LA ZONA FANTASMA. 30 de octubre de 2011. ¿Qué me están comprando?

Como todo el mundo sabe a estas alturas, la directora general de Caja Mediterráneo hasta hace cuatro días (si uno pone “ex-directora” parece que su cargo sea cosa del pasado remoto, y no lo es en absoluto), se tenía asignado un sueldo anual de 600.000 euros y se había adjudicado, en caso de cese, una pensión anual vitalicia de 369.000. Dado que, según las fotos, es una mujer relativamente joven -y con motivo para lucir en la mayoría una amplia y autosatisfecha sonrisa; en las anteriores al escándalo, al menos-, cabe imaginar que, de haberse salido con la suya, se habría pasado treinta o más años cobrando eso por no hacer nada. Otros directivos de la misma entidad se despidieron antes con indemnizaciones millonarias, pese a haberla conducido a una situación de “quiebra técnica”. Así, Roberto López, director entre 2001 y 2010, se llevó 3,8 millones al prejubilarse, además de otra cantidad desmedida en pensiones. Tales sumas claman al cielo, más que nada, porque las pérdidas de la CAM obligaron al Banco de España a “inyectarle 2.800 millones de capital, cifra que el supervisor ha dado prácticamente por perdida”, según Julio M Lázaro en este diario. En Novacaixagalicia, por su parte, cuatro antiguos capitostes han recibido “compensaciones” por valor de 40 millones de euros, pese a haber requerido su entidad la nacionalización, ante su falta de solvencia. La Fiscalía Anticorrupción ha tomado cartas en el asunto de la CAM. Veremos.

La gente tiende a poner el grito en el cielo cuando alguien gana mucho, sea quien sea. Yo no; depende. No me escandaliza que Messi o Cristiano Ronaldo se embolsen grandes sumas, porque a su vez las generan para numerosísimos otros. Si millones de personas se sientan ante la televisión para ver lo que hacen con un balón, no les quepa duda de que de sus habilidades se están beneficiando montones de individuos y empresas. Tampoco me rasgo las vestiduras porque Shakira o Brad Pitt ganen millonadas. Cuantos más espectadores estén dispuestos a contemplarlos, mayor razón para que ellos se lleven un alto porcentaje. Que yo sepa, ni Messi ni Cristiano ni Shakira ni Pitt reciben dinero de los contribuyentes para sus actividades, ni obligan a nadie a tomar asiento para admirar sus talentos. De la misma manera, Ken Follett o J K Rowling no pueden imponer a nadie la adquisición de sus novelas, y si los lectores las compran libremente por millones, es lógico que ellos saquen provecho (lo contrario sería una explotación de su trabajo).

Cuando hay fondos públicos por medio es otra cosa. Y cuando una gestión no produce riqueza, sino malgasto y ruina, como en la CAM y en Novacaixagalicia, entonces son necesarias todas las alarmas. Cuando esa ruina le cuesta dinero al contribuyente, resulta indecente que ese dinero se emplee para premiar a los responsables de un desastre. Como también saben, las comunidades autónomas gobernadas por el PP y el Banco de España andan responsabilizándose entre sí de no haber controlado e impedido semejantes abusos. Pero ¿qué hay de la señora Amorós, el señor López y los demás obsequiados? ¿Acaso no se daban cuenta de lo desproporcionado de sus sueldos y pensiones vitalicias? ¿De que, a diferencia de lo que ocurre con Messi y Shakira, su trabajo no generaba ganancias que los justificaran? ¿De que, a diferencia de Cristiano y Pitt, ellos no eran insustituibles y de que cualquier otro ejecutivo podría haber desempeñado su cargo? Parece como si hoy fuera normal que casi nadie se pregunte, cuando está demasiado bien pagado, qué es lo que de verdad le están comprando. Como si a nadie le causara incomodidad ni recelo percibir más de lo que sería justo y adecuado y sensato, ni se planteara qué deuda contrae con ello ni a qué va a verse obligado. No sé. Cada vez que una editorial me ha ofrecido, por un libro, más de lo que yo consideraba razonable, o por lo menos “explicable”, he sentido desconfianza y me he preguntado eso en seguida: ¿en realidad qué me están comprando? En más de una ocasión (y tengo de testigos a mis agentes literarias y editores), he rebajado el anticipo que se me proponía por considerarlo excesivo y no ver lo bastante claro a qué respondía. Muchos me juzgarán tonto o ingenuo -no eran cantidades que yo hubiera pedido, sino que se me ofrecían-, pero así he sido educado, y no fui el único entre los de mi generación, sin duda. ¿Qué ha sucedido para que incontables miembros de esa generación -no digamos de las siguientes, educadas por la nuestra en buena medida- desconozcan ese desasosiego ante lo inexplicable, aunque nos beneficie? Yo entiendo la corrupción o la codicia de quien no tiene nada, de quien incurre en ellas para subsistir, y no me atrevería mucho a condenarlas, como tampoco condena uno mucho el hurto del indigente o la estafa del menesteroso, siempre y cuando no conduzcan a sus víctimas a la menesterosidad o la indigencia. Pero no entiendo que la señora Amorós, que con la mitad de su sueldo habría vivido en la abundancia -y aun con un cuarto-, no tuviera reparos en cobrar 600.000 al año, sin preguntarse por qué alguien le permitía o le daba eso, ni a qué se comprometía con ello, ni qué le estaban comprando, además de su calamitoso trabajo. No hay nada personal contra ella, es sólo el ejemplo que corre. Lo mismo vale para su antecesor el señor López, los directivos de Novacaixagalicia y tantos políticos, empresarios y banqueros de los que aún no nos ha llegado deprimente noticia.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de octubre de 2011