Los mejores libros del siglo XXI según Javier Marías

Foto. Jerry Bauer

En busca de un libro

En la celebración de su veinte aniversario, ABC Cultural le ha preguntado a veinticinco de los más destacados escritores actuales cuáles son, como lectores, los títulos fundamentales del siglo XXI. Estas son sus apuestas.

JAVIER MARÍAS

1. Austerlitz de W. G. Sebald

2. The Master. Retrato del novelista adulto de Colm Tóibin

3. El mar de John Banville

4. Demasiada felicidad de Alice Munro

5. Ocho noches blancas de André Aciman

 Tu rostro mañana, de Javier Marías ha obtenido 2 votos

PALOMA TORRES

Abc Cultural, 4 de junio de 2011

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“Los enamoramientos” y “El coronel Chabert”

Javier Marías y Los enamoramientos

Tengo por seguro que un estilo literario, entendiendo un modo original y potente de apropiarse del lenguaje que, a su vez, da cuenta de una época y su devenir, de ciertos destellos de la condición humana, es algo tan escaso que ocurre al máximo un par de veces en cada generación.

Y ahí están los más grandes: Kafka, Thomas Bernard, Faulkner, García Márquez, Borges, Lezama Lima, todos ellos tuvieron estilos propios, y puede que el más reciente haya sido Roberto Bolaño, una especial prosodia que impregna de ternura a sus personajes y situaciones. Este poderoso estilo no siempre nace con el primer libro de un autor, sino que en ocasiones se desarrolla a medida que la obra progresa y se hace más compleja; en algunos casos toma tiempo mientras la música de las palabras se refuerza, se va limpiando de adherencias (o influencias, sean estas benignas o maléficas), adquiere cuerpo y se convierte, al cabo de los años, en un ritmo envolvente y totalizador, capaz de contener al mundo y al ser humano en toda su contradicción.

Esto se me ha revelado una vez más, con vigor, al leer Los enamoramientos, la última novela de Javier Marías, escrito en una prosa que no sólo es deslumbrante sino que no puede ser más que suya. Un ejemplo: “me quedé dormida involuntariamente en su cama a media tarde o cuando ya anochecía, un sueño breve pero profundo tras el satisfecho agotamiento que esa cama me producía, qué sé yo si era a los dos, uno nunca sabe si lo que se le dice es verdad, nunca hay certeza de nada que no venga de nosotros mismos, y aún así”, frases que buscan atrapar estados de ánimo sutiles, pequeños matices de la vida, y por eso el estilo de Marías está hecho de sobrevuelos, asedios, de largos solipsismos y regodeos, de frases que resbalan y dejan un surco sobre la página, en fin, es difícil definirlo sin recurrir a su vez a pequeñas metáforas.

Por este motivo es una prosa que produce un extraño efecto: como si progresara desbordándose, como el avance de una ola seguida de otra, y luego otra, hasta dar con el matiz exacto, y así una breve anécdota puede abarcar muchas páginas, cualquier gesto de los personajes es presa de circunloquios, definiciones atentas y lúcidas, conjeturas, largas digresiones. La crítica acostumbra señalar en Marías la influencia anglosajona, lo que es una obviedad tratándose de alguien que cita a Shakespeare en la mayoría de sus títulos, pero me pregunto si no tendrá también ese origen su necesidad de precisar cada detalle anímico hasta fijarlo, clavetearlo con dardos que son palabras.

Su estilo es difícil pero, contrariamente a lo habitual, sus libros son grandes éxitos de ventas, y no sólo en España. Podría tratarse de un fenómeno de locura colectiva, ¿seis millones de ejemplares de sus obras?, ¿tanta gente siguiendo el eco de una metáfora de Macbeth en un Madrid lluvioso? Es increíble y también una excelente noticia, que habla bien de quienes leen, pues a pesar de lo que parece no son todos cautivos de Dan Brown y sus templarios. Esto lo saben los jóvenes copistas de Marías, algunos con mucho éxito en América Latina, donde su obra es menos conocida del gran público y por lo tanto fácil de imitar con impunidad. Por eso vale la pena leerlo (al original), y escuchar su poderosa voz literaria en este hermoso y muy talentoso último libro, Los enamoramientos.

SANTIAGO GAMBOA

El Espectador (Colombia), 3 de junio de 2011

El cálculo en los terrenos del amor

En Los enamoramientos, el español Javier Marías se enfoca en la vida cotidiana de una pareja feliz y describe la frágil frontera entre la vida y la muerte.

