LA ZONA FANTASMA. 6 de noviembre de 2011. En el infierno nos veríamos

Nunca pude soportar a los chivatos, desde la infancia. Siempre los desprecié y rehuí y me prohibí ser amigo de ninguno de ellos, y creo que ese sentimiento de repulsa era compartido por la mayoría de los niños. No sé cómo se aprendía, pero sin duda se aprendía en seguida que uno no debía chivarse, que eso era lo más bajo y ruin que cabía. Ni siquiera -o apenas- cuando era uno el perjudicado por la actitud o matonería de otro u otros. La ley no escrita de los chicos dictaba que tenía uno que arreglárselas por su cuenta, plantando cara, buscando alianzas, ganándose a los enemigos, pactando con habilidad, ofreciéndose a ayudarlos en los exámenes si eran burros (como solían), en última instancia pegándose con ellos en el recreo o a la salida. Le tocaba a uno hacerse respetar, sin recurrir a los profesores ni a los padres, sin procurar que unos u otros le sacaran las castañas del fuego y castigaran a los abusones o provocadores. De ese modo aprendía uno pronto las lecciones de la vida: cuándo hay que valerse de la astucia, cuándo de la fuerza, cuándo del compromiso, cuándo conviene hacer las paces y cuándo no hay paces que valgan. Se ejercitaban la imaginación y el ingenio, se maquinaba, se calibraba. Si cada vez que tenía uno un problema acudía a las autoridades, era posible que le quitaran el problema de encima -nunca del todo, eso se sabía-, pero desde luego no se fogueaba ni aprendía nada del arte de la supervivencia. Pero, en fin, ser chivato podía perdonarse -a duras penas- cuando uno se veía en una situación desesperada y había agotado sin éxito todos los recursos propios.

Lo que era imperdonable era chivarse de lo que no lo atañía, de la travesura o la falta de un compañero que en modo alguno nos dañaba ni afectaba. Era inconcebible que, cuando una profesora preguntaba “¿Quién ha escrito esta impertinencia en la pizarra?”, alguien alzara la mano y dijera “Ha sido Vidal”. Y aún más repugnante resultaba que, sin que ningún profesor preguntara nada (quizá ya borrada la impertinencia, y no vista más que por los alumnos), alguien acusara espontáneamente: “Vidal ha escrito tal barbaridad en la pizarra”. A esos pelotas, amantes de la ley y el orden, se los llamaba también “acusicas” y se les cantaba aquello de “Acusica Barrabás, en el infierno te verás”. Curioso, y sano, que se mandara al infierno a los aprendices de delatores, a quienes deseaban que nadie quedara sin castigo aunque a ellos no les fuera ni les viniera la acción de los transgresores.

No sé cuánto de este viejo código infantil se conserva hoy en los colegios, pero me temo que muy poco, a juzgar por lo chivata que tiende a ser la sociedad adulta. Hay que dejar un margen para que la gente se salte las reglas, más aún en una época en la que todo está cada vez más regulado y las libertades más menguadas, y en que se consideran delitos o infracciones casi todas las cosas. Ese margen solía darlo que no hubiera ningún policía alrededor, que a uno no lo viera quien no debía verlo, y en cambio se contaba con la complicidad, la comprensión o por lo menos la indiferencia de los conciudadanos, todos ellos susceptibles de incurrir en parecidas faltas en caso de necesidad u osadía. La proliferación de cámaras -que se ha aceptado bovinamente, cuando no con contento por parte de los que se creen “buenos ciudadanos” y no son más que ratas- supone que estemos permanentemente vigilados. Pero si además nuestros vecinos se dedican a lo mismo, entonces estamos ya en una sociedad policial en la que no puede uno fiarse de nadie. Ríanse de la Stasi, la temible y ubicua policía secreta de la República Democrática Alemana.

Ahora leo que en la democrática Corea del Sur se paga por delatar, y que el país se ha llenado de “cazarrecompensas con cámara”, los cuales pueden llegar a embolsarse 85.000 dólares al año por denunciar a sus prójimos. Al que se cuela en el metro o tira una colilla al suelo, al que quema basura en zonas de construcción o se salta un semáforo, al que se cuela en una cola o cambia de carril indebidamente. Las recompensas oscilan entre 5 dólares por informar de una colilla hasta 850 por entregar a un vendedor de ganado sin licencia. El único elemento esperanzador ante semejante situación aberrante es que esos paparazzi voluntarios y nocivos son odiados por gran parte de la población y que muchos de ellos no se atreven a contar a sus amistades a qué se dedican, para no levantar sospechas y por temor al rechazo. También que haya algún arrepentido: “Lamento los días en que estaba desesperado y daba parte de las fechorías de personas igual de pobres que yo”. A no pocos -se justifican- los ha empujado a esta actividad la crisis. Pero, sea como sea, lo descorazonador es que cada vez hay más sudcoreanos que ven en la delación y la denuncia indiscriminadas un negocio, una manera bastante cómoda de ganarse la vida. (Temo un rápido contagio en España, país mimético de todo lo imbécil, dado a prohibir y en el que hay mucho más paro.) Premiar eso es, en la práctica, privatizar las tareas policiales, o aún más grave, convertir a los ciudadanos en policías y provocar la desconfianza, el miedo, el odio y el rencor entre ellos. Es lo que han hecho siempre los Estados totalitarios, desde la Rusia de Stalin a la Alemania de Hitler pasando por la Cuba de Castro, el Chile de Pinochet, la Venezuela de Chávez y la España de Franco. Es crear una sociedad de chivatos profesionales, con el consiguiente y brutal deterioro de la convivencia. O, dicho peor pero más a las claras, es crear una sociedad de hijos de puta.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 6 de noviembre de 2011