Más reseñas de “Los enamoramientos”

Indagar en los sentimientos

¿Qué tienen en común un eminente profesor universitario –crítico señero y fundamental, por más señas, de quien tuve el honor de ser alumno-, uno de los más preclaros escritores extremeños, más conocido, desgraciadamente, por sus (indeseadas) circunstancias vitales que por el incuestionable valor de sus escritos, y uno de los más honrados reseñistas de este suplemento, profesor también, y director de una de las aulas literarias de nuestra región? Pues un moderado, reconcentrado o abisal, según, rechazo a la obra (¿o la persona?) de Javier Marías. Eso sin salir de un ámbito reducido; bueno, pues la última entrega de este novelista volverá a cimentar esta dialéctica y volverán a aglutinarse quienes lo rechazan por un lado y quienes lo consideramos (¡vaya, ya me delaté!) uno de los valores más sólidos (el que más) de la literatura contemporánea en castellano, porque Los enamoramientos es, ni más ni menos, y de nuevo, Marías en estado puro, con su fluir narrativo pausado, continuo y sin sobresaltos que tanto serena a unos como solivianta a otros. En mi caso, ya me terminó de predisponer (lo confieso) que la portada de su edición vaya ornada por una encantadora foto de Elliot Erwitt que ya conocía como portada también de un olvidado disco de los ochenta que hizo las delicias de los melómanos de entonces. En Los enamoramientos arrancamos de un planteamiento sencillo, ¿hasta dónde se puede llegar en el amor? Para responder a esto Marías recurre a una historia con pocos protagonistas y la pone en boca de María Dolz, quien nos cuenta en primera persona la trama. La crítica se ha fijado especialmente en el hecho de que por primera vez estemos ante un personaje femenino para soportar la acción y la indagación moral que las obras de nuestro autor siempre conllevan; a mí no me parece para tanto: María habla exactamente igual que los narradores masculinos de sus novelas anteriores, por eso, desde el primer momento, la voz nos resulta archiconocida. La protagonista trabaja en una editorial, desayuna en la misma cafetería todos los días y allí se fija siempre en una pareja, Miguel Desvern (o Deverne) y Luisa, que parecen perfectos, hechos el uno para el otro. Un día dejan de venir y María se entera, después, de que el marido ha muerto asesinado en la calle. Esta muerte repentina conduce a la protagonista a establecer contacto con la viuda y, sobre todo, con un amigo de la pareja que será clave en el desarrollo de los acontecimientos. A través de la morosa indagación que la protagonista lleva a cabo, vamos descubriendo que nada es lo que parece en un principio y lo que se antojaba una muerte accidental puede ser en realidad un crimen premeditado o un extraño suicidio minuciosamente planeado. Se abre la compuerta para que entren a saco temas que son característicos de la narrativa de Javier Marías: la culpa, la imposibilidad de conocer la verdad con certeza o la traición. Las largas conversaciones que, en puridad, constituyen la trama, se sustentan literariamente en obras más o menos conocidas, Macbeth, El coronel Chabert y Los tres mosqueteros. Con un tono más cercano al ensayo que a la novela, se nos hace llegar a la conclusión de que el enamoramiento no es un estado tan maravilloso como se piensa y en su nombre se pueden cometer las mayores bestialidades. A eso unimos la preocupación ante el hecho de que la sociedad actual cada vez parece más adormecida ante la impunidad con la que se cometen crímenes y delitos. Pero no salimos del universo Marías. Como en obras anteriores una muerte provoca ese zumbido constante, ese regodeo interminable que de una acción mínima y aislada se genera para atrapar al lector y ya no soltarlo hasta el fin de unas páginas que siempre terminan por hacerse pocas.

ENRIQUE Gª FUENTES

Hoy de Extremadura, Trazos, 28 de junio de 2011

Pensamiento novelado

Cuenta Pilar Reyes, directora de la editorial Alfaguara, que la primera vez que Javier Marías habló de su última obra fue en noviembre de 2009. Entonces, la describió como “una novela pesimista” y el único dato que adelantó fue que por primera vez en sus cuarenta años de carrera literaria estaba narrada por una mujer. Ahora, tras su lanzamiento a principios de abril, ya sabemos más sobre Los enamoramientos, su undécima o decimotercera novela, dependiendo si se considera una sola o no los tres volúmenes que conforman Tu rostro mañana.

Lo primero que sabemos es que la narración corre a cargo de María Dolz, la protagonista, cuya vida va a cambiar a raíz de la muerte de un hombre al que no conoce pero con el que suele coincidir en una cafetería a la hora del desayuno. Su asesinato, a manos de un desequilibrado “gorrilla”, le acercará a su viuda, Luisa Alday, y a su mejor amigo, Javier Díaz-Varela. Desde su quinta novela, El hombre sentimental, Marías ha recurrido siempre a la primera persona para narrar sus historias. En esta ocasión vuelve a hacerlo, pero con la diferencia de que se decanta por una voz femenina para articular el relato. El autor ha explicado que lo ha hecho por necesidad, porque la historia no hubiera sido creíble teniendo un hombre como protagonista, pero que en el fondo hace básicamente lo mismo que sus predecesores masculinos en el cargo: “Observar, contar y reflexionar”.

Y es que, aunque una sinopsis más detallada puede llevar a pensar que estamos ante un thriller, Marías no está interesado en escribir una novela de género. Así, desde las primeras páginas, adelanta mucho de lo que ha sucedido, para centrarse en los que temas que verdaderamente le interesan: “El secreto, las ventajas de callar, la traición, la envidia, la maldad, el azar, la dificultad de conocer la verdad, la impunidad…”. Y uno que sobrevuela sobre todos ellos: la paradoja que se produce al descubrir que la muerte de un ser querido que nos destrozó puede ser incluso una tragedia mayor (“una desdicha absoluta”) si se revela años después que no se produjo. Como fondo de esa reflexión, Marías recurre a la novela El coronel Chabert, de Balzac, que cuenta la historia de un coronel napoleónico que fue dado por muerto y que reaparece años después ante su mujer, casada de nuevo al creerse viuda.

Todos esos temas conforman el barniz pesimista al que se refería el autor, pero también se debe subrayar que hay ciertos resquicio para la ironía, como cuando tira piedras contra su propio tejado al detallar lo maniáticos que pueden llegar a ser los escritores (uno pedirá dos gramos de coca a la protagonista, que a la sazón trabaja en una editorial, porque “esa noche los va a necesitar el libro” que está escribiendo) o al incluir un personaje real y tan pintoresco (o así lo describe) como el profesor Francisco Rico junto a otros de ficción. Además, también hay espacio para que los lectores que siguen su columna semanal escuchen de forma indirecta la voz del autor, por ejemplo, cuando califica a la ciudad de Madrid de negligente o compara al presidente francés con Louis de Funès.

En definitiva, Marías celebra sus 40 años de vida literaria con una novela marca de la casa, en la que las digresiones y reflexiones (incluso llegamos a escuchar las supuestas meditaciones del asesinado) trasladan a un segundo plano una trama quizás no muy original pero ciertamente entretenida. Aunque es difícil que iguale en alabanzas a las cosechadas por su trilogía anterior, la gran baza de Los enamoramientos es que resulta más accesible, y no porque sea simple, sino por la genialidad de Marías a la hora de poner sobre el papel lo que él denomina “pensamiento literario”, esa manera tan suya de pensar literariamente sobre cualquier cosa. Seguro que muchos lectores que se vieron superados por su personal Negra espalda del tiempo o por la descomunal Tu rostro mañana disfrutarán reencontrándose con esa prosa tan genuina.

C. ALMOROX

Diario de Avisos, DTrulenque (Tenerife), 3 de junio de 2011

Los enamoramientos

Después del extraordinario tour de force que fue la novela en tres volúmenes Tu rostro mañana, Javier Marías regresa con una novela en la que cambian cosas (la protagonista, y cuesta hacerse a ello, es una mujer) y otras, las esenciales (la traición, la delación, la responsabilidad de lo que se hace y dice), se mantienen. Como acostumbra Marías, Los enamoramientos, que arranca con el conocimiento del asesinato de un hombre conocido de vista por la protagonista, editora, es una obra en la que apenas se pueden contar cinco o seis escenas, el grueso de la “trama” sigue siendo digresiva, intelectual, pensada –en esta novela, de manera muy notable, pensada sobre los pensamientos, propios o ajenos-. Esto, como saben los lectores de Marías, no resta un ápice de intriga o avidez a la lectura, de nuevo incomparable.

