LA ZONA FANTASMA. 11 de junio de 2011. ‘La historia doblemente increible’

Quienes hemos disfrutado siempre las películas de juicios tenemos necesidad de visualizar las escenas de los delitos que se cometen en la realidad y que nos llaman la atención por uno u otro motivo, y los hay numerosos para fijarla en los muy graves que se le imputan al ya ex-director del FMI, Dominique Strauss-Kahn. Hay un secreto del sumario -eso que se respeta en todos los países democráticos menos en España- y por tanto aún se ignora cuál fue la secuencia de los hechos, según las respectivas versiones del presunto criminal y la presunta víctima. Así que, de momento, hemos de conformarnos con la información aproximada y parcial que ha ido dando la prensa, la cual resulta incomprensible y absurda desde cualquier punto de vista, es decir, desde el de las dos partes implicadas.

Al parecer, Strauss-Kahn se estaba duchando en su suite cuando, de manera poco verosímil, una empleada del hotel entró a hacer limpieza. Según algunas voces, además, había ya en la habitación otro empleado, que le habría franqueado el paso a la mujer. Es raro que alguien vaya a hacer limpieza después de la hora del almuerzo; es raro que ese alguien se adentre en una suite sin antes comprobar que el inquilino está ausente (a todos nos ha ocurrido eso alguna vez, y las limpiadoras, al ver que la habitación no está vacía, suelen retirarse anunciando que volverán más tarde). El relato incompleto e inconexo de la prensa asegura que, al salir Strauss-Kahn de la ducha desnudo -extraño que no se pusiera un albornoz o una toalla, como hace cualquiera que esté mojado-, vio a la mujer, y, presa de un ataque de satiriasis, se abalanzó sobre ella sin ningún preámbulo. Se hace arduo imaginar a personaje tan importante, sabedor de lo que se jugaba, y más aún en un país harto severo con las cuestiones de sexo -incluso del consentido-, bajo urgencia tan desaforada como para lanzarse sobre la primera mujer que se le aparece en el horizonte. Aunque fuera cargado de Viagra -es una hipótesis- y precisara aplacamiento inmediato, existen métodos más civilizados y menos arriesgados, desde el manual hasta el telefónico: podría haber solicitado una call-girl, sin duda un gasto al alcance de su bolsillo. También es raro que se metiera en el fregado del que se lo acusa cuando, por lo visto, estaba a punto de volar a Europa, con un pasaje sacado una semana antes, y no andaba, por tanto, sobrado de tiempo (hasta se olvidó el móvil). Pero, en fin, todo es posible, y no han faltado testimonios que señalan a Strauss-Kahn como frecuente víctima de su cuasi priapismo, por así expresarlo.

Se ha hablado de que el director del FMI obligó a la limpiadora a practicarle sexo bucal (lo de “sexo oral” es un anglicismo disparatado, significaría “sexo hablado”), pero no de cómo pudo obligarla. Sin un arma para amenazar, o sin unos golpes previos para amedrentar (y nada de esto se ha mencionado), tal situación es imposible. Dicho de manera truculenta: no se puede sujetar a una persona y atinar, al mismo tiempo, a introducirle el miembro en la boca, que siempre puede cerrarse. Igual de difícil o más es -otro de los cargos barajados por la prensa- forzar a alguien analmente si el forzador no porta un arma -insisto- o no ha intimidado antes a la víctima con violencia. El asaltante carece de suficientes manos para inmovilizar a quien se supone que se está resistiendo y a la vez penetrarla por lugar más bien recóndito. Tampoco se entiende cómo podrían haberse consumado esos dos ataques -el bucal y el anal- en un sitio rodeado de gente: personal del hotel, otros clientes vecinos, etc. Se puede gritar y se puede salir corriendo, lo cual logró hacer la mujer finalmente, pero al parecer sólo después de la doble humillación de que fue objeto. La verdad es que nada casa.

Claro que tampoco resulta creíble ni comprensible la versión de Strauss-Kahn, o de sus abogados, lo que nos ha llegado de ella. Inicialmente se dijo que este hombre de aspecto antipático aducía haber estado en un restaurante, con su hija, a la hora de los supuestos hechos. Pero al poco cambió la historia: ya no se negó que algo hubiera habido entre el acusado y la limpiadora; sin embargo, había sido “consentido”. Por muy seductora que sea la personalidad de Strauss-Kahn según muchos de sus compatriotas, a sus sesenta y dos años no se lo ve como a un Adonis tan irresistible para que una mujer de treinta y dos, empleada de un hotel, sucumba a su sex-appeal sin mediar palabra, al verlo surgir en cueros, presumiblemente empapado y presumiblemente erecto. Francamente, lo normal sería que en lo último que pensase durante su jornada laboral esa mujer fuese en un lance del tipo “aquí te pillo, aquí te mato” con un cliente entrado en años. Y tampoco los portavoces de Strauss-Kahn han hablado de sexo “contratado” o “pagado”, sólo “consentido”, que se sepa. Sería algo más creíble que él le hubiera ofrecido a ella una buena propina a cambio de un “quicky” -por utilizar un término del país de la escena-. La propuesta podría haber sido aceptada o no, o podría haberse producido un forcejeo si el pagador no se hubiera atenido a las prestaciones pactadas. Pero, ya digo, nadie ha sacado a colación ni ofrecimientos ni pagos, por lo que no cabe sino deducir que, según la versión del acusado, cualquier mujer puede caer rendida ante el abrumador espectáculo de su desnudez sobrevenida. No creo, la verdad, que ni David Beckham suscitara vencimientos tan raudos e incondicionales. O tal vez algunos, pero es que Strauss-Kahn, cómo decirlo, seguro que no es lo mismo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 12 de junio de 2011

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