LA ZONA FANTASMA. 16 de octubre de 2011. ‘La perversión de viejos’

Mucho se ha escrito a lo largo de la historia sobre los sinsabores y lacras de la vejez, al parecer incontables y desde luego infinitamente mayores que sus ventajas. Entre estas últimas destacaban sobre todo tres: sabiduría, respeto de los más jóvenes y la llamada “dignidad de las canas”. La primera hace ya tiempo que se comprobó o reconoció que no existía, es decir, que, o bien estaba ya en cada persona antes de alcanzar la ancianidad, o no hacía acto de aparición con los años, así, como por ensalmo. Y es más, a medida que uno los va cumpliendo, no es raro descubrir que sus certezas menguan, lejos de crecer. Quizá en eso consista en parte la sabiduría, en dudar y ver más matices y más penumbras, pero francamente, de ser así, se trata de una sabiduría poco útil y desconcertante, si es que no descorazonadora, porque uno la asociaba siempre con la idea de mayores discernimiento y claridad. En cuanto al respeto, eso desapareció de nuestra faz de la tierra cuatro o cinco décadas atrás, y su falta no ha hecho sino ir en aumento. De la manera más contradictoria que cabe imaginar, cuanto mejor se conserva la gente y más le tarda en llegar la verdadera ancianidad, no la del calendario; cuanto más longeva es la población y más le dura la plena posesión de sus facultades, antes se la considera “vieja” para lo que realmente importa: para trabajar, para intervenir, para aconsejar y traspasar su experiencia. Hay numerosas personas a las que se prejubila con cincuenta años o menos, y lo habitual es que, con esas edades, nadie les ofrezca ya un nuevo empleo. A muchos de esos individuos los aguardan tres decenios o más de estar mano sobre mano, aburridos e insatisfechos, sintiéndose casi parásitos de la sociedad.

El pretexto para semejante disparate (y a menudo humillación) es que hay que hacer hueco a los jóvenes. Pero hoy son precisamente los jóvenes quienes se ven más faltos de oportunidades, con trabajos muy precarios y mal pagados, o sin perspectiva, siquiera, de ir a conseguir ninguno, de poderse estrenar en el mundo laboral. Uno se pregunta a veces quién diablos está ocupado y “produce” en nuestro país, y cómo es que a esa especie en aparentes vías de extinción, en vez de protegerla y tratarla con mimo las autoridades varias, todas ellas la machacan a diario y procuran por todos los medios impedirle ejercer su tarea. Pero esto sería asunto de otro artículo, aunque ya creo haber dedicado alguno a la cuestión.

Volvamos a la tercera supuesta ventaja de la vejez, la dignidad de las canas, por seguir con la expresión clásica. Eso es algo que, con excepciones, también se ha procurado desterrar, mediante lo que llamaría la perversión o corrupción de los ancianos, algo en verdad novedoso. Corrupción de menores y de la juventud siempre ha habido, pero ¿de los viejos? Una de las características de esta época haragana y reacia al esfuerzo es la tendencia a persuadir a todo el mundo de que no tiene que avergonzarse ni arrepentirse de nada y ha de estar muy orgulloso de como es. Tradicionalmente las personas poseían cierta conciencia de sus limitaciones, defectos o imperfecciones, y buscaban ponerles remedio si era posible, o si no disimularlos, nunca exhibirlos. El ignorante intentaba dejar de serlo; el zafio observaba y aprendía a comportarse; el inmensamente gordo adelgazaba o se vestía con ropas que no hicieran resaltar su obesidad, sino que la atenuaran; el demasiado peludo no iba por la calle con una camiseta sin mangas, y quien padecía unas carnes fláccidas no las enseñaba. La prédica actual es que no hay por qué esconderse ni sentir el menor pudor (esa noción anticuada y “represora”). La propaganda vigente es la de los brutos, que siempre han existido pero no eran predominantes: “¿Qué pasa? Soy así, y a mucha honra. Soy ignorante, soy zafio, soy una foca, soy un orangután, soy un pellejo colgante, y como tal me exhibo, orgulloso de mi ser”.

Era natural que a los viejos se los convenciera de lo mismo, es decir, se los pervirtiera. Yo he tratado con muchos, de los dos sexos, y si algo tenían todos era una enorme dignidad, independientemente de su educación. Y sentido del ridículo, y conciencia de lo que no se adecuaba a su edad. Casi todos vestían con esmero, pulcritud o incluso elegancia. Pocos soltaban un taco, la mayoría mostraba serenidad, y ninguno hacía el ganso. Ahora se los ha convencido de que deben ir cómodos y “modernos”, de que la edad es sólo un “estado mental” y de que por lo tanto conviene juvenilizarse o infantilizarse hasta la misma puerta del ataúd. Uno pasea por las calles de nuestras ciudades y ve de continuo a vejestorios con pantalones cortos y camisetas criminales con lemas, o luciendo bajo techado estúpidas gorras de baseball con la visera hacia atrás; a rotundas matronas mostrando el inencontrable ombligo entre lorzas o exhibiendo muslos elefantiásicos. Pone la televisión y los oye contar con regocijo groserías y obscenidades impropias hasta en adolescentes, no digamos en ellos. Los ve haciendo el ganso y el idiota por doquier. Los ve intentando ligar patéticamente, cuando otra de las ventajas que se presuponían a la vejez era que hombres y mujeres podrían descansar por fin de la fatigosa tarea de “impresionar” a los del otro sexo y, consecuentemente, de hacer el memo (todos hacemos el memo cuando nos a aplicamos a eso, a cualquier edad). Sí, a los viejos actuales se los ha pervertido y con ello se los ha condenado al bochorno, una de las pocas cosas de las que -en medio de sus sinsabores- solían estar a salvo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de octubre de 2011