Todo comienza a través de un personaje testigo de la felicidad imaginada de una pareja. Se trata de una mujer, la narradora, María Dolz. Ella desayuna antes de entrar a su trabajo siempre en un mismo lugar para ver a una pareja que ríe, que habla, que para ella es perfecta. Hasta que un día se entera de que el hombre muere asesinado a navajazos en manos de un desconocido. Ve su foto en un periódico. Ella ya no podrá sustraerse de una historia que la involucra en su fibra más íntima: “Pero lo había visto muchas mañanas y lo había oído hablar y reírse, casi todas a lo largo de unos años, temprano, no demasiado, de hecho yo solía llegar al trabajo con un poco de retraso para tener la oportunidad de coincidir con aquella pareja un ratito, no con él –no se me malentienda– sino con los dos, eran los dos los que me tranquilizaban y me daban contento, antes de empezar la jornada”.

Algunos tejen los hilos, otros ignoran… territorio de amores que se entrecruzan. Javier Marías construye una ficción en la que se evidencia la imposibilidad de saber acerca de la verdad. No conocemos al sujeto de quien nos enamoramos, o ignoramos, olvidamos, intentamos desconocer… La protagonista se vuelve una investigadora en un emprendimiento perdido por anticipado, porque ella misma se enamora: “Un día más, una hora más a su lado, aunque esa hora tarde siglos en presentarse; la vaga promesa de volver a verlo aunque pasen muchas fechas en medio, muchas fechas de vacío”.

Todos los personajes están guiados por sus propias pasiones y todas las argumentaciones acudirán para explicar lo inexplicable y querrán justificar acciones irremediables. La frontera entre la vida y la muerte es frágil, y aunque los muertos quieran volver, el devenir de los hechos, el tiempo y el olvido harán lo suyo. ¿Es todo posible? “Vamos aprendiendo que lo que nos pareció gravísimo llegará un día en que nos resulte neutro, sólo un hecho, sólo un dato”. La protagonista presencia una conversación que hubiese sido mejor que no escuchase, hubiese sido mejor que no supiese… Pero ya sabe… y está enamorada. Saber y estar enamorada no pueden ir juntos. Parecería que uno no puede ir con lo otro, aunque la novela revele que algunos pueden desplegar un cálculo en el terreno mismo del amor.

Las reflexiones de los personajes y las referencias literarias le permiten a Javier Marías recorrer todo tipo de variables respecto del comportamiento humano y las pasiones. Si en su excelente novela Corazón tan blanco , el autor había tomado el título prestado de Macbeth como alusión a la decisión frente a determinados actos, en Los enamoramientos también se encuentra, entre otras, la misma referencia literaria.

El autor logra, a través de una conversación sobre una novela de Balzac entre dos personajes, transformar la lectura en una pista acerca de las posiciones y acciones que detentan los personajes en la trama. La protagonista escucha de la boca de su amado el relato de la breve novela: historia de una viuda de un coronel dado por muerto en la batalla, que permanece con vida y que desea volver cuando la viuda ya ha vuelto a rehacer su vida junto a otro hombre. Aunque la viuda lo hubiese querido de veras, ya no admitiría que retorne. El personaje masculino sostiene esta argumentación, y la protagonista, María, va en la búsqueda de la novela para ubicar ahí donde el hombre del cual se enamoró, interpretó de modo tendencioso el relato. Esas, sin más, son búsquedas de los enamorados: “Pero no era eso lo que decía el original (…) Hay una diferencia entre educar a alguien para su perdición y su muerte y matarlo sin más, y normalmente creemos que lo segundo es más grave y más condenable, la violencia nos horroriza, la acción directa nos escandaliza más, o acaso es que en ella no hay lugar para la duda ni para la excusa, quien la ejecuta o comete no puede parapetarse en nada, ni en el equívoco ni en el accidente ni en un mal cálculo ni en ningún error”.

Unos sustituyen a otros, todo se va olvidando, la mayoría de los crímenes permanecen impunes y ninguna versión es verdadera, sin embargo la protagonista no evita padecer.

Tampoco desaparecen todos los registros y aunque María Dolz llamada por la pareja que desayunaba todas las mañanas cerca de ella “la joven prudente”, demuestra ser prudente y no interferir en el devenir de los acontecimientos, ella sabe que nada desaparece: “Sí, todo se atenúa, pero también es cierto que nada desaparece ni se va nunca del todo, permanecen débiles ecos y huidizas reminiscencias que surgen en cualquier instante como fragmentos de lápidas en la sala de un museo que nadie visita”.

Restos, hechos inciertos, pasiones reprimidas y una configuración nueva que evita dejar en evidencia sus fisuras. “La verdad es una maraña” dirá la protagonista en su vano intento de dar por cierta alguna interpretación de los hechos. La verdadera maraña son sus sentimientos, aquello que buscará olvidar pero perdurará. La verdadera maraña es que la impunidad no es tal y que los crímenes no se olvidan, ni los muertos tampoco.

