BLOG: MI VIDA Y LOS LIBROS. LOS LIBROS Y MI VIDA

Los dominios del lobo

No llegan a cuatro los meses que para mí separan las lecturas, en orden inverso, de la primera y la última obra de Javier Marías. Es curiosa esta ruptura del tiempo, pues entre ambas media realmente una distancia de cuarenta años, toda una vida, prácticamente la mía. Y no es solo tiempo lo que separa ambas obras.

En Los dominios del lobo el joven Marías pone un océano de distancia entre su realidad y la de sus personajes, y los sitúa en los bajos fondos de unos Estados Unidos que no son sino un decorado cinematográfico. Y estos personajes también lo son. De cine y de novela negra: gánsteres, matones, vampiresas rubias, chicas bien que pagan a sicarios, familias ricas venidas a menos, jefes del hampa reconvertidos en hombres de negocios, actores de Hollywood en apuros, ladronzuelos que buscan tesoros escondidos en el profundo sur del Tío Tom o de Faulkner,… Diríamos que el joven Marías ha visto muchas pelis y leído mucha novela negra. Y en efecto, así nos lo confiesa cuando en el prólogo de la edición nos sitúa en la gestación un tanto rocambolesca de este libro: un verano parisino, escapado de casa a los diecisiete años, sacando unos francos actuando en la calle y viendo cine, casi todo americano. Como él bien apunta, no era necesario ir a los Estados Unidos para escribir esta novela, pues es una Norteamérica literaria y cinematográfica su fuente e inspiración, no la verdadera. Así que tenemos un doble extrañamiento, el joven Marías escribe en París y sobre un país no sólo lejano, también irreal. ¿No quiere o no se atreve a abordar su realidad cercana? Parece que muchos críticos así lo han reflejado y habla de un deseo de alejarse de una sociedad a la vez gris y convulsa, como debía ser aquella sociedad y realidad española del tardofranquismo. Quizás no haga falta explicaciones enrevesadas, aunque no sea esta una disquisición absurda. Marías nunca hizo después novela social, pegada a la realidad del momento. Sus historias no se encasillan en un contexto histórico determinado, su personajes son entre ácratas y exiliados, las obras de Marías tratan de sentimientos y relaciones humanas, y estos trascienden cualquier anclaje temporal.

A mi modo de ver, una característica separa este debut de Marías de lo que será su obra de madurez. A mí me gusta Marías por la morosidad de la acción. Se deleita en el detalle, en el matiz, no descansa hasta pulir las múltiples facetas, reorganiza los hechos desde distintos puntos de vista, analiza el lenguaje de los personajes hasta extraer de una expresión aparentemente ingenua todo un estado de ánimo o una declaración de intenciones. Forzosamente la acción se ralentiza, y deja de ser importante lo que pasa, los hechos en sí mismos, pues Marías tiene la habilidad de que las circunstancias, casuística y antecedentes de una anécdota aparentemente intrascendente se conviertan en la trama como tal. Es decir, Marías no se ve obligado a narrar, a desarrollar argumentos complicados con personajes que se entrelazan y maniobras que se suceden para mantener vivo el interés del lector. Su fabulación es de otro tipo. En Los dominios del lobo el joven Marías sí se inclina por contar, de manera que se suceden cuadros de personajes que se van engarzado entre ellos y vamos a ser testigos de acciones trepidantes y estrambóticas, siguiendo la estela del cine negro. Sin embargo, no hay un discurso lineal, se trata más bien de superposición de ramificaciones, de anécdotas que tienen sentido en sí mismas, pero que pocas veces están completas y que se van encadenando. Por tanto hay acción, a raudales, pero no en un sentido académico y clásico: no hay principio, ni nudo, ni desenlace. O sí, pero no están muy claros. No hay jerarquía entre los actos y a veces tampoco relación de causa–efecto. El joven Marías empieza a narrar historias por el mero placer de contar, sin que sea necesario que pase algo, se recrea en ciertos aspectos, apenas esboza otros.  Intuyo que paulatinamente irá refinando ese gusto por contar despegándose de lo accidental.

En el epílogo (junto con el prólogo, de imprescindible lectura) confiesa el autor que esta es la mejor de sus novelas. Quiero pensar que lo afirma recordando los buenos momentos que pasó escribiéndola, sin presión, sin obligación, como un reto o un juego, como modo de afirmación personal. Y por la satisfacción que le pudo brindar su publicación, por el espaldarazo que le dio en su decisión de convertirse en escritor. Creo que no es su mejor novela y que no deja ver al escritor en el que luego se convirtió. Y tengo tal observación como un mérito de Marías, quien evolucionó desde Los dominios del lobo, extrajo enseñanzas que le permitieron llegar a la cumbre de la literatura contemporánea española desde una correcta y estrafalaria novela de gánsteres.

