‘La voz de María’

¿Qué crédito podemos dar a una persona que cuenta hechos dolorosos, incluso delictivos? Alguien cree haber sido testigo de un crimen y por las razones que sean, calla: por miedo, por amor. Luego, para exculparse, se pone a escribir. Pero eso es una nota particular, un relato reservado que nadie leerá. Entonces, proclamar la verdad íntimamente no tiene efectos externos. ¿Para qué lo escribe, pues? Si es para acallar sus malestares, resulta mala medicina. Podrá seguir culpándose: contar así no alivia el peso de la responsabilidad.

Escribir es dar curso y sucesión a hechos que son simultáneos y cuya relación no siempre vemos de antemano. Si nos ponemos a describir, entonces nos obligamos a ordenar y así lo que parece inexplicable se descifra, lo que no tiene un significado evidente, el hecho que es en parte insondable, adquiere un sentido. ¿Pero qué ocurre cuando leemos lo que no nos estaba reservado?

Ésa es la paradoja de Los enamoramientos, de Javier Marías. ¿Es una ficción? Es una revelación de María Dolz, una mujer treintañera que trabaja en una editorial, que desayuna todas las mañanas en la misma cafetería de Madrid. Allí, a primera hora, contempla a una pareja, un matrimonio. Desprenden dicha, júbilo, una felicidad cotidiana que a María le da contento. Pero, aunque no lo diga, también le dan arrojo, una cierta bravura en un mundo de discordias y hostigamientos. No habla con ellos, no tiene trato directo, pero su simple observación es un regalo para el ánimo.

Un día, esa pareja deja de acudir. Tal como nos revela en la primera página, él ha muerto. Lo sabrá por otras personas, por la prensa. Con ello comienza la pesquisa particular de María Dolz. Pero empieza también su acercamiento a la viuda, Luisa Alday, y a quienes la rodean. Aquello a lo que nosotros, los lectores, vamos a acceder es el relato íntimo que María se escribe para ordenar los hechos, pero será también las notas que tome para explicarse sucesos en los que no ha estado presente y que le afectan. Por tanto, lo que leemos no es la declaración ante un juez. Tampoco son unas memorias públicas. Son un secreto al que llegamos y que nos dejan en la duda.

Como dudas tiene María cuando detalla los hechos: lo único que conocemos es lo que ella dice y hemos de creer o las versiones que uno u otro le dan y hemos de aceptar. Pero esas versiones no son congruentes. Es probable que al contar mientan o inventen. ¿Qué ocurre, además, si María se enamora sin esperanza, si sus sentimientos afectan a los hechos condicionando su curso? ¿Hasta qué punto la propia María ve lo que cree estar viendo? ¿Es posible que fabule o nos engañe? Bien mirado, no nos puede mentir porque este texto no está destinado al público. “Al fin y al cabo nadie me va a juzgar, ni hay testigos de mis pensamientos”, dice. ¿Pero, entonces, cómo hemos accedido a este relato?

La prosa de Javier Marías persuade desde la primera página, con ese yo que se confiesa o se miente o se confunde. Con ese yo que precisa, presume y divaga. No es un monólogo interior; tampoco es un dictamen argumentado y escueto. Es un desahogo en el que, al modo de Las confesiones de Jean-Jacques Rousseau, la primera persona es la única prueba a la que dar crédito: su palabra, sus disquisiciones, sus conjeturas. ¿Sobre quién? Sobre aquellos con quienes trata: Luisa Alday, Javier Díaz-Varela, Ruibérriz de Torres. Hablan, sí, pero sobre sus ficciones y dicciones interviene María, la voz de María.

JUSTO SERNA

Mercurio, n. 132, junio de 2011

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