me temí lo peor), puso los ojos en blanco y me contestó: “¿Cómo voy a estar, con las noticias que traen todos los días los periódicos? Muy mal. Deprimido y horrorizado”. No recuerdo qué noticias eran aquellas, lo cual es normal, puesto que a lo largo de toda la historia han ocurrido espantosos sucesos en casi todas partes. “Entiendo”, respondí por educación (en el fondo estaba pensando: “Menudo cursi este poeta tan celebrado”); y añadí: “Pero me refería a cómo estás tú. He oído que has andado un poco malo”. No hizo caso, y prosiguió con su jeremiada: “Nadie puede estar bien con lo que está pasando en el mundo”, y me enumeró guerras e injusticias que tenían lugar en remotos puntos del planeta. No en España ni siquiera en Francia o Italia, sino, qué sé yo, tal vez en Uzbekistán, en Mongolia Exterior o en Zimbabue. Supuse que su salud se había recuperado, dado que le quedaban energías para padecer todas las mañanas por lo que leía que sucedía en las cuatro esquinas del globo. Recuerdo que me despedí de él pensando: “Hay que ver, un hombre dispuesto a ser infeliz permanentemente”.

Cada vez veo a más personas voluntariosamente aquejadas del mismo sufrimiento universal que impedía a aquel poeta levantarse con cierta normalidad de la cama. Gente que, si carece de motivos personales para sentirse desgraciada, los busca (y, claro está, los encuentra) en los lugares más recónditos de la tierra. Se podría pensar que son seres con una empatía desmedida, hipertrofiada, que -por raro que parezca- padecen con igual intensidad las desdichas de sus padres o hijos que las de los perseguidos disidentes chinos, los apaleados monjes birmanos y los niños desnutridos que pueblan África. Claro que cualquier injusticia es lamentable, y que a todos se nos encoge el ánimo cuando nos informan de ellas los telediarios. Pero nuestra capacidad normal de compasión tiene un límite, y no podemos pasarnos el día atormentándonos por lo que nos muestran las pantallas. Nos quedaríamos paralizados a perpetuidad, no levantaríamos cabeza en toda la jornada, no haríamos nada, ni siquiera por nuestros allegados. Curiosamente, los adictos al sufrimiento universal y continuo casi nunca hablan del mendigo que duerme en su calle ni de los parados que hoy conocemos todos. Están demasiado cerca, me temo, y, así como poca mano podemos echar a los chinos, a los birmanos y a los africanos, algo podríamos hacer por esos desfavorecidos que están al lado. Pero qué escasa grandeza tiene eso. Y qué molestia.

Leo un artículo de otra poeta, titulado con originalidad “Indignación”, en el que la autora vocea las muchas cosas que se la producen. Desde luego hay motivos para abrigar ese sentimiento, aquí y por doquier, pero las miras de esta mujer son tal altas y amplias que resultan inabarcables y abrumadoras, y a buen seguro la condenan a la infelicidad sin pausa. “Los derechos universales”, escribe, “han de ser entendidos y defendidos globalmente, sin excepción de pueblos ni razas, humanas y no humanas, pues lo que afecta a uno solo de los seres del planeta nos afecta a todos” [la cursiva es mía]. Esta idea ya la expresó con más talento John Donne hace casi cuatro siglos, sólo que no incurrió en la simpleza de considerar a los “no humanos” en el mismo plano que a los humanos. Un poco más adelante, la poeta actual insiste: “Me indigno porque no acabamos de considerar a los demás seres de este planeta como semejantes. Porque haya que seguir pidiendo perdón por pensar que un animal es uno de nosotros y por decir en voz alta que son mejores que nosotros”. Se equivoca; no tiene por qué pedir perdón: puede pensar y decir lo que se le antoje, faltaría más. Y así lo hace al añadir: “Me indigna que no sintamos en nosotros al animal, al auténtico animal, clamando por un poco de sosiego”. Pues no sé, la verdad, si los animales claman sosiego ni si son “mejores que nosotros”. Tengo la noción de que la mayoría andan depredándose unos a otros (por algo existe la expresión “ley de la selva”, para referirse a las situaciones en que no hay cortapisas ni clemencia ni freno, y en que cada cual impone su fuerza y no existe amparo para el más débil). Tampoco sé de ningún animal que haya inventado vacunas ni curado enfermedades, construido casas ni renunciado a parte de su poder mediante leyes, por supuesto que haya compuesto música ni poesía. Pero, sobre todo, si no nos deja descansar nada de lo que le acontece a nadie en el mundo; si no hay que hacer “excepción de pueblos ni razas, humanas y no humanas”, y por tanto hemos de sufrir e indignarnos indeciblemente por cada mosquito y por cada hoja, y tal vez por cada guijarro, es la mejor manera de prohibirse estar medianamente contento nunca, y hasta de funcionar en la vida. Es la perfecta manera de convertirnos en dolientes y absolutos inútiles. Lo preocupante no son esta o aquel otro poeta, sino que cada vez haya más gente así: por consiguiente, permanente y gratuitamente amargada y ceñuda. Pero no crean que la autora del artículo no propone soluciones. “Y ¿qué hacer? ¿Qué modelo inventar?”, se pregunta. Su respuesta es también novedosa: “Clamar por la sabiduría. Educar a un niño poniendo a su alcance los medios para la más alta compresión”. [sic] “Mirar hacia otros pueblos, los últimos supervivientes de las selvas tropicales”. Por lo menos dice “mirar”, y no nos envía a la jungla a todos, sin taparrabos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de noviembre de 2011