‘Con añoranza, la última máquina de escribir’

De bote pronto, y desde luego sin ningún rubor, lo confieso: sigo escribiendo mis columnas para el periódico, con la legendaria máquina de escribir. Tengo cuatro y hasta hoy he usado las cuatro en lo que va de mes de agosto. Tres son de la gama Olivetti y la otra es Underwood. Hace unas semanas, en la clásica tienda rotulada como Mecanográfica Levantina, que creó Matías Ros en los años cincuenta, un nieto suyo, adolescente todavía, me mostró una vitrina donde se exponían como reliquias de otro tiempo algunas máquinas de varias marcas. Me enamoré de una Underwood, pintada de rojo pasión, flamante, limpia, impecable y se me ocurrió preguntar cuánto me cobrarían por ella, en el caso de que estuvieran dispuestos a vendérmela. El chico me contestó que sería difícil que yo pudiera usarla añadiendo el motivo: era una máquina muy antigua.

-¿Muy antigua?-, le pregunté.

-Sí, es una máquina de 1990.

Estuve a punto de caerme al suelo desmayado. ¿Vieja, de 1990? ¿Qué nos ha ocurrido a la humanidad? ¿Tanto ha avanzado la tecnología? ¿Nos ha vuelto locos el mundo de la informática?

Dejo en el aire esas preguntas cuando me anuncian que hace unos días, una de las dos únicas fábricas de máquinas de escribir que quedan en el mundo cerró sus puertas en Bombay. Y es también un hecho cierto que el oficio de arreglar, mantener, limpiar, cambiar la cinta de una máquina de escribir, se está extinguiendo, apenas queda nadie ya. Un novelista de muy alto nivel, Paul Auster, dedicó un libro precioso a su inseparable Olympia SM3, tal vez a modo de réquiem. Antes, en 1950, el compositor americano Leroy Anderson compuso una breve pieza orquestal para máquina de escribir, con el título de The Typewriter, que me dicen que se ha convertido en una pieza de repertorio en las salas de concierto. Y aunque alguien criticó la obra tildándola de banda sonora de un episodio de dibujos animados, es de admirar cómo el compositor incorporó a su música el sonido enfebrecido del tecleteo de una máquina, y también el chasquido del rodillo y el timbrazo que avisa del final de la línea. Para muchos -para mí, al menos- el tecleo de una máquina de escribir es uno de los sonidos más hermosos que existen.

Grandes obras maestras de la literatura universal, que hoy suelen aparecer en los escaparates de las librerías, fueron elaboradas con máquinas de escribir: Underwood, Remington, Olympia…

Al hilo de lo que digo y mientras, como cada día, construyo a la orilla del mar mis torres y castillos de arena, recuerdo al novelista español Javier Marías, con quien tuve una cordial relación en los años 80, cuando él era conocido solamente como “el hijo de Julián Marías” y yo era un librero que coordinaba la Fira del Llibre de Castelló. Después de su éxito en Tu rostro mañana, ahora acaba de publicar la que puede ser su obra cumbre. Es decir, Los enamoramientos, donde hace un prodigioso uso de los tiempos verbales y de los narrativos. Con todo el lujo imaginable del idioma castellano para que la gran literatura aparezca otra vez aquí con su rostro verdadero.

Y todo ello, escrito con su Olympia, Olympia Carrera de Luxe, como titula su artículo antes de entregarlo a esos admirables teclistas de los periódicos, gracias a los que algunos seguimos sobreviviendo para llevar el día a día a sus ávidos lectores.

H BELLES

El Periódico Mediterráneo, 20 de agosto de 2011