J. L.

Rolling Stone, 1 de mayo de 2011

Enamoramientos

Los enamoramientos es el título de la última obra de Javier Marías. Un libro en el que el autor se adentra, más que en novelar una historia, en las reflexiones que esa historia pro­voca en sus protagonistas. La visión femenina es la que, por primera vez, utiliza Marías como narradora, una voz que está presente en cada una de las líneas de esta novela que, si bien está marcada por escasos per­sonajes, la profundidad de lo que en ella se describe la hace ser una gran obra. Los enamoramientos y las au­sencias son los dos ejes conducto­res de un libro en el que, además, se profundiza en las consecuencias que ambas cuestiones tienen sobre la vida de los protagonistas. Ena­moramientos de todo tipo, los abso­lutos y correspondidos, los absolu­tos y no correspondidos, la aceptación de esa no correspon­dencia como algo natural o la nega­ción del rechazo y la espera paciente. Lo que narra Marías, en tono casi de novela negra, es en defini­tiva la visión de las pasiones que el amor desarrolla a su alrededor. El primer párrafo es, como lo es en todo buen libro, de los que te hace querer saber más: “La última vez que vi a Miguel Desvern o Deverne fue también la última que lo vio su mujer, Luisa, lo cual no dejó de ser extraño y quizá injusto, ya que ella era eso, su  mujer,  y yo era en cam­bio una desconocida…”. Esta idea inicial lleva a los lectores a conocer, a través de los ojos de la protagonista, la vida de los Desvern o De­verne y a su vez a conocer la propia vida de la narradora a través de la historia de los Desvern o Deverne .

Javier Marías ha explicadoque llegó incluso a pensar que esta novela no era publicable, que quedaría guardada en un cajón. Afortunadamente, no ha sido así y ha permitido que los lectores, a través de una prosa exquisita, nos paremos a reflexio­nar sobre lo que el enamoramiento provoca en nuestras vidas, las cosas que aceptamos como normales cuando no lo son, los límites que re­basamos continuamente porque el enamoramiento no sabe de límites.

NATALIA TORRES

Diario de Avisos, DTrulenque (Tenerife), 27 de mayo de 2011

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‘El dedo al ojo del Real Madrid’

Javier Marías, probablemente el mejor escritor madridista del mundo, opinó en El País Semanal hace unos meses que José Mourinho era “un individuo dictatorial, ensuciador y enredador, nada inteligente, mal ganador y mal perdedor”. Me atreví a pensar en su momento que Marías había ido demasiado lejos. Eso de que el entrenador del Real Madrid era “nada inteligente” me pareció un pelín exagerado.

Ya no. Un comunicado de Mourinho publicado en los medios ayer nos informó de que no se arrepentía de sus agresiones cobardes y declaraciones infantiles al final del partido de Supercopa que su equipo perdió contra el Barcelona el miércoles pasado; y mantuvo que hizo todo lo que hizo con el noble motivo de defender al Madrid. Imbecilidad se suma a imbecilidad y las pruebas se vuelven irrefutables: no solo es un ensuciador, enredador, mal perdedor y todas las demás cosas que ya sabíamos, sino que el tipo es algo peor.

Yo me imaginé que durante el parón veraniego Mourinho reflexionaría sobre su papel público. O que alguien en el Madrid hubiera tenido las agallas para aconsejarle que bajara un poco el tono. No por cuestiones morales. No para dar un mejor ejemplo a la juventud, o para intentar recuperar el famoso “señorío” del club, cuya imagen mundial se ahoga en las cloacas sin que nadie pareciera darle mayor importancia. No, no. Por motivos puramente pragmáticos.

¿Cuál es el reto más grande al que se enfrenta el Madrid de Mourinho? Bajar al Barça de su pedestal. ¿Cuál es el principal reto del Barcelona de Pep Guardiola esta temporada? No perder el hambre competitiva de un equipo saciado de gloria.

¿Y qué hace Mourinho? Pues le da un regalo a Guardiola. El regalo más deseado. La motivación que necesitaban Messi, Iniesta, Xavi y compañía para que siguieran con las ganas, hasta mayo o más allá, de meterle el dedo en el ojo al Madrid.

Mourinho debería de saber mejor que nadie que no hay motivador más poderoso que el rencor, el combustible que lleva a naciones a declarar guerras y a individuos, incluso los mediocres, a triunfar. Sin embargo, fue el propio Mourinho el que le ha inyectado el rencor en las venas a los jugadores del equipo menos mediocre del planeta, alimentando sus ánimos de venganza.

Mourinho sabrá mucho de táctica, pero no es un estratega. Tendrá experiencia y títulos, pero es un niñato. Será listo, pero no es inteligente. Javier Marías lo pilló antes que nadie.

JOHN CARLIN

El País, 23 de agosto de 2011

‘Con añoranza, la última máquina de escribir’

De bote pronto, y desde luego sin ningún rubor, lo confieso: sigo escribiendo mis columnas para el periódico, con la legendaria máquina de escribir. Tengo cuatro y hasta hoy he usado las cuatro en lo que va de mes de agosto. Tres son de la gama Olivetti y la otra es Underwood. Hace unas semanas, en la clásica tienda rotulada como Mecanográfica Levantina, que creó Matías Ros en los años cincuenta, un nieto suyo, adolescente todavía, me mostró una vitrina donde se exponían como reliquias de otro tiempo algunas máquinas de varias marcas. Me enamoré de una Underwood, pintada de rojo pasión, flamante, limpia, impecable y se me ocurrió preguntar cuánto me cobrarían por ella, en el caso de que estuvieran dispuestos a vendérmela. El chico me contestó que sería difícil que yo pudiera usarla añadiendo el motivo: era una máquina muy antigua.

-¿Muy antigua?-, le pregunté.

-Sí, es una máquina de 1990.

Estuve a punto de caerme al suelo desmayado. ¿Vieja, de 1990? ¿Qué nos ha ocurrido a la humanidad? ¿Tanto ha avanzado la tecnología? ¿Nos ha vuelto locos el mundo de la informática?

Dejo en el aire esas preguntas cuando me anuncian que hace unos días, una de las dos únicas fábricas de máquinas de escribir que quedan en el mundo cerró sus puertas en Bombay. Y es también un hecho cierto que el oficio de arreglar, mantener, limpiar, cambiar la cinta de una máquina de escribir, se está extinguiendo, apenas queda nadie ya. Un novelista de muy alto nivel, Paul Auster, dedicó un libro precioso a su inseparable Olympia SM3, tal vez a modo de réquiem. Antes, en 1950, el compositor americano Leroy Anderson compuso una breve pieza orquestal para máquina de escribir, con el título de The Typewriter, que me dicen que se ha convertido en una pieza de repertorio en las salas de concierto. Y aunque alguien criticó la obra tildándola de banda sonora de un episodio de dibujos animados, es de admirar cómo el compositor incorporó a su música el sonido enfebrecido del tecleteo de una máquina, y también el chasquido del rodillo y el timbrazo que avisa del final de la línea. Para muchos -para mí, al menos- el tecleo de una máquina de escribir es uno de los sonidos más hermosos que existen.

Grandes obras maestras de la literatura universal, que hoy suelen aparecer en los escaparates de las librerías, fueron elaboradas con máquinas de escribir: Underwood, Remington, Olympia…

Al hilo de lo que digo y mientras, como cada día, construyo a la orilla del mar mis torres y castillos de arena, recuerdo al novelista español Javier Marías, con quien tuve una cordial relación en los años 80, cuando él era conocido solamente como “el hijo de Julián Marías” y yo era un librero que coordinaba la Fira del Llibre de Castelló. Después de su éxito en Tu rostro mañana, ahora acaba de publicar la que puede ser su obra cumbre. Es decir, Los enamoramientos, donde hace un prodigioso uso de los tiempos verbales y de los narrativos. Con todo el lujo imaginable del idioma castellano para que la gran literatura aparezca otra vez aquí con su rostro verdadero.

Y todo ello, escrito con su Olympia, Olympia Carrera de Luxe, como titula su artículo antes de entregarlo a esos admirables teclistas de los periódicos, gracias a los que algunos seguimos sobreviviendo para llevar el día a día a sus ávidos lectores.

H BELLES

El Periódico Mediterráneo, 20 de agosto de 2011

Reseñas de “Los enamoramientos”

El lado oscuro del ser humano

‘Javier Marías no escribe novelas de cara a la galería y confía en un lector cómplice que sepa seguir sus pasos’

Uno de los escritores predilectos de Javier Marías, el premio Nobel de Literatura J. M. Coetzee -quien, a su vez, no le ha regateado elogios a la impecable trayectoria creativa del narrador español-, en uno de sus últimos libros, Hombre lento, asegura que «nuestras mentiras revelan tanto de nosotros como nuestras verdades».

Y en ese juego, precisamente, cercano aquí a lo diabólico, a lo angustioso y lo fatal, se mueve el libro que nos lega Marías, quien, una vez más, requiere del lector su incondicional colaboración; la obligación de convertirse en un personaje activo, cómplice.

