Del amor a la impunidad

Dadme un argumento sencillo y os escribiré una magnífica novela. Eso es lo que hace Javier Marías en Los enamoramientos, una novela en la que los hechos son mucho menos que la reflexión de los hechos. Lo cual no quiere decir que estos sean secundarios. Al contrario, en su momento ocurrirá algo que sorprenderá al lector y lo hará transitar de una obra psicológica a un relato detectivesco, con criminales, falsos indicios e inesperado desenlace.

¿Un thriller psicológico? No: uno a la manera de Javier Marías. Confieso que no había leído ninguna novela suya, solamente Vidas escritas, un estupendo libro de perfiles de escritores, y Letras de fútbol, que da cuenta de su amor por ese deporte y por su equipo del alma, el Real Madrid. Pero nunca es tarde para descubrir a un buen escritor y para unirse a su fervoroso club de admiradores, que hasta donde sé es muy grande en los países de lengua alemana, lo cual no deja de ser llamativo. Creo que no hay término medio con Marías: gusta o no gusta. O nos parecen excesivos los parlamentos de sus personajes, sus frases largas, sus oraciones subordinadas, o bien queda uno encantado con esa prosa hipnótica, opiácea, con un ritmo constante, que disecciona sin piedad los sentimientos. Qué gran español se aprecia leyendo a Marías. Rico sin barroquismos; elegante sin amaneramientos; gozoso sin gratuidad. El contenido nunca es opacado por el estilo. No solo lo leemos para disfrutar sus palabras y su fina ironía, sino para pensar lo que no habíamos pensado sobre el amor, el olvido, la maldad, y el inevitable deterioro y mutación de las pasiones. Aunque dichas sin dramatismos ni grandilocuencia -con el tono menor de una conversación de café-, no son muy alentadoras las verdades sobre los seres humanos que aquí nos son reveladas. Contrario a lo que se dice, lo prueba esta novela, es más cruda la ficción a la hora de mostrar el lado oscuro de la vida.

Nos habían dicho que la novela psicológica estaba agotada. Que, después del micrófono que Joyce le puso a Molly Bloom en su mente, la conciencia no tenía nada más que decir. Y lo creímos a pie juntillas. Sin embargo, en la literatura no hay caminos agotados ni leyes imprescriptibles. No todo ha sido dicho y los muertos enterrados prematuramente pueden regresar y desacomodar el mundo de los vivos. De eso, entre otras cosas, trata Los enamoramientos: de lo que queremos enterrar pero se niega a morir, de imaginar lo impensable que puede suceder. “La ficción tiene la facultad de enseñarnos lo que no conocemos y lo que no se nos da, y en este caso nos permite imaginarnos los sentimientos de un muerto que se viera obligado a volver, y nos muestra por qué no deben volver. Excepto la gente muy trastornada, o anciana, todo el mundo hace esfuerzos por olvidarlos”.

María Dolz se llama la protagonista y narradora, la voz femenina y la mirada que nos seduce. Un Javier Marías disfrazado, como lo está disfrazado en los otros personajes de la novela, nos lo advierten los conocedores de su obra. Y es cierto, pero lo increíble es que no nos importa y le perdonamos ese anacronismo de que los personajes hablen igual o como no les corresponde. Otro principio, otra norma literaria que se viola con beneplácito. María es una editora culta, discreta, inteligente y buena observadora. (Entre paréntesis: es muy divertido lo que cuenta de su trato cotidiano con los insufribles y vanidosos escritores). María desayuna todas las mañanas en una cafetería y allí se encuentra con una pareja -Miguel Desvern o Deverne y Luisa Alday- que le atrae por su belleza, por su elegancia, por lo bien que pasaban juntos. “Eran los dos los que me caían bien, los dos juntos. No los observaba con envidia, en absoluto era eso, sino con el alivio de comprobar que en la vida real podía darse lo que a mí entender debía ser una pareja perfecta”. Muy al comienzo de la historia ocurre algo absurdo: Miguel es salvajemente asesinado por un indigente. Una tragedia que cambia la vida de Luisa y le permitirá a María dejar de ser espectadora y convertirse en narradora implicada y testigo de ese duelo, de la otra cara de un cuento de hadas al revés

