LA ZONA FANTASMA. 23 de octubre de 2011. ‘Ojo, no tenemos otras’

Ni siquiera hice la mili, por miope, así que les ruego que disculpen mi desconocimiento de las condecoraciones. Pero recuerdo que hará unos años, tras un atentado en Afganistán en el que murieron varios soldados españoles, se decidió concederles a título póstumo … pongamos que fuese la Cruz del Mérito Militar. Al parecer, esta Cruz (o lo que sea) la hay o había de dos clases: con distintivo amarillo, de menor categoría, y con distintivo rojo, de mayor. A los soldados asesinados (creo que les estalló una bomba al paso de su vehículo) se los quiso honrar con la primera. Habían perdido la vida “defendiendo a su país” muy lejos de él, desde luego, pero entendí que, con anterioridad al triste suceso, no habían llevado a cabo ninguna hazaña, y de ahí el distintivo amarillo. Pero como hoy todo parece poco a la gente, los deudos protestaron y exigieron para sus fallecidos el rojo, la máxima condecoración. ¿Qué más se puede hacer que morir en el cumplimiento del deber?, debió de ser el argumento. Y así, el amarillo que pretendía homenajearlos se convirtió de pronto en un agravio. Como todo el mundo se pliega hoy a todo y nadie se mantiene firme ni soporta un reproche, el Ejército rectificó y concedió el rojo, que, si no me equivoco, ha pasado a otorgarse en cualquier ocasión luctuosa similar. Bueno. Me pregunto, sin embargo, qué quedará entonces para aquel soldado que, además de morir, haya hecho antes algo heroico. Para el que haya salvado la vida de sus compañeros, o haya tomado él solo una posición enemiga, o se haya sacrificado por coronar con éxito una operación vital.

Hay algunas publicaciones que a los libros o películas o discos que reseñan les ponen además estrellas, a modo de calificación o nota. Si la más alta es cinco estrellas, y cuatro supone ya gran aprecio, no es raro que los autores de las obras que reciben estas últimas se las tomen como una ofensa, no digamos ya tres, que en principio son aún algo positivo. Dentro del ámbito literario, no es infrecuente que quienes son galardonados con el llamado Premio de las Letras, del Ministerio de Cultura -que se da a toda una trayectoria, como el Cervantes, pero es de rango y dotación económica inferiores-, se sientan más vejados que agradecidos porque ese Premio no es el Cervantes, sino sólo una especie de “pre-Cervantes”.

En fin. Si todos los distintivos son rojos y un día (ojalá no haga falta) un soldado se destaca por algo más que el infortunio de perecer, supongo que el Ejército podría crear un distintivo azul temporalmente, hasta que todo el mundo exigiera éste. Si las cinco estrellas se asignan con liberalidad para que nadie se mosquee, cuando haya un libro, película o disco en verdad extraordinarios, los críticos podrán darle seis excepcionalmente. Etcétera. Pero, ojo: las palabras no se inventan ni se improvisan ni puede nadie sacárselas de la manga según la necesidad, y con ellas está ocurriendo lo mismo que con los distintivos, las estrellas y los premios. Y aún es más: las palabras se gastan, se estropean y pueden resultar inútiles si se emplean demasiado, o indebidamente, o se apropian de ellas malhechores. Recuerdo lo que me contó el escritor alemán Hubert Fichte en 1978, en Hamburgo: cómo su lengua, tras el maltrato, la manipulación y el abuso a que la habían sometido los nazis durante tres lustros o más, les había parecido casi inservible a muchos autores de los años cincuenta y sesenta.

La situación no es tan grave ahora, por fortuna, pero, ante cualquier injusticia o vileza, la mayoría de la gente no se conforma con calificarlas de tales, o de lo que corresponda, sino que recurre al término más exagerado que se pueda imaginar. Si a un policía se le va la mano en una manifestación, será tildado de “torturador”, y uno se pregunta qué podrá llamarse entonces a los verdaderos torturadores, por ejemplo los que obedecían a Pinochet o a los jemeres rojos de Camboya. A una adolescente que aborta y a quien la asiste se los tacha de “asesinos” (bueno, el beato Prada los considera además “poseídos” o “endemoniados”, algo que él mismo, en sus vehemencias, parece estar a punto de estar), y uno se pregunta qué queda entonces para un Gadafi o un El Asad. “Racista” se aplica ya a toda circunstancia de menosprecio o discriminación, aunque no haya la menor diferencia de raza entre quienes los practican y padecen. Es como si “clasista”, “machista”, “homófobo” o “antiandaluz”, según los casos, no parecieran suficientemente graves. ¿Qué queda entonces para los miembros del Ku-Klux-Klan, que aún los hay? Vi la foto de una protesta de personal sanitario en Barcelona. Un manifestante enarbolaba una pancarta en catalán que rezaba: “Recortar en sanidad es genocidio”. Sin duda es irresponsable, peligroso y ruin, incluso infame (y mucho más de eso veremos seguramente tras el 20 de noviembre). Pero ¿genocidio? Junto con “holocausto”, es una de las palabras que hoy se utilizan más a la ligera y para cualquier cosa, y uno se pregunta qué queda entonces para denominar lo que los nazis hicieron con los judíos o los hutus con los tutsis en Ruanda. A diferencia de lo que ocurre con las condecoraciones y las estrellas, las palabras no se crean de la noche a la mañana, requieren de un lentísimo proceso hasta que el conjunto de los hablantes las acepta y las usa. Hoy están casi todas abaratadas, manoseadas, devaluadas, y no tenemos otras de recambio. Así que hagan el favor.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de octubre de 2011