ELENA

El Correo.com, 8 de noviembre de 2011

Los enamoramientos

Un nuevo libro de Javier Marías parece la actualización del libro de Javier Marías. A menudo tengo esa sensación cuando me sumerjo en sus nuevas historias, la de que no son sino una reedición, una continuación de la misma. Elijo cuidadosamente estas palabras, reedición, continuación, actualización, porque no quiero bajo ningún concepto insinuar o deja traslucir el concepto de repetición o reiteración. No. Nada hay de repetitivo o reiterativo en sus novelas y todas son únicas y preciosas, aunque todas ellas lleven la marca inconfundible (como una flor de lis tatuada) del personal, inconfundible y característico estilo y universo temático de Marías, a mi modo de ver el escritor español vivo más original y valioso. Insisto en esa sensación de reencuentro al leer una nueva novela suya pues este hecho me parece positivo y reconfortante. 

Me siento mecida en la lectura de cada una de las frases de sus libros, de la cruz a la raya.  Marías se demora, se recrea, torna y vuelve, avanza y retoma. Se deleita en cada uno de los gestos de sus personajes, analiza cada palabra, cada expresión. Conecta sus giros lingüísticos con los de referentes literarios (Shakespeare es omnipresente en todas sus obras, aunque en esta se decanta por clásicos franceses, Balzac y Dumas), partiendo de la premisa de que siempre las palabras describen a la perfección los estados de ánimo y los sentimientos, de que a estos les corresponde de manera unívoca un vocablo con el regusto y el poso de los siglos (de ahí el recurso a Covarrubias, la literaria y angustiosa definición del término “envidia”). Javier Marías se recrea en las palabras, en sus significados ocultos y evidentes, en su sonoridad en nuestro idioma o en otros, en las razones que empujaron al hablante a escoger esas y no otras, pudiendo haber elegido, y, a partir de este análisis, Marías reconstruye intenciones, adivina pulsiones semiocultas.

En cuanto al argumento de la obra, tengo para mí que nunca es este elemento el fundamental en las obras de Marías. Tengo la sensación de que los usa como percha para anudar  a ella reflexiones que adivinamos muy personales sobre determinados aspectos de la vida. Y esos temas que aparecen al rebufo del argumento le quitan protagonismo y se convierten en sí mismos en el eje de la novela. Al menos a mí así me lo ha parecido siempre. En este caso Marías utiliza el argumento de la muerte accidental de un desconocido y el posterior descubrimiento de las circunstancias de tal muerte para reflexionar y descubrirnos nuestros sentimientos respecto a los que se fueron. Y cómo estos sentimientos son contradictorios, y cómo esta contradicción nos horroriza. Ante la perspectiva real o simulada de la muerte de un ser querido, nos asusta de nosotros mismos el íntimo alivio de ser el que sobrevive, y nos avergüenza la convicción de que, por más que el dolor sea sincero y la pesadumbre atroz, sabemos que ni dolor ni pesadumbre serán eternos, y por más que nos esforcemos en mantener vivo el recuerdo del que se fue y nos empeñemos en nuestra pena como homenaje, desde el momento de la pérdida somos conscientes de que olvidaremos. 

A partir de esta contradictoria sensación arma Marías su novela. Javier sabe que Luisa olvidará su vida armoniosa y perfecta con su marido, de manera que este pasará a ser el primer marido, y por eso urde la muerte de este. Poco importa si la motivación última de este asesinato tuvo atenuantes basados en la piedad. Por eso, la verdadera protagonista de esta historia, Luisa, apenas aparece en ella, sus sentimientos y comportamientos son arquetípicos, nos hacemos cargo de ellos en pocas líneas y en una escena. Los que sí son imprevisibles son los comportamientos y sentimientos de Javier y los de María Dolz, testigo privilegiada a su pesar del cortejo en la distancia de Javier. Y esta doble pareja le sirve también a Marías para desarrollar el tema del amor, del enamoramiento, del olvido.

Aunque he señalado que se me antoja que los argumentos en Marías no son sino excusas para introducir reflexiones a su socaire, la trama no es baladí, pues no olvidemos que la trama y su adecuada resolución distinguen las novelas de los ensayos, de los artículos de opinión. En este caso, a pesar de ser muy básica y vieja como el mundo, con eco de Hamlet, Marías sabe mantenernos en vilo, jugar con nuestra curiosidad, obligarnos continuamente a replantearnos la inocencia y la culpabilidad de Javier, incomodarnos con nuevos planteamientos.

Pero Marías no se queda solamente en la resolución airosa de una trama,  de una concatenación de hechos. Eso es lo que exigimos a los buenos novelistas: diligencia en los desarrollos, que nos cuenten algo y nos lo cuenten bien. Los escritores excelsos superan este nivel y añaden la recreación de los hechos, las vivencias de los personajes frente a las acciones propias y las ajenas, su reconstrucción subjetiva, la reelaboración y asunción de lo que vivieron y les fue contado. Por eso Marías es un escritor genial, porque nos cuenta una buena historia, nos la cuenta bien y con un estilo personal e inconfundible, y porque nos habla de él y de nosotros mismos al recrear las emociones de sus personajes.

ELENA

El Correo.com, 29 de julio de 2011

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