Es sumamente interesante que la novela queriendo decir lo contrario nos convenza de la imposibilidad del olvido.

SARA COHEN

Revista Ñ, Clarín (Argentina), 3 de junio de 2011

El crimen de Marías

Ayer pasé por el lugar del crimen de Marías, por ese rincón verde en un alto de la Castellana donde se comete el asesinato de Los enamoramientos (y no revelo nada que el lector no deba saber antes de leer el libro, pues el hecho se anuncia en las primeras líneas, y el autor no pone misterio en lo que allí sucede, aunque sí, al avanzar la novela, en los posibles motivos y en los resultantes). Se trata de un lugar no alejado de donde vivo y por el que paso a menudo, aunque ahora me doy cuenta de que, para acortar el camino desde María de Molina a Castellana (o al contrario) nunca he tomado el atajo de Álvarez de Baena y Pedro de Valdivia, un tanto tortuoso, como pueden ser los atajos.

El crimen de esta excelente novela de Marías no se comete en una calle pendenciera o humillada o sombría de Madrid, sino en una “zona tranquila, luminosa y acomodada” (según palabras que la narradora le presta o le imagina al acuchillado a punto de morir). Se comete en el aparcamiento informal de la cuesta que sube hasta los edificios contiguos del Museo de Ciencias Naturales y la Escuela de Ingenieros Industriales, una cuesta, solo ayer caí en la cuenta, que lleva un nombre propio, José Gutiérrez Abascal, tal vez pariente pobre del José Abascal con larga y ancha calle próxima.

Cerca del lugar del crimen está el Hispano, un bar y restaurante muy literario que no sale mencionado en esta novela, pero al que todos -incluido el propio Javier Marías- hemos ido más de una vez a presentar un libro propio o seguir la presentación de uno ajeno. Escritores amigos, algunos fallecidos, solían reunirse en tertulia en el Hispano, un local de horarios laxos, tan de agradecer en estos tiempos en que, aun teniendo fama de lo contrario, Madrid tanto restringe, y no solo las horas de cierre de sus garitos.

Un poco más abajo del Hispano, y a unos 30 metros de donde vivió Lola Flores hasta el fin de sus disgustados días, solía yo ver en la madrugada, de vuelta a casa a pie desde alguna movida (no solo la histórica), a una señora mayor erguida en un portal, siempre el mismo, y ofreciendo su cuerpo, bien vestido a la antigua y entrado en carnes, al automovilista deseoso que subiera por el lateral del paseo. Nunca he sabido si Marías se inspiró en ella para la memorable escena de una de sus novelas anteriores a la trilogía en la que una mujer más joven se plantaba de noche a dos manzanas de allí, en la esquina norte de General Oráa con la glorieta de Castelar.

Las novelas urbanas que nos gustan cambian nuestra percepción y, a veces, nuestra relación con las ciudades donde transcurren, dando un porvenir a nuestra memoria. Lo consiguen incluso aquellas obras que reflejan una ciudad desvanecida o transmutada. La calle de Valverde de Max Aub se parece poco a la calle de Valverde actual, branchée y no tan risquée como en años pasados, y sería imposible hoy hacer el recorrido nocturno de Max Estrella y Don Latino de Hispalis por el Madrid “absurdo, brillante y hambriento” donde sitúa Valle-Inclán Luces de Bohemia, aun existiendo físicamente algunos de los puntos en que recalan. Las escenas quinta y sexta del genial esperpento se desarrollan en lo que hoy es el feudo, quién sabe si para siempre, de Esperanza Aguirre. Ya no quedan mazmorras, creo, en el palacio de la Puerta del Sol, ni se golpea con porra a los sospechosos como cuando era la Dirección General de Seguridad franquista, aunque hay otras formas de tortura psicológica. Confieso que Madrid me gusta más en los libros que en la vida real.

Javier Marías, que supo darle un vuelco romántico y un tanto siniestro al teatro de la Zarzuela donde sucedían varios episodios de El hombre sentimental, resume ahora muy bien, después de llevar al lector por distintos escenarios de su ciudad natal, la recreativa potencia de la ficción. Lo expresa en las páginas finales de Los enamoramientos María Dolz, su narradora protagonista, que está considerando a esa altura del libro irse de su trabajo y de su medio, librándose así de los escritores pelmas, tan divertidos, que la martirizan.