Semana (Colombia), 24 de septiembre de 2011

Frío, Frío

El enamoramiento trae debilidad. Es debilidad por definición, según Marías. Puede confundirse con el amor, pero no es lo mismo. El enamoramiento está más acá del deseo y más allá de la voluntad, y obvia con facilidad, incluso con cinismo, las consecuencias que puedan tener los actos que se cometen por satisfacerlo. Es el enemigo natural del sentido común y lleva a quien lo sufre —porque se sufre— a rendirse, a entregar las armas; incluso a cometer un crimen.

María Dolz, la voz que cuenta la historia de esta novela, o mejor aún, la que propicia la narración —porque se trata de una novela que apenas tiene una historia—, es una editora que por casualidad (o por voluntad, o por ser víctima del juego macabro de la suerte) construye un arquetipo de vida feliz solamente para confirmar que quien se aproxima demasiado a la foto solo puede encontrarse con la atrocidad.

Luisa y Miguel Desvern son una pareja, un matrimonio a todas luces bien avenido, que cada mañana se detiene a desayunar en una pequeña cafetería. Allí conversan con placidez. Se ríen. Parecen burlarse del tiempo, del cansancio o del fracaso enfrente de María, que, sola en otra mesa, los sigue con la mirada, husmea entre sus gestos y se inventa en ellos la vida conyugal perfecta dos días antes de que el cuerpo de Desvern se convierta en noticia de primera página al caer, cerca de su casa, acuchillado por un desconocido.

El azar es así. Quien hoy conversa plácidamente junto a su esposa y frente a una desconocida de los asuntos más triviales, mañana es indignamente fotografiado sin camisa, en la calle, mientras los paramédicos manipulan su cuerpo. Puede pasarle a cualquiera. Eso es lo que piensa María hasta que consigue acercarse a Luisa, conocer su casa, a sus hijos, y a Javier Díaz-Varela, el amigo más cercano del marido muerto.

Decía arriba que Los enamoramientos es más una novela de narraciones que una novela que cuente una historia. Ese es precisamente uno de sus aspectos más interesantes, pues en este libro Marías se da el lujo de tomar una de las historias más cotizadas —una historia negra— y usarla solo como pretexto para construir una novela acerca de la debilidad por mirar, del carácter inevitable de inventar y del gusto por el cuento que hay siempre tras la escritura.

Javier Marías es un prolífico escritor de ficción —ha publicado hasta ahora doce novelas, tres libros de relatos y cinco de ensayos— y un juicioso traductor de autores entre los que se encuentran, nada menos, Thomas Hardy, Joseph Conrad, William Faulkner y Lawrence Sterne (su versión de La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy le valió el premio de traducción Fray Luis de León en 1978). Con Los enamoramientos confirma, además, que se trata de un escritor frío.

Frío como otros escritores de su generación. Como Antonio Muñoz Molina o Enrique Vila-Matas, por ejemplo, cuya narración inteligente y diestra propone un juego, llena la cabeza, pero mantiene al lector siempre a prudente distancia. El lector ve cómo se amarran con precisión las formas de la arquitectura narrativa, y asiste al, cómo llamarlo, desfile de la novela. Pero nunca participa del viaje en el que el escritor —su amigo, su cómplice— se arriesga, se equivoca en una frase demasiado larga que, sin embargo, lo va a llevar a aventurarse por donde no se había imaginado: por una descripción inútil que en un giro nuevo le mostrará el brillo exacto de un objeto que en otra ocasión solo hubiera sido de utilería.

No deja de llamar la atención que Javier Marías, quien ostenta el título de monarca de una isla que no existe bajo el nombre de Xavier I, resulte apenas un muy buen narrador, un profesional. También un republicano puede ser rey por vanidad.

JAVIER H. MURILLO

Arcadia.com, septiembre de 2011

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