¿Una historia de amor subyacente, como queda reflejado en el propio título? Por qué no. Pero sería decir muy poco de esta novela en la que la acción ocupa un lugar destacado, pero como alusión. De ahí que se trate de un sutil ejercicio introspectivo que, a pesar de comportar un gran riesgo por la posibilidad de no llegar de manera nítida al lector, nos muestra a un escritor ambicioso, original, y al que poco le importan los cánones de la actual narrativa, sino, antes bien, ser fiel a sí mismo, a un estilo, a una manera muy particular de sacar adelante sus obsesiones más profundas; esas esquinas en donde se dan cita el lado más oscuro del ser humano y sus más terribles pesadillas.

No hay, a pesar de todo, un sacrificio tácito de la acción. Y ésa puede ser la mejor explicación de que la obra figure entre las más vendidas en todo el amplio y variopinto panorama nacional.

Marías, a través de la voz de María Dolz -probablemente uno de sus personajes mejor trazados- más emblemáticos, hace una reflexión sobre el mundo, sobre el comportamiento humano, sobre la vida, que trasciende los propios objetivos de una simple y sencilla novela.

Y para ello pone en pie todo este complejo andamiaje creando inolvidables secundarios, como el apellidado Ruibérriz, con el que María, en los últimos compases del relato, tiene un encuentro que nuestro autor resuelve de manera magistral. Nadie puede responsabilizarse de que otro se le enamore, nos dice Javier Marías en estas páginas. También en eso coincide con el maestro Coetzee en la obra arriba citada: «El amor no necesita ser recíproco, siempre y cuando haya suficiente amor en la habitación». Unos pocos personajes -Díaz-Varela, Luisa y el extraño y divertido profesor Rico, amén de los ya aludidos- en torno a una misma mesa, un mismo escenario, con una luz cenital que nos permite adivinar sus miserias, nos proporcionan un ambiente y una tensión de tono dramático exclusivo, dicho sea de paso, de la mejor novela europea de todos los tiempos.

JOSÉ BELMONTE

La Verdad, Ababol, (Murcia), 4 de junio de 2011

Los enamoramientos

La historia es muy antigua -narrada por Plinio el Viejo, escritor romano- y conocida. Ha dado pie a un famoso proverbio, “zapatero, a tus zapatos”, que no tiene nada que ver con nuestro actual presidente del Gobierno, y que los españoles aplicamos a todos los que se ocupan de asuntos que no son los suyos. Cuenta Plinio que el pintor griego Apeles exponía sus cuadros en la vía pública, con la idea de conocer de primera mano lo que los ciudadanos opinaban de su obra. Un día un zapatero lo criticó por cómo representaba una sandalia, defecto que Apeles se apresuró a corregir. Con posterioridad el mismo zapatero se permitió llamarle la atención sobre la pantorrilla, a lo que Apeles le respondió con una frase cuya traducción podría ser la que he indicado: zapatero, a tus zapatos.

Comprendo que este preámbulo, aparentemente, no tiene nada que ver con la obra del escritor Javier Marías cuyo título es el de este artículo, pero he querido empezarlo así porque, la verdad sea dicha, no se me da nada bien la crítica literaria. La he practicado varias veces y no creo que con demasiado éxito, y ha sido una consecuencia del entusiasmo que, como lector empedernido, he experimentado tras la lectura de algún libro en mi opinión memorable; digamos un “must” literario. Desgraciadamente, la afición a la lectura ha decaído mucho en nuestro país -mejor dicho, en todo el mundo-, y como no da lugar al entusiasmo que rodea, por ejemplo, a las grandes producciones cinematográficas, muchas obras publicadas -novelas, ensayos, poesía…- de mucho valor pasan desapercibidas para el gran público.

Como antes he dicho, no se me da bien la crítica literaria; prefiero escribir una novela antes que la crítica de una obra ajena. En la novela, una vez resuelta la línea argumental y bosquejados los personajes, basta tomarse el asunto en serio y dedicarle las horas que sean precisas hasta culminarla. Por supuesto que ello no basta para garantizar el éxito, aunque es un primer paso que, con constancia y dedicación, puede fructificar en el futuro. En la crítica literaria, la que solemos leer en los periódicos, el asunto se presenta complicado, pues debemos compendiar en uno o dos folios las sensaciones que hemos experimentado tras leer la obra de turno. Para salir airosos de la prueba, los críticos -todos, los literarios, los musicales, los artísticos…- utilizan una serie de frases hechas, de lugares comunes, que intentan trasladar a los futuros lectores su opinión sobre la obra de turno.

Pero no olvidemos -ya lo dijo el gran Calderón- que todo en el mundo es según el color del cristal con que se mira, con lo cual quizá quiso manifestar que las opiniones son subjetivas; en definitiva, que no son vinculantes. El Guernica de Picasso a mucha gente no le gusta, y lo mismo podemos decir, hablando de pintura, de las obras de Kandinsky, Chagall o Miró. Si nos fijamos en la música, la sinfónica moderna apenas se oye en las salas de concierto, y si nos detenemos en el género literario está a la vista el fracaso de escritores autoproclamados “innovadores”, con sus obras en unos casos sin puntuación y en otros alterando el normal desarrollo de la acción con subterfugios que solo consiguen el aburrimiento del lector.

Por todo lo dicho con anterioridad comprenderán los lectores las reticencias que me embargan en este momento. Hablar de la última novela de Javier Marías es un verdadero riesgo para quien, como yo, es un novato en la materia; ya ha sido elogiada por los mejores críticos del mundo para que ahora venga yo a sumarme al carro. Pero me da pena que la novela en cuestión, como tantas otras en España, pase desapercibida incluso para los que mantienen cierta relación con el ambiente literario. Me aprovecho de El Día, de su gran difusión, de su gran número de lectores, y he puesto como título de este artículo -ya lo dije antes- el de la novela de Marías con la intención de llamar la atención. Si así ha sido, miel sobre hojuelas, de modo que este es mi mensaje: no se la pierdan. El autor ha recibido a lo largo de su vida -solo tiene 59 años- dieciséis premios literarios de gran prestigio, siendo elogiada sobre todo su trilogía Tu rostro mañana, que un prestigioso crítico considera como “la primera verdadera obra maestra literaria del siglo XXI”. Esta que comento, sin embargo -ya dije que en esto de los juicios domina la subjetividad-, tiene en mi opinión valores que no se encuentran en aquella. La trama es muy leve; la prosa empleada, brillantísima, con un lenguaje rico en expresiones pero sin pedanterías; los personajes increíblemente bien descritos, y la solución final, aunque se intuye, perfectamente asumible por el lector.

En fin, aunque me parece mentira, he llegado al final, cosa que al principio dudé. Y aún me queda espacio para una nueva recomendación: cuando la lean recomiéndensela a sus amigos. Se lo agradecerán.

JORGE ROJAS HERNÁNDEZ

El Día (Canarias), 18 de agosto de 2011

Javier Marías: Los enamoramientos

Díaz-Varela es el personaje clave de Los enamoramientos (Alfaguara), última novela —hasta el momento— de Javier Marías. Amigo de toda la vida de Miguel Deverne, casado este felizmente con Luisa Alday, se ve envuelto en los enamoramientos, y las reflexiones que se hacen sobre ellos, de María Dolz, narradora omnisciente y omnímoda de la obra. La historia, que transcurre tan solo entre la calle Príncipe de Vergara y la avenida de la Castellana de Madrid, entre sus cafeterías de aroma a cruasán y las plácidas áreas de las inmediaciones de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales, contiene un abanico inconmensurable de situaciones.

Marías combina con maestría lo duro que es perder a un ser querido con la costumbre de esa falta, que aplaca la desgracia a pesar de haberle llorado y saber que nunca más se podrá estar junto a él. Deverne muere vilmente a manos de un perturbado que la emprende a cuchillazos hasta sacarle la última gota de sangre. La noticia del crimen bien retrata la realidad: impacta y tan pronto como impacta desaparece de la prensa, porque hasta en estas noticias impregnan el consumismo y la moda, pasajeros cuando lo que interesa es saber sin más que algo sucedió. Luisa, mujer de mucha cultura, profesora de Filología Inglesa en la Universidad, comienza de este modo su repentino calvario, retratado con un acertado caudal de descripciones de momentos de soledad y angustia que se experimentan en la ausencia de quien se ama tanto.

El matrimonio era bien avenido, se bastaba a sí mismo y no encontraba problemas en la cotidianidad. Los esposos mostraban en público, con naturalidad, cómo se querían; no fingían, porque estaban satisfechos, siempre actuaban de buenas maneras, o al menos en las ocasiones que la narradora coincidía con ellos en la cafetería cada mañana, quien solo tenía palabras de elogio para ellos: tanto era así que afirmaba sentirse agraciada al verlos desayunar, y cuando no tenía esa suerte, los días se le hacían muy sufridos. De él decía que era ejemplar en sus formas, sabio y elegante, clásico, porque no llamaba la atención con extravagancias. De la mujer, que era educada, que también vestía bien, incluso con ropa informal, y por supuesto feliz. A Miguel Deverne le gustaba disfrutar, como pocos saben hacerlo, con los detalles más insignificantes que convierten la vida en una aventura apasionante; y Luisa, que nunca se despegaba de él, era en este sentido lo mejor que le había pasado, casi más que los dos hijos que tenían en común.

