Javier Marías: «El mundo está cada vez más imbécil»

Una mujer muy hermosa ríe feliz junto a un hombre al que apenas se vislumbra. Es la imagen de portada –elegida por el propio autor– de su última novela Los enamoramientos, un regreso a la intimidad y a los afectos observados con el retorcimiento y la prosa magistral de Javier Marías. Del «joven Marías» –como le llamaba su mentor Juan Benet– que dentro de unos meses cumplirá 60 años.

  –¿El enamoramiento del título funciona como un espejismo, como algo falso del que no conoceremos jamás su realidad?

  –En la novela hay tres o cuatro enamoramientos de diferente grado o nivel. Yo no creo que el enamoramiento sea el principio de un proceso. Creo que se puede estar enamorado durante años. Quería hablar de la conciencia de ese sentimiento y de sus consecuencias, de cómo puede provocar cosas muy nobles pero también atroces.

  –La conciencia es posiblemente el gran tema de sus novelas.

  –A mis novelas se las suele definir erróneamente como filosóficas porque en ellas hay digresiones, reflexiones y disquisiciones. Yo lo he llamado muchas veces pensamiento literario, lo que no quiere decir pensar sobre la literatura sino pensar literariamente sobre las cosas. Eso tiene sus ventajas porque uno se puede contradecir de una novela a otra y a veces incluso dentro de la misma obra. Esas reflexiones son percibidas como verdaderas, no porque aporten conocimiento sino más bien reconocimiento. Leemos y decimos: «Sí, eso es exactamente así».

  –¿También le ocurre eso cuando escribe? ¿Descubre cosas que no sabía que sabía?

  –En cierto sentido, sí. Eso ocurre cuando escribo literatura. Como articulista tengo muchas más certezas. Hay una dualidad. Me han dicho que alguien en Facebook se está preguntando si soy yo el que escribe mis artículos o tengo un negro. O por qué en la prensa soy un cascarrabias y en las novelas no.

  –No creo que le sorprenda que le llamen cascarrabias.

  –Pues yo no considero que sea muy de cascarrabias defender las libertades. Creo que estamos en un mundo antipático que las coarta. Se está acabando la espontaneidad de la vida. En fin… Reconozco que protesto por muchas cosas.

  –Asume, pues, la intransigencia.

  –Y también ser un cascarrabias. ¿Por qué no? Lo cierto es que el mundo está cada vez más imbécil y no me voy a privar de decirlo. Pero hay mucha gente que me sigue.

  –Las mujeres en sus novelas han sido apenas una silueta borrosa.

  –Así es. No lo he negado nunca. Durante años, como para denigrarme, hubo gente que me dijo que yo cultivaba una literatura para mujeres. Lo que no me extraña, porque ellas leen más que ellos. Cuando acabo una novela, mis primeros lectores son mi editora, mi agente y dos amigas. En total, cuatro mujeres.

 –Y, sorpresa, aquí aparece su primera narradora femenina. Pero tiene una mente tan alambicada como la de los personajes que son el álter ego de Javier Marías.

  –Nadie me ha dicho hasta el momento que esa mujer, María Dolz, resulte inverosímil. Lo que ella hace es observar, reflexionar y contar, y en eso hombres y mujeres no somos distintos. Yo me he criado en un entorno muy femenino. Tengo muchas amigas y he tenido novias. Son mujeres que observan piensan y reflexionan. No hay diferencias de género cuando se hace eso. A mí me gusta prestar rasgos míos a personajes más turbios u ominosos.

  –Aquí hay un Javier que ha tenido muchas parejas, pero que nunca se ha casado. Como usted.

  –Ya lo decía Woody Allen: lo mejor que le puede pasar a una pareja es que cada uno tenga su casa. Desde hace ya bastantes años tengo una pareja barcelonesa, que vive aquí. Yo resido en Madrid, nos vamos encontrando y no nos va mal. A ciertas edades es difícil cambiar de vida.

  –¿No haber formado una familia ha sido una forma de controlar esa soledad necesaria para la escritura?

  –Durante muchos años pensé que no me había casado porque siempre me enamoraba de personas con problemas que ya estaban casadas. Otras veces ocurría que vivían no ya en otras ciudades sino en otros países, y era muy difícil que uno u otro lo abandonara todo para trasladarse. En otras ocasiones, había un novio previo y la mujer tenía muchas dudas. Luego ya llegó un momento en que empecé a sospechar que todo esto nada tenía que ver con el azar y sí con mi forma de ser.

  –En la novela se habla de cómo terminamos apartando a los muertos de nuestras vidas para poder seguir adelante.

  –Es que los muertos, incluso las personas a las que más hemos querido, acaban convirtiéndose en una especie de lastre. Pesan demasiado y pueden llegar a asfixiarnos.

  –Pero el escritor trabaja justamente con la idea de que será querido y admirado después de muerto, con la posteridad.

  –¿La posteridad? No creo en ella. Hoy en día las cosas van tan rápido que lo que hoy es novedoso dentro de tres meses será viejo.<

 –Pero ahora acaba de reeditarse  Los dominios del lobo, la novela que escribió con 19 años hace 40. Si eso no es permanecer…

  –Bah. Es una tirada modesta para los curiosos y una novela simpática que no me provoca vergüenza, lo que ya es mucho. Es difícil que los escritores pervivan. Ocurre que hay gente que ha sido muy popular y a su muerte, sin su presencia física o su carisma, esa popularidad se difumina. Pienso en Umbral, por ejemplo, que no me parecía un buen escritor. Así que es lógico que una vez muerto no se le lea porque sus libros estaban inflados por su presencia.

 –Y con esas expectativas nefastas respecto al futuro, ¿para qué seguir escribiendo? ¿Por qué luchar contra sus confesadas dudas e inseguridades? 

  –Escribo porque en algo tengo que ocupar el tiempo. Con 59 años nadie me daría un empleo ahora mismo. Y de algo hay que vivir. Escribiendo me lo paso bien… Y también mal, por supuesto, por esas dudas que menciona. Pero compensa.

ELENA HEVIA

El Periódico, 18 de abril de 2011