‘“Los enamoramientos”, diálogo platónico’

Para Lisa Simpson

¿Podríamos considerar los diálogos platónicos como uno de los orígenes de la novela moderna? No faltarían razones: personajes que, en más de una ocasión, no son simples pretextos para exponer un argumento; voces cruzadas; destinos que se trastocan a partir del intercambio de ideas. Si ello fuera así, podríamos considerar que Los enamoramientos, la pieza narrativa más reciente de Javier Marías, es el último eslabón de una cadena que se inicia con El banquete. En efecto, el libro del español es una dilatada y fascinante inmersión en el enamoramiento –que no en el amor mismo–, como si buscara adentrarse en los resquicios de una conversación que no concluyó, 2.500 años atrás, su predecesor griego.

Javier Marías ha escrito un emocionante diálogo entre dos personajes que se llaman, justamente, Javier y María. La coincidencia onomástica no puede ser casual, por más que a ningún crítico le haya parecido relevante. El autor intenta desdoblarse en dos voces paralelas: una femenina, encargada de contar e interpretar los hechos –y que no esconde su parentesco con otros narradores de Marías–, y otra masculina, que solo apreciamos a través del prisma de la primera. María está fatalmente enamorada de Javier, quien a su vez, como en cualquier triángulo sentimental clásico, se halla fascinado por una tercera que, mero objeto de deseo, luce apenas como un espectro.

Con voluntad de novelista, Platón fabula que en tiempos ancestrales los humanos éramos hermafroditas hasta que la ira de un dios perverso nos dividió en mitades complementarias o antagónicas, odiosamente condenadas a perseguirse desde entonces. En esta novela, Marías se arriesga a lo imposible: al cederle su voz a una mujer, aspira a recuperar esa condición dual solo para constatar que la ansiada reconciliación entre sus dos mitades –entre Javier y María– es, en efecto, inalcanzable.

No pretendo decir que la novela se contente con narrar el enamoramiento no correspondido entre una y otra mitad de Javier Marías, pero si somos capaces de leer Fin de partida de Beckett como el coloquio esquizofrénico entre las distintas porciones de un mismo individuo, ¿por qué no habríamos de tolerar que un autor juegue a desdoblarse y a rastrear así las razones de sus inclinaciones o de sus desafectos?

La naturaleza del enamoramiento, su calidad de pasión o de tortura, los dolores y anhelos de quien lo sufre o lo padece, y los crímenes o los sacrificios que se cometen en su nombre, constituyen el verdadero sustrato del relato. La voz de María (de Marías), como la de Platón, engloba a todas las otras, y a continuación las analiza, las desmenuza, las observa a través de las inagotables digresiones a que nos tiene acostumbrados.

No quiero decir con ello que la trama sea irrelevante –aunque, como en Platón, a veces parezca casi un pretexto–, ni que a los personajes les falte densidad psicológica o una identidad lingüística clara –aunque, en efecto, todos hablen como María (como Marías)–, pues su autor conoce perfectamente la tradición de la novela moderna como para limitarse a escenificar un mero drama filosófico. Pero, incluso en sus momentos más novelísticos –la chispeante intrusión del profesor Rico o el momento en que, tras bambalinas, María descubre la cara oculta de su enamorado, una suerte de escena del pañuelo de Otelo vuelta de revés–, Los enamoramientos apuntan más bien hacia conflictos íntimos: tan íntimos, acaso, como los que solo ocurren en el interior de una mente obsesionada consigo misma.

María observa a diario, en una cafetería madrileña, un enamoramiento ideal (en el sentido platónico): el que liga a una pareja de desconocidos que se citan a diario para el desayuno y a quienes solo más tarde identificará con los nombres de Miguel Desvern o Deverne y su esposa Luisa. Como si fuera una celosa estudiante de la Academia, María Dolz (es decir, dolç, “dulce” en la tradición del amor cortés) no solo los observa embelesada, sino que los estudia y analiza como si el vínculo que los une pudiese ocurrir únicamente fuera de este mundo y su propia vida de correctora en una editorial madrileña no fuese, en cambio, más que una burda apariencia.

