Javier Marías explicado a los jóvenes

Pocos escritores han sido tan admirados en los últimos  veinte años, dentro y fuera de España, como Javier Marías. Pocos como él han sufrido el desprecio (¿despiste?) de las generaciones más recientes. Le pedimos a Gonzalo Torné, un narrador joven y español una reflexión acerca de esta apa­rente disociación entre los nuevos lectores y el autor de Tu rostro mañana. Esta es su respuesta.


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Cuesta explicar hoy lo que supuso, para los lectores que entonces teníamos veinte años y éramos jóvenes de verdad, la publicación, con dos cursos de diferencia, de Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí. No se asiste todos los años (apenas todas las décadas) al espectáculo de ver cómo un escritor despliega la alas ante nues­tros ojos y alcanza todo su potencial. La mezcla de sensaciones (sobre todo si uno aspira a escribir) incluye pasmo, agradecimiento, entusiasmo, y la noble y risible responsa­bilidad de crecer de una vez e intentar intervenir en ese espacio. Que esos libros fuesen tan bien leídos y compra­dos por miles de personas dejaba, además, el agradable sabor de que los buenos también podían ganar.

Lo que, entretanto, se ha aclarado, más allá de los temas y de las técnicas compositivas, es lo que aportaron esas dos novelas a nuestra tradición: Marías emplea una frase larga, rica en cláusulas y aclaraciones, y que por su respi­ración sosegada y claridad arquitectónica, está más cerca de James o Proust que de los borbotones abruptos e inspi­rados de Faulkner que tanto influyeron en escritores asilvestrados como Onetti o Benet. Marías se distingue de todos ellos por el empleo obsesivo y mesurado de partícu­las disyuntivas y adversativas, y de cláusulas especificati­vas. Esta textura sintáctica le permite abrir a partir de cada acontecimiento varias posibilidades que socavan el pacto de literalidad que el lector establece con la voz narrativa cuando esta se limita a enunciarl. No se trata de un narrador inseguro -ni mentiroso, ni idiota, ni canalla- ­sino de uno que nos complica el acceso a los hechos al extraer de cada suceso diversas posibilidades semánticas que van anudándose en una serie de hipotéticas configu­raciones. La “realidad” del relato (el referente imaginado) se atenúa y queda a merced de las diversas versiones (de dicha “realidad”) que compiten entre sí, no sólo en virtud de su veracidad sino también por el atractivo de su hechi­zo melódico y su interés narrativo.

No en vano la fragilidad de la narración y la responsabili­dad del narrador, la escucha y el secreto, son los consabidos temas de estos libros: derivan de su inesperada sintaxis.

Otro logro es su peculiar sentido del tiempo que renie­ga de la adecuación a los sucesos (un ritmo, por otro lado, convencional), y que Marías aprendió mientras traducía a Sterne. Sus protagonistas narran a una distancia de los hechos que permite “razonados” cuando todavía no hemos alcanzado una compresión sólida. Estas ralentiza­ciones del tempo narrativo abren dilatados periodos con­templativos, grietas en las que caben comentarios de pelí­culas, recuerdos de infancia, anticipaciones, digresiones filológicas, puyas o humoradas. Quizás lo mejor de la par­ticular temperatura emocional de las novelas de Marías proviene de estas inesperadas yuxtaposiciones.

La textura hipotética y la ralentización del texto le pro­curan a Marías medios y espacio (en los huecos del tempo lento que separa los sucesos) para abordar el mundo con­temporáneo con la amoralidad propia de la mirada nove­lesca. Apoyándose, sin sumisión a la consignas de moda, en escenas y personajes, Marías aborda cuestiones muy poco trabajadas (por novedosas) en la narrativa castellana: el divorcio, el adulterio, la narratividad del matrimonio, la sentimentalidad de los anuncios de contactos y las relacio­nes esporádicas, o las distribuciones del afecto en el nuevo desorden familiar.

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Estas farragosas explicaciones se vuelven transparentes en cuanto se abren los libros y se empieza a leer. ¿A qué viene entonces este artículo? ¿No es Marías ya un autor lo bas­tante conocido y traducido, y multipremiado?¿No tene­mos casi todos los jóvenes escritores de menos de 45 años una “a lo Marías” en el escritorio? ¿No siguen publicán­dose novelas importantes como El país del miedo o Anatomía de un instante marcadas por el fraseo de Marías o bajo su camuflaje sintáctico?