La novela nos va dando cuenta de las diferentes posibilidades que puede saborear una persona en función de cómo se vayan presentando los acontecimientos. Luisa tiene una conciencia distinta, que seguiría siendo la misma si viviera su marido, de la que tenía cuando Miguel aún no había fallecido. Y es que es la conciencia un aspecto capital en esta obra, hasta tal punto que actúa como un eje filosófico del relato. Marías sitúa este tema de la conciencia en el grado más alto cuando profundiza sobre la conciencia de la muerte, asunto representativo de la filosofía. Si bien Marías no se considera un filósofo, no obstante, entra de lleno en la configuración de una filosofía de la conciencia; si bien no es un filósofo, sí, en cambio, un sabedor de la conciencia que expone sus conclusiones en términos literarios.

Así, hondas reflexiones acerca de la muerte se hace Miguel Deverne cuando conversa con su amigo Javier: lo que puede ser el mundo si estuviera muerto. Se erige, como el “ser para la muerte” de Sartre, la más pura conciencia del existir frente a la nada que es la muerte, y también ante los casos de obsesiones y tormentos que están detrás de una enfermedad irremediable o el suicidio. Palpitantes apuntes ofrece Marías sobre la idiosincrasia de la conciencia, cargados de minuciosidad y descripción rica en matices que, como ocurre en las películas de Hitchcock, lleva a que las intervenciones de los personajes sean demasiado largas para tiempos tan caracterizados por la irreflexión y los eslóganes cortos e impactantes, aunque sin perder un ápice del sentido de la realidad, sobre todo cuando la intriga y la cábala alcanzan su punto culminante; y a pesar de dotar a los niños de un estado de conciencia exagerado.

Ese elemento de la conciencia aborda el trato entre personas. Por un lado, aparecen gentes con las que nunca hemos pensado que íbamos a coincidir y pasamos a verlas con frecuencia; por otro, están con nosotros las que queremos tener siempre y, sin embargo, se alejan y desaparecen, o mueren sin que estuviéramos de acuerdo en dejarlas ir. Y entre estas relaciones sociales aterriza la idea del amor romántico, del que uno está dispuesto a iniciar un camino de ansiedades e inquietudes, o incluso a matar por una mujer. Aquí Marías presenta el amor como una enfermedad propia de los que, ante el objetivo de poseer al ser amado, son capaces de enajenarse, de negar la realidad y la verdad, de forjarse una ficción y vivir en ella, en suma de cumplir con los patrones culturales, sociales y psicológicos del amor romántico que exigen la sobreactuación y el sufrimiento de los amantes frente a los obstáculos.

Deverne fue asesinado por un loco que estaba enamorado de su mujer, el cual pone fin a la felicidad de una pareja que bien suponía la antítesis del amor romántico, pues vivía en el horizonte despejado de un amor en calma, el que no atiende a los miedos de la agitación romántica, ni dispone protocolos, ni complementa con adornos y artificios, ni se recrea en las apariencias y los rencores, ni teme los impedimentos que surgen en el día a día. En el fondo, esta novela es un cántico a vivir el presente y a no dar demasiada importancia a las cosas, a mirar adelante y disfrutar. “Hay que matar bien a los muertos”, decía Ortega y Gasset; y Luisa Alday entierra el recuerdo de la muerte de su marido y decide pasar sus días de la forma que no tenía prevista. ¡Qué caprichosa es la vida!

ENRIQUE CABRERO BLASCO

El Imparcial, 12 de junio de 2011

 Javier Marías y su última novela, pensar ayuda a comprender

¿Para qué sirven las novelas? Según el escritor español Javier Marías para inocular ideas, para mostrar, para atizar  aquellas que –seguramente- todos hemos pensado, pero no reparamos en ellas o dejamos de lado. En su más reciente: Los enamoramientos, demuestra que, al menos él,  escribe para “pensar” sobre algunos temas, para decir lo que quiere  a través de una historia y qué importa (como tantas veces se dice en el libro) cómo termine dicho relato, lo que importa son las ideas que traen consigo, las que nos inoculan: “La novela no es tanto una forma de conocimiento, como se ha dicho tantas veces, sino una forma de reconocimiento. Ante cierta escena o reflexión, decimos: “Sí, eso es verdadero, y yo ya lo sabía, aunque no sabía que yo lo sabía’. Lo sé ahora cuando lo veo expresado de esta manera y lo reconozco”   comentó en una entrevista.

No sé, no podría definir,  como dijo Manuel Rodríguez Rivero en una conversación con Marías realizada en el Instituto Cervantes de España, ésta su última novela: Los enamoramientos, pues no trata precisamente sobre eso (nada más) y su título está lejos de ser la alegoría de un cliché o una novela romántica.

Los enamoramientos es una novela pesimista, si cabe decirse, aunque también me parece lo contrario, o ambas cosas al tiempo. Es la primera abordada desde la perspectiva de una narradora y es la primera después de su novela en tres entregas Tu rostro mañana, la gran obra del escritor de más de mil páginas.

Sintetizar Los enamoramientos ofrece dificultad,  sobre todo porque la narrativa de Marías (acusada de compleja, pretenciosa y difícil) se “ve” mucho mejor si te acercas sin intermediarios. Si quieres saber cómo es leer a Marías, lee a Marías, so simple.

Sin embargo, como ayer terminé la novela,  me tomaré el trabajo de decir un par de cosas.

En primer lugar, la narradora, no dista mucho del resto de los narradores de sus otras ficciones. María Dolz como el resto de sus predecesores hacen lo que el propio Marías ha llamado: “pensamiento literario”, el cual no se trata de dejar de “contar”, más bien le añade elementos al relato: “Incluyo muchas digresiones, pero procuro no olvidar que escribo eso, novelas. Y una novela es una representación  con personajes y conversaciones. Lo que sí tienen mis novelas  es lo que yo he llamado en ocasiones “pensamiento literario”.  Son como  fogonazos, flashes que el lector percibe como verdaderos”.

Sus personajes -no sólo los narradores- cuentan y opinan,  piensan en voz alta, reflexionan por así decirlo, tienen ideas y hacen digresiones donde, como en un laberinto, una entrada te lleva hasta otra y hasta otra para dar con la salida o  ¿quizás el inicio de otra entrada?  El escritor español da la impresión de tener la capacidad de “darle vuelta” a los pensamientos, buscando “las caras” de las monedas.

Ese elemento de “reflexión”, es lo que más me gusta de la narrativa (que a veces no lo es tanto, pues suceden pocos “hechos” como tal) del escritor español.

Los enamoramientos no es la excepción, pues en ella más que contarse una historia (que sí la hay y grave, quizás algo sórdida y también triste) se muestran ideas, se ofrecen conceptos sobre varios temas propios del autor: la imposibilidad de conocer la verdad, la difuminación o desaparición  de los hechos, la maldad impune, el azar, la muerte, la traición, la delación, para añadir otros como el enamoramiento (no el proceso de enamoramiento sino más bien el estado del enamoramiento), lo que se es capaz de conceder y hacer imbuido por ese afecto que nos hace “débiles”, ante otros, como se dice en la obra.

Finalmente, creo “leer” en esta novela (además de un millón de ideas, sólo que aludo a ésta para no dejar de lado el título del libro), que estar enamorado es algo muy serio, aunque se le vilipendie e irrespete, porque Marías diferencia las  relaciones de “pareja”, del enamoramiento, donde lo que se espera –en mucho- es no cesar, no apartarse: “Nunca nos parece el momento justo, siempre pensamos que lo que nos gusta o alegra, lo que nos alivia o ayuda, lo que nos empuja a través de los días, podía haber durado un poco más, un año, unos meses, unas semanas, unas cuantas horas, nos parece que siempre es temprano para que se les ponga fin a las cosas o a las personas… A eso no nos atrevemos, a decir: ‘Ese tiempo ha pasado, aunque sea el nuestro’, y por eso no está en nuestras manos el final de nada porque si dependiera de ellas, todo continuaría indefinidamente”

C LUISA

Paperblog, 9 de agosto de 2011

“Un ‘hooligan’ en el banco del Real Madrid”

Los violentos hooligans, que tanta muerte y destrucción sembraron en Europa el siglo pasado, renacen hoy en el espíritu perturbado de un director técnico al que el Real Madrid contrató para conquistar un título y terminar con el apabullante dominio de su odiado rival: el excelso FC Barcelona, que va camino a ser (si no lo es ya) el mejor equipo de la historia del fútbol mundial. Es el ballet Bolshoi del césped que hace aparecer a sus rivales, incluido el Madrid, como una comparsa de curiquingues.