Dice María Dolz: “Comprendí que no debía huir de aquel paisaje, sino dominarlo con mis propios medios como habría hecho Luisa con su casa, obligándose a seguir viviendo en ella y a no mudarse precipitadamente; despojarlo de sus connotaciones más sentimentales y tristes, conferirle nueva cotidianidad, recomponerlo. Sí, me daba cuenta de que aquel lugar se me había teñido de sentimiento, y a este es imposible engañarlo o saltárselo, aunque sea semiimaginario. Solo cabe llegar a buenos términos con él y aplacarlo”.

VICENTE MOLINA FOIX 

El País, 3 de junio de 2011

Exuberante Balzac

Este volumen dedicado al exuberante escritor francés, autor de un proyecto literario comparable por su ambición y extensión a las Décadas de Tito Livio (quien, siendo historiador, quizá vino a ser el primer prenovelista de la Historia al introducir en su monumental obra su punto de vista personal), nos ofrece una visión singular de su literatura por medio de cuatro textos complementarios. El más extenso es el que da título al volumen y relata una historia abracadabrante acerca de un coronel de Napoleón que reaparece en vida cuando había sido dado por muerto, repartida su fortuna, vuelta a casar su esposa y llorada su muerte por el mismísimo emperador. Este muerto redivivo se convierte en un engorro al que nadie hace caso hasta que un procurador cree en él e inicia las gestiones para tratar de desmontar todo cuanto se ha montado desde su muerte. El asunto es singular y novelesco y Balzac lo apura con genialidad creando un personaje memorable a merced de un destino desgraciado a lo largo del cual, rodeado por una historia amarga y cruel, su noble y simple alma de soldado se precipita con dolorosa ingenuidad en una sociedad hipócrita e inconmoviblemente fría y egoísta. Es un relato perturbador servido con altísima calidad literaria.

Le siguen dos piezas: El verdugo, una historia española un tanto tópica en su caracterización, pero extraordinariamente dramática en su desarrollo. Un noble español, su familia y sirvientes y la ciudad donde residen, atacan y destruyen un destacamento del ejército invasor francés y éste, en revancha, organiza una escabechina. El noble pide clemencia para su primogénito y su vida le será concedida a cambio de un precio terrible que lo convierte en un cuento de horror. La otra es una pieza de orden fantástico-filosófico centrada en la figura de Don Juan; un Don Juan maligno en tratos con el Diablo para retornar a la vida después de haber muerto. El elixir de larga vida es un texto abarrocado, tan recargado de imágenes y expresiones que podría decirse churrigueresco, que se convierte en un grito de desesperación exhalado ante la muerte por un dios terrenal.

El cuarto y último relato, La obra maestra desconocida, es mucho más conocido y es, valga la redundancia, una obra maestra en la que Balzac expone toda una teoría del arte, con una calidad narrativa que la convierte en un texto único y ejemplar. La obsesión del pintor Frenhofer por conseguir el imposible de una obra maestra absoluta ha conmovido a numerosos lectores y artistas, entre ellos a Picasso de quien, por feliz coincidencia, se expondrá en junio una serie de dibujos dedicados a esta obra en la Fundación March de Madrid.

JOSÉ MARÍA GUELBENZU

El País, Babelia, 4 de junio de 2011

Alexis Grohmann y “Negra espalda del tiempo”

LITERATURA Y ERRABUNDIA (JAVIER MARÍAS, ANTONIO MUÑOZ MOLINA Y ROSA MONTERO)

 ALEXIS GROHMANN

 Foro hispánico 42

 Editions Rodopi, Amsterdam/New York,  2011

Índice

Prolegómeno

Literatura y errabundia

Javier Marías, Negra espalda del tiempo: de errabundos hacia la nada

1. Recuerdos, memoria, fantasma
2. Reino de Redonda
3. Azar
4. De libros y otros objetos
5. El abismo del tiempo

Antonio Muñoz Molina, Sefarad: el desorden del tiempo

Rosa Montero, La loca de la casa: la ballena atisbada

La libertad de la novela

Bibliografía

 En años relativamente recientes, el género de la novela ha ido experimentando cambios notables, abanderados por la realidad y su invasión del territorio de la ficción. En el presente estudio exhaustivo de tres obras españolas (de Javier Marías, Antonio Muñoz Molina y Rosa Montero), situadas en un amplio contexto literario europeo, Alexis Grohmann propone como clave de esas transformaciones el concepto de la digresión. La porosidad o errancia genérica de las obras, su divagación argumental o ausencia de trama, su digresividad estilística y la errabundia de los procesos de creación, además del disperso y heterogéneo material con el que se trabaja, hacen que la digresión se perfile no tanto como un recurso o simple figura retórica, cuanto como una verdadera Weltanschauung, una manera de contemplar el mundo.