Lo lleva señalando Vilas en esta misma revista (con bas­tante más gracia, desde luego): la canonización en España es un camino pedregoso. Añadiría que uno de sus sínto­mas inequívocos es la emisión por parte de colegas y criti­castros de una suerte de aforismos negativos2, en los que se sustituye la lectura polémica y extensa por un breve man­tra defensivo. Marías hace tantos años que sirve de tente­tieso que podemos recopilar una antología de greatest-hits: “Marías escribe como traducido”, “Marías escribe en inglés”, “Las frases son muy largas”, “Todos los persona­jes hablan igual” (lo que apenas significa que Marías es más respetuoso con su estilo que muchos colegas con la inteligencia de sus lectores cuando sus andaluces dicen “ozú”, sus espadachines “menester” o sus transgresores “joder” o “coño” ), “Ya, ya, pero en los artículos es un pesado … “, “Escribe sólo para mujeres”, “Es una estafa editorial”, “No es un escritor de su tiempo” … Cada lector tendrá sus favoritas, la mía es: “Su poética todavía le puede dar para dos buenas novelas más3“.

Todo lo anterior es chismorreo, envidia, pereza y resquemor combinados con diversas dosis de imbecilidad. Nada preocupante y que puede, llegado su debido momento, estimular la creatividad. Pero ciertas alteracio­nes en nuestro sistema literario me empujan pensar que estamos olvidando cómo convivir con novelas como Corazón tan blanco. Que a instancias de las cosas que escri­bimos o dejamos de escribir los jóvenes escritores de menos de 45 años, los jóvenes lectores y escritores de menos de 30 años podrían pasar por encima de estos libros. Y aunque me equivoque de plano, el paseo puede ser divertido.

A Marías no le beneficia que su canonización en vida venga acompañada de la loa presumida, acrítica y mecá­nica que le prodiga a cada libro la crítica que se dedica a encerar el escalafón, y que mientras se atragantaba hablando de grandes temas, profundas cuestiones huma­nísticas fundamentales y progresos del espíritu pasó por alto (con la puntual excepción de Masoliver) los bajones que precipitan a la tercera parte de Tu rostro mañana al borde del fiasco literario4.

Menos todavía le favorece que la moneda corriente en la red, donde los escritores jóvenes de menos de 45 años nos afanamos en incrementar nuestro valor simbólico, sean el intercambio afectivo, la propiedad intransitiva de la cita favorable, los portales con más colaboradores que reseñas (los currículos más largos que las reseñas); la sensación de que mientras nos autoexplotamos trabajando gratis los jóvenes escritores de menos de 45 años lo daríamos todo (diríamos cualquier cosa, ¡la pondríamos por escrito!) a cambio de un abrazo. En este convivium sienta como un tiro la gelidez con la que Marías trata a discípulos y jóvenes5. Responderíamos que ningún escritor está en la obligación de ser simpático, pero este argumento no impide que Marías proyecte la imagen de no enterarse de nada. Una suerte de figurón anquilosado que no lee libros de Anagrama, no sabe quién es Foster Wallace, y que cuando se decide a contribuir al entrañable género de sacudir a la nocilla mutante su argumentación pase por citar (sí, otra vez, de nuevo) a Aliocha Coll. Pero esta imagen quedaría incompleta si no recordáramos que Marías no sólo dina­mizó la presencia editorial de Faulkner, Nabokov o Stevens, sino que contribuyó decisivamente al impacto sobre la literatura castellana de Bernhard, Coetzee, Cormac McCarthy, Ashbery y Sebald. Su silencio ante la literatura posterior a 1995 puede deberse a la desidia, la táctica o a un juicio severo, pero difícilmente a la falta de entendimiento.

Durante el III Congreso de Nuevos Narradores Iberoamericanos (de menos de 45 años) celebrado en Madrid el año pasado, Rodrigo Fresán (en calidad de moderador), les preguntó a los jóvenes escritores qué obra maestra tenían en mente como estímulo, y le contestaron que había que desterrar esa idea absurda. No sé si estos jóvenes (mayores de 30 años, en cualquier caso), propu­sieron alguna alternativa, ni en qué modelos estaban pen­sando ni qué le pareció su respuesta a Fresán. Pese a la deplorable narración que acabo de escribir, la anécdota es ilustrativa de un cambio atmosférico en la percepción que la comunidad de escritores y críticos tienen de la literatu­ra y del alcance de su trabajo. Marías ha sido un escritor sumamente ambicioso que pretendía (y ha conseguido) intervenir en la literatura entendida como una sucesión de novelas independientes y singulares que se vinculan de manera misteriosa; imposible de predecir. En esta concepción de la literatura, tan parecida a una constelación, donde el novelista aporta los cuerpos de materia luminosa mientras la crítica establece las relaciones, el reto del autor consistía en desarrollar un estilo personal con el que escri­bir las novelas que sólo él podía escribir.