¿Cómo frenar a este equipo catalán que tiene la fantasía y la precisión con que interpreta la Filarmónica de Londres la mejor sinfonía de los grandes maestros? Pegando, interrumpiendo el juego con recursos selváticos, apagando la luz de la inteligencia a fuerza de hachazos asesinos.

En el 2002, en la capital española, en la librería deportiva de Esteban Sanz Martínez, compré un libro que desde entonces leo con deleite en cada ocasión. Se llama Salvajes y sentimentales y fue escrito en el 2000 por el gran novelista y ensayista español Javier Marías, un fanático merengue.

Se trata de una lectura deliciosa donde Marías desmenuza al Barcelona (el de antes de Josep Guardiola), acostumbrado a ver ganar Copas en sucesión a los madrideños. “Se dice que los madridistas no sabemos perder, y nada más cierto, no estamos acostumbrados a ello”. Y continúa sobre los catalanes: “El Barcelona ha sido tradicionalmente un equipo exquisito y melancólico, con jugadores delicados dados a la depresión”.

El Madrid fue siempre un equipo caballeroso. El mejor del siglo XX, según las estadísticas internacionales. Pero ahora es tanta la vergüenza que hasta Marías salió a criticarlo. En un artículo titulado ‘Un chamán de feria’, publicado en el diario El País, en mayo pasado, el académico afirma: “El Madrid no se quejaba bajo ningún concepto. Si se le anulaba un gol injustamente, era un lance o un azar del juego y había que meter otro, eso era todo. Lo mismo en lo que respecta a penaltis pitados o no pitados, a expulsiones rigurosas o injustificadas, a lesiones de jugadores fundamentales. El Madrid seguía atacando con diez o con nueve, no se daba por vencido, casi ni admitía un empate, sobre todo en su propio feudo”.

Sobre los técnicos de la época del pudor madridista sostiene: “Sus entrenadores podían tener más o menos talento, pero solían saber dónde estaban y eran educados. Aquí no se buscan excusas, aquí no se protesta, se acepta la derrota cuando el otro ha sido mejor o la suerte no ha acompañado. Se intenta el triunfo siempre, aunque se corra el riesgo de salir goleado; aquí nunca se siente uno vencido de antemano. Ese ha sido mi Real Madrid desde que tengo memoria futbolística”.

Con evidente dolor Marías reconoce: “(Florentino Pérez, presidente blanco) será un lince para sus negocios, qué duda cabe, pero está demostrando ser un hombre poco inteligente para haberse entregado a un chamán de feria como Mourinho, alguien mucho menos inteligente aún que él. Un individuo que no sabe de fútbol y al que el Madrid le trae sin cuidado, que no tiene reparo en traicionar su centenaria tradición y en arrojar sobre él una mancha que se hará difícil borrar”.

Y reniega Marías: “Lo que no puede ser es que el propio equipo dé vergüenza, en el campo y fuera de él. Se le toleran el juego pobre y el escaso acierto, pero no un entrenador omnipotente, omnipresente y malasangre. Un quejica que acusa a otros siempre, un individuo dictatorial, ensuciador y enredador, soporífero en sus declaraciones. Nada inteligente, mal ganador y mal perdedor”.

No sabemos si la UEFA, con la experiencia de las tragedias provocadas por los hooligans, pondrá un freno definitivo a Mourinho, responsable de repetidas vergüenzas y culpable de mandar a pegar sin piedad a verdugos obedientes como el matarife Pepe, Carvalho, Ramos y Marcelo. Mourinho juega con fuego y la UEFA deberá sofocarlo o auspiciar la hecatombe que se aproxima.

RICARDO VASCONCELLOS R

El Universo (Ecuador), 19 de agosto de 2011

Fermare il tempo. Conversazione con Javier Marías

JAVIER MARÍAS. QUARANT’ANNI DI LIBRI

In Errar con brújula, lei dice: “Credo che la cosa principale non sia che io manchi di visione del futuro. Non solo io non so ciò che voglio scrivere, né dove voglio andare; non solo non ho un progetto narrativo che io possa annunciare prima o dopo aver scritto i miei romanzi; ma non so nemmeno, quando incomincio a scriverne uno, quale sarà il soggetto, né quali e quanti saranno i personaggi, né so nulla del modo in cui terminerà”. Allora come nasce un suo romanzo?

No es fácil decirlo. Lo que Nabokov llamaba “el primer latido” de una novela es a veces identificable y a veces no. En el primer caso, se puede tratar de una frase, de una imagen, de una escena, de una preocupación que, por así decir, se va condensando como lo hacen las tormentas, hasta que al cabo de un tiempo uno tiene las suficien­tes ganas de empezar a escribir algo. Otras veces ni siquiera hay nada concreto identificable. En ambos casos -eso es lo curioso-, y según han señalado algunos críticos, en especial Elide Pittarello, de Venecia, parece que en la primera página de mis novelas suele estar resumido el tema principal de cada una de ellas. No lo sé, pero, si esto fuera así, tal vez se deba, en parte, a lo que ya he explicado muchas veces: yo no hago nunca dos versiones de mis nove­las, ni cambio lo ya escrito a mi conveniencia (excepto en pequeños detalles, del tipo “jueves” en vez de “miércoles”, o “hace mucho tiempo” en vez de “hace algún tiempo”), sino que me atengo a lo que he dicho, y me obligo a seguir el mismo proceso de conocimiento que rige la vida. Uno puede desear, a los cuarenta años, haber hecho a los veinte algo que no hizo, o al revés, pero debe atenerse a lo que pasó, a lo que hizo o no hizo a los veinte. Yo me atengo a lo que escribí en la página 10, aunque en la página 200 descubra que me convendría cambiarlo. Es algo perfectamente lícito y que hacen casi todos los novelistas. Yo no. Me obligo a convertir en “necesa­rio” lo que en la página 10 fue tal vez intuitivo, contingente, ca­prichoso o arbitrario. Me obligo a que lo que parecía meramente anecdótico acabe siendo parte de la historia. Es un método bastante suicida, pero es el que me divierte y en el que me siento más cómo­do, y, sobre todo, más interesado. Soy el primer lector de mis no­velas, y si desde el principio supiese toda la historia, escribiría de manera más rutinaria, y me aburriría. Necesito averiguar -par­cialmente, claro- lo que estoy escribiendo, para sentirme interesa­do y no verlo como un ejercicio de redacción. Esto no significa que escriba a ciegas ni a tientas: suelo saber hacia dónde voy o quiero ir; como he dicho tantas veces, tengo una brújula; pero carezco de mapa, ignoro cuál será el recorrido, la travesía. Los decido sobre la marcha, improviso mucho. Pero decido siempre yo, por supuesto. No creo en tonterías de esas que algunos novelistas todavía dicen, que si los personajes “cobran vida” y “exigen” cosas. Haría falta ser muy pusilánime para dejarse “dar órdenes” por entes de ficción, creados por uno mismo.

Noi non possiamo avere il senso del divenire della cose che viviamo, essendone immersi. Soltanto narrandoli ci illudiamo di legare i diversi momenti della vita, immaginandone la successione, il prima e il dopo, le anticipazioni e le sopravvivenze. Questa è la sua poetica?

No creo tener tal cosa como una “poética”, una palabra pretenciosa y solemne. Lo que sí creo es que lo que vivimos sólo lo entendemos cabalmente -aquellos a los que nos interesa tal cosa, que cada vez somos menos- si además nos lo imaginamos o nos lo contamos. La di­mensión imaginativa es necesaria en todo momento, en mi opinión. El que se limita a vivir las cosas se entera poco de lo que le pasa. A mí, desde luego, me importa enterarme, no deseo tener una vida “animalesca”. Si uno no proyecta la imaginación sobre las vivencias, vivirá, no cabe duda, y quizá apasionadamente; pero no entenderá casi nada. Escribir ayuda mucho a proyectar esa dimensión, tanto en lo que se refiere a uno mismo como a los demás que nos rodean. Lo imaginario, lo inventado, aclara el mundo, y también nuestras pro­pias vidas.

Perché l’autobiografia non può, secondo lei, diventare romanzo? Nera schiena del tempo io l’ho letto così, come un romanzo, con personaggi e protagonisti veri e fittizi al tempo stesso.

No recuerdo haber dicho eso, pero lo habré dicho. Las cosas han cam­biado en los últimos años. Ahora hay autobiografías ficticias o ima­ginarias, hay novelas en las que el narrador o el personaje princi­pal lleva el mismo nombre que el autor, etc. Se ha roto el antiguo pacto autobiográfico de que habló Lejeune, si no me equivoco. Todo cabe, y a veces no hay manera de saber lo que es una verdadera au­tobiografía, o unas memorias, y lo que es una “novelada”, en el sentido de ficticia. A mi libro Negra espalda del tiempo, de 1998, yo lo llamé “falsa novela”, porque no podía ser novela puesto que no contaba nada -o casi nada- inventado ni ficticio; pero desde mi punto de vista se leía más como relato, como novela que como ninguna otra cosa. Sin duda no era una autobiografía ni unas me­morias (yo estaba ausente de lo narrado a lo largo de muchísimas páginas, que sin embargo relataban historias o hechos verdaderos de los que tenía conocimiento); tampoco una crónica de unos acon­tecimientos determinados. Yo, Javier Marías, era sin embargo el narrador, con mi propio nombre y con algunas características cons­tatables como ciertas en mi biografía. Era un libro narrativo, eso es seguro, aunque también reflexivo y lleno de digresiones, como por otra parte también lo están mis novelas-novelas. Pero, mire, en el fondo creo que es indiferente de dónde proceda el material original de una obra narrativa; que sea verdadero o inventado es secundario. La fuente original de lo relatado da lo mismo, porque todo ha de ser pasado por el mismo filtro -llamémoslo literario, aunque el término resulte muy vago- que, por así decir, lo nivele todo. Al lector lo que le interesa es lo que lee, no cómo se ori­ginó el material que se le ofrece.

Calvino ha scritto nelle Lezioni americane l’elogio della leggerezza; lei, in Voglio essere lento. Conversazione con Elide Pittarello apparso in Italia nelle edizioni Passigli, quello della lentezza. Che cos’è per lei  la lentezza?

Me refería a la lentitud en la escritura, en la que -para mí- es necesaria para escribir. No tengo prisa, cuando escribo. Todo lo contrario. Quizá escriba, entre otras cosas, para perder un poco el tiempo, ahora que nadie está dispuesto a eso. Y eso quiere de­cir, para también poder notarlo, sentirlo, contemplarlo, percibir su paso e incluso -en la literatura- detenerlo. En la literatura, o en la novela, se le puede dar al tiempo la dimensión que el propio tiempo y su transcurrir continuo no le dan. Se puede con­seguir que exista el tiempo que en la vida no tiene tiempo de existir. Eso me interesa mucho. Es una de las pocas maneras que tengo -la vida es cada vez más acelerada- de ver y palpar el tiempo, de verlo pasar y consumirse, como cuando alguien mira una clepsidra o un reloj de arena. Nadie hace eso ya, desde luego. A mí sí me interesa darme cuenta del tiempo. En eso, como en tantas otras cosas, me voy convirtiendo cada vez más en un anacronismo.

Nel saggio sul tempo, Il giardino dei sentieri che si biforcano, Borges scriveva: “Riflettei che ogni cosa, a ognuno accade precisamente, precisamente ora. Secoli e secoli, e solo nel presente accadono i fatti; innumerevoli uomini nell’aria, sulla terra o sul mare, e tutto ciò che realmente accade, accade a me…”. 

Il tempo ha un fascino nella sua narrativa. Che cos’è il tempo per lei? Leggendo i suoi romanzi si ha l’impressione di “vederlo”.

Bueno, en parte acabo de contestar a eso. El tiempo “nos nace”, nos contiene y “nos muere”, es normal que uno se fije en él, pien­se en él, se pare a mirarlo (si se atreve, claro), intente verlo. Si lo he logrado en algunas de mis novelas, gracias, es un cumpli­do, porque es una de las cosas que he pretendido.

Qual è il tempo del narrare?

Si se refiere al tiempo verbal, para mí sigue siendo el pretérito indefinido (así lo lla­mamos en español). Las novelas escritas, enteras, en presente de indicativo, me cansan y me aburren, me recuerdan demasiado a las crónicas y a los guiones cinematográficos, y además me parece un recurso demasiado fácil para obtener “inmediatez” y una falsa vi­vacidad. Eso no quiere decir que de vez en cuando no se pueda re­currir al presente de indicativo (yo lo hago en ocasiones), pero sólo de tarde en tarde. El presente de indicativo permanente me resulta pesado y casi siempre da mala literatura. Con excepciones, le tengo aversión.

Dialogando con Claudio Magris, lei confessava che il romanzo è  un genere difficilissimo, “che consiste non solo nel  narrare una storia in modo comprensibile. Un romanzo è anche un mondo nel quale si può andare a vivere…”. Non c’è il rischio di perdere i contatti con la realtà?

No, porque nadie se pasa escribiendo ni leyendo todo el día. Yo, mientras escribo una novela -a veces cuando la leo, de otro autor-, sé que dispongo de ese mundo al cual me voy a vivir un rato, o como mucho parte del día. Pero en el momento en que apago la máquina (sigo escribiendo con máquina, eso sí, electrónica), ahí está la realidad, y yo dejo de ser “escritor” en ese mismo instante. No soporto, de hecho, a quienes ofician de escritores permanentemente, las veinticuatro horas. Una vez que salgo de ese mundo, estoy en el único que hay, el que además contiene ese mundo novelesco. Y, teniendo en cuenta que desde hace dieciséis años escribo una colum­na de opinión dominical, imaginará que estoy muy atento a cuanto sucede en el mundo y en la realidad. Rara vez mis columnas son li­terarias. Tenga en cuenta que la realidad es invasiva. Sería ridí­culo aspirar a sortearla. No, no hay el menor riesgo de perder el contacto con ella, por mucho que uno lea o escriba.

Quanto sono importanti, all’interno di un romanzo, la divagazione, l’inciso, il dettaglio, la citazione?

Depende de la novela. Algunas no necesitan nada de eso, y son ex­celentes. En las mías sí son cosas importantes, sobre todo las re­flexiones, las digresiones. Como lector, puedo disfrutar de lo que se llama una “narración pura”, con mucha acción o mucha intriga. Puedo admirar una novela así, también porque quizá yo no sabría hacerlas. Pero, siempre como lector, prefiero aquellas novelas que además de una historia, me ofrecen iluminaciones, y pensamientos que me hacen detenerme en la lectura y pensar a mi vez, o decirme: “Sí, esto es verdad, lo reconozco, pero no sabía que lo sabía hasta que lo he visto aquí dicho, y así expresado”. Eso lo ofrece Proust en casi cada página, Shakespeare en sus obras teatrales, Montaigne en sus ensayos, incluso Balzac, y por supuesto Conrad y Henry James, Lampedusa en su única y maravillosa novela… No tantos contempo­ráneos, en cambio. Así que, si como lector prefiero que se me ofrezca también esto, como escritor procuro darlo yo igualmente. Supongo que una de las razones por las que escribo es porque creo que pienso mejor haciéndolo que en ninguna otra circunstancia.

Vorrei sapere, concretamente, in che modo lei  lavora, per esempio se ci sono condizioni tecniche ottimali per la nascita di un libro, se la scrittura rappresenta per lei  una fatica, un piacere, un mestiere, un divertimento.

Bueno, no sé. Mis libros nacen muy lentamente. Puedo escribir las dos primeras frases un día y no escribir las siguientes hasta pa­sada una semana, un mes incluso. Es difícil decir cuándo se produ­ce el verdadero nacimiento de una novela. Hasta que llevo escritas cuarenta o cincuenta páginas ni siquiera sé si finalmente va a existir. Escribo sobre papel, eso me gusta. Corrijo a mano y vuelvo a teclear la página, cuantas veces considere necesario. No me im­porta hacerlo, porque cada vez que la tecleo la hago más mía, la asumo y la apruebo más, me voy acostumbrando a ella. Tengo tonela­das de borradores de cada página individual de mis novelas, llenas de tachaduras, flechas, garabatos… Y claro, la escritura con­tiene todo eso que menciona. Me divierto mucho más que padezco, de otro modo no escribiría. Pero a veces hay partes que se hacen di­fíciles y complicadas -ojo, porque uno ha decidido que lo sean-, y cuestan mucho esfuerzo, y acaba uno cansado. De “mestiere” tiene poco para mí, sin embargo, la escritura. No la puedo considerar así, no me siento un profesional, en el sentido en que hay escri­tores que calculan cuánto tiempo llevan sin publicar una novela, o deciden que han de tener una nueva cada año o cada dos años. No es mi caso. Cuando termino una, ni siquiera sé si habrá una próxima. Dependerá de que se me ocurra algo, y de las ganas. No necesito escribir, eso lo sé. Me gusta, lo paso bien, a ratos mal, pero más bien que mal. Como he dicho, pienso mejor. He tenido la suerte de que me da dinero para vivir. Me permite no madrugar ni tener jefe. No me puedo imaginar con alguien dándome órdenes. Ante la máquina no me las da nadie, se lo aseguro.

Leonardo Sciascia, alla domanda perché si scrive un libro, rispondeva: “Io scrivo per me e per altri me stessi: e in questo va visto un principio etico fondamentale”. Lei per chi scrive?

No lo sé. No tiene por qué haber un “para quién”. Uno escribe lo que le apetece, sobre lo que le preocupa o le interesa. A estas alturas alguien como yo sabe que normalmente lo que publique será leído por “lectores”. Pero uno no los elige, ni los eligió nunca. Uno sacó un libro, y lo quisieron leer unos pocos; luego otro, y lo leyeron algunos más; cuando publiqué Corazón tan blanco, que al parecer han leído más de dos millones de personas en todo el mundo -o lo han comprado, 1.300.000 sólo en alemán-, no podía imaginar semejante cantidad de lectores. El editor hizo una ti­rada inicial de diez mil ejemplares. Yo no busqué a esa gente, esa gente buscó el libro libremente. ¿Por qué habría de escribir para nadie en particular, ni siquiera para quienes hoy puedo ima­ginar como “lectores de Javier Marías”? Es posible que si lo hi­ciera, esos mismos decidieran no leerme. Cada libro es distinto y es elegido. El autor no elige nada, por lo menos la clase de autor que yo soy. ¿De qué me serviría vestirme con ropa muy sexy y tacones altos (hablo de los libros, obviamente), si tal vez con esa vestimenta la gente pasaría de largo? Uno hace lo que le apetece hacer, escribe sobre lo que le preocupa y le interesa, también en la vida. Lo lanza, lo publica. Si la gente siente cu­riosidad y lo lee, estupendo. Si no, mala suerte.

Che cosa significa per lei  essere uno scrittore civile?

Lo soy sólo cuando escribo artículos de prensa, con mi nombre, haciéndome responsable de mis opiniones. No cuando escribo nove­las. Ese es un territorio “salvaje”, en el que lo civil no entra. Las novelas no las escribo como ciudadano, los artículos sí. En éstos, además de intentar distraer o entretener, procuro señalar lo que me parece mal de nuestras sociedades, y lo argumento y ra­zono. En las novelas no tengo por qué razonar ni argumentar; en ellas puedo contradecirme (o se puede contradecir el narrador), puedo ser arbitrario, no hay por qué demostrar nada. En ellas todo cabe, no hay juicios. He dicho a menudo que la novela es lo contrario de un juicio. En éste se juzgan hechos de acuerdo con una ley existente. Poco importan las causas de esos hechos, cómo o por qué se llegó a ellos. En una novela no hay leyes, se asiste a lo que pasó, a veces se entiende. No se juzga, no se está en un tribunal. El ciudadano o el escritor civil está en ellas de sobra. En los artículos de prensa, en cambio, es necesario.

In un paese democratico come l’Italia, nel quale da quasi vent’anni si respira un clima politico torbido e vischioso, il quale dovrebbe essere il ruolo dello scrittore?

Me temo que el problema es que en la Italia actual -no sólo la de Berlusconi, también la de Bossi e incluso la del irresponsable D’Alema- se ha privado al escritor de casi cualquier papel (ruolo). Los periódicos se leen poco, y la mayoría pertenecen al Presiden­te del Gobierno, algo insólito en una supuesta democracia. La ca­pacidad de los escritores para influir es escasa en todas partes, pero en Italia parece próxima a la nulidad. Tiene que ser descora­zonador, desmoralizador escribir en prensa hoy en Italia. La ma­yoría de la gente -no sólo en Italia- atraviesa por un ya largo periodo de pereza intelectual sin parangón en mucho tiempo. No quieren ser molestados, no quieren que los distraigan de sus pro­gramas de televisión idiotizantes, están contentos con eso. Lo único que podría decir a los escritores italianos “civiles” es la vieja frase de Edmund Burke: “No desesperéis nunca; y, si des­esperáis, seguid trabajando”.

Se ci si guarda intorno, lo spettacolo in cui versa la Terra è desolante (guerre, inquinamento dei mari, surriscaldamento del pianeta, povertà, violenza esercitata sulle donne e sui bambini). Sembra che le grandi costruzioni narrative, milioni di opere vendute, non abbiano sortito alcun effetto, siano ininfluenti sul destino dell’uomo. È davvero così?

Desde luego. No sólo es así, sino que no tiene por qué ser de otra manera. Las “grandes construcciones narrativas” -o sólo las malas- no tienen por objeto educar a nadie, ni ser edificantes, como pretendían los curas antes. Lo único que la literatura es capaz de hacer es mostrar la complejidad de las cosas y las zonas de sombra. Como dijo Faulkner y yo he repetido, la literatura es sólo como una pobre cerilla que se enciende en medio de la oscu­ridad de un campo. No sirve para iluminar apenas nada, sólo para ver mejor cuánta oscuridad hay alrededor. He dicho “mostrar”, ni siquiera “explicar”. No puede hacer más, aunque con eso basta, eso ya es mucho, porque nos ayuda a comprendernos mejor y a com­prender mejor el mundo. Pero lecciones, no, por favor, la lite­ratura no da ni debe dar lecciones, y la que lo pretende es in­soportable. La literatura moralista nunca ha dado nada bueno.

Nel guardare la fotografia che è in copertina al volume Voglio essere lento, che la ritrae davanti alla sua biblioteca, mi viene spontanea la domanda che dietro la sua opera ci sia il “bibliotecario” Marías. Credo che, dopo l’esperienza di professore, la biblioteca occupi un posto centrale nella sua vita.

No, no después de mi breve experiencia como profesor, en los años 80. Desde mucho antes los libros han estado siempre presen­tes en mi vida. Mi padre, el filósofo Julián Marías, tenía una biblioteca de 35.000 volúmenes. En España ha habido siempre enormes bibliotecas privadas, precisamente porque siempre ha ha­bido pocas públicas, y malas, y los escritores han debido cons­truirse cada uno la suya. Siempre he estado rodeado de libros, por tanto, lo cual también me ha hecho perderles mucho el respeto, lo mismo que a los escritores, incluyéndome a mí mismo, desde luego. Lo cierto es que no concibo una casa sin libros. Me gusta tenerlos, incluso los que sé que no vaya poder leer me gusta te­nerlos, porque siempre los puedo consultar u hojear, nunca se sabe cuándo alguno va a acudir en nuestra ayuda. Tengo gusto por los libros que no ocultan enteramente su pasado, por ejemplo los firmados o dedicados por sus autores. Puede verse como fetichis­mo, pero me gusta saber que un ejemplar que poseo de Conrad, o de Faulkner, de Isak Dinesen o Thomas Mann, de Sterne o de Dylan Thomas, de Mallarmé o Radiguet, estuvo en las manos de cada uno de ellos porque llevan su firma o su dedicatoria. Pero, en fin, es difícil hablar de los libros sin caer en tópicos y obviedades. Para mí son la materia pasada que no enmudece, la que aún puede hablarnos, la que nos permite dialogar con -no, escuchar a- los muertos más inteligentes que han pasado por el mundo, o los más sabios, o los más divertidos como Dickens. Es un privilegio ex­traordinario. Es lo que permite que los muertos hablen, con cla­ridad expositiva y enorme belleza literaria. Qué quiere que le diga.

Che tipo di lettore è?

Bastante anárquico. Me interesan demasiadas cosas, cualquier asunto (o casi) me despierta la curiosidad.Así, no sólo leo novela -cada vez menos novela contemporánea-, poesía y ensayo, también historia, estudios sobre el arte, o sobre la música, fi­losofía -cada vez menos, cierto-, crónicas, literatura de viajes de pasados siglos, a los clásicos griegos y sobre todo latinos (admiro muchísimo a Amiano Marcelino, que no es tan evidente corno Tácito o Tito Livio), literatura bizantina y sobre Bizancio; y me gustan algunos subgéneros, como los cuentos de fantasmas y de miedo en general… En fin, al mismo tiempo, cada vez tengo menos tiempo para leer. La vida de los escritores actuales está mal concebida. Los editores prefieren que perdamos un año entero de nuestra vida con entrevistas, promociones y demás, antes que dejarnos escribir un libro más -o medio- en ese año. No nos basta con escribir, algo ya muy difícil, como he dicho, sino que además tenemos que poner la cara y estar presentes para “defender” nues­tros libros. Y tengo la sensación de que a menudo eso sirve de poco. Lo cierto es que a menudo tenemos que luchar para tener tiempo de escribir, lo cual es grotesco. No digamos para tener tiempo de leer... Ojalá uno pudiera ser como Salinger. Pero para eso hace falta vender decenas de miles de ejemplares de un libro antiguo, año tras año.

Curioso come è  di frugare nelle vite degli scrittori, credo che lei sia d’accordo con Sainte Beuve che la chiave di lettura delle opere di uno scrittore sia nella biografia.

