Rebeca West: topos británicos

La noción de traición o deslealtad es propia de las naciones más cultas y sofisticadas. Muy corto hay que ser de entendederas para pedir peras al olmo. La historia de los reyes godos en España es un buen ejemplo de monarquías fratricidas, y es de lamentar que no hayamos tenido un Racine, un Marlowe, un Schiller de los Wambas y Chindasvintos y Suintilas. En los tiempos que corren, muchos de estos conceptos – deslealtad o traición- resultan marcianos, hasta tal punto han degenerado tan cruciales materias en la amilanada Europa actual, no digamos en España, el paraíso del tarugo mediático. Por estas razones y por muchas otras que no vienen a cuento, resulta tan esclarecedora como extravagante, la historia de los traidores ingleses del siglo XX, escrita por Rebecca West en El significado de la traición, 1949. No en vano, Shakespeare plasmó como nadie las palpitantes tripas de los personajes más tenebrosos del teatro europeo, por ejemplo el satánico Edmund del Rey Lear. Si su materia procedía del campo de la realidad – los cronicones medievales britanos- o del infinito páramo de su jovial invención, a estas alturas de la película, resulta irrelevante. Rebecca West tiene un olfato de lince para los copiosos Edmund del Telón de Acero. De ahí, la delicia de sumergirse en su enciclopedia de los legendarios topos dela Gran Bretaña durantela Segunda Guerra Mundial y la llamada Guerra Fría.

La historia de John Amery puede valer como ejemplo del tono y calado narrativo del libro. La criatura fue un trasto en su infancia, el niño pasaba de ser un sol a ser una bomba de relojería con patas. Hay personas que siempre tienen quince años, nos dice la autora con fina guasa. La guinda de su semblanza, se nos cuenta, fue su estancia en España, durante la GuerraCivil, en el bando de Franco. Nadie sabe si traficaba con armas o era un sofista consumado, un charlatán distinguido. Sin duda, con tales elementos, la victoria era pan comido. Rebecca West tiene una curiosa teoría sobre Londres, dividido por el Támesis, entre la orilla imperial, la de Westminster y Trafalgar Square, y la orilla canalla, la del Globe, el teatro isabelino de Shakespeare. Amery era un producto de la orilla angelical, la más culta y sofisticada. El humor britano hila tan fino que las más de las veces se queda uno a dos velas. Amery era un caballero, nos dice la autora, que estuvo unida a Herbert George Wells, el creador de El hombre invisible. Disfrutó de todos los privilegios de su clase y los fulminó uno por uno. Un auténtico artista del alambre circense. Colaboró con Himmler en el Berlín nazi y fue confidente de Mussolini en su refugio de Saló, hasta terminar ahorcado en una prisión de Londres en 1945. La constelación de tales semblanzas fascinó a la autora y el lector más arisco quedará atrapado en las turbias redes de tan fantástica lectura.

CÉSAR PÉREZ GRACIA

Heraldo, 3 de noviembre de 2011

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