Mal encaja esta ambición en un sistema literario donde (por motivos que sería francamente divertido, pero tam­bién bien antipático, esclarecer) las voces han sustituido a los autores, los textos a las novelas y la trayectoria a la obra. En lugar de concentrarse en escribir una novela cocida en jugos que trabajan exclusivamente a favor de sus propósitos personales, se prefiere la actividad conjunta, las soporíferas generaciones6, las estéticas relacionales (de las que el lector de Quimera tiene noticias puntuales gracias a las cartografías de Jorge Carrión) que avanzan hacia obje­tivos colectivos: ya sea la crítica difusa del Poder o la actualización de las novedades tecnológicas7.

Estos hábitos redundan en una concepción silvicultora de la literatura donde los esfuerzos y las mayores energí­as intelectuales se encaminan a preservar especies en peli­gro como el cuento, a la cuidadosa introducción de exten­siones de árboles foráneos como el Haiku o el Haibun, o al amoroso cultivo de especies nuevas como se puede comprobar en la ensimismada y medio histérica promo­ción del microrelato. La silvicultura supone el triunfo de la novelística sobre la novela, y al extender su preeminen­cia sobre la mayor parte del sistema contribuye a la modi­ficación de los hábitos de la crítica, abocada a valorar en los “textos” la aplicación de consignas previamente dicta­das por la presunta modernización o por “la escuela de la denuncia social difusa”. El crítico nutrido en esta atmós­fera aplica (dicho esto apenas sin matices peyorativos) cri­terios homogeneizadores de corrección (estilística, for­mal, cognitiva), y pierde vista para reconocer el valor de las novelas que van a su bola, con un estilo y con propósitos propios, con los que proponen una legalidad y unas condiciones de verosimilitud singulares. Para los críticos silvicultores novelas como las de Marías siempre serán marcianas o defectuosas, como lo eran (recuerden, recuerden) las de Bolaño antes de que la muerte suavizase sus bordes, o como lo serían Mantra y Jardines de Kensings­ton si en lugar de contemplarse domesticadas por los ante­ojos pop se leyesen como el punto de desarrollo máximo (hasta el momento) del estilo y el mundo que sólo Rodrigo Fresán podía escribir, esto es, como las extraordinarias obras que son.

CODA PARA JÓVENES ESCRITORES (MENORES DE 45 AÑOS)

Los autores que han sido importantes para nosotros viven una suerte de posteridad laica en nuestras cabezas a medi­da que las fechas de publicación se alejan del presente. El recuerdo de esas obras se condensa en un puñado de imá­genes que deben convivir con las nuevas mientras el artis­ta siga emitiendo. Ningún otro corre más riesgo de decepcionarnos que el novelista. Una fotografía, una película, un poema, un cuadro, pueden ser revisitados con cierta frecuencia y revitalizar el afecto por su autor. Releer una novela supone un esfuerzo mayor, debemos confiar en el valor recordado. El novelista queda así expuesto a una feroz competencia con sus propios logros. En un campo como el literario, donde los peores actos no provocan mayores males que el disgusto pasajero del lector, los escri­tores deberían identificarse con lo mejor que hayan fir­mado. Lo intentamos, claro, pero no es sencillo renunciar a esta clase de juegos sádicos, al espectáculo de un retro­ceso, al encanto de la decadencia. Quizás no sea imperti­nente recordar que cuando se trata de las mejores novelas de Marías cuesta encontrar palabras capaces de sobreva­lorarlas.

GONZALO TORNÉ

Quimera, n. 332-333, julio de 2011

Notas

1. No podríamos avanzar si a cada paso dudásemos si es verdad que llueve o no cuando el narrador dice: ”llovía”.

2. Ya saben: “Cela era un facha y un delator con cultura de portera que se apunto a última hora a la vanguardia” o “Benet escribía libros inteligibles que, además, no se entienden, una prosa de ingeniero que sólo defienden cuatros snobs, ansiosos por escribir en El País a quienes además, Benet, invitaba a beber en su casa”.

3. El poeticómetro parece un invento formidable, y quizás sea una responsabilidad civil ex ponerlo en público.

4. Los que se. rindieron en la “condonmaquia” se perdieron la lucha a cuchillo con el malvado Custardoy, pero también las espléndidas treinta páginas finales.

5. El resumen sería que: o bien Marías no ha leído a ningún escritor español naci­do después de 1955, o que si lo ha hecho le pareció algo tan horrible y bobo que sólo merecía reproches generales o un piadoso silencio.

6. En España al malabarismo semántico que tolera varias “generaciones” en una misma franja de edad biológica, se añade el milagro metafísico de que en esas mis­mas “generaciones literarias” se amontonen escritores de diversas franjas de edad.

7. Cabe romper aquí una lanza a favor de Marías, jaleado en su momento por los periodistas culturales por integrar en sus tramas el contestador automático.

8. Y léase este párrafo no solo como un cierre extravagante sino también como un intento de constelar novelas distintas en lugar de agrupar los textos por su predeci­ble similitud.