No, en absoluto. Yo hice ese libro, Vidas escritas, tomándome a los autores que traté (la mayoría admirados por mi) como si fue­ran personajes de ficción. Siempre le interesa a uno saber cómo fueron y vivieron las personas que admira, y de ese material es­cogí elementos que me parecían graciosos, divertidos o signifi­cativos, o que simplemente componían un retrato atractivo, casi como si cada pieza fuera un cuento. El retrato, obviamente, podía haber sido enteramente distinto, eligiendo otras anécdotas y epi­sodios de la vida de cada uno. Pero no por eso creo lo que creía Sainte-Beuve, más bien todo lo contrario. Sabemos poco de Cervan­tes o de Shakespeare, y da lo mismo, eso no nos impide disfrutar sus obras ni comprenderlas. No creo que las comprendiésemos más si conociéramos los detalles de sus vidas, que son azarosos. Lo que llamamos Cervantes -y nos importa de Cervantes- es el conjunto de sus obras. Y lo mismo respecto a Shakespeare. Es lo que nos ha llegado, lo que aún leemos y releemos, lo que cuenta. Quién estu­viera detrás en vida -la vida es algo meramente pasajero, y que siempre tiene remedio- resulta bastante indiferente. O cuáles fuesen sus respectivas vivencias. En poco cambiarían nuestro co­nocimiento del Quijote o de Macbeth. Así que es más bien al con­trario, ya le digo. No debe importarnos la vida de los escrito­res, aunque sea lógico que sintamos curiosidad por ella. Pero no hay que olvidar que, si es así, es porque nos entusiasman sus libros, que se sostienen por sí solos. Y también se explican.

La sua produzione, a partire dal 1971, anno di pubblicazione de Los dominios del lobo, è vertiginosa. Fu Juan Benet, scrittore geniale quanto sconosciuto, a farglielo pubblicare. Me ne vuole brevemente parlare?

Mi producción novelística ha sido moderada. En mayo o junio de 2011 se cumplen cuarenta años de la publicación de esa primera novela, a los diecinueve. Acabo de terminar la que sería mi decimotercera novela (contando como tres los tres volúmenes de Tu rostro mañana, cosa que quizá no debería hacerse). Es decir, he escrito una novela cada tres años, como media. Y esta última no sé aún si la publicaré, todavía tengo que darle el visto bueno. No es un ritmo precisamente vertiginoso. Eso sí, he publicado un par de libros de cuentos, y otros de retratos, muchos de artícu­los recopilados. Pero, en lo referente a la narrativa, pues mi producción ha sido muy moderada. Claro que Tu rostro mañana tie­ne en total, en las ediciones españolas, 1.600 páginas… Pero vamos, no es tanto. No sé si escribiré mucho más. No soy aún muy viejo (tengo 59 años), pero llevo cuarenta publicando, escribien­do y también traduciendo. Eso cansa, tal vez agota, tal vez deja seco. Al menos al tipo de escritor que soy yo.

Benet tenía un enorme prestigio en los años 70. Era un escritor difícil, nunca tuvo muchos lectores, pero era muy respetado, sobre todo por sus colegas más jóvenes. Leyó aquella novela mía, a través de un ami­go común. Inesperadamente le gustó (era muy exigente, y mi novela era inevitablemente juvenil). Le hizo gracia, le divirtió, la re­comendó a una editorial cercana y tuve la suerte de que me la pu­blicaran. Siempre le estaré agradecido, no sólo por eso, sino por la amistad que me brindó durante más de veinte años, hasta su muerte en 1993, y lo mucho que me enseñó. Era uno de los hombres más inteligentes que he conocido, si no el que más. Y un gran amigo. Aún lo echo de menos. Por muchos años que yo viva, lo echa­ré siempre de menos. En Italia se publicaron algunas obras suyas, pero no es un autor para grandes públicos, y además, los tiempos han cambiado. Ahora domina mucho más esa pereza intelectual de la que ha­blaba. A Benet no se lo puede leer con esa actitud, es imposible, exi­ge mucho esfuerzo.

Quanto sono stati importanti per lei Cervantes e Borges?

Borges poco. No lo he leído demasiado, desde luego no exhaustiva­mente, ni mucho menos. Reconozco su talento, en cuanto de él he leído. Pero me pareció alguien que podía influir fácilmente a un autor joven, como lo era yo cuando empecé a frecuentarlo, y, qui­zá por prudencia, lo “aplacé” para otras edades. Luego he vuelto a él de vez en cuando. Pero, a la vez que lo admiro, hay ocasio­nes en que lo encuentro un poco irritante. Se gusta demasiado a sí mismo. Está demasiado convencido de su grandeza y de su ori­ginalidad, y eso se nota en sus escritos y los hace algo artifi­ciales. Mejor dicho, demasiado artificiales, porque toda la lite­ratura es artificio, desde luego. Cervantes es mucho más impor­tante, aunque, curiosamente, parte de su influjo me llega a tra­vés de Sterne, un escritor confesamente cervantino, cuyo enorme Tristram Shandy traduje hace más de treinta años. Pero lo que se llama “humor inglés” es a menudo humor cervantino, y español por tanto. A Cervantes lo siguieron mucho más en Inglaterra que en España: Sterne, Fielding, Dickens, hasta Conan Doyle se inspira lejanamente en Don Quijote y Sancho para Holmes y Watson. Cer­vantes se puede leer y releer, y a cada lectura uno descubre nuevas riquezas y cosas que le pasaron inadvertidas. La comple­jidad del Quijote es extraordinaria, da vértigo. Y además, a di­ferencia de Borges, se lo adivina un hombre modesto, en modo al­guno convencido de su genialidad. Me resulta mucho más agradable el personaje que adivino a través de su obra, que el que adivino en Borges. A éste lo vi un par de veces y me cayó bien, pero no logré verle misterio. Quizá es que dio demasiadas entrevistas y en ellas le gustaba decir frivolidades para escandalizar o irri­tar. Fue demasiado esclavo de su ingeniosidad, y todo eso resta misterio. Todos damos demasiadas entrevistas. Nos podríamos haber ahorrado esta.

So che si diletta di editoria e sotto la siglia di “Reino de Redonda” pubblica  una collana di testi indipendente dal mercato, dalle vendite, dai premio. Unico arbitro è il suo gusto. Quali opere sono uscite finora?

Publico sólo un par de títulos al año, y no creo que le quede mucha vida a esta pequeñísima editorial, nacida en 2000. Dema­siadas pérdidas, demasiado poco eco en los suplementos litera­rios. Recuperé algunas de mis viejas traducciones, de Sir Thomas Browne, de Yeats, de Conrad, de Isak Dinesen. He publicado el Viaje de Londres a Génova de Giuseppe Baretti, que trata sobre todo de España en tiempo de Carlos III, que no se había traduci­do nunca a mi lengua y que es interesantísimo. Un par de obras de M P Shiel, primer “Rey” de Redonda. Un par de libros de Runci­man, había viejas ediciones y los he recuperado. Cuentos de Ver­non Lee, de Thomas Hardy (mi primera traducción, de 1974), de Erckmann-Chatrian, de Balzac. Vida de este capitán, de Contreras, una maravillosa e inverosímil autobiografía. El significado de la traición, de Rebecca West, un libro inteligentísimo [saldrá en otoño]. En fin, veintidós títulos hasta ahora. Llegaremos a veinticinco o así, luego, seguramente, basta.

Non la  turba la minaccia che un giorno non troppo lontano il libro possa scomparire a favore degli e-book, della rete, di internet? In Italia è da poco uscito, sull’argomento Dublinesque del conterraneo Enrique Vila-Matas.

Lo que más me preocupa de esta cuestión es la piratería, no que los libros pasen a leerse en pantallas. No creo que los de papel desaparezcan en ningún caso. Convivirán ambos soportes, a menos que la piratería se generalice (España es el tercer país del mundo con más piratería, tras Corea del Sur y Filipinas, una vergüenza; y los políticos no hacen absolutamente nada para impedirlo, tienen miedo a los delincuentes, algo grotesco) y los escritores no ten­gamos ingresos por la lectura de nuestras obras. Entonces no sólo desaparecería el libro de papel: desapareceríamos los escritores, los que publicamos ahora de manera impresa, y quedarían tan sólo los que redactan blogs y demás, los que desean exhibirse pero no vivir de su trabajo de escritores. Si casi nadie pagase nada por leer lo que escribo, una de dos: o no escribiría más, o publicaría sólo en las lenguas en cuyos países mis derechos estuvieran algo protegidos. Pero, paradójicamente, no en la mía, pues España am­para a los delincuentes y no a los creadores. Mire, al menos en un aspecto estamos peor que en Italia, ¿no le parece?

ANTONIO MOTTA

Il Giannone, numero 17, gennaio-giugno 2011