María (Marías) alcanza a entrever ese enamoramiento y no puede sino envidiarlo. Que quede claro: no codicia el amor que Deverne o Desvern demuestra hacia su mujer, y ni siquiera parece desear nunca a aquel hombre devoto e intachable, sino el estado beatífico y sobre todo permanente que existe en esa pareja, cuando el enamoramiento –todos los sabemos– suele estar condenado al ardor breve y al pronto agotamiento. Y, en efecto, como si la mirada intrusa de María fuera la responsable de desatar la tragedia, aquella perfección se quiebra de pronto a causa de la fatalidad (o, no tardaremos en saberlo, de otra envidia equivalente): Desvern es asesinado a cuchilladas por un “gorrilla” –un milusos enloquecido que lo culpa de la prostitución de sus hijas–, y el mundo ideal, al menos para María, se quiebra en pedazos.

Pasado el tiempo, ella no pierde la ocasión de expresarle sus condolencias a la viuda cuando vuelve a encontrarla en la cafetería: ésta, conmovida, la cita en su casa, como si necesitara darle más pruebas del enamoramiento que la ató a su marido hasta el último día de su vida. Entonces hace su aparición un amigo de la familia, Javier Díaz-Varela, acompañado del excéntrico profesor Rico. No se necesita más: como si se tratase de un conjuro, o más bien del torpe reflejo en el mundo sublunar de la armonía de las esferas, María se enamora del recién llegado. Resulta irrelevante decir que no tiene razones para ello: el corazón, lo sabemos, no las necesita.

Lo terrible –e inevitable en esta escritura heredera del mundo griego– es que Javier no puede corresponderle porque él no es, tampoco, un hombre libre. Aun siendo el mejor amigo de Desvern, o quizás por ello mismo, él se halla a su vez irremediablemente enamorado de Luisa. Javier no puede ser, pues, el complemento de María, sino su reverso especular: otro enamorado incomprendido como ella misma. Ello no impide que ambos se vean arrastrados en una relación que jamás será recíproca –él solo la desea, ella está enamorada–, ni que a la larga la narración se desvíe en la ambigüedad entre un posible crimen o un acto de lealtad inconfesable. A la larga, María callará sus dudas y no se decantará por una justicia tan brutal como expedita –la que Athos, en Los tres mosqueteros, aplica a su esposa–, sino que preferirá convertirse en cómplice de un acto cuya verdadera naturaleza se le escapa.

Desaparecido el Ideal, los demás son burdas copias. Javier, un criminal o casi un santo, hará hasta lo imposible para apoderarse de la voluntad de Luisa –el enamoramiento no es otra cosa–, mientras que María deberá conformarse con una pasión tan poderosa como inútil. En El banquete, Platón le hace decir a Diótima que el amor que anima a los hombres no tiene otra fuente más que la “sed de inmortalidad”. En esta novela, Javier Marías parece concluir que el enamoramiento es, en cambio, una carga o una condena pasajeras. Fuera del mundo de las ideas, lo es tanto para quien lo sufre y no es correspondido (María) como para quien al fin consigue lo que busca (Javier).

En la brillante escena final de la novela –no leer lo que sigue si se prefiere la sorpresa–, María, que parece haber perdido ya la fe en el enamoramiento y tiene un marido como tantos (Jacobo, otro de los nombres con los cuales Marías se reviste), de pronto se topa en un restaurante con Javier y Luisa, por fin reunidos. El círculo parece cerrarse: ella ha vuelto a ser la Joven Prudente –como la llamaba Luisa al principio– contemplando un enamoramiento tan conmovedor como el primero. Pero se trata, por supuesto, de un engaño: todas las páginas de la novela, meticulosamente narradas por ella, no han tenido otro objetivo más que poner en duda la perfección de ese reencuentro. Porque Los enamoramientos también es, a fin de cuentas, un tratado sobre el reverso del enamoramiento: el despecho.

JORGE VOLPI

El Malpensante (Colombia), n. 120, junio de